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La papilla

Escrito por Paco Sánchez
19 de junio de 2016 a las 9:35h

Leí el título del artículo y me dije, ¿de verdad?, ¿de verdad hay que aclarar esto?: Ningún gorila vale más que un niño, a propósito de la discusión que surgió en torno a la muerte de un gorila en un zoo de Ohio para evitar que atacara al niño que cayó en su zona. Algo nos pasa para que tengamos que discutir esto. La misma incredulidad me ha asaltado al leer las reacciones a la matanza en el club gay de Orlando. Me siento incapaz de repetir las barbaridades que se han dicho desde el primer momento, como si el horror de lo sucedido no fuera bastante. Por resumir, me quedo con las palabras del pobre Garzón unidoapodemos, que la atribuía al «heteropatriarcado».

La expresión en su literalidad es indescifrable y no sé si la presenta como opuesta a un ideal matriarcado homosexual. Pero está en la línea de muchos otros comentaristas nacionales y foráneos: la culpa no es del islam -probablemente, no: el asesino no parece un fanático islamista- ni de la venta descontrolada de armas, sino del odio contra los homosexuales dictado por el «patriarcado heterosexual» que, a la postre, se simplifica en lo que llaman conservadurismo cristiano. Esa lectura debería haber ido derrumbándose con los días al comprobar que el asesino ni pertenece al heteropatriarcado ni es cristiano. Pero no se ha derrumbado. Solo ha caído el silencio.

Desde luego, existe un conservadurismo cristiano insoportable, ese que dio origen en su día a la palabra fundamentalismo. Y hay un progresismo que tiene por ideología una papilla mental que les impide distinguir a un gorila de un niño o que convierte la identidad sexual en la clave para entender todo. Menos mal que en medio queda aún casi toda la gente.

La Voz de Galicia, 18.junio.2016

Consecuencias

Escrito por Paco Sánchez
13 de junio de 2016 a las 11:12h

Hablaba con un periodista amigo y, después de un rato, le manifesté mi preocupación por el progresivo estrechamiento de la libertad para decir lo que uno piensa. Como nos conocemos muy bien y nuestras ideas apenas coinciden, me miró muy serio y dijo: «Todo el mundo puede decir lo que piensa. Pero tiene consecuencias». Me lo dijo en el tono en que una madre le dice al hijo que si no quiere hacer tal cosa allá él, pero que tendrá consecuencias. Así que le contesté que las consecuencias de un discurso razonado deben consistir siempre en otro discurso razonado, no en un insulto o una descalificación completa. Puse el ejemplo del matrimonio homosexual: si alguien argumenta en contra, habrá que contestarle con razonamientos que desmonten los suyos y no llamándole homófobo, categoría en la que caerían, paradójicamente, muchos homosexuales que ni entienden ni defienden tal figura jurídica.

Me dio la razón de mala gana, pero me la dio. Iba a decirle que si se puede criticar el matrimonio sin que nadie te agreda, por qué no cabe discutir también el homosexual. Hay temas de los que ya no se puede hablar si no es para reforzar el credo correcto, los dogmas impuestos. Respondió que parece lógico, por ejemplo, que no se dé cancha pública a los nazis. Le pregunté por qué y se extrañó: sabe que detesto la ideología nazi. Pero respondió. Ante sus motivos, le dije que por esas mismas razones deberíamos negar la palabra también a los comunistas, que las han hecho y siguen haciendo mucho peores. Todos los países comunistas son dictaduras, dijo, pero…

La libertad de expresión anda muy malherida, no ya aquí, sino en el mundo entero. Y cuando enferma la libertad, enfermamos todos.

Paolo Vasile

Escrito por Paco Sánchez
6 de junio de 2016 a las 11:13h

Hay una lógica brutal en los argumentos de Paolo Vasile, consejero delegado de Mediaset España, que habló el miércoles en el MPXA. Dice, primero, que no está interesado en la gente que tiene cosas que decir, sino en lo que quiere escuchar y ver la gente. Después añade que aquí hace una televisión distinta de la que había hecho antes en Italia, porque cada país reclama contenidos diferentes: salvo unos pocos formatos que se repiten en el mundo entero, lo que engancha es lo propio. Por último, piensa que la televisión no morirá mientras se atenga a lo específico del medio: el directo y el esperpento. Telecinco, por tanto, proporciona directo y esperpento y, a menudo, esperpento en directo. Consecuencia: liderazgo habitual de audiencia, ininterrumpido los últimos veintiún meses. Es decir, Vasile entiende bien España.

Cabría afirmar que el italiano ha conseguido la mayor rentabilidad de una empresa de televisión europea a costa de nuestras debilidades, manteniéndose atento y cambiando lo que tuviera que cambiar. El mérito es suyo, y la vergüenza, nuestra. La parrilla de programación de Telecinco podría servirnos de plantilla para hacer examen de conciencia y, si es el caso, propósito de enmienda. Si nos enmendáramos, Vasile, que querrá seguir ganando mucho dinero, se enmendaría también. Si continuamos comportándonos de la misma manera, Vasile seguirá programando a nuestra medida. A la medida, quizá, de quienes tanto le critican. Sabe mucho de televisión y de cómo cuadrar las cuentas.

Conviene no taparse en el anonimato del concepto audiencia y remitirse al comportamiento personal, que, como decía anteayer el Roto, «es lo real: lo otro, lo genérico, solo ideología».

La Voz de Galicia, 4.junio.2016

Partidos en dos

Escrito por Paco Sánchez
6 de junio de 2016 a las 11:11h

Parece que estamos abocados a vivir los próximos decenios entre dos fundamentalismos: dura vida es esa, porque equivale a decir que tenemos que apañárnoslas acosados por dos grandísimos errores. Las elecciones austríacas lo han mostrado a las claras, pero se advierte en todas partes. Contra lo que se suele decir, el fenómeno de la extrema derecha no nace con la crisis ni con los problemas de inmigración: se trata de un fenómeno en crecimiento gradual desde hace muchos años. Y se alimenta, precisamente, de la gente más sencilla, de los que antes votaban izquierda porque los grandes partidos de ese ámbito defendían a los trabajadores. Ahora sienten que defienden otras cosas y, encima, no les gustan esas cosas.

Tampoco entienden a los partidos clásicos de derecha o de centro, engullidos en la guerra ideológica posmarxista por el discurso multiculturalista, globalizado y, en general, por una idea del mundo, de la familia y de los grandes valores que nada tiene que ver con lo que la gente sencilla entiende por sentido común, pero que domina el discurso público de las élites políticas y mediáticas. Así que las élites se han ido quedando solas. Cada vez las sigue menos gente, salvo los jóvenes educados en ese discurso. Pero esos jóvenes perciben la falsedad de la corrección política, les sabe a poco, y también escapan hacia alguno de los extremos.

Semejante panorama explica el caso Trump en Estados Unidos o el caso Bolsonaro en Brasil, además de sus múltiples manifestaciones europeas. Si la élite política y mediática no se repone y cambia su discurso, caeremos inevitablemente en alguno de los extremos. O, Dios no lo quiera, en la confrontación violenta entre ambos.

La Voz de Galicia, 28.mayo.2016

Escrito por Paco Sánchez
6 de junio de 2016 a las 11:09h

Los grandes místicos, santa Teresa, san Juan de la Cruz, fueron personas muy activas y levantaron grandes obras, también literarias. Lo hacían, sin embargo, desde la quietud que produce la cercanía a Dios, la intimidad con él. Y por eso inspiraban paz, serenidad. Los nuevos místicos piensan que lo importante consiste en que la gente vote lo correcto, porque si lo hicieran, tendríamos unos gobernantes adecuados, y teniéndolos, como por ensalmo, todos los problemas se resolverían. Esta mística política siempre ha estado presente en la ingenuidad juvenil, pero en nuestros días ha desbordado ese ámbito, quizá por incomparecencia de la mística auténtica. Los grandes místicos, tan realistas, no creían en esos milagros.

La gran diferencia entre los verdaderos y los falsos místicos radica en que unos pretenden que las personas sean virtuosas, de modo que la sociedad termine mejorando algo, y los otros prefieren imponer desde arriba un modelo social que nos haga virtuosos por decreto. Creen que la política lo arregla todo, cuando en realidad, no. De hecho, bastaría con que no impidiera demasiado el progreso moral de las gentes, por ejemplo, coartando la libertad o imponiendo criterio único desde el Gobierno. Por eso algunos místicos que dicen amar la diversidad detestan la libertad de expresión, la de enseñanza o la objeción de conciencia, por ejemplo.

El misticismo ideológico cree en las estructuras y la mística cree en las personas, por eso esta ha producido los más amplios espacios de libertad y progreso que haya conocido la historia, mientras que el otro acaba engendrando regímenes crueles, inmisericordes. Me da pánico esa mística política falsa y fácil, inmadura.

La Voz de Galicia, 21.mayo.2016

Arte y política

Escrito por Paco Sánchez
6 de junio de 2016 a las 11:07h

Nos vendría bien leer a los clásicos para entender mejor nuestro barullo político, pero no los leemos o los leemos cada vez menos. Los festejamos como mucho y no cuanto debiéramos. El mes pasado se cumplió el cuarto centenario de dos gigantes: Cervantes y Shakespeare. Por diversas circunstancias, también políticas e industriales en las que ahora no puedo pararme, Cervantes está siendo peor recordado que Shakespeare. Ambos nos ayudarían a entender qué nos pasa, precisamente porque ninguno de los dos quiso ser partidista.

Es clásico, por definición, alguien cuya obra habla a la cabeza y al corazón de cualquier persona en cualquier tiempo y de cualquier lugar. La marca del clásico se resume en la palabra universalidad. Adquieren tal condición porque no se apegan a lo pasajero, a lo que está de moda, ni ponen su arte al servicio de ninguna ideología. Llegan a la universalidad porque tocan el fondo de la naturaleza humana, esa que es anterior a cualquier clase de construcción cultural y que, como consecuencia, comparece siempre y en todo lugar. Son expertos en humanidad y, precisamente por eso, resulta imposible catalogarlos en la derecha o en la izquierda, se resisten a los simplificadores profesionales. Y no porque se atengan a una especie de antigua corrección política -de hecho, ambos parecen hoy muy incorrectos, aunque nadie se atreva a decirlo-, sino porque hurgan en nuestra alma preideológica.

Por eso Ben Bradlee, legendario director del Washington Post en los tiempos del Watergate, cuando unos profesores de periodismo le pidieron consejo para formar mejor a sus alumnos, les dio solo uno que he repetido mucho: «Que lean todo Shakespeare». Y a Cervantes, añado.

La Voz de Galicia, 14.mayo.2016

Soledad

Escrito por Paco Sánchez
6 de junio de 2016 a las 11:05h

Me

dolió mucho su cara aquel día. Acababa de recibir una de esas llamadas telefónicas. Se notaba que deseaba hacer el favor, pero las ganas se le convirtieron en enfado. «¡Claro, y ahora tengo que arreglarlo yo!». Querían que no diera una noticia. Pedirle a un editor de periódicos que calle una noticia es una barbaridad. «Si no doy la noticia del niño que se la pega en el coche a las tantas de la madrugada (me explicó, además, las circunstancias), ¿cómo voy a publicar que un camionero que va ya cansado haciendo su ruta se estrella contra una casa?». Es una anécdota pequeña, pero en su día funcionó como un fogonazo: entendí de pronto cómo es un verdadero editor, alguien que vive donde su periódico se publica, padece con cada noticia y asume en sus carnes las consecuencias de publicarlas. Entendí por qué se queja de soledad.

Esas llamadas incluyen a veces amenazas oblicuas, halagos tuertos o promesas vagas. El editor gestiona miedos: los de las fuentes y los de los lectores, los de los periodistas y los de los anunciantes y los suyos propios. Son miedos de difícil equilibrio. Pero un editor de verdad lo busca para hacer país y no para chantajear, como otros. La diferencia radica ahí: en estar donde caen las bombas y silban las balas, en vez de retreparse en el despacho de una ciudad lejana contemplando una cuenta de resultados sin personas ni noticias.

Muchos dicen que Santiago Rey es el último editor. Desde luego, ningún otro comparece con tanta frecuencia ante sus lectores jugándose la cara. Celebro que se hayan recogido algunos de sus valientes artículos y discursos en el volumen Yo protesto, que se entrega hoy con La Voz de Galicia, su periódico y su vida.

La Voz de Galicia, 7.mayo.2016

¡Al sótano!

Escrito por Paco Sánchez
30 de abril de 2016 a las 9:00h

Siendo un párvulo de segundo año, estaba tan tranquilo en mi pupitre y de pronto se abrió la puerta con mucho estruendo y apareció mi hermano llorando. Venía en mi busca, perseguido por una profesora, porque una avioneta había hecho un vuelo rasante sobre el colegio nacional en el que estudiábamos y Luis pensó que se avecinaba un bombardeo y quería morir conmigo. Mientras me abrazaba, la profesora que lo había perseguido sin éxito por el pasillo comentó: «A saber lo que le cuentan al niño en casa». Me sentí muy culpable. Por entonces, padecía obsesión con la guerra y, muy especialmente, con los bombardeos, materia frecuente de mis pesadillas nocturnas, y ya de día, tendía a dibujar aviones lanzando toda clase de munición sobre barcos y ciudades. Eso era lo que le enseñaban a mi hermano en casa y se lo enseñaba yo.

Aunque ya no sufro tales pesadillas infantiles, temo el próximo bombardeo, tan inútil, para el que están aprontando sus armas tantos trolls y tantos bobos que pretenden ametrallarnos con tuits desde sus helicópteros pesados de vuelo bajo. Me refiero a los memes y memeces, a las guerras de banderolas, banderas y banderillas, farola a farola, calle a calle, barrio por barrio. Y a los asuntos sucios que caerán aparentemente del cielo como bombas de racimo sin mirar a quién lastiman más. Y al spam de propaganda y papeletas en el ordenador y en el buzón de casa que se derramará sobre una población ahíta, cansada, harta, hasta las narices.

Como en los bombardeos, cada uno se refugiará en su sótano o en su búnker, si lo tiene. Y de ahí saldrán el día 26 de junio para votar lo mismo. O para no votar. O quizá quince días sin asomar cabeza, pensando… ¿Se imaginan?

Robar o no robar

Escrito por Paco Sánchez
28 de abril de 2016 a las 17:32h

El

relato periodístico de lo que han hecho durante años Ausbanc, supuesta protectora de los usuarios bancarios, y Manos Limpias, supuesta defensora de la justicia, me ha recordado un cuento y lo he releído. Porque en estos asuntos, como en el cuento, parece que todo el mundo sabía. Todos estaban al tanto y hubiera sido imposible semejante actividad chantajista sin la anuencia de otros que, quizá, operaban con criterios oscuros que los convertían en presa fácil. Dibuja una figura negra de nuestra sociedad en la que, por cierto, apenas comparecen los políticos. Si acaso, por omisión: porque seguro que también ellos sabían. Pero ni Ausbanc ni Manos Limpias ni las decenas de fregados comparables que se han ido descubriendo en los últimos meses -papeles de Panamá aparte- aparecen protagonizados por políticos. El problema con la corrupción no es un problema de corrupción política, sino de corrupción social, intestina.

En su cuento La oveja negra, Italo Calvino describe un pueblo donde todos eran ladrones, un pueblo igualitario: «En aquel país el comercio solo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El Gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos. Y por su lado los súbditos solo pensaban en defraudar al Gobierno. La vida transcurría sin tropiezos y no había ni ricos ni pobres».

Pero uno dejó de robar y desequilibró el ecosistema: aparecieron los ricos, los pobres, el hambre y la miseria, la desigualdad. Ahí estamos: o robamos todos o recuperamos el sentido moral en la familia y en la educación. Esta última parece una solución más razonable y poética. Más humana, también. Y más difícil.

La Voz de Galicia, 23.abril.2016

Infierno y paraíso

Escrito por Paco Sánchez
19 de abril de 2016 a las 16:25h

Cuanto menos se cree en el infierno, más se anhela el paraíso. El paraíso fiscal, por supuesto. Los papeles de Panamá lo demuestran. Apenas un despacho de uno solo de esos paraísos, no precisamente el más prestigioso, y? miren lo que sale. Mientras andamos entretenidos con nombres y nombrecitos, con la exigua presencia de ricos y políticos americanos, mientras le atribuimos la filtración a la CIA, que quiere cerrar las tuberías por las que circula el dinero de la droga y del tráfico de armas, el dinero que comercia con Corea del Norte, con Siria o con Irán pese a las sanciones internacionales, mientras nos entretenemos en todo eso, pocos se fijan en lo fundamental.

La filtración más grande de la historia apenas boceta el paisaje: Zucman, en su libro La riqueza oculta de las naciones, decía (2015) que un ocho por ciento de la riqueza financiera mundial se oculta en los paraísos. El comisario europeo de Asuntos Económicos cifra esta semana en un billón anual de euros el fraude a las haciendas europeas directamente atribuible a esas tapaderas. Y es posible que ambas cifras, por escalofriantes que parezcan, se queden cortas.

Todos sabíamos de tales prácticas, particularmente obscenas en un tiempo en el que la brecha entre ricos y pobres se agranda velozmente a base de devorar a la clase media, la asalariada, la que paga cada vez más impuestos de los que se benefician ricos y pobres. La inmoralidad del sistema resulta evidente. En un tiempo de crisis, bastaría con recurrir a ese dinero -ahora que los bancos centrales parecen ya exhaustos- para incentivar la economía, o por lo menos, para atender a los desatendidos. Estos paraísos nos están condenando al infierno.

La Voz de Galicia, 16.abril.2016