La Voz de Galicia
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La crisis mundial ha impactado como un torpedo bajo la línea de flotación del paradigma económico imperante en occidente. El liberalismo (en el sentido europeo) está bajo sospecha. Con razón. Es evidente que el mercado permite excesos, que no puede regularse a sí mismo, y que por si solo no sirve para articular sociedades equilibradas.

Si les hubiéramos hecho caso a los que propugnan un Estado débil y sin posibilidades de intervención, nadie podría amortiguar la caída de los gigantes financieros. Ellos se defenderán esgrimiendo un viejo argumento: «el mercado nunca ha funcionado sin intervención estatal». Es cierto. Y es imposible que en la realidad sea de otra forma.

Recuerdo de mis clases de Políticas al estadounidense John Rawls, uno de los filósofos políticos más relevantes del siglo XX, que enunció una teoría de la justicia distributiva que -simplificando mucho por mi parte- intentaba conciliar libertad e igualdad.

Rawls consideraba que había que hacer un borrón y cuenta nueva. Debíamos regresar a una posición original en la que los ciudadanos -ocultas todas sus circunstancias, diferencias, talentos, habilidades y distinciones por un velo de la ignorancia– lleguen a un consenso sobre las libertades y la igualdad  de oportunidades.