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Vídeos como espadas

Escrito por Paco Sánchez
30 de agosto de 2014 a las 9:10h

Llegarán más vídeos con remite EI y reproducirán aberraciones semejantes a la decapitación de James Foley. Porque el vídeo es un arma. Robert Kaplan ha hecho un análisis del de Foley y concluye que se trata de una producción audiovisual impecable, perfectamente ensayada y repleta de elementos simbólicos -desde el color de las vestimentas de ambos protagonistas, hasta el hecho de que se trate de una decapitación con un cuchillo pequeño, pasando por el cuidado acento británico del verdugo- dispuestos para transmitir un mensaje global y nítido: «Ganaremos porque no reconocemos vuestros límites, porque estamos dispuestos a todo».

¿Por qué ese mensaje dirigido a una audiencia encabezada por los ciudadanos estadounidenses y los musulmanes contrarios al EI? Porque las guerras han cambiado mucho y no solo mueren más civiles que soldados, también la percepción de los civiles resulta decisiva para ganar o perder. Quieren meternos miedo, porque nos tienen por pusilánimes, acobardables y faltos de coraje, más propensos a retirar nuestras tropas que a defender libertades propias o ajenas. Ya en la primera guerra del Golfo, Sadam Hussein pensó que Bush padre daría la vuelta obligado por su opinión pública, en cuanto recibiera los primeros ataúdes de soldados. Pero los americanos habían aprendido la lección de Vietnam, así que dejaron de televisar sus guerras. Entonces bastaba con controlar la televisión. Ahora resulta casi imposible controlar. Llegarán más vídeos y habrá que plantearse cómo recibirlos. Esta vez no lo hemos hecho bien ni desde los medios ni desde las redes. No hacía falta dañar nuestra memoria con imágenes: bastaba con saber qué había pasado y por qué.

Publicado en La Voz de Galicia, 30.agosto.2014

Veo que ya ha llegado otro vídeo. Pues nada…

Los lunes al golf

Escrito por Paco Sánchez
29 de agosto de 2014 a las 15:47h

La última columna en Nuestro Tiempo. Empieza así:

Me bajé de la tienda de Apple una aplicación de golf gratuita que en realidad tenía un precio: desde entonces, recibo un correo electrónico semanal que, disfrazado de newsletter, me recuerda que debería adquirir la aplicación de pago. Normalmente lo borro en cuanto llega. Pero el otro día lo abrí sin querer, tropecé con la primera noticia y el título y me enganchó. Resulta que el golf está en declive. Por lo menos, y en contra de mis impresiones, pierde jugadores y licencias a chorro. El año pasado terminó con casi un 5 por ciento menos, no quedaba muy claro si de licencias o de gente que realmente jugó, que es lo que interesa a los clubs y a las marcas de material deportivo. En los últimos veinte años, el número de jugadores entre los dieciocho y los treinta y cuatro cayó un 30 por ciento, y en el decenio pasado, el golf perdió —no quedaba claro si en Estados Unidos o en el mundo— cinco millones de asiduos. Según parece, los desertores del green reconocen en las encuestas dos motivos fundamentales: jugar una partida de golf lleva demasiado tiempo y… es un deporte muy difícil de dominar, muy técnico. (leer más)

Gritos sin eco

Escrito por Paco Sánchez
23 de agosto de 2014 a las 9:16h

Fouad Twal preguntaba angustiado en julio: «¿Hay alguien que escuche nuestros gritos? ¿Cuántas atrocidades tendremos que soportar antes de que alguien en alguna parte venga en nuestra ayuda?» Twal es el patriarca católico de Jerusalén y se refería a las matanzas, secuestros y encarcelamientos, torturas y persecuciones de toda especie que padecen los cristianos en el mundo. Por la naturaleza de los hechos, resulta difícil fijar cifras: decenas de miles de asesinatos al año ?los datos bailan entre diez mil y ciento treinta mil; el 2014 batirá todas las marcas?, millones de desplazados, encarcelados, torturados, vendidos como esclavos, sin contar amenazas y hostigamientos que les impiden, no ya cualquier actividad pública, sino la mera posesión de una Biblia. Nadie parece escuchar sus gritos.

Ningún famoso ha levantado la voz o un cubo de agua fría sobre su cabeza ante la descomunal crisis humanitaria. Ni una manifestación tímida ni una pancarta, apenas unos cuantos miles de usuarios han colocado en su perfil de Twitter la letra árabe que designa a los nazarenos. Eso es todo. Las noticias asoman en los medios un rato si se refieren a mujeres: las casi trescientas chicas secuestradas de Nigeria, ¿qué fue de ellas?, o la condenada a muerte por convertirse. Las despelotadas de Femen no han podido defenderlas ante los imanes, porque andaban ocupadas en acosar obispos.

El progresismo occidental no simpatiza con esta causa porque está más acostumbrado a combatir las ideas cristianas que a defender la libertad de los otros. Y los conservadores, porque no son de salir a la calle ni de armar jaleo. O porque carecen de coraje o de principios. O porque no ven mercado.

La Voz de Galicia, 23.agosto.2014

Acorchados

Escrito por Paco Sánchez
16 de agosto de 2014 a las 9:47h

Llamamos sensibilidad a la capacidad de percibir la belleza y el dolor, supone una cierta delicadeza y se traduce a menudo en afectos de humanidad, compasión y ternura. Por eso entre un grupo de amigos malvados, cuando alguien muestra las cualidades contrarias, recordamos la frase que dijo no sé quién: «Tengo una sensibilidad de puta madre». No hay insensibilidad mayor ni más mema que la del embotado exhibicionista que ejerce de sensible. Últimamente abunda. Por eso me ha conmovido tanto un artículo de Rafael Latorre, a quien no conocía, titulado La mentira del padre Pajares.

Por eso, y porque escribe con naturalidad, sin caracoleos, con el alma abierta del hombre inteligente -por tanto, capaz de revisar sus opiniones- que no teme la verdad ni compone el gesto para agradar después con comentarios vulgares, de taberna.

Latorre no es un silenciario ni uno de tantos traficantes de la palabra, sino un tipo con redaños suficientes para, después de anotar el acorchamiento de todo un país y de algunos de sus hombres públicos, escribirse y escribirnos este párrafo: «Yo soy ateo. No agnóstico. Ateo. O sea, que estoy convencido de que los curas se pasan la vida creyendo en una mentira. Creo, además, que toda mentira es dañina. Y de sobremesa en sobremesa exhibo con arrogancia mi materialismo. Pero la coquetería me dura hasta el preciso instante en que me entero de que un misionero se ha dejado la vida en Liberia por limpiarle las pústulas a unos negros moribundos. Entonces me faltan huevos para seguir impartiendo lecciones morales. Principalmente por lo aplastante del argumento geográfico. Él estaba allí con su mentira y yo aquí con mi racionalismo».

Publicado en La Voz de Galicia, 16.agosto.2014

Avergonzado

Escrito por Paco Sánchez
9 de agosto de 2014 a las 9:04h

Pensaba escribir artículos agosteños ligeros y amables, cálidos. No quería gastar una palabra en el ébola, porque antes debería echarle mil a la malaria y dos mil al sida, por ejemplo, y porque la Organización Mundial de la Salud -esa agencia tan corrupta- se ha apresurado a declarar la emergencia, y suele hacerlo cuando está a punto de lanzarse un nuevo fármaco, como ocurrió ya tantas veces. Pero esas buenas intenciones se las llevó el diablo con las noticias sobre el contagio del misionero Miguel Pajares y el debate en torno a su repatriación.

Ciertamente, el pobre Pajares ha cometido varios errores imperdonables. En primer lugar, ser viejo. Es casi seguro que nadie discutiría la repatriación de un chaval o una chavala que anduvieran por allí turisteando la pobreza sin ánimo de quedarse. Precisamente en esto último consiste el segundo error: se hizo viejo gastando cincuenta años, enterrando su vida allí. Si se hubiera dedicado a la fórmula 1, si hubiera ganado alguna bota de oro o una Copa del Mundo, lo trataríamos de otra manera. Pero no, en estos cincuenta años Pajares se ha dedicado a cuidar gente que nadie quería cuidar y, encima, es misionero: su tercer gran error. A los silenciarios habituales ?me refiero a los que matan a sus víctimas mediante el ninguneo? les parece inmoral tanto lío por un misionero católico y a costa del erario público.

La discusión en torno a quién paga, resulta particularmente vomitiva, y no solo por indelicada. Don Miguel Pajares se dejó la vida pobre y callado, sin esperar agradecimientos y tendría derecho a la amargura. En vez de eso, seguro que desde la cama del hospital sigue rezando por nosotros, pobres bocazas apesebrados.

Publicado en La Voz de Galicia, 9.agosto.2014

Veranos

Escrito por Paco Sánchez
2 de agosto de 2014 a las 9:05h

La primera quincena de agosto se parece al vaso que tenía un gigantón de la isla de Madeira al que por su extraordinaria envergadura llamaban Macaco. Aquel vaso, según me contaron, rebasaba con mucho la medida del litro y tenía dos dibujos: uno casi en el borde, que representaba un diablo tumbado, y otro en el fondo con una imagen de Nuestra Señora de Fátima. Por lo visto, el Macaco entraba en la taberna, cogía su vaso y le decía al tabernero: “¡Ahógame ese diablo!”. Después, justo antes de empinarlo, añadía: “¡Que se me aparezca Nuestra Señora!”, y lo trasegaba hasta el final en un suspiro.

Aquí se suele decir que el corazón del verano va de Virgen a Virgen, del Carmen a la Asunción. Pero estas dos primeras semanas de agosto son el verano del verano, un tiempo de fiestas y reencuentros con familiares y amigos que andan por ahí y a los que no conseguimos ver tanto como quisiéramos. Lo recuerdo así desde niño: días livianos y alegres, en los que nos juntábamos decenas de primos en las casas de Recareu o de Mirás, que estallaban de críos, de besos y fiestas, de correteos y baños. Con el aliciente de dormir en el suelo, “dormir a rancho” le llamábamos: quizá porque parecíamos lechones acurrucados unos contra otros, tres o cuatro por manta, a lo mejor diez en cada cuarto. Aquello era vida.

En un suspiro de risas, como en el jarro del Macaco, se nos aparecía Nuestra Señora el 15 de agosto, que en Mirás era el día de la fiesta mayor. Empezaban a desaparecer primos y tíos camino de Baracaldo, de París o de Coruña, y el verano se ponía a dar cabezadas, a apagarse lentamente entre sollozos callados de despedida que ya presentían de algún modo las nostalgias de ahora.

Publicado en La Voz de Galicia, 2.agosto.2014

Contrarreloj

Escrito por Paco Sánchez
26 de julio de 2014 a las 8:51h

Dos veces o tres al año, la muerte pasa cerca, rozándonos casi o llevándose a los más próximos. Sigue siendo el gran misterio pese a tantos avances. Entendemos que el cuerpo se rompa en un accidente, que deje de funcionar o se desgaste con el paso del tiempo, pero no entendemos que tengamos que morir ni que se nos mueran otros, que se nos mutile un trozo de biografía y ya no podamos crecer por ese lado. Cuando ocurre, seguimos resistiéndonos como si nos pareciera irreverencia que el resto de nuestra vida, tan llena de cosas menores, vaya rellenando el vacío que dejó una persona, como si no la hubiéramos querido tanto: ese hueco debería seguir ahí siempre, pensamos, como una herida abierta que se niega a cicatrizar.

Paco Olea era un hombre que pretendía morir de pie y sin dar la lata. Poseía una inmensa fortuna que nunca quiso administrar y que solo Dios sabe hasta dónde alcanza: miles de amigos que le queríamos sin matices, porque no nos quedaba más remedio. ¿Cómo no querer a quien vive para ti sin pedir nada? Al ver tantísima gente en su funeral el sábado pasado, alguien dijo: «Pues aquí… nadie ha venido por cumplir». Porque Paco no cumplía, no gestionaba amistades, no entraba en el juego del «doy para que me des». Solo daba. A veces, simplemente escuchando lo que pocos tienen paciencia para escuchar: esas penas que, en el fondo, son las mismas en todos y que pueden aburrir mucho si no las recibe un amigo, alguien capaz de comprender nuestra singularidad.

Simone Weil pensaba que solo conocemos el bien cuando lo hacemos y que, sin embargo, el mal solo se reconoce si no se hace. Por eso necesitamos tanto a los buenos. Porque perciben la distinción esencial.

Publicado en La Voz de Galicia, 26.julio.2014

Para qué sirve una guerra

Escrito por Paco Sánchez
28 de junio de 2014 a las 10:07h

La crisis de Ucrania empieza a diluirse en la torrentera informativa. Quizá, porque se descuenta que ni Rusia invadirá Ucrania ni esta recuperará Crimea. Es decir, se percibe que no pasa nada, como si los cientos de muertos no contaran, como si el miedo no mordiera, como si la gente concreta no importara a nadie.

Dicen que esa crisis solo conviene a Putin para despistar con el viejo truco del enemigo externo a un pueblo en crisis social y económica, bastante más harto que el nuestro. Pero las guerras, como apuntaba Francisco en su entrevista con Cymerman, sirven también para otras cosas: “Descartamos a toda una generación por mantener un sistema económico que para sobrevivir debe hacer la guerra… Pero como no se puede hacer la Tercera Guerra Mundial, entonces se hacen guerras zonales. ¿Y esto qué significa? Que se fabrican y se venden armas”.

Las recomendaciones de los analistas geoestratégicos más conocidos, curiosamente, confluyen en una misma idea en torno a Ucrania: crear un cinturón en la frontera occidental de Rusia, desde Finlandia a Azerbaiyán. La OTAN sería poco útil en este escenario y una intervención a gran escala de Estados Unidos, también. Remedio: rearmar a esos estados, porque algunos ni tienen ejército y otros apenas podrían soportar medio ataque. Que paguen los que puedan –por ejemplo, Azerbaiyán, que al igual que Georgia acaba de anunciar importantes compras de armamento- y a los otros se les daría el crédito que necesiten.

Las palabras del Papa, citadas ayer por Vicente Lozano, continuaban así: “… Y con esto los balances de las economías idolátricas, las grandes economías mundiales que sacrifican al hombre a los pies del ídolo del dinero, se sanean».

Miedo

Escrito por Paco Sánchez
21 de junio de 2014 a las 19:33h

Leí el jueves el titular de una entrevista a Carolina Bescansa, cofundadora gallega de Podemos, y me asusté. Decía: «Se ha llegado ya al momento de que el miedo cambie de bando». Incluía dos palabras que detesto especialmente, «miedo» y «bando», pero luego el texto me pareció más que razonable. El titular, aunque fiel, quedó en falsa alarma.

El miedo siempre ha sido el gran argumento retórico de la lucha política y social: se ha utilizado sin pausa para definir las banderías por el sencillo procedimiento de infundir a los propios pánico del oponente, convertido no ya en adversario, sino en enemigo, alguien que debería ser evitado, batido, arrasado. Lo utilizó Suárez en aquel discurso famoso en el que advirtió muy serio que, si no le votábamos, llegarían todos los cataclismos asociados a la izquierda. Más tarde, ya instalado en el poder, el PSOE quiso asustarnos con una jauría de perros dóberman que simbolizaban el regreso de la derecha. Y así, a base de miedo y odio, iban llevando al país contra las esquinas, como si fuera imposible o impensable algún lugar de encuentro en un proyecto común. Por supuesto, los peores manejos del miedo no vinieron del PSOE o del PP, como todo el mundo sabe, así que no insisto.

Necesitamos un país sin miedo, en el que discutamos acerca de un futuro común, sin forzar encuadramientos basados en el odio, que termina por avivar conflictos y enfrentamientos menores. Comunicar significa integrar, no dividir. Intentar que los distintos se comprendan y convivan, crear comunidad. Es decir, un ámbito donde la palabra serena encuentre más espacio y aprecio que el eslogan y el insulto, donde quepa votar proyectos ilusionantes y no por miedo al otro.

Recreo

Escrito por Paco Sánchez
16 de junio de 2014 a las 11:01h

Necesitábamos un descanso y no podíamos esperar a las vacaciones, así que la Naturaleza nos ha enviado por fin un poco de sol, la Casa Real una coronación y la FIFA una copa del mundo. Habrá quien piense que son distracciones que nos apartan de lo esencial. Sin duda lo son, pero muy necesarias. Personalmente, agradezco sobre todo que haga sol: lo necesitaba. De los mundiales, suelo ver la final y minutos sueltos de algún que otro partido. De la coronación, no sé.

Quizá me vean cara de monárquico y a otros españoles no les suceda lo mismo, pero en los viajes al extranjero siempre hay alguien que me habla del rey o de la familia real, la mayor parte de las veces en un tono, digamos, simpático o favorable. Mis respuestas producen a menudo perplejidad. Los amigos brasileños, por ejemplo, bromean constantemente con mi falta de pasión monárquica. Antes me miraban con una cara que parecía extrañarse de que no supiera apreciar una herencia lujosa, como si mis abuelos me hubieran dejado un palacio de ensueño y no me diera cuenta de su valor. Últimamente, ya no. Siguen riéndose de mí, pero de otra manera, como si dieran la razón a mi escepticismo.

Pero acabo de cambiar. Y sin haber sido nunca monárquico ni siquiera juancarlista, prefiero que las cosas queden como están. No solo porque tengamos problemas más urgentes que desaconsejan introducir ahora inestabilidades nuevas, sino porque la fórmula se ajusta bien a este país nuestro, tan diverso y tan propenso a la radicalización de las masas, que necesita alguna instancia superior no partidaria que permita a todos andar a sus anchas, estén donde estén y piensen lo que piensen, sin sentirse víctimas o rehenes de nadie.

Publicado en La Voz de Galicia, 14.junio.2014