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Farisaico

Escrito por Paco Sánchez
25 de abril de 2015 a las 8:48h

Nos escandalizamos cuando un niño mata a su profesor, a un compañero o a sus padres y empezamos a buscar causas en el sistema educativo y en el sistema cultural, como si los niños pertenecieran a otros: los culpables son las series y los videojuegos violentos, la falta de autoridad en las escuelas, la tibieza del Código Penal con los menores. En fin. Puede que alguna culpa tengan. Nos escandalizamos tanto porque tales aberraciones duelen más cuando las comete un chaval y porque ocurren muy de vez en cuando. Sin embargo, nos hemos acostumbrado, y voy a referirme solo a casos de los últimos días, a que una madre tire a sus hijos por la ventana, a que una novia acuchille a su novio inválido, a que se detenga a cientos de personas por producir pornografía infantil o por comercializarla, a que los padres agredan a los profesores, a que se maltrate a los hijos de la pareja -fortuita o estable-, a que se dejen niños abandonados en coches cerrados a cal y canto o en la noche de un apartamento. O en la vida, después de separarlos de su madre o de su padre, no pocas veces mediante asesinato.

Eso sí se repite. ¿Por culpa de las series de televisión, la música y los videojuegos? ¿Lo arreglamos con una subidita de penas en el Código Penal? ¿Creamos un cuerpo especial de orientadores de adultos, unos geos psiquiátricos? Se reproduce el análisis de la tragedia de Germanwings: el copiloto era un trastornado y ya está. Tranquilos todos. Archivado como accidente mecánico.

No pretendo repartir culpas ni acusar a nadie, sino hacer patente la contradicción. Y dejar claro que, desde luego, la culpa nunca es de los niños. Ellos son siempre las víctimas. El de la ballesta, también.

La Voz de Galicia, 25.abril.2015

Misericordiosos

Escrito por Paco Sánchez
18 de abril de 2015 a las 8:48h

Escuché una vez que es humilde quien da a menudo las gracias y quien, también a menudo, pide perdón. Es decir, alguien que reconoce y agradece la ayuda de los demás y, a la vez, se da cuenta de sus errores al prestarla a otros. De la misericordia podría decirse lo mismo: solo quien se siente necesitado de misericordia es capaz de ser misericordioso, no de un modo superficial o sentimental, sino de un modo eficaz: decía San Agustín que no es misericordioso quien se conmueve con el mal ajeno, sino quien hace algo por remediarlo. Hay un libro maravilloso de Antoni Mari que se titula El vaso de plata. Para explicar algunas técnicas de escritura, suelo usar en clase uno de sus relatos, titulado Sufrir con paciencia las molestias y debilidades del prójimo. Responde, como los otros trece, a una de las obras de misericordia. Luego pregunto cuántos saben qué son las obras de misericordia. Nadie levanta la mano desde hace años. Después, para atormentarme, pregunto cuántos han asistido a clase de religión: casi todos.

Tenemos un problema de misericordia, porque nos creemos autónomos y autosuficientes. Quitamos a Dios de en medio, porque no queremos ni sus exigencias ni su perdón. Nos bastamos. Vamos mucho más allá que aquel hombre de la parábola al que se le había perdonado una deuda inmensa y, después, fue incapaz de perdonar a alguien que le debía un casi nada. Nosotros ni reconocemos la deuda. Por eso nos hemos quedado sin capacidad de perdonar a otros. Se ve en las familias, en el trabajo, en todas partes.

Juan Pablo II le dedicó su segunda encíclica y Francisco insiste ahora con su bula El rostro de la Misericordia que convoca el Año Santo. Nos hace falta.

La Voz de Galicia, 18.abril.2015

EGM de diarios: Galicia y España

Escrito por Paco Sánchez
15 de abril de 2015 a las 10:17h

Nido de mirlos

Escrito por Paco Sánchez
11 de abril de 2015 a las 9:17h

Me  lo dijo en cuanto llegué, exaltada: «Tu tía Carmen ha encontrado un nido de mirlos». Se ve que no correspondí con entusiasmo proporcionado, así que, por si no había escuchado bien, mi madre repitió la noticia con la misma cara de cría que se le pone siempre que regresa a los territorios de su infancia. Apareció luego la tía Carmen y decidieron que tenían que enseñarme el nido. En un lateral de la casa donde nacieron -yo también nací allí- hay un reborde pequeño de terreno casi un metro más alto que el camino, entre el hórreo y la casa, donde ya solo queda un loureiro bajo. Allí se subió para mi susto la tía Carmen y me pidió que la siguiera. Apartó con el bastón unas ramas, salió volando un mirlo enorme y apareció el nido perfecto con sus tres polluelos. Mi madre sonreía desde el camino. Poco antes, me había llevado casi de la mano a un nabal diminuto que mi cuñado sembró detrás de la casita de fin de semana que tienen allí. Quería que me deslumbrara con el estallido de amarillos en sus flores como espigas y que sintiera el perfume, «sano», dijo ella, que producían sin soberbia aquellas plantas, sabiéndose simples nabos. Andaba también pendiente de escuchar el cuco, pero no compareció para darle ese placer. Señalando unas margaritas, me dijo que su llegada siempre la alegraba mucho de pequeña, porque significaba que el San Xorxe estaba cerca, con su misa solemne y su romería en la capilla y su comida de fiesta en casa.

Subí al coche de vuelta. En la radio discutían -mira tú qué cosa- si el aborto es un derecho, si pueden obligarte a organizar una boda gay o si deberíamos hacer algo para detener las matanzas de cristianos. Me dio mucha grima y la apagué.

La Voz de Galicia, 11.abril.2015

Misterio

Escrito por Paco Sánchez
28 de marzo de 2015 a las 12:08h

Vivimos en una cuerda floja tendida entre dos misterios, el del bien y el del mal, e intentamos equilibrarnos con una pértiga de racionalidad científica que rara vez evita que caigamos al abismo. Sorprende que mientras descartamos como superstición todo lo que no se puede ver y tocar, se multiplique el número de series de televisión, películas y publicaciones diversas en torno al diablo y lo maléfico: vampiros, fantasmas, brujas, hechiceros y el propio Lucifer en persona. Si nos quitan el misterio por un lado, si lo secularizan, tendemos a recuperarlo por otro -casi siempre más banal o perverso-, porque nos sabemos habitantes del misterio: nosotros mismos somos un misterio.

Da la impresión de que reconocemos fácilmente el carácter impenetrable del mal y sus atractivos. Todavía. Como si el ideal de una vida buena resultara idiota o infantil, algo de otros tiempos, el misterio del bien apenas nos interesa: carece de morbo y resulta demasiado exigente, salvo que revista formas heroicas espectaculares. Pero incluso entonces, nos atrae por el espectáculo. Nos avergüenza decirles a los niños que sean buenos y ni de broma nos planteamos ser virtuosos. Confiamos a la policía y a las leyes que sean buenos los otros, y protocolizamos los riesgos en sistemas de seguridad y códigos penales.

Pero la vecina dice sorprendida a los de televisión que el chico de al lado, el asesino múltiple, era un chaval normal y simpático; como el que maltrataba a mordiscos y quemaduras a la hija de su pareja; como la que guardaba sus fetos en la nevera. Todos parecían normales, pero como todos, vivían en la cuerda floja entre dos misterios. También Andreas Lubitz, copiloto.

Columna en La Voz de Galicia, 28.marzo.2015

Down

Escrito por Paco Sánchez
21 de marzo de 2015 a las 9:26h

Un mundo sin ellos sería infinitamente peor: menos alegre, menos generoso, menos abierto y espontáneo, menos sincero, menos humano, porque solo ellos son capaces de aportar semejantes torrenteras de alegría, generosidad, sencillez y, sobre todo, cariño, que nos hacen más humanos, muy especialmente a sus seres más próximos: sus padres y hermanos, sus abuelos, sus tíos, sus profesores, sus colegas de trabajo, sus amigos. A veces pienso que si algunos tienen miedo al síndrome de Down es porque no conocen a nadie que haya nacido con ese cromosoma de más o porque tienen miedo a la propia felicidad.

Saber querer es, me parece, la asignatura pendiente de nuestro tiempo. Y por eso los necesitamos tanto: porque saben querer como nadie y porque se hacen querer. De algún modo, te obligan a quererles y, al hacerlo, aprendes a querer a todo el mundo. No es solo que propendan al abrazo, al achuche, al besuqueo, sino que te desconciertan con sus continuas atenciones, con su agradecimiento profundísimo -no son de los que se creen con derecho a todo- y con su fragilidad indisimulada que, a veces, puede parecer chulería. Recuerdo haberle dicho a un amigo de mi hermano que tenía que adelgazar, que estaba muy gordo. Lo reconoció de inmediato, pero añadió: «Pero oye, que ya he adelgazado, eh». Y sacó de su cartera una tarjetita en la que apuntaba los pesajes: «Mira, ¡he bajado 100 gramos!».

Son maestros de humanidad, personas imprescindibles que actúan como poderosas centrales generadoras de afecto en las familias -siempre más unidas si están ellos-, en el trabajo, en la vida social. Me uno muy contento al Día Mundial del Síndrome de Down que se celebra hoy. Debería ser festivo.

La Voz de Galicia, 21.marzo.2015

Lo nuevo

Escrito por Paco Sánchez
14 de marzo de 2015 a las 10:18h

En la política española, mirado con perspectiva, lo que aparece como nuevo es más viejo que la pana, y lo que se considera ahora viejo resulta que es de ayer mismo. Lo viejo son casi dos siglos de gobiernos frágiles e inseguros, de pocos meses, que gastaban todas sus energías en la lucha por mantenerse, salvo en los paréntesis largos de las dictaduras, e incluyendo las dos repúblicas y los primeros gobiernos de Suárez. Lo nuevo acontece después de la primera victoria de Felipe González, que inaugura treinta y cinco años de gobiernos estables, capaces de hacer cumplir la tan citada profecía de Alfonso Guerra: «A este país no le va a conocer ni la madre que lo parió». Es decir, treinta y cinco años de gobiernos democráticos que, bien o mal, gobernaron. Treinta y cinco años de estabilidad.

No había caído en la cuenta de esa endeblez endémica de nuestros gobiernos hasta que leí hace unos días el artículo del profesor Higinio Marín «Lo nuevo y lo castizo (de casta)». Describe lo anterior con más detalle y concluye: «Con sus lacras, los últimos treinta y cinco años han supuesto en el conjunto de la historia moderna y contemporánea el episodio de convivencia cívica y prosperidad general más meritorio, digno y ennoblecedor. Los logros comunes implicaron casi siempre moderación, renuncias y balances equilibrados entre ideología y convivencia. Lo castizo en España ha sido y vuelve a ser hacerse políticamente incapaz de esa templanza».

Conviene recuperar la política sin ingenuidades utópicas ni adanismos ridículos: «No hay hombres o políticos nuevos sin las debilidades de los anteriores. La historia nunca empieza con uno mismo ni es irrelevante lo que se hizo bien».

La Voz de Galicia, 14.marzo.2015

Sin trampitas

Escrito por Paco Sánchez
7 de marzo de 2015 a las 10:08h

Me parece oportuno debatir sobre la conveniencia de las clases de religión en las escuelas. En general, me parece que debemos debatir más sobre muchos asuntos: eso nos enriquece personalmente y fortalece la democracia. Lo contrario deviene en tiranía. La cháchara, es decir, el debate sin rigor, sin lógica y sin datos, produce efectos todavía más nefastos: engendra una convivencia social polarizada -dividida en buenos y malos- que a la postre degenera en una violencia más o menos intensa y explícita.

Adelanto que no diré mi opinión hoy sobre la presencia de la asignatura de religión en el currículo escolar. Se aparta de lo que algunos esperarían. Pero sí confieso mi extrañeza al leer en el editorial de un reputado diario que los contenidos de la asignatura se oponen a las verdades científicas sobre el origen del mundo. La teoría del big-bang fue formulada por el sacerdote belga Georges Lemaitre y en nada se opone a la creación. En otro medio, un conocido ensayista se escandalizaba de que la materia estuviera organizada en torno a la salvación del pecado que Cristo nos ganó en la Cruz. Es decir, se quejaba de que discurriera en torno a un misterio central de la fe cristiana. No sé cómo podría obviarlo. Asuntos menores: la denuncia de que la asignatura sea evaluable, obviando de paso que se trata de una optativa. Si el alumno no la elige, no se le evalúa. Si la estudia, tiene derecho a ser evaluado y a que forme parte de su expediente. Y por cierto, de la cacareada obligación de rezar en clase, no hay rastros en el currículo publicado.

Conviene debatir este asunto, pero con un mínimo de altura intelectual y sin trampitas. Si no, todos saldremos perdiendo.

La Voz de Galicia, 7.marzo.2015

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Verdades y mentiras sobre la clase de Religión

Idealistas

Escrito por Paco Sánchez
28 de febrero de 2015 a las 10:25h

rios artículos intentan explicar esta semana por qué el yihadismo exhibe la asombrosa capacidad de entusiasmar y reclutar a miles de jóvenes occidentales, musulmanes en su mayoría, pero también algunos conversos. Matanzas y decapitaciones, secuestros y torturas, todo el despliegue de crueldad sobre el terreno y en Internet atraen con fuerza a unos chavales y chavalas que, teóricamente, viven en una sociedad más humana y avanzada, más compasiva. Los articulistas se preguntan cómo es posible: por qué estos chicos prefieren la brutalidad al refinamiento de la cultura occidental.

La respuesta fácil, que se trata de menores con poco entendimiento y fáciles para las demoníacos encantos de la propaganda yihadista, no se sostiene: parece que en su mayoría responden a perfiles de carácter y capacidad por encima de la media. Simplemente, han optado por la subcultura más cercana entre las muchas subculturas nihilistas que abrazan sus iguales, también en Internet.

Desde enfoques y bases antropológicas distintas, los articulistas concuerdan en la misma causa: la incapacidad de nuestra cultura para ofrecer a los jóvenes sentido, que es lo que más necesitan, algo por lo que valga la pena luchar y sacrificarse, una noción del bien. La mística del consumo proporciona exactamente lo contrario. Otros apuntan también que el multiculturalismo cerril ha disuelto cualquier pretensión moral. Si todo debe ser respetado, todo vale. De ahí que el vídeo de una decapitación pueda resultar ominoso para unos chicos e inspirador para otros.

No habría que culpar a los yihadistas, concluyen, sino a esta sociedad sin coraje, incapaz de alentar ideales que llenen de sentido toda una vida.

Publicado en La Voz de Galicia, 28.febrero.2015

Democracia menguante

Escrito por Paco Sánchez
21 de febrero de 2015 a las 9:48h

Una vez le preguntaron a Gandhi qué pensaba de la civilización occidental. Respondió: «¿Civilización occidental? Sería una buena idea». Hoy no resulta tan gracioso. Hemos pasado de un tiempo en el que Estados Unidos parecía poder arreglarlo todo a otro en que nadie quiere arreglar nada. Un tiempo sin coraje. Da igual que Putin se coma a bocados Ucrania saltándose a la torera todas las leyes internacionales o que Boko Haram y el Estado Islámico degüellen de uno en uno, de quince en quince o que martiricen a miles de cristianos en Nigeria o en Irak; da igual que Turquía vuelva a la condición de régimen autoritario, que el Egipto actual sea peor que el de Mubarak o que Maduro detenga porque le da la gana a sus opositores políticos. Sin contar, por supuesto, las barbaridades del régimen chino. ¿Cómo responden Estados Unidos y Europa? Con enérgicas protestitas perfectamente medidas y alguna sanción económica tibia.

Esto explica el resurgir del autoritarismo en el mundo. Después de 30 años de expansión, la democracia pierde presencia en el mapa, según un estudio recién publicado por el profesor Larry Diamond, experto en la materia de la Universidad de Standford. Otro tanto ocurre con los indicadores de libertad, menos en los países occidentales. Los dictadores viven más sueltos.

Diamond lo atribuye a los malos índices de buen gobierno, transparencia y corrupción -peores en todas las áreas del mundo- y a la falta de energía de las democracias occidentales, polarizadas y políticamente bloqueadas. Como si desde el fin de la guerra fría nos hubiéramos quedado sin política y sin políticos, sin más ideales que el consumo, sin energía más que para protestar por lo nuestro.

Publicado en La Voz de Galicia, 21.febrero.2015