¡Hasta la vuelta, Señor! Quito, Ecuador.
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Por Fran Raposo
El mes pasado, en un viaje organizado por Arath Viajes, tuve la suerte de recorrer parte del fascinante Ecuador. Esta entrada está dedicada a una de las muchas leyendas que atesora Quito, una ciudad de la que se dice que cada rincón guarda una historia.
Una de las primeras noches, fuimos a cenar a una galería situada en el antiguo Palacio Arzobispal de Quito, sede de la Arquidiócesis Metropolitana. El edificio se encuentra en la Plaza de la Independencia, o Plaza Grande, en pleno centro histórico de la ciudad. Como curiosidad, Quito fue, junto con Cracovia, una de las dos primeras ciudades del mundo declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En una entrada posterior comentaré sobre el Casco Histórico de Quito.
Una parte del palacio ha sido cedida por la Arquidiócesis para uso público y se ha transformado en una elegante zona de ocio, con varias tiendas y tres restaurantes, todo ello distribuido en una espectacular galería de estilo colonial español.
El restaurante en el que cenamos se llama ¡Hasta la vuelta, Señor!, un nombre que cobra todo su sentido al conocer la leyenda del Padre Almeida.
El Padre Almeida era un joven fraile franciscano que vivía en el convento de San Diego. Tenía fama de bebedor, mujeriego y juerguista. Cada noche escapaba del convento para disfrutar de la vida nocturna y, como las puertas permanecían cerradas con llave, encontró un ingenioso método para salir: trepaba hasta una ventana utilizando como apoyo una estatua de Cristo crucificado.
Cuenta la leyenda que, cansado de servir de escalera para las escapadas del fraile, el Cristo decidió hablarle. Una noche, una voz profunda resonó en la iglesia:
—¿Hasta cuándo, Padre Almeida?
Lejos de asustarse o mostrar arrepentimiento, el fraile respondió con toda naturalidad:
—¡Hasta la vuelta, Señor!
Aquella noche bebió más de la cuenta, como de costumbre. De regreso al convento se cruzó con un cortejo fúnebre. Le sorprendió encontrar un entierro a aquellas horas y preguntó quién era el difunto. Entonces el ataúd se abrió lentamente… y vio su propia cabeza salir del ataúd.
La visión de su propio entierro le hizo recuperar la sobriedad de golpe. Regresó a la iglesia, lloró amargamente, pidió perdón por sus pecados ante el Cristo y, desde aquella noche, nunca volvió a escaparse. Se convirtió en un fraile ejemplar, entregado por completo a la vida religiosa.
Lo que más gracia me hizo es que toda esta leyenda estaba impresa en el mantel de papel del restaurante
¡Hasta la vuelta, Señor!. Una forma muy original de mantener viva una de las historias más populares de Quito.
Por Fran Raposo
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