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Besar el pan

Escrito por Paco Sánchez
20 de junio de 2015 a las 8:44h

No hace tanto desde que en nuestros pueblos y ciudades nadie tiraba un pedazo de pan sin antes besarlo. Y a todos los mayores de cincuenta años nos han inculcado desde niños que no se podía dejar comida en el plato. Apenas tres decenios atrás, quizá cuatro, ni siquiera existían las cosas desechables: todo se reparaba o se aprovechaba para otra función menor. Alguno pensará que eran modos culturales forzados por la escasez o por una tecnología todavía incapaz de producir cosas nuevas y baratas, cosas innecesarias cuya vida se agota pronto, que deben ser sustituidas en cuanto aparecen otras que mejoran apenas su diseño o sus capacidades. Pero no, aquellos modos culturales no los parió la escasez, sino la idea de que el mundo no nos pertenece más que un poco, la idea de que cuando tirábamos la comida se la estábamos robando a alguien, que el que se sirve de más es un señorito egoísta que solo piensa en sí mismo.

Por eso era tan urgente esta encíclica que acaba de publicar el papa, en la que repite una y otra vez el mismo estribillo, a veces, literalmente: «La existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra». De modo que «la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas», y siempre lastiman de manera más aguda a los débiles, a los pobres.

Desde algunos entornos neoliberales se está criticando mucho esta encíclica, a la que acusan de amalgama confusa de cientifismo, ecologismo y misticismo católico. Parece lógico desde una perspectiva que no admite más limitación para el obrar humano ni más fin que la conveniencia inmediata de cada cual.

La Voz de Galicia, 20,junio.2015

Entender Podemos

Escrito por Paco Sánchez
13 de junio de 2015 a las 9:07h

Leí hace dos semanas el artículo de Pablo Iglesias en New Left Review, titulado Understanding Podemos (Para entender Podemos) y pensé que el líder del nuevo partido había cometido un grave error al publicarlo. Supuse que en los días siguientes se produciría un alud de comentarios, pero no. Ha pasado prácticamente inadvertido. Quizá porque es largo, 15 páginas, o porque está en inglés. O porque no dice nada que no hayan advertido antes sus críticos. Aunque la ausencia de glosas quizá se deba a que en este país no existe discusión intelectual, política o de otra índole. Como Pablo Iglesias lo sabe, escribe con desparpajo sorprendente sobre sus tácticas que, por cierto, incluyen la reducción del diálogo público a las tertulias televisivas, a las que concede mucha más importancia que a las redes sociales, como si quisiera hacer buena aquella frase que se atribuye a Unamuno: «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Es decir, cuanta más tele, más daño te harán luego los 140 caracteres de Twitter procedentes de los que ven mucho la misma tele y leen los mismos pocos libros o periódicos.

Del artículo me preocupan algunas cosas. Pero por falta de espacio me quedaré con una: la bipolarización que busca para facilitar el enfrentamiento y su victoria. No lo digo yo, lo dice él. Se define como «izquierda radical», pero reconoce que oculta su programa, no porque se haya moderado, sino porque: «En este momento no tiene sentido centrarse en polémicas que nos alejarían de la mayoría, que no está a la izquierda. Y sin mayoría, no es posible tener acceso a la maquinaria administrativa que nos permitiría disputar estas batallas en otras condiciones». Como lo leen.

La Voz de Galicia, 13.junio.2015

Cuidadores

Escrito por Paco Sánchez
8 de junio de 2015 a las 9:36h

Una cultura es el modo de pensarse que tiene un pueblo, el concepto sobre nosotros mismos que opera por debajo de todo lo que hacemos públicamente o a escondidas, lo que consideramos bueno y malo, apropiado o inapropiado, bello o feo. La cultura se cocina con tres ingredientes básicos que, mezclados en diversas proporciones, dan lugar a visiones del mundo muy diferentes: la concepción del hombre y de la mujer, la idea de Dios (o su negación) y la manera de entendernos con la naturaleza. De ahí que este último elemento, como los otros, deba tener un tratamiento relevante en la educación de cualquier persona. Los antiguos temían la naturaleza y la convertían en dios para defenderse de ella: el sol, la luna, los grandes ríos, el mar. Para los contemporáneos ya no parece tan amenazante: la percibimos como a nuestra disposición, explotable, un medio más de hacer dinero. Y terminamos por perderle el respeto y por destruirla, que es otra manera de perdernos el respeto y de destruirnos.

Esta semana, mientras preparábamos la fiesta de Voz Natura que se celebra hoy en Culleredo, he podido palpar el despliegue de imaginación, recursos y actividades con el que los 3.000 profesores del programa han movilizado a 56.000 niños de toda Galicia: huertos escolares, limpieza de playas, plantaciones, acciones de reciclado, etc. Y todo eso, mientras aprendían inglés o gallego, ciencias naturales, dibujo y artes plásticas o geografía.

Hoy lo celebraremos a lo grande, como quien celebra la cosecha, con un día entero de fiesta, una gran exposición y premios que nunca podrán compensar la labor de tantos chavales y profesores. Es su día y nada les alegrará tanto como verles por allí.

La Voz de Galicia, 6.junio.2015

Reaprender a sumar

Escrito por Paco Sánchez
30 de mayo de 2015 a las 8:45h

Fue lo primero que nos enseñaron, la clase inicial de aritmética después de que aprendiéramos los números: sumar. Parecía la operación más sencilla y fácil, desde luego, mucho menos enrevesada que restar, multiplicar o, por supuesto, dividir. Aquellas sumas que se podían hacer con los dedos fueron complicándose con más sumandos y más largos, en los que había que aprender a llevar de una columna a otra. Pero incluso esas sumas parecían más honestas que las restas o las nefandas divisiones. Y luego estaba el signo más, la cruz tan valiente y equilibrada, tan bonita.

El signo más o plus sigue gustándonos de mayores, lo asociamos a lo positivo a lo que añade, por eso lo incorporan tantas marcas. Pero sumar, para los adultos, resulta mucho más complicado, sobre todo cuando se trata de sumar personas. Tendemos a reducirlas a votos, como si un voto al PP o a las mareas significara siempre lo mismo. Y no. A veces un voto a las mareas puede producirse por el mismo motivo que un voto al PP o, al menos, por un miedo parecido. Porque votamos como se puede y a lo que hay, a menudo sin sentirnos bien representados por nadie. O votamos por simpatías difusas, apenas razonadas. O por amistad. O por amor. O no votamos.

Y está bien así. Ni disponemos de un sistema mejor ni parece que exista. El voto implica siempre cierta división, porque hay que elegir entre estos y aquellos, escoger bando. Pero el Gobierno debería diseñarse como una ofensiva sumatoria: un intento humilde de juntar fijándose en lo común, que es mucho más de lo que parece. Por eso, los alcaldes de cualquier color que defienden a su gente y huyen del sectarismo ideológico repiten con mayorías absolutas.

La Voz de Galicia, 30.mayo.2015

Aguja de marear

Escrito por Paco Sánchez
23 de mayo de 2015 a las 9:05h

Bueno, ya está. Ya pasó la campaña. Ahora queda sentarse en la playa y esperar a ver cómo viene la mar mañana por la noche. Si habrá marea alta o baja. Una incógnita esta vez, porque no depende de la luna de verdad, sino de otras lunas menos seguras, más impredecibles, menos claras y fiables. Por ese lado, apenas cabe asegurar que, alta o baja, será una marea roja. Han arriesgado mucho los coaligados con Podemos al elegir ese nombre para sus plataformas atlánticas. Deberían haber revisado a fondo el diccionario.

Si viene alta, habrá que atender a lo que se traga: cierto nacionalismo para el que es más importante ser de izquierdas que ser de aquí, quizá incluso se trague los restos de una IU que camina con paso firme y saleroso de la insignificancia hacia la nada o al propio PSOE acuclillado en la sombrilla de la playa de los pactos a la espera de un socorrista o al PP que se juega unas cuantas ciudades y diputaciones.

Pero si toca marea baja, a ver quién recoge la basura que quede en las playas: la marea roja puede convertirse en marea negra si demuestra que Podemos no puede o no podrá tanto como algunos esperaban. ¿Y quién limpiará el chapapote feo, viscoso y pegadizo de la desilusión? Porque alguien pretenderá aprovecharlo, reciclándolo.

No quiero una marea alta ni baja, sino una buena marea, como la que sueñan los pescadores antes de hacerse a la mar, en la que cada uno se conforme sin rencores ni falsos agravios con lo que las aguas hayan querido darle. Y lo agradezca. Sin pensar que los demás son necios por disentir, sin querer recuperar por otros medios lo que se haya perdido.

Feliz día electoral y ojalá esta vez, por fin y de verdad, ganemos todos.

La Voz de Galicia, 23.mayo.2014

Nueva clerecía

Escrito por Paco Sánchez
17 de mayo de 2015 a las 9:31h

Según Monedero, caído de Podemos, «el error que siempre ha tenido la socialdemocracia española es pensar que la gente es tonta». Coincide con algunos análisis sobre la socialdemocracia británica que han asomado a los papeles esta semana, después de la gran derrota. Vienen a decir que los laboristas han olvidado su mensaje originario, muy conectado con los problemas de la gente real y necesitada, para encapsularse en una burbuja ideológica repleta de proyectos de ingeniería social con los que sintonizan bien cierta clase media universitaria o tuitera, la farándula y los medios, pero no la gente real: estatismo, laicismo, multiculturalismo, doctrina de género, matrimonios homosexuales… En fin, ya saben el resto.

El caso es que perdieron en contra de las encuestas, acaso porque la gente no se atreve a decir lo que realmente piensa por miedo a convertirse en los herejes de la nueva corrección, con riesgo de perder empleos -no es broma: ya ha ocurrido demasiadas veces- y de ser lapidados en las ordalías mediáticas montadas por los nuevos clérigos de los novísimos dogmas que, encima, suelen vestir también de negro o morado. Al voto oculto conservador -no es cosa solo española- se une ahora esta presión -cultura de la Stasi, la llamó alguien- a la que la gente corriente responde con silencios en la calle y con indecisos o mentiras en las encuestas, hasta que, finalmente, contestan con su voto y resultan mayoría. Entonces, los socialdemócratas se extrañan: «Pero si toda la gente que conozco vota laborista». He ahí la cápsula.

Habría que preguntarse, escriben, qué ha sido de la libertad de expresión si la gente no se atreve a decir lo que piensa ni en las encuestas.

La Voz de Galicia, 16.mayo.2015

Encuestas

Escrito por Paco Sánchez
9 de mayo de 2015 a las 8:41h

Que las encuestas fallen en Gran Bretaña no es cosa nueva: se equivocaron con tres victorias conservadoras (1970, 1992 y la de anteayer) y con una laborista (1974). Así que no deberíamos iniciar ahora un debate sobre la calidad y metodología de las encuestas: simplemente se trata de un arte difícil, uno de los pocos ámbitos profesionales en los que todavía se admite un margen de error que suele situarse en torno al cuatro por ciento: un margen muy peligroso, sobre todo en un sistema mayoritario como el británico. Huelgan, por tanto, las discusiones sobre una posible crisis de las encuestas. Siempre fue así. Pero me pregunto dos cosas.

Primero: toda esa opinión casi unánime, manifestada incluso por especialistas muy reputados y con cierta fama de adivinadores, acerca de que el Reino Unido se encaminaba hacia la incertidumbre y la ingobernabilidad, toda esa opinión, insisto, ¿hizo cambiar la tendencia de las encuestas o debe anotarse como un manifiesto error de análisis? Quizá ambas cosas. La primera no es medible. La segunda, sin embargo, resulta patente. El periodismo debe mejorar.

Segundo: ¿Será que tanto políticos como votantes utilizamos cada vez más las encuestas para mandar mensajes? Los políticos siempre lo habían hecho: jugar con las previsiones para generar efecto arrastre, convertir en voto del miedo el abstencionista, etcétera. También puede ocurrir que en las encuestas digamos lo que querríamos de verdad y en las urnas votemos lo que nos parece menos imprudente. Esto explicaría, por ejemplo, que según el CIS del jueves, uno de cada tres españoles duden qué votar el 24. Una campaña al uso, repleta de insultos y ayuna de ideas, no les ayudará a decidir.

La Voz de Galicia, 9.mayo.2015

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Confuso

Escrito por Paco Sánchez
2 de mayo de 2015 a las 8:33h

Los ya casi siete mil muertos de Nepal han tenido problemas para asomarse a la prensa americana, porque se estaba discutiendo en el Supremo si se puede permitir que algunos estados prohíban los matrimonios gay. Uno de los jueces argumentó que se trata de un fenómeno demasiado nuevo después de miles de años de historia y que, quizá, habría que dejar a la gente decidir si quieren esperar qué resultados ofrece el experimento allí donde ha sido aprobado. La representante de los grupos homosexuales respondió que no están en una democracia pura (es decir, no importa lo que se haya votado), sino en una democracia constitucional (es decir, importa lo que decidan unos señores de negro sobre una constitución que, ni de broma, preveía semejante cosa). Un argumento algo confuso, me parece.

Mientras, los nepalíes morían en masa. Ninguna referencia esta vez a dónde estaba Dios: quizá porque ya aprendimos la lección de Haití. Cinco años después poco ha mejorado: siguen en pie 123 campos para desplazados (una letrina por cada 82 personas) y los que han escapado de ellos, son perseguidos por chabolistas. Se ha construido menos de la séptima parte de las viviendas prometidas, cuyo sobrecoste parece haberse ido por el sumidero de las empresas contratistas. En fin… Que no era culpa de Dios. Y quizá por eso no se habla del asunto a propósito de Nepal.

Pero sí se ha empezado a comentar que varios países occidentales están evacuando a las madres de alquiler que sus ciudadanos tenían contratadas allí. Ese sórdido mercadeo, humillante hasta en el nombre, «vientres de alquiler», resulta muy barato en Nepal, y tiene algo que ver con el argumento que se discute en el primer párrafo.

La Voz de Galicia, 2.mayo.2015

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Farisaico

Escrito por Paco Sánchez
25 de abril de 2015 a las 8:48h

Nos escandalizamos cuando un niño mata a su profesor, a un compañero o a sus padres y empezamos a buscar causas en el sistema educativo y en el sistema cultural, como si los niños pertenecieran a otros: los culpables son las series y los videojuegos violentos, la falta de autoridad en las escuelas, la tibieza del Código Penal con los menores. En fin. Puede que alguna culpa tengan. Nos escandalizamos tanto porque tales aberraciones duelen más cuando las comete un chaval y porque ocurren muy de vez en cuando. Sin embargo, nos hemos acostumbrado, y voy a referirme solo a casos de los últimos días, a que una madre tire a sus hijos por la ventana, a que una novia acuchille a su novio inválido, a que se detenga a cientos de personas por producir pornografía infantil o por comercializarla, a que los padres agredan a los profesores, a que se maltrate a los hijos de la pareja -fortuita o estable-, a que se dejen niños abandonados en coches cerrados a cal y canto o en la noche de un apartamento. O en la vida, después de separarlos de su madre o de su padre, no pocas veces mediante asesinato.

Eso sí se repite. ¿Por culpa de las series de televisión, la música y los videojuegos? ¿Lo arreglamos con una subidita de penas en el Código Penal? ¿Creamos un cuerpo especial de orientadores de adultos, unos geos psiquiátricos? Se reproduce el análisis de la tragedia de Germanwings: el copiloto era un trastornado y ya está. Tranquilos todos. Archivado como accidente mecánico.

No pretendo repartir culpas ni acusar a nadie, sino hacer patente la contradicción. Y dejar claro que, desde luego, la culpa nunca es de los niños. Ellos son siempre las víctimas. El de la ballesta, también.

La Voz de Galicia, 25.abril.2015

Misericordiosos

Escrito por Paco Sánchez
18 de abril de 2015 a las 8:48h

Escuché una vez que es humilde quien da a menudo las gracias y quien, también a menudo, pide perdón. Es decir, alguien que reconoce y agradece la ayuda de los demás y, a la vez, se da cuenta de sus errores al prestarla a otros. De la misericordia podría decirse lo mismo: solo quien se siente necesitado de misericordia es capaz de ser misericordioso, no de un modo superficial o sentimental, sino de un modo eficaz: decía San Agustín que no es misericordioso quien se conmueve con el mal ajeno, sino quien hace algo por remediarlo. Hay un libro maravilloso de Antoni Mari que se titula El vaso de plata. Para explicar algunas técnicas de escritura, suelo usar en clase uno de sus relatos, titulado Sufrir con paciencia las molestias y debilidades del prójimo. Responde, como los otros trece, a una de las obras de misericordia. Luego pregunto cuántos saben qué son las obras de misericordia. Nadie levanta la mano desde hace años. Después, para atormentarme, pregunto cuántos han asistido a clase de religión: casi todos.

Tenemos un problema de misericordia, porque nos creemos autónomos y autosuficientes. Quitamos a Dios de en medio, porque no queremos ni sus exigencias ni su perdón. Nos bastamos. Vamos mucho más allá que aquel hombre de la parábola al que se le había perdonado una deuda inmensa y, después, fue incapaz de perdonar a alguien que le debía un casi nada. Nosotros ni reconocemos la deuda. Por eso nos hemos quedado sin capacidad de perdonar a otros. Se ve en las familias, en el trabajo, en todas partes.

Juan Pablo II le dedicó su segunda encíclica y Francisco insiste ahora con su bula El rostro de la Misericordia que convoca el Año Santo. Nos hace falta.

La Voz de Galicia, 18.abril.2015