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El tobillo y el ascensor

Viernes, abril 4th, 2008

Calor. Mucho calor. Demasiado. Hace un día de verano en el inicio de la primavera y hay que trabajar. La luz del sol a tope. Tienes que llevar a la niña al médico porque le duele el tobillo. Esguince. Tú, preocupado. La niña, feliz.

-Cómo no voy a ir a clase. Quiero ir a clase con  la venda. Me tienen que ver mis amigos.

Es más: en el médico quería una escayola.

-Una venda de las duras, como la que le pusieron a Juan.

Decía me duele mucho y luego se delataba cuando se aburría y se ponía a correr en el hospital hasta la máquina de café. Te tranquilizas cuando te dicen que no es nada. Y recuerdas como a ti te encantaba que te firmasen y escribiesen cosas en las escayolas que tuviste cuando chaval. Hasta jugaste al fútbol en el recreo con una en el pie. En fin.

Llegas a casa. Tu otro hijo. Este, de dos años. Abres la puerta y mientras recoges juguetes por aquí y por allá le dices con toda la naturalidad:

-Llama al ascensor.

El niño ya llega al botón de llamada. Pero su reacción es maravillosa. Nada de botones. Te reconcilia con la primavera y dinamita la astenia. Aplica la lógica que nos revientan con la edad. El pequeño, que ya entiende frases y que van soltando las suyas, te hace caso y, claro, llama al ascensor:

-Ascensor, ven.

Primavera absurda

Miércoles, abril 2nd, 2008

Y volver a escribir. Volver a escribir una tarde, a cualquier hora. Los dedos, fríos. Los dedos, que se calientan sobre las teclas. Y piensas en chicas de tu juventud. Aquella chica, morena, con unos ojos que te miraban y no se iban. Con unos ojos que se quedaron para siempre. Aquella otra chica, pelirroja, muy enamorada de ti, de ti que no eras nadie, que eras lo peor que se puede ser, un cara. Y piensas que los recuerdos no calientan el corazón. Son solo estériles imágenes que no calientan nada. Miras hacia el cuarto vacío del fondo. Ya no hay ruido de niños. Ya tus hijos son mayores. Son niños mayores. Tienen sus vidas y nunca te vienen a ver. Para qué. Quién quiere ver a un saco de huesos. Quién quiere estar frente a una piel arrugada. Una lástima, una persona que solo cuenta las horas que le faltan para la ceniza. Envejecer es un oficio triste. Y a tu lado, el sofá grande, en el que siempre echaba la siesta tu mujer. Ella se fue hace ya un año. Y parece que todavía ves el hueco de su cuerpo en el sofá. El hueco de su cadáver lo ves ahí y ni una furtiva lágrima. Al fondo la televisión encendida, una hora tras otra, con su hojarasca vacía. Hacerse mayor consiste en agonizar en cámara lenta. En boquear sin ilusiones, sentado en una butaca. Viendo como las horas se suicidan un día tras otro desde los ventanales. Y encima el mar de Arrakeen, furioso, muy furioso. Todos los viejos deberíamos de morir ahogados en ese caldo enloquecido. Y ya se te pasaron las ganas de escribir. Las ganas de teclear la música muda de tu vida, de tu muerte, soy un viejosolo.
P.D. Cada vez que no vamos a ver a nuestros mayores los asesinamos y nos asesinamos un poco.

ojd