La Voz de Galicia
Políticamente, solo se puede ganar o morir
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Fueron buenos los pronósiticos. Zapatero iba a hacer un gran anuncio el día 2 de abril. Y lo ha hecho. El que todos esperaban. El que pedían muchos en su partido. Se va. Al final de la legislatura. No aspira a ser el candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno. No competirá en unas elecciones que sabía que iba a perder y para las que no era el mejor cabeza de cartel.

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Calmados -por ahora- los mercados y con las impopulares reformas dictadas por Bruselas y los organismos internacionales liberales en marcha, su decisión es lógica y consecuente. Cuando finalice su mandato, llegará la hora de echar la vista atrás. Habrá sido presidente ocho años, como su antecesor José María Aznar. Durante este tiempo ha gobernado en minoría sin pasar demasiados apuros parlamentarios, con los socialistas entregados a su causa (nunca ha habido motivos para celebrar elecciones anticipadas).

Amante de los gestos simbólicos, los golpes de efecto y los globos sonda, mejor táctico que estratega, será recordado por negar publicamente una crisis que ha devorado su popularidad y que le ha «obligado» a dar numerosos bandazos en sus políticas. Veremos si su legado resiste de forma positiva el paso de la historia. Perdido el presente, solo le queda el futuro. Sin duda, le gustaría que le pasara como a Suárez, demonizado por todos en su día, bien considerado a 30 años vista. Que a nadie le extrañe que pueda volver a pasar lo mismo. Tiene un año para hacer las cosas bien.

A su partido no le queda ahora otra cosa que reinventarse. Habrá primarias. Y quien gane tendrá que tomar la distancia necesaria de Zapatero para poder competir electoralmente con el PP, llamado por las encuestas y el desgaste socialista a dar la alternativa de poder.

Como candidato, a Rajoy le hubiera gustado encontrarse enfrente con el actual presidente. El adiós de Zapatero no le favorece. Como hipotético futuro presidente, le viene bien esta decisión. Podría llegar al Gobierno a con el camino de la recuperación económica  alfombrado por las medidas impopulares y reformistas que -libre de excesivas presiones electoralistas- podrá seguir tomando el actual inquilino de la Moncloa para apaciguar al siempre voraz gran capital.