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La escritura como modo de vida (Pomar)

Un ensayo, que originariamente fue una conferencia. Algo viejo ya, pero quizá aún sirva. Lo publiqué en el libro Vagón-bar, Ediciones Internacionales, Madrid, 1999.

Hace unos años, cuando me preguntaban por las cualidades que debería poseer un estudiante de periodismo, un buen periodista o cualquier comunicador, solía responder -con el énfasis excesivo de quien piensa que ha descubierto el Mediterráneo- algo así: “Un buen comunicador no es aquel que domina unas técnicas o destrezas más o menos mecánicas, sino quien es capaz de: saber mirar, saber escuchar, saber pensar, saber expresar aquello que ha mirado, escuchado y pensado”.

Añadía a estas cuatro cualidades una más: “El buen comunicador es aquel que tiene un conocimiento profundo de qué es el hombre y del mundo que le rodea. Algo que no puede resumirse en una mera cultura superficial, en el sentido más manoseado de la palabra: es verdadera cultura, no erudición”. Pasado el tiempo, sigo diciendo las mismas cosas, pero lo hago con menos énfasis y más convencimiento.

Con menos énfasis, porque son ya legión los que lo han dicho antes que yo. Una de las más famosas novelistas del Sur estadounidense, por ejemplo, tituló las tres conferencias que impartió en Harvard sobre el arte de escribir de la siguiente manera: “Escuchar”, “Aprender a ver”, “Encontrar una voz” .

Con más convencimiento, porque el refrendo de grandes autores me confirma en que, aunque ese Mediterráneo ya estuviera descubierto, es un mar real, en cuyas orillas han vivido miles de hombres y mujeres que se dedicaron a la comunicación humana en sus diversas formas, todas ellas artísticas.

Pronto se cumplirán cuatro años de un suceso que me conmovió. Acababa de pronunciar una conferencia “Periodismo y literatura” en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, en Medellín. Yo había hecho una referencia marginal a esas cuatro cualidades que acabo de mencionar. Estábamos en el coloquio, y una de las asistentes, estudiante de primeros cursos, me preguntó con verdadera ansiedad: “¿Y si uno se da cuenta de que mira y no encuentra nada, escucha y no se queda con nada, piensa y no concluye nada, y por tanto, nada tiene que contar?” La pregunta así formulada y en público, ya digo, me conmovió. Le contesté que si ella se veía en esa situación, se encontraba ya en el mejor trampolín para saber mirar, saber escuchar, saber pensar y saber contar: la humildad. Porque hay mucha gente -famosa incluso- que cree que sabe mirar, y sólo acierta a ver un mundo distorsionado por sus propios complejos, manías o prejuicios. Únicamente desde la humildad más profunda del que se siente de verdad indigente es posible mirar y ver, escuchar y oír, pensar y contar. Pero la humildad quizá es la parte más difícil de aprender.

Aprender a mirar

Un gran periodista y gran amigo, se me quejaba un día con cierta amargura de que sus compañeros de redacción pensaban que su buen hacer, en el fondo, no era más que cuestión de suerte. Según ellos, mi amigo es tan buen periodista por una sola razón: sólo a él le pasan cosas extraordinarias, sólo él se topa con frecuencia casi alarmante con historias inusitadas, sorprendentes y de hondo calado humano. “Hasta el punto -se lamentaba-que cuando encuentran una buena historia vienen y me dicen: ‘Me ha pasado una cosa de esas que sólo te pasan a ti’ ”.

Mientras me lo contaba, recordé aquella frase de Chesterton llena de sabiduría: “Vulgar es aquél que se encuentra ante algo grande y no se da cuenta”. Es decir, vulgar es el que no sabe mirar, el que no sabe ver lo que tiene delante de sus ojos. Periodistas vulgares eran los compañeros de redacción de mi amigo: a su lado pasaban miles de hombres y de historias y no se daban cuenta. Mi amigo, sin embargo, sí. Mi amigo sabía y sabe verlas y por eso las puede contar: porque sabe descubrir los hombres que hay detrás de las historias y las historias que hay detrás de los hombres. No le ocurrían más cosas a él que a los demás: simplemente, él sabía darse cuenta.

Saber mirar es eso: caer en la cuenta. Acercarse al mundo con ojos limpios, con amor incluso, y caer en la cuenta de lo que las cosas son, como un niño que se sorprende constantemente ante lo obvio. En cierta ocasión, otro buen amigo, pintor abstracto, me contó el diálogo que mantuvo con una señora que visitó su exposición y que, cuando ya se iba, le dijo con cierto enfado: “Esto lo hubiera pintado mejor mi hija pequeña” “¿Qué edad tiene su hija, señora?”, le preguntó el pintor. “La de siete años”, repuso ella, “la pequeña de siete años, no la de quince”. Y el pintor respondió: “Entonces, tiene usted toda la razón: la de siete años hubiera podido pintar cualquiera de mis cuadros, pero la de quince, ya no”. El pintor abstracto, aunque la señora no lo entendiera, estaba refiriéndose precisamente a esto, a la capacidad de mirar sorprendidamente, por decirlo así, de un niño. El que piensa que ya lo sabe todo, el que está de vuelta, no es capaz de ver nada, de escuchar nada, de pensar nada ni de contar nada que verdaderamente valga la pena. Sólo sabrá hablar de su propia suficiencia.

Únicamente el que sabe pasear despacio fijándose en las cosas, en los detalles nimios, el que disfruta con la aparente nimiedad, el que lee por leer, porque sí, ése aprende aquella lección que pretendieron enseñarme en primero de periodismo: “Las cosas son complejas -nos dijo un profesor-, bastaría con que aprendieran eso”.

Una mañana de domingo, por ejemplo, caí definitivamente en la cuenta del tremendo poder de la publicidad sobre los niños. Me había parado a disfrutar de un partido de futbito entre chicos de siete u ocho años. Es un espectáculo que siempre me maravilla: ver a esos pequeñajos empujar un balón que supone casi un tercio de su estatura, ver su alegría o su tristeza al marcar o recibir los infinitos goles que se producen en esos partidos, las caras de sus padres en los bordes del recinto, los gritos de sus compañeros mezcla de envidia y de afecto, todo eso me fascina. El caso es que ese día caí en la cuenta de que cuando los niños metían un gol repetían siempre y todos el mismo gesto: se elevaban en el aire, levantaban un brazo y, los que lo tenían, soplaban hacia arriba sobre su flequillo. Me dije que ese gesto lo habrían copiado de alguno de sus ídolos futbolísticos, aunque no conseguía situar al admirado personaje. Lo descubrí esa misma tarde, en la televisión: era un anónimo y jovencísimo actor rubio, protagonista del anuncio de una conocida crema de leche, cacao, avellanas y azúcar. El anuncio representaba un partido de futbito y terminaba con el gol del rubio que hacía el gesto que luego miles de niños repetirían en toda España.

Ver aquello, para mí, fue más importante que leer un sesudo estudio empírico de cualquier sociólogo de fama internacional.

Saber escuchar

No quiero darles recetarios, ni técnicas. Por eso no les he dicho las diez cosas que hay que hacer para saber mirar. Por eso y porque no existen. Tampoco puedo facilitarles el decálogo del buen escuchador. Sólo puedo intentar convencerles de que mirar, escuchar, pensar y escribir o hablar es difícil e importantísimo a la vez. Permítanme que una vez más recurra a una historia. Estoy convencido de que las historias tienen mayor poder persuasivo que los argumentos lógicos. Ésta ocurrió hace cosa de diez años. Regresaba de Valladolid a Santiago de Compostela y en Medina del Campo me pilló una huelga de Renfe. Con casi diez horas de retraso, hacia las cuatro de la madrugada, llegó mi tren. Subí a él muerto de frío, enfadado y pensando que, encima, encontraría ocupado mi asiento. Al llegar a mi departamento, vi que las luces estaban apagadas y las cortinas corridas. Me figuré la escena: dos tipos durmiendo a pierna suelta ocupando todos los asientos. Ya me veía teniendo que despertar a uno de ellos para poder sentarme y esto me resultaba violento. En un último arranque de osadía abrí la puerta. Una voz me sorprendió desde el fondo del habitáculo:

-Es usted seminarista? – dijo.

Me quedé helado. El dueño de la voz se levantó y encendió la luz. No había nadie más. Era un hombre de unos setenta años, cara cuadrada, pelo amarillento y gafas metálicas. Le contesté:

-No, no soy seminarista. No sé por qué me pregunta eso.

-Por el pelo -dijo él-. Lo lleva usted muy corto, como los seminaristas.

-Hombre, también podría estar haciendo la mili, ¿no? – contesté.

-Así que usted conoce a los seminaristas- me dijo con un cierto tono de triunfo en la voz. La verdad es que yo no conocía a ningún seminarista ni real ni posible y me límite a comentar:

-Bueno, veo que podremos dormir.

Él dijo, para mi espanto:

-Yo no duermo desde la guerra. Desde la guerra no duermo. ¿Usted se acuerda de la guerra?

Empecé a sospechar que el cerebro de mi acompañante tenía piedras en los engranajes. Y no me atreví a decirle que yo había nacido veinte años después de terminada la guerra. Contesté:

-No, yo no recuerdo la guerra.

Él sí la recordaba y empezó a demostrármelo en voz alta. Al cabo de un buen rato se detuvo y me dijo:

-¿Usted estudia en Santiago, no?

Le dije que no, pero no me hizo caso y continuó:

-Pues como usted estudia en Santiago, le vendría muy bien visitar a un amigo mío, catedrático de papirología y palimpsestos y cosas así del antiguo Egipto. Se llama Pomar y él le podrá ayudar mucho. Le podrá dar buenos consejos. Vaya a verle de mi parte.
Quise saber de parte de quién tenía que ir, pero el anciano viajero había caído ya en una nueva crisis de remembrazas desaforadas, ahora sobre sus buenos tiempos universitarios. Al cabo de otro rato, volvió a interrumpirse y me dijo:

-Por cierto, si estudia usted en Santiago, tiene que ir a ver a un amigo mío, que es un catedrático muy sabio, se llama Pomar, ¿lo conoce usted?

-No- dije, algo mosquedado. Y él:

-Pues es un tipo así, alto, con la cara algo roja, que lo sabe todo de palimpsestos y del Egipto antiguo. Vaya a verle que le puede ayudar mucho.

Dije que sí, que iría, y empecé a desear ardientemente que la luz del departamento y la voz de mi compañero de viaje se apagaran simultáneamente. No tuve suerte, porque lo de la cara roja de Pomar, no sé por qué, le recordó a los maquis que rondaron su pueblo después de la Guerra Civil, y cayó de nuevo en la incontinencia verbal a la que ya me iba acostumbrando. No tardó mucho en detenerse una vez más, volverse hacia mí -no me miraba mientras hablaba- y, después de sujetarme por un brazo, añadió por enésima vez:

-Si usted estudia en Santiago, tiene que ir a ver a un catedrático amigo mío, un sabio, experto en papiros y palimpsestos, el Egipto antiguo, ya sabe…

Esta vez le interrumpí:

-¿Quién? ¿Pomar?

Entonces el hombre me miró sorprendido y feliz. Dijo:

-¡Ah! ¡Cómo! ¿Le conoce?

Me mordí una mano y salí al pasillo para poder reírme en libertad.

Me gusta recordar esta historia y me gusta contarla a estudiantes de comunicación. Porque la principal diferencia, a mi entender, entre los dos protagonistas no era la edad ni la salud de sus respectivas neuronas. La principal diferencia entre aquellos dos hombres radica en que uno de ellos ha podido contarles hoy esta historia y el otro nunca podrá hacerlo. Para él, esta historia jamás sucedió porque no se dio cuenta. Y no se dio cuenta porque -por las razones que fueran- no sabía escuchar. Escuchaba poco y sólo lo que quería oír. Por eso, si alguien le preguntó qué tal había sido su viaje, probablemente dijo que muy largo por la huelga, y algo aburrido porque le tocó como compañero un seminarista, que estudiaba en Santiago, un tipo muy callado…

Escuchar significa algo más que oír. Se escucha con los cinco sentidos, no sólo con el oído. Cuando uno escucha de verdad, presta atención. Es decir, suprime cualquier otro objeto de atención que no sea la persona escuchada . Y no sólo oye su voz, sino que la ve, la toca, la huele, la saborea. Y no sólo quiere entender lo que el otro le dice, sino que quiere entender qué le quiere decir con lo que le dice. Cuando un niño de cuatro años acompaña a sus padres a visitar a unos amigos y al cabo de un rato dice que tiene sueño -cosa que alguien de su edad, por definición, se niega siempre a reconocer- no quiere decir que tiene sueño, sino que está deseando marcharse y su madre, de ordinario, lo entiende a la primera. La relación del comunicador -el literato, el periodista, el publicitario, el que sea- con su audiencia tiene mucho que ver con la relación que el médico mantiene con su paciente. El enfermo dirá al médico algunos de sus dolores, algunas de sus dificultades y carencias. Y el médico deberá discernir a partir de esos datos lo que realmente le pasa. Y lo que realmente le pasa no es que se maree -que se marea- ni que vomite sangre -que también le sucede-, ni que sienta una debilidad general e inexplicable -que la siente-. Eso no es lo que le pasa, pero eso es todo lo que él puede decir como enfermo. A partir de aquellos datos, y después de un buen examen, el médico llega a definir lo que verdaderamente le pasa: tiene, por ejemplo, un cáncer de pulmón. Así es también un buen comunicador: sabe mirar y sabe escuchar para identificar las necesidades reales de su audiencia. No es un logotraficante -un traficante de palabras escritas, sonoras o visuales- al mejor postor que crea enteramente las necesidades de su audiencia y luego, también artificialmente, las satisface lucrándose además con su artimaña.

Pero saber escuchar es algo más que prestar toda la atención, algo más incluso que intentar entender qué me quiere decir el otro con lo que me dice. Escuchar es, sobre todo, querer entenderle por completo, querer entenderle como el otro se entiende a sí mismo. Esto es lo que en el lenguaje común llamamos “ponerse en el lugar o en el pellejo de otro”. El que no sabe ponerse en el pellejo de otro -o de una audiencia, de un público millonario- ése no sabe escuchar. Sólo escuchará, como mi amigo del tren, aquello que de antemano quiere escuchar (¡¿cuántas veces sucede esto, por ejemplo, en las entrevistas periodísticas?!) .

Pero para eso no basta con saber mirar y saber escuchar. Hay que dar un paso más:

Saber pensar

Mi profesión -al menos la principal de las que tengo- es enseñar a escribir a futuros periodistas y a periodistas en activo. Y desde que comencé a ejercerla hace cosa de ocho años fui muy consciente de un peligro que debía evitar: enseñar a mis alumnos un estilo o un modo de escribir. Siempre he pensado que eso deben descubrirlo ellos y que mi tarea se reducía a ayudarles a encontrar su propia voz, como decía Eudora Welty. La insistencia en el estilo, en la pura forma, conduce a la formación de manieristas o narcisistas, no engendra escritores. Aprender a escribir el mensaje de una valla publicitaria, una novela, un artículo periodístico o una carta de amor no consiste en aprender formas de decir, sino en aprender a adensar en la propia alma -como diría María Zambrano- aquello que se quiere decir. Consiste en rumiar lo que uno ha visto y escuchado en función de la realidad, de uno mismo y de aquellos a quienes tiene que contárselo. Eso es aprender a pensar. Sólo el que piensa bien y con claridad es capaz de expresar algo que valga la pena y de un modo inteligible. Y si lo que dice es genuino y valioso, seguro que acertará a expresarlo bellamente. En todo caso, lo contrario es imposible: no pasarán a la historia ciertamente algunas piezas que me gusta calificar como prosa con lentejuelas, porque cuanto más brillen esas lentejuelas mejor se advertirá que adornan la nada o un pensamiento simplemente vulgar. La fuerza, el vigor, la garra de un mensaje escrito, sonoro o audiovisual no dependen tanto de su forma como de la fuerza, el vigor o la garra del pensamiento que expresan. Más aún, la belleza de su forma dependerá casi exclusivamente de la belleza interior de quien los ha compuesto.

Pensar, como mirar y escuchar, también es muy difícil. Algunos creen que piensan mucho y no han pensado jamás. Otros consideran que pensar es esa ocurrencia que uno tiene al hilo de una conversación o mientras ve una película. Pero pensar es pensar. Pensar, como decía otro de mis profesores de primer curso en la universidad de Navarra, es pararse a pensar. Es decir, pararse y luego, una vez parado, pensar.

Ahí radica, como diría C. S. Lewis, la diferencia esencial entre un buen lector y un mal lector . Un mal lector es aquel que consume los libros. Un consumista que traga la literatura como podría tragar cualquier cosa. La disfruta, la trasiega con rapidez, con voracidad incluso, en un afán desmedido por llegar al final, por saber cómo termina. Y luego olvida el libro. El buen lector disfruta la lectura aún más que el anterior, pero sin consumirla, sin intentar convertirla en un objeto de deleite, sino incluso lo contrario: el buen lector quiere que la obra le posea a él, le sorprenda, le maraville, le permita entenderla desde dentro. Por eso el libro deja en él un poso, y siente la necesidad de pararse a pensar sobre lo leído: ¿Qué me está diciendo? ¿Por qué me inquieta? ¿En qué me reconozco al leer esta novela o esta poesía? ¿Por qué me gusta, en definitiva?

La lectura aúna en sí las cuatro cualidades que vengo comentando: enseña a mirar como miran los que saben mirar, enseña a escuchar como escucharon los mejores hombres y mujeres de la historia, enseña a pensar como ellos pensaron y enseña a expresar lo que ellos vieron, escucharon y pensaron.
Por eso, cualquier momento es bueno para que alguien les diga: lean cuanto puedan. No dejen de leer nunca. James Michener, el famoso escritor norteamericano, apareció un día por sorpresa en un congreso de gente joven ilusionada con llegar a escribir bien. Le recibieron con verdadero alborozo y alguien formuló la pregunta mágica: “¿Qué hay que hacer para llegar a ser un gran escritor?”. Michener calló un momento, levantó el dedo índice y lo paseó por la audiencia mirando casi a cada uno. Por fin dijo: “Si quieren llegar a ser grandes escritores tienen que llevar gafas al cumplir los veinte años. Si para entonces no han leído tanto como para necesitarlas, no serán nunca grandes escritores”. Michener exageraba -como en sus libro -río-, pero su idea, su mensaje resultó suficientemente claro.

Encontrar una voz: saber expresarse

Insisto en que expresar-se es eso: contarse, decirse, explicar las cosas a través de la propia alma. Eso es lo principal. Pero evidentemente, encontrar la propia voz significa algo más. Hay quienes tienen mucho qué decir y no saben cómo hacerlo o, por lo menos, no aciertan. No les entendemos o les entendemos mal.

Saber explicarse, tener explicaderas, es también muy difícil. Y se aprende viendo cómo lo hacen otros y haciéndolo muchas veces uno mismo. Así, a expresarse por escrito se aprende, leyendo, escribiendo, releyendo lo escrito y reescribiendo. Y no hay otra fórmula.

Uno de los mejores periodistas de este siglo, Walter Lippman, cuenta que cuando decidió hacerse periodista se fue a ver a su tutor en Harvard. Su tutor sólo le dio un consejo: “Si usted quiere ser un buen periodista, escriba todos los días dos mil palabras”. Y Lippman anotó en sus memorias, con sencillez, que no dejó de cumplir ese consejo ningún día de su vida. Ojalá yo hubiera recibido ese consejo. Y ojalá lo hubiera cumplido desde que lo conozco.

El dominio de la palabra es un verdadero don de Dios. Pero Dios está dispuesto a concederlo a quien trabaja por adquirirlo. El dominio del lenguaje, de cuantos más lenguajes mejor, es el mayor activo, la mayor riqueza que ustedes, estudiantes de comunicación, pueden atesorar para el futuro . Sólo quien posee los lenguajes posee el anillo que, como en la famosa obra de Tolkien, domina los demás anillos de este mundo superespecializado. Quien domine los lenguajes es capaz de reconstruir las piezas de esta cultura nuestra tan rota, tan dividida, hasta conformar una imagen con sentido. Hasta configurar verdaderas respuestas a las verdaderas preguntas de los hombres. Y ésa es, precisamente, la misión del comunicador.

Un autor holandés, Van Cuilenberg , señalaba hace ya años una de las profundas contradicciones de la sociedad moderna. Jamás el hombre contó con tanta información -se calcula que la información disponible se duplica cada cinco años- y jamás estuvo peor informado. Porque tanto dato aislado no llega a formar una respuesta cabal a las necesidades vitales del hombre. Todas esas informaciones son, con frecuencia, respuestas a preguntas que nadie ha formulado y que a nadie interesan.

Para responder las verdaderas preguntas, sin embargo, no basta con que el comunicador domine los lenguajes. Es necesario, de nuevo un paso más.

Aprender qué es el hombre

A mediados de los años ochenta, un grupo de periodistas españoles visitó algunos de los medios de comunicación más prestigiosos de los Estados Unidos y, por tanto, del mundo. Dos profesores de mi universidad guiaban aquella expedición. Por supuesto, acudieron al Washington Post y pudieron charlar un buen rato con Ben Bradlee, el mítico director del Post, que capitaneó el equipo de investigación del caso Watergate. Los profesores decidieron aprovechar la ocasión para preguntarle a Bradlee qué haría él, si estuviera en su lugar, para formar mejor a los futuros periodistas que tenían como alumnos en Navarra. Bradlee habló enseguida y, sorprendentemente, dijo: “Hacerles leer todo Shakespeare”.

El afamado jefe de Bob Woodward y Carl Bernstein no dijo nada sobre la importancia de formar periodistas agresivos, periodistas que supieran moverse en la calle, periodistas que supieran manejar con cuidado las fuentes de información, periodistas muy especializados, periodistas que dominasen la informática, los idiomas, el lenguaje judicial o el administrativo. Ni siquiera habló de periodistas que escribiesen bien. Sólo dijo: “Hacerles leer todo Shakespeare”. Y además lo explicó.

Ben Bradlee apuntaba con su frase a que en Shakespeare está casi todo lo que hay que saber sobre el hombre: sobre sus pasiones, sus virtudes y vicios, su anhelo permanente de felicidad y sobre cómo ésta se puede alcanzar o perder. Esto era lo más importante para el periodista más admirado del Planeta. Y tenía razón. Ante todo, un buen comunicador debe conocer a fondo el ser humano, puesto que éste es el objeto y el fin de sus mensajes. Nada interesa tanto al hombre como el propio hombre, como muy bien lo demuestran todos esos autores que han sabido tocar la esencia de lo humano en sus obras y, precisamente por eso, son clásicos. Es decir, gente que tiene mucho que decir a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares que quieran establecer un diálogo con sus obras. Ellos son los grandes comunicadores de todos los tiempos: amigos a los que debemos visitar con frecuencia.

Pero no se aprende humanidad exclusivamente en los libros, ni siquiera principalmente en ellos. Sólo es capaz de entender lo genuinamente humano -y por tanto de hacerlo entender- quien se acerca siempre a las personas, no ya con respeto, sino incluso con cariño; quien procura tratar siempre a los demás, a cada hombre y a cada mujer, como fines en sí mismos y no como medios para alcanzar otros fines que siempre serán egoístas. El que procede así -el que trata a los demás como medio para sus propios fines- es un manipulador por muy dignos o elevados que sean sus propios fines. Y un manipulador es la antítesis de un buen comunicador .

Me gustaría terminar con una consideración que es casi un consejo para los que comienzan ahora sus estudios de comunicación.

Tienen por delante cuatro o cinco años nuevecitos, intensos, sin estrenar. Cuatro o cinco años en los que podrán dedicarse a algo que después probablemente nunca más podrán hacer. Algo que quizá ahora no les apetece mucho. Pero cuando pase el tiempo, desearán encontrar un rato para hacerlo y… no podrán, no les dejarán. Algo que se llama… estudiar. Tienen por delante cuatro o cinco años nuevecitos, sin estrenar en los que podrán dedicarse con calma al cultivo sereno de la inteligencia, de esos saber mirar, saber escuchar, saber pensar y saber contar, en el ambiente grato y tranquilo de la vida universitaria.

Dos son, me parece, las diferencias sustanciales entre la vida universitaria y la vida laboral ordinaria. La primera, que la universitaria siempre concede segundas y terceras oportunidades. Siempre hay una segunda convocatoria, un examen de septiembre para recuperar. La laboral, sin embargo, esa que ocupará la mayor parte de su existencia, se rige por el principio del error cero, descubierto -como sabrán- por los fabricantes de paracaídas.

La segunda diferencia radica en que en la vida universitaria el único afán, el único objeto de lucha es la búsqueda y el descubrimiento de la verdad, sin trampas.

Ojalá sepan aprovechar estos años -la formación universitaria depende siempre y casi exclusivamente de uno mismo- para que en un futuro no muy lejano nuestra sociedad pueda beneficiarse de ese gran servicio que prestan los buenos comunicadores y que se traduce en comprensión, tolerancia, respeto a los demás, solidaridad y libertad.

Pero les recuerdo que, para ser unos “buenos comunicadores”, antes hay que ser simplemente, “buenos”.