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Entradas etiquetadas como ‘vida’

Escorpio

Jueves, noviembre 13th, 2008

Me pararon por la calle. Un vecino. Yo tenía frío y caminaba rápido. Él me paró. Casi me dio el alto. Quería hablarme de algo. No sabía a qué se refería. Le noté un rostro muy raro. Y me contó, mientras yo intentaba que mis pies dejasen de ser de madera y la gente salía en estampida del metro de Cuatro Caminos.

-Se me murió la niña, mi hija. La mayor. Cumpliría este mes 33 años. Digamos que fue un accidente. Se cayó por la ventana. El día de la madre, con la mesa puesta.

Se me fue el frío, y él estaba congelado. Nos abrazamos.

Cáncer

Miércoles, octubre 29th, 2008

Tenía las uñas azules como el cielo y nombre de río en las montañas y algo de pájaro en la cara. Y había sido madre de tres hijos. Vivía en aquel ático desde el que veía a los yonquis con la mirada perdida entre los árboles de la plaza. Su marido se fue con otro. Pero esa es otra historia. Se fue como los profesionales. Salió del armario, se fue a por tabaco y nunca volvió. Ella era pintora de una lienzos enormes, marcada por la luna. Tuve que ir a entrevistarla y me hizo café mientras tomaba un té. Un compañero me había contado su vida, pero yo solo tenía que preguntar por sus cuadros.

Es una mujer increíble. Tiene una energía que no sé de dónde sale. Sobre todo, después de lo que ha tenido que vivir. Fíjate que su marido la abandonó, al cargo de tres niños. Los sacó a adelante. De la mejor manera. El mayor, otro torrente de energía, ganó premios como fotógrafo. Era un cazador de imágenes. Le daban igual los periódicos que las galerías. Siempre estaba en marcha. Y tenía aquella ilusión de ir a una guerra. Una ilusión tonta. En las guerras solo se ve lo peor. Pero él quería estar allí. Y fue en una guerra donde le pegaron un tiro. Una bala perdida lo mató. Su madre se acuerda de la llamada terrible. De colgar el teléfono y sentir un silencio grande y de leer en un periódico que estaba tirado sobre una mesa que un tren había descarrilado en una estación de Francia y la máquina y los primeros vagones se habían caído desde una altura como de un primer piso a la calle, tras atravesar el vestíbulo. Un milagro, nadie había muerto. Se acuerda de la foto del tren derruido y de que se leía Gare Montparnasse. Su otro hijo varón, su segundo hijo, era una fuerza bruta. Nunca quiso estudiar y su única inquietud eran las mujeres, unas tras otras. Era grande y bello. Y trabajaba sobre un andamio. Se bebía la vida como las cervezas. No le gustaban los planes. Su madre creía que, con las mujeres, se vengaba de su padre y que era también por el padre desaparecido que nunca quería tener hoja de ruta. Pero hay vidas marcadas por la tragedia y esta vez fue su hija quien la llamó.

-Mamá, no sé cómo decirte.

-Qué pasó.

-Se cayó. Bruno se cayó del andamio. Está muerto, como Manuel.

Y un dolor se mezcló como el otro y, para madre e hija, las pérdidas se multiplicaron como una explosión atómica. Ella dejó de pintar. La única vez que dejó de los pinceles sobre el suelo.Mi compañero de redacción cogió aire para contarme el final de la historia, el golpe definitivo. Le prestó su voz a ella. La vi unos años después y me contó:

“La vida me ha maltratado, pero nunca quise dejar de mirarla de frente. Miento. Perdí las ganas de vivir después de perder a mis dos hijos varones. Pero me fui reconstruyendo como una casa en ruinas cuando mi hija, ya mi única hija, quedó embarazada. Tuvo un embarazo complicado y entendí que, más que nunca, me necesitaba como aquella madre que había sido, incandescente, me decía. Y llegó el niño de forma prematura y solo quedó el niño. Un varón que lloraba y gritaba. Primero pensé que lo iba a odiar siempre y luego, mientras enterraba a mi hija, comprendí que aquel niño era ya lo único que me unía a la vida con todas sus contradicciones, al miserable hecho de existir. Cuando enterré a mi hija también le daban sepultura también a un poeta que escribía mucho sobre árboles y sombras. Cuando enterré a mi hija no quise más explicaciones sobre nada. Metí un dedo entre la mano del pequeño y noté su calor. Era cuando las cobras mudan su piel y los estorninos buscan climas más cálidos. Volví a pintar y todavía estoy con ellos, de vez en cuando. Al soñar, los veo conmigo, tan claros, como si aún viviesen”.

Y yo tenía delante a aquella mujer prodigiosa. Y me daba la sensación de que a mí no me había pasado nada en la vida. Y ya no me importaba la pintura. ¿Para qué hacerle preguntas sobre cuadros? ¿Sobre el significado del arte?, mientras el otoño de Madrid aullaba como el metro contra los ventanales de aquel ático su carácter salvaje, lunático, fuera de control. 

Tu nombre

Jueves, octubre 23rd, 2008

¿Quién no ha sucumbido a la tentación de teclear su nombre y apellido en el buscador de google, ese gigantesco loro que todo parece saberlo? Hacerlo se puede interpretar como un ejercicio de vanidad o de miedo (por si salen las multas impagadas o los controles de alcoholemia), pero lo que te aplica esa herramienta universal de Internet es un fuerte correctivo de modestia. Pones tu nombre y te das cuenta de tu sospecha era cierta: César Casal no es nada. Hay muchos César Casal. Son diez letras con múltiples interpretaciones en nuestro planeta diverso. Descubres que César Casal es un alto cargo de un importante laboratorio en Argentina. Un hombre del que, al seguirle la pista por el ordenador, sabes por una enorme esquela de un diario argentino que ha perdido a su hija. César Casal es también un guapo estudiante venezolano, con una barba que le da un aire bohemio y un grupo de amigos y amigas muy atractivos. Y César Casal es, en esa memoria de enciclopedia interminable del google, un hombre que quedó muy bien clasificado en un torneo de golf en Asturias. Y aparece otro César Casal en México, que, para colmo, se dedica a lo mismo que tú y escribe reportajes en prensa sobre Yucatán. Nuestro paso por la tierra es una milésima de segundo. El que se cree importante pierde el tiempo. Somos esa gota de un océano y, lejos de nuestras circunstancias, una maleta y un aeropuerto, nos convierten en otro hombre sentado a la espera de un avión. Un número más de un pasaje. Un reflejo más para una novela de espejos de Paul Auster.

La vida de verdad

Miércoles, octubre 22nd, 2008

Escribir era como cuando jugaba al fútbol y creaba ocasiones donde no las había. Escuchaba y le llegaban unas líneas. Y todo se iba quedando, como un eco en la cabeza, en el interior de un armario con piezas de ropas descolocadas y siempre un abrigo rojo al fondo, un rojo que llamaba.Oía palabras y le atraían como un imán. Escuchó esa expresión tan coloquial, la vida de verdad, y también se la quedó. Se la quedó como una medalla que se prende en el pecho y se luce en una noche de baile, en un salón enorme con arañas de luz que cuelgan del techo. Y la música que sale por los ventanales hacia los carballos del jardín, tras rebotar en el cristal de Bohemia de las copas y en los aceitunas de los martinis. ¿Cuál era la vida de verdad? ¿La de las noches con baile o la de los días de trabajo por el carril de las hormigas? ¿Dónde late nuestra existencia? ¿En el cuadro de Hopper de los domingos por la tarde cuando todos los pisos se convierten en pensiones vacías, como corazones sin propina? ¿O en esas noches de fieltro, con la luna llena quemando el diamante de los ojos de la mujeres hermosas? ¿La vida de verdad es pensar en la vida de verdad o vivirla? Y qué bonito es rimarlo todo sin recompensa. Por el placer de hacer cuentas con las palabras.

Más Ford

Martes, abril 29th, 2008

Vuelvo a Ford. O sigo con Ford y su trilogía sobre el hombre de clase media americano. Esa prosa morosa, por lenta. Esa manera de convertir cada párrafo en un fresco para desnudar la existencia de cualquiera. La vida pasa o sucede y las relaciones se suceden o pasan. Y Richar Ford nos lo cuenta con elegancia. Como una crónica de la punta del iceberg de los corazones helados. Y nos enseña también algo que olvidamos con frecuencia hasta que el terremoto nos sacude: que una vida se apaga como la luz de una vela. Solo hace falta un fatal soplido del azar. Que salga tu número en la lotería incierta.

Iván, el terrible

Miércoles, marzo 12th, 2008
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Escribe ecuaciones con errores. Fórmulas que no funcionan. O sea, canciones impuras como la vida misma. Temas imperfectos que clavan el alma con un alfiler en el corcho de las emociones. Una hemorragia creativa. Además multiplica su talento hasta el infinito y más allá con su hermano Amaro. Los dos tienen muchas tablas, náufragos de los escenarios. Iván Ferreiro lo ha vuelto a hacer: el disco redondo, un donut que alimenta los corazones solitarios. Saldrá a la venta este mes, pero ya se puede escuchar en su blog. Iván, el terrible, edita Mentiroso mentiroso, y los Grammys se le van a quedar cortos. Está en el mejor momento de su carrera hacia todas las esquinas. Hay, por las canciones, pedazos rotos. Se aprieta para cantar el corazón, no el cinturón. Increíble declaración de amor De mi pandero: «Me gusta comer con las manos y cocinar para ti. Bailar las palabras». Habla de pactos infinitos, bajo un cielo de hojas azules. Hay que beberse la noche y pisar charcos, dice. Iván  no es políticamente correcto, menos mal. Es una potencia. Se pregunta «¿Dónde está el tiempo perdido?», ese que nunca nadie nos va a devolver. Iván vive en Madrid, entre semana, a ritmo de madrileño. Y los fines de semana no falla en Val Miñor, frente a la acuarela del mar. Es un tipo especial que se ha encontrado a sí mismo en el surco de una canción. Y tiene ese timbre de voz que abre puertas blindadas.