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1, 2, 3, 7…

Escrito por César Casal
5 de Octubre de 2009 a las 0:08h

Di Marco hace tiempo que no sabe nada de Diego García. En otro tiempo ocupó su vida con esa ensalada de letras.

-Los seres humanos son algo más que una ensalada de letras, le dice Skitty mientras acaricia las cabezas dormidas de 123 y 124.

Di Marco no le contesta. Sigue fabulando sobre dónde estará Diego García, aquel niño que tanto había ocupado su vida. Y le cuenta a Skitty que soñó con arañas.

-Y ¿matabas a las arañas o las dejabas tranquilas en tu sueño?

A Di Marco le llamaba la atención cómo Skitty tenía un montón de conocimientos que no servían para nada. Ella sabía que soñar con arañas si no las matas es positivo. Quiere decir que llegan cambios a tu vida, cambios que permites que creen una telaraña nueva. Pero si soñabas que aplastabas a las arañas te cargabas la posibilidad de cambio.

Y entonces tanto Di Marco como Skitty dejaron de hablar y abrazaron las cabezas de 123 y 124 al notar como empezaban otra vez los bombardeos más fuertes. La tormenta de plomo de la guerra. Otro vez a contar 1, 2, 3, 7… para entretener al miedo.

Las hadas de cristal

Escrito por César Casal
12 de Agosto de 2009 a las 17:54h

A Macu, te quiero 37 millones de veces
A Skitty le gustaba amar como si el amor fuese un paseo por el borde de un acantilado, sentir de verdad. Y así fue que tuvo a sus niñas, Sara y Carlota, para quererlas en la frontera de todas las cosas.
Fueron Laura y el pequeño César los que tuvieron la idea de dejarles a las gemelas Sara y Carlota su sombrero mágico. Estaban cansados de volar de aquí a allá. Ya habían estado con su gorro de viento en la torre Eiffel y en el centro de la tierra, donde están las calderas y donde conocieron al pequeño príncipe pianista que tocaba para crear los climas que había arriba, sobre el planeta.
-César, déjales el sombrero mágico a las gemelas. Ya verás cómo se divierten con Madri.
Las dos niñas vieron aquel gorro con sus aspas de colores y les pareció algo extraño. Carlota se echó a llorar. Pero Sara fue decidida hacia él. Apenas lo tocó un poco, el gorro se revolvió y estornudó un polvo de oro como un barniz dorado. El sombrero tenía vida. Carlota dejó las lágrimas y se agarró a las piernas de su madre, como a un junco que podría doblarse, pero jamás romperse.
-Tranquilas –les dijo la madre-. Es sólo un sombrero mágico. Es muy fácil de usar. Si pensamos cosas bonitas saldremos volando con el viento de sus aspas. Tenemos que darnos las manos y yo me lo colocaré.
Y así fue. La madre se lo colocó entre su mar de rizos y pronto la habitación daba vueltas como una peonza. O eran ellas las que parecían un tirabuzón que ganaba altura. Salieron disparadas. Iban muy arriba cuando un pensamiento gris se cruzó por la frente de Skitty lo que hizo que, en seguida, perdiesen metros. Una madre siempre protege a sus hijas hasta el infinito y más allá y Skitty frenó la caída al pensar en las nueces de eucalipto que, de niña, cogía en el parque. Las reunía y las ponía sobre el lecho de unas hojas secas para hacer comiditas. Y pensó también en los días enteros en la parrilla de arena de la playa, siempre en el mismo lugar, con su piel que se coloreaba como en un cuento hasta saber dulce como el azúcar moreno.
Solo con esos dos pensamientos el sombrero mágico de viento se convirtió en un cohete. Subieron y subieron hasta sobrevolar una ciudad que parecía recortada por un crío nervioso contra el mar. Vieron un faro antiguo que parecía que les llamaba con la luz de su ojo de cíclope.
Y aterrizaron frente a la torre. Pronto se dieron cuenta que los habitantes eran todos minúsculos. Tan pequeñitos que casi los pisaban. La madre les dijo a las niñas que anduviesen con mucho cuidado. Pero ellas ya habían despanzurrado a varias decenas. Lo curioso es que al pisarlos sonaban como notas musicales. Y así con ese cascabel de música en sus pies fueron caminando hasta lo que parecía una nube a pie de suelo. Sara avanzaba en primer lugar. Casi tiraba de su madre y ésta a su vez arrastraba a Carlota. El grito de guerra que movía a Sara era que creía haber visto a su abuelo Julio.
Solo pensar en él la cara de la pequeña se iluminaba con un arco iris
La madre se dio cuenta cuando ya estaban llegando a la nube que aquello no eran los restos de una tormenta perezosa con el culo pegado al suelo. Era algo mucho más maravilloso.
-Tenían razón Laura y el peque, este sombrero es mágico. Solo te lleva a lugares únicos.
Lo que tenían frente a sus ojos era decenas de hadas de cristal que volaban como danzando unas alrededor de otras.
Las tres estaban con la boca abierta. Y todavía la abrieron más cuando una de las hadas de cristal se les acercó y les hizo una reverencia:
-Sin duda, habéis llegado de otro mundo. Esta ciudad es la ciudad de cristal y es nuestra humilde morada. Como todos los viajeros de buen corazón tenéis derecho a pedir a mi enjambre de hadas un deseo. Ese deseo tiene que ser el reflejo de vuestra alma y, en seguida, se cumplirá.
Y las dos niñas y la madre no tuvieron ni que pronunciar una palabra. Las tres pensaron el mismo deseo sin darse cuenta. Ser felices siempre. Esa fue la mágica recompensa que recibieron gracias a haber conocido a las hadas de cristal en la ciudad que se recorta contra el mar. Las niñas dejaron las lágrimas y los malos sueños. Dejaron las noches sin dormir y los dolores de barriga. Algo había sucedido en su interior. Y la madre supo traducir en palabras esa sensación:-
Mis pequeñas, es como si nos hubiesen bañado el corazón en chocolate.
Las niñas tomaron su mano sin perder de vista a las hadas de cristal que bailaban para ellas, como despedida, el Danubio azul. Skitty agarró aquellas manecillas de sus pequeñas y salió volando con ellas como una cometa impulsada por un viento cálido que les hizo tener una tranquila travesía de regreso a casa.

Tormenta coriolis

Escrito por César Casal
21 de Febrero de 2009 a las 21:23h

Hace tiempo que no hablamos de las tormentas coriolis. Hoy hace un día con una luz que quema. Uno de esos días que llegan después de las tormentas de arena que casi nos entierran. El sol es un diamante verde que raja los ojos. Y tú cuidas a tus pequeñas como en un poema. Ahora vives en las afueras de Arrakeen, antes del desierto. Juegas con tu hijo en el columpio de un parque público, antes de la glaciación. Quiere comerte la cara. Quiere ser un dinosaurio. Y lanzar la pelota como los dinosaurios. Los niños todavía no entienden de tormentas coriolis que dejan la cabeza de cualquier fama hecha un cronopio ni de elecciones que riman con repeticiones y con más cosas. Los relojes de Dalí se derriten cuando el cerebro emite la carta de ajuste o cuando los días son como una rayada pantalla con conexión política. Tragas kilómetros por las carreteras y escuchas mensajes de feria. Y sobrevives porque sabes que siempre hay gente que no caza pájaros, que solo los fotografía, porque son hermosos. En el lado oscuro del patio hace frío. Prefieres pensar que los molinos de toda la vida no son gigantes. Son solo una manera de hacer pan. Y siempre está tu niña para llenarte el depósito de besos, justo antes de que te comas la luna llena a mordiscos, mientras piensas en el cuello del cisne. Una campaña electoral, demasiadas palabras seguidas. Una tormenta de palabras.

O chapeu máxico

Escrito por César Casal
22 de Enero de 2009 a las 20:14h

Era o cumpre dunha nena que se chamaba Elena e regaláronlle un chapeu. Sempre o pediu e resulta que unha noite levantouse da cama a beber e colleu o chapeu e fixo maxia e Elena voou e viu a torre Eiffel e pasoullo moi ben e volveu a casa e díxolle a todos a onde fora e acabouse.

(Conto dunha nena de cinco anos).

Chapeus máxicos cóntase que hai dous. Un está feito de vento e outro de velocidade. Cos dous pódese viaxar por todo o mundo. O de vento, ás veces, ten forma deses cascos de juguete con aspas que hai para os nenos. O de vento pode ser moi rápido, cando hai temporais. Ou podes viaxar amodo cando hai brisa, coma se estivésenche meciendo no aire. O de velocidade é máis difícil de atopar. Din que ten forma de chistera vella, con remiendos de cores, e que, nunha tenda de Londres, pódese conseguir.

Laura sempre soñou con ter un chapeu máxico e poder ver a torre Eiffel como a súa amiga Elena. E poñía o dedo na bóla do mundo do seu cuarto e dicía: e ir aquí, e aquí e aquí, tamén.

Un día sobre a cadeira azul celeste da súa habitación viu o chapeu con aspas e soubo que ía gozar moito, coma se puidese comer todo o intre chocolate. O primeiro voo que intentou co seu chapeu máxico #saír+lle mal e caeu por un buraco moi profundo, moi profundo. Chegou ao centro da terra, onde están as calderas. E alí atopouse cun pianista que non deixaba de tocar.

Era un pianista que vestía moi elegante, cunha levita e unha pajarita que cambiaba de cor segundo como a mirases. O pianista parecíase ao Principito do conto e tiña o pelo revolto, con moitos rizos ou caracolas de mar. A nena interrompeu ao pianista que aporreaba as teclas, como noutro mundo.

-Ola, perdinme. ¿Onde estou?

-Ola. Es outra nena que estreou o seu chapeu máxico e foi para abaixo no canto de subir e subir.

-Si, púxenmo e caínme.

-Xa, xa. Tíñanche que explicar que, para que o chapeu máxico funcione, tes que pensar sempre en cousas bonitas. Pero non che preocupes indicareiche por onde podes saír que non me podo entreter máis ou o mundo quedarase sen clima. Sería unha traxedia.

-¿Como?

-Abofé, eu son o pianista que trae as borrascas e os anticiclones. Se tocou fúnebre, chove sen piedade. Se toco arrebatado, o temporal arrasa con todo. Son todas as estacións. Tamén tocou alegre, como a primavera, e caluroso, como o verán. Sempre teño traballo. Séntoo. Agora pensa en algo bonito e sairás por esa cheminea cara ao ceo e, desde arriba, cara a onde queiras.

Antes de botar a voar, a nena deuse conta de que había un dragón no salón onde estaba o pianista. Era un salón incrible, con mobles de madeira e un acuario xigante.

-E el.

-Coidado. Non lle espertes. Ten moi mal espertar. El é o encargado de manter quente as calderas da terra. Bota o seu alento de lume por eses tubos e quéntalle a barriga ao planeta. Imaxínache se non fixésemos o noso traballo. Anda, vaiche xa que nós non somos uns cativos para perder o tempo con xogos.

E ela púxose a pensar en cousas bonitas e notou como os pés levantábanselle do chan. Pensou nos seus pais e avós, no moito que os quería, e nas fotos de animais que tanto lle gustaban, e no seu irmán pequeno, ao que lle conseguiu un gormiti, precisamente de lume, como o alento do dragón. E saíu pola cheminea escura ata que, como impulsada por un chorro de vento, chegou ao ceo. Xa, entre as nubes, pensou que o chapeu máxico íaa a facer gozar moito, moito. Que iría ata a torre Eiffel e ata o recuncho das hadas de cristal.

El sombrero mágico

Escrito por César Casal
22 de Enero de 2009 a las 19:42h

<Era el cumple de una niña que se llamaba Elena y le regalaron un sombrero. Siempre lo había pedido y resulta que una noche se levantó de la cama a beber y cogió el sombrero y hizo magia y Elena voló y vio la torre Eiffel y se lo pasó muy bien y volvió a casa y le dijo a todos a dónde había ido y se acabó>.

(Cuento de una niña de cinco años). 

Sombreros mágicos se cuenta que hay dos. Uno está hecho de viento y otro de velocidad. Con los dos se puede viajar por todo el mundo. El de viento, a veces, tiene forma de esos cascos de juguete con aspas que hay para los niños. El de viento puede ser muy rápido, cuando hay temporales. O puedes viajar despacio cuando hay brisa, como si te estuviesen meciendo en el aire. El de velocidad es más difícil de encontrar. Dicen que tiene forma de chistera vieja, con remiendos de colores, y que, en una tienda de Londres, se puede conseguir.

Laura siempre soñó con tener un sombrero mágico y poder ver la torre Eiffel como su amiga Elena. Y ponía el dedo en la bola del mundo de su cuarto y decía: e ir aquí, y aquí y aquí, también.

Un día sobre la silla azul celeste de su habitación vio el sombrero con aspas y supo que iba a disfrutar mucho, como si pudiese comer todo el rato chocolate. El primer vuelo que intentó con su sombrero mágico le salió mal y cayó por un agujero muy profundo, muy profundo. Llegó al centro de la tierra, donde están las calderas. Y allí se encontró con un pianista que no dejaba de tocar.

Era un pianista que vestía muy elegante, con una levita y una pajarita que cambiaba de color según cómo la mirases. El pianista se parecía al Principito del cuento y tenía el pelo revuelto, con muchos rizos o caracolas de mar. La niña interrumpió al pianista que aporreaba las teclas, como en otro mundo.

-Hola, me he perdido. ¿Dónde estoy?

-Hola. Eres otra niña que ha estrenado su sombrero mágico y fue para abajo en vez de subir y subir.  

-Sí, me lo puse y me caí.

-Ya, ya. Te tenían que haber explicado que, para que el sombrero mágico funcione, tienes que pensar siempre en cosas bonitas. Pero no te preocupes te indicaré por dónde puedes salir que no me puedo entretener más o el mundo se quedará sin clima. Sería una tragedia.

-¿Cómo?

-Claro, yo soy el pianista que trae las borrascas y los anticiclones. Si tocó fúnebre, llueve sin piedad. Si toco arrebatado, el temporal arrasa con todo. Soy todas las estaciones. También tocó alegre, como la primavera, y caluroso, como el verano. Siempre tengo trabajo. Lo siento. Ahora piensa en algo bonito y saldrás por esa chimenea hacia el cielo y, desde arriba, hacia donde quieras.

Antes de echar a volar, la niña se dio cuenta de que había un dragón en el salón donde estaba el pianista. Era un salón increíble, con muebles de madera y un acuario gigante.

-Y él.

-Cuidado. No le despiertes. Tiene muy mal despertar. Él es el encargado de mantener caliente las calderas de la tierra. Echa su aliento de fuego por esos tubos y le calienta la barriga al planeta. Imagínate si no hiciésemos nuestro trabajo. Anda, vete ya que nosotros no somos unos críos para perder el tiempo con juegos.

Y ella se puso a pensar en cosas bonitas y notó como los pies se le levantaban del suelo. Pensó en sus padres y abuelos, en lo mucho que los quería, y en las fotos de animales que tanto le gustaban, y en su hermano pequeño, al que le había conseguido un gormiti, precisamente de fuego, como el aliento del dragón. Y salió por la chimenea oscura hasta que, como impulsada por un chorro de viento, llegó al cielo. Ya, entre las nubes, pensó que el sombrero mágico la iba a hacer disfrutar mucho, mucho. Que iría hasta la torre Eiffel y hasta el rincón de las hadas de cristal.

Colonizados

Escrito por César Casal
20 de Enero de 2009 a las 19:12h

Estamos colonizados. Ayer era imposible no enterarse de la entronización del nuevo emperador. Las teles con marcadores: faltan tres horas… Es un alivio ver a Obama (el verbo) y no a Bush (el legalizador de la tortura) en el trono. ¿A ver que capacidad de maniobra tiene la paloma Obama entre los halcones del Pentágono en su vuelo azul de transparencia y buenas intenciones? Pero la coronación como una estrella del rock del telepredicador mundial puso en evidencia que Europa sigue siendo una colonia de Estados Unidos. El viejo continente está conectado al respirador de las barras y estrellas.
Así fue que, cuando en vez de dólares nos metieron por el tubo corrupción y desfalcos, casi vamos todos a la quiebra. A este paso, nuestros hijos recitarán la lista de presidentes de los Estados Unidos y no tendrán ni idea de quién fue Juana la Beltraneja. Dicen que su imperio está en decadencia, como el de Roma. Que China se los va a comer con palillos. Pero, mientras, nos tragamos sus hamburguesas y sus películas. Vivimos adosados como ellos. Y ya empezamos a engordar como ellos. ¿Es mejor el billar americano que el francés? Depende. ¿Es mejor una barbacoa que una churrascada? Ni de coña. ¿Por qué esperamos tanto de un pueblo que cree en la extraña mezcla de Dios, las pistolas y Mickey Mouse? Todo es un guión prefabricado de Hollywood: el tren de Lincoln, vasos de Coca Cola con su cara… Lo malo de los sueños es que luego hay que abrir los ojos. Ojalá que no sea a tiros.

Mágicos Reyes

Escrito por César Casal
7 de Enero de 2009 a las 20:06h

Humean las tarjetas del dinero de crédito con los Reyes, mientras esperamos a que el sol atómico nos ciegue los ojos. Y el regalo más redondo es un simple cede con música. Una hora y cinco minutos , con 16 canciones del pop español que alguien eligió para ti. Una hora y pico de acertijo, sin desvelarte cuáles son las canciones. Solo una portada con una foto maravillosa de un bebe que aporrea una máquina de escribir y un título debajo: Canciones des/animadas de ayer y hoy. El bebe puede ser una imagen de ti mismo, que llevas toda la vida frente a las teclas. Y el regalo es ilusión en vena porque alguien ha perdido el tiempo, su tiempo, en pensarlas, seleccionarlas y grabarlas para ti. Mientras las escuchas, recuperas tu pasado, te atragantas con tu presente y adivinas tu futuro. Un regalo con ingenio, sin dinero. Una prueba de cariño. Letras y canciones que dicen que «prometo guardarte en el fondo de mi corazón» o que «los que matan se mueran de miedo». Y está el refugio imprescindible, luminoso, de El sitio de mi recreo. Y así el obsequio tiene toda la magia del incienso y la mirra de los Reyes Magos. Y todo el oro que guarda los corazones puros, no las billeteras. Y piensas que quien te hace el regalo es alguien sencillo, sincero y sensato. Tres palabras que se parecen mucho y que, sumadas, significan ese garabato de una niña que es tu hermana. Qué distinto este regalo a los matrimonios que ya solo se regalan calcetines.

Cristiano Ronaldo, Balón de Oro

Escrito por César Casal
2 de Diciembre de 2008 a las 13:59h

(Artículo publicado en la última página de La Voz, en abril del 2007, vigente hoy).

Juega a la velocidad de la luz de los cuadros de Velázquez. Si hubiese nacido en Sol, en Madrid, sería carterista. Es el «7» del United, fugaz, un instante. Es el futbolista más en forma, según todos los expertos. Pisa la banda con descaro por la derecha y por la izquierda. Es una galería de regates, de diagonales. Le gusta la rabona. Hace bicicletas para algo, no por provocar un robinho de calor en la grada. Mejoró mucho. Ahora termina las jugadas y marca. Lleva 16 goles en la Premier, a dos goles de Drogba y la máquina espartana de Mourinho. Le ha robado protagonismo a Rooney, un tipo duro que no regala ni un saludo. Le llaman el tigre. Borges le dedicó estas palabras sin saberlo: «El tigre es fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo». Ganará 180.000 euros por semana. Es el nuevo trovador del teatro de los sueños, donde antes centraba Beckham, Giggs todavía finta a su sombra y Best, el beatle del fútbol, fue un genio. Será leyenda. Es como un dios griego de las islas, de la isla de Madeira. Es tan hermoso que cuando lo hace bien da vértigo verlo. Maestro del autopase, tiene la velocidad y la frenada de Gento, un fulgor. Empequeñecerá a Figo. Aunque para Eusebio y su cañón de Navarone le queda mucho. Taconea más que Joaquín Cortés. Tiene página web y club de fans hasta en Polonia. Sir Alex Ferguson le descubrió en un amistoso con la blanquiverde del Sporting de Lisboa. Jugó también en el Andorinha y en el Nacional. Encara y desborda. Es vertical, algo chupón. Tiene la movilidad del rabo de una lagartija. 22 años, es acuario, libre como el viento. Es adonde nos lleva la imaginación, el sitio de mi recreo. Si fuese pianista sería Jerry Lee Lewis e incendiaría los pianos como incendia las crónicas de los periodistas con sus goles de cuento. Es Cristiano Ronaldo, voraz, un ditirambo.

Savater y el Planeta

Escrito por César Casal
1 de Diciembre de 2008 a las 20:01h

Hizo bien en llamarle La hermandad de la buena suerte. Porque buena y mucha suerte es la que ha tenido Fernando Savater para ganar el Planeta con semejante novela, por llamarla de alguna manera. Los dos últimos triunfadores habían elevado un poco el listón. Los trabajos de Álvaro Pombo y de Juan José Millás se dejaban leer y no desmerecían sus carreras. Estaban en su línea, dialogado el primero e inquietante el segundo. Pero lo de Savater es increíble. No es ni novela negra, ni de misterios, ni de caballos, ni de nada. Hay algunos juegos de palabras y reflexiones, «los años solo traen desengaños», y poco más. Si alguien tiene que aficionarse a los caballos por leer este libro será con el fin de ponerse debajo de ellos para que lo pisoteen. Todo el suspense se resume en el tiempo en el que lo tienes en alto para leerlo. ¿Cómo un activista interesante y un intelectual con buenos trabajos puede ponerle su nombre y apellidos a este texto, que parece redactado a toda prisa y sin mayor ligazón? ¿Es que el dinero es capaz de todo? ¿No sintió sonrojo? ¿No tenía amigos cerca para que le dijesen que, entre sus virtudes, no estaba la de la novela de intriga? ¿Le pudieron las ganas de probarse a sí mismo como el Umberto Eco español para ver si estaba a la altura de El nombre de la rosa? ¿Por qué le ha hecho Savater daño tan gratuito a los bosques, con la cantidad de árboles que han tenido que sacrificar para la tirada del Planeta?

El Cervantes del Guinardó

Escrito por César Casal
28 de Noviembre de 2008 a las 20:10h

Nació dos días después de los Reyes Magos del 33. No tardó en saber que el partido era difícil. En el minuto uno se quedó sin madre. Y su padre tampoco compareció. Fue entregado a una familia. Y dejó de ser Joan Faneca para ser Juan Marsé. Fue feliz de niño y tuvo un padre adoptivo al que le gustaba conducir su vida por la izquierda, carril prohibido entonces. Sufrió, el padre, prisión, y el hijo se tuvo que poner a trabajar de crío, de aprendiz en una joyería, para ayudar en casa. Aquel aprendiz de joyero, que luego lo sería de laboratorio en París, quería ser escritor. Y pronto conectó con la izquierda divina que, en Barcelona, formaban Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, entre otros. Les cayó bien el chico duro, el pandillero de barrio y suburbial.

Marsé sabe que no hay fórmula literaria más efectiva que la suma de memoria e imaginación, cuyo resultado es esa ensoñación que brilla en sus novelas más que las joyas que pulía de chaval. Pisó los boulevares de París por consejo de Gil de Biedma para descubrir si, debajo de los adoquines, había alguna novela. Al final volvió a su casa, su barrio, y cerró los ojos para escribir Ultimas tardes con Teresa, con ese Pijoaparte acharolado, tan de época, y esa chica, tan de lavanda y de merienda con pastas, que descubre la emoción sobre una moto.

Aunque su último trabajo olía a encargo y prisa (Canciones de amor en Lolita’s Club), Marsé ha firmado libros sólidos, que se dejan leer. Su mezcla lleva oficio de narrador y poesía aprendida en el cine de barrio. El  mismo cine de barrio en el que él dice, con ironía, que proyectaban programa doble: “Película y paja”. Se ha llevado siempre mal con las versiones en celuloide de sus historias. Sobrevivió a la dinamita de un infarto y el jueves estaba feliz con su premio Cervantes. Él dice que, con sus libros, solo pretende “recuperar el tiempo y una ciudad perdida”. Y nos lleva de la mano a Si te dicen que caí o a Un día volveré, a ese laberinto que es también trampa de posguerra. Marsé es un artesano soberano que no se sale del esquema clásico de las novelas del siglo XIX. Un finalista eterno del Cervantes que, esta vez, llegó dos cuerpos por delante de Ana María Matute y sus hadas y de Caballero Bonald y su poesía medida de catalejos y meridianos. Un Cervantes de andar por casa, por el Guinardó de Barcelona.

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