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La Voz de Galicia
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Se ha perdido una letra

2 de noviembre de 2013 a las 23:17

«Acorredme ſeñora mia en eſta primera afrenta, que a eſte vueſtro auaſſallado pecho ſe le ofrece: no me deſfallezca en este primer trãce vueſtro fauor, y amparo». El lector no advertido podría pensar al leer este texto sin adaptar del Quijote que el ingenioso hidalgo hablaba por la efe. En absoluto. Pero es fácil ver f donde hay ſ, un gradema muy parecido. Es este signo una representación gráfica de la ese que no se emplea desde mediados del siglo XVIII.
La ese larga (en cursiva, ſ; en redonda, ſ ) convivió durante mucho tiempo con la s. La primera se empleaba a principio y en el interior de palabra, y la segunda al final. La única mayúscula era la S. Era algo parecido a lo que ocurre en griego con la sigma, que se representa con el signo σ, excepto a final de palabra, donde adopta la forma ς.
Hay quien afirma que la ſ representaba la ese doble, a la que se atribuía un sonido diferente al de la sencilla. Pero la distinción, que se hacía desde tiempos de Alfonso X el Sabio, terminó desapareciendo.
Desde el campo de la tipografía se suele atribuir la desaparición de la ſ de los varios idiomas que la empleaban a la influencia de los impresores italianos del Renacimiento, que lograron que se emplease un solo grafema como representación de la ese. La s se impuso porque la ſ podía confundirse con la f. Sin embargo, el Diccionario de autoridades (1726-1739) y la primera ortografía de la Academia (1741) aún empleaban ſ a principio de palabra y en su interior —tanto para representar la ese sencilla como la doble— y la s como mayúscula (S), a final de palabra y en algunas duplicaciones, en que aparecía junto a la larga (aſsi, pero vinieſſe). Muy pocos años después, la Academia pasó a emplear el signo s como única representación de la letra.
La ſ ha dejado su rastro en una letra del alemán, la eszett (‘ese zeta’), cuya forma es una evolución de la ligadura de una ese larga y una corta (ſ+s= ß).

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Orthographía y ortografía

25 de octubre de 2013 a las 22:58

«Una de las principáles calidádes, que no solo adornan, sino compónen qualquier Idióma, es la Orthographía, porque sin ella no se puede comprehender bien lo que se escribe, ni se puede percebir con la claridád conveniente lo que se quiere dár à entender». ¿Ve el lector muchas faltas de ortografía en esta cita? Si bien puede apreciar varias contradicciones con las normas ortográficas hoy en vigor, no las hay con lo que se consideraba correcto cuando fue escrito este texto. Pertenece al «Discurso proemial de la Orthographía de la Lengua Castellana», que la Academia Española publicó en el primer volumen del Diccionario de autoridades (1726). Eran las primeras normas ortográficas de la institución, creada solo trece años antes, aunque varios autores la habían precedido en su intento de poner orden en la forma de escribir el español.
La ortografía es una convención, plasmada en unas reglas, que regula la escritura de una lengua. Como tal convención, puede modificarse, y de hecho se cambia, generalmente para ganar simplicidad, eficacia y coherencia y para responder a situaciones nuevas. Un ejemplo: dos signos hoy dobles, los de exclamación (¡!) y de interrogración (¿?), eran sencillos en las normas del Diccionario de autoridades (!, ?) y se colocaban al final del período al que afectaban («O immensa Bondád de Dios! O tiempos! O costumbres!», «Como no respondes à lo que se te pregunta?»).
La Academia escribía en aquel primer cuarto del siglo XVIII el verbo haber con v y majestad con g («Fenecida esta primera obligación, se dispuso imprimir los estatútos que su Magestad havía aprobado»). Ya en 1734 cambió a haber y un siglo después a majestad.
A la mayoría de los hablantes les escandaliza hoy el mínimo cambio en la norma, si llegan a tener noticia de la novedad. Extremadamente conservadores, se aferran a las reglas aprendidas en sus más o menos lejanos años escolares. Sin embargo, una lengua, que tarda siglos en moldearse, nunca llega a estar concluida.

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Vaporeando espero…

18 de octubre de 2013 a las 22:50

Cobra fuerza la moda de los cigarrillos electrónicos, conocidos por algunos con los exóticos nombres de eCigarro, eCigarrillo, eCig… Son dispositivos con apariencia de pitillo con boquilla. En su interior, una resistencia calienta y convierte en vapor una solución que puede contener nicotina y otras sustancias. El usuario inhala y expele ese vapor al igual que el fumador aspira y espira el humo del tabaco.
El hecho de que lo que se consume no sea humo de tabaco mueve a algunas personas a evitar decir que los cigarrillos electrónicos se fuman. Así, como lo que se aspira no es humo, sino vapor, hay quien emplea un verbo nuevo, vapear. Sin necesidad de crear neologismos, tiene el español léxico suficiente para describir ese consumo de vapores. Convertir un líquido en vapor es vaporar, evaporar o vaporizar. Echar vaho o vapor es vahear. Los supera en el caso que nos ocupa vaporear, que significa tanto ‘convertir en vapor’ como ‘exhalar vapores’. Así, los amantes de los vocablos superespecializados pueden decir de quien utiliza un cigarrillo electrónico para consumir vapores que vaporea.
Vaporear se construye, además, como otros verbos derivados de un sustantivo terminado en -or, a los que se añade el sufijo -ear: rumorear, alborear, pastorear.
Llegados a este punto, cabe preguntarse si no nos la estaremos cogiendo con papel de fumar. Si al aparato del que se aspira lo llamamos cigarrillo electrónico, ¿por qué no decir de quien lo usa que fuma? No es tabaco, sino otra sustancia, y no genera humo, sino vapor, pero son sustitutivos de aquellos, y los fumadores los consumen para obtener resultados similares o para controlar los niveles de la nicotina que entra en su cuerpo.
Lo que se pierde, sin embargo, es el glamur tóxico que rezumaba la ya desaparecida Sara Montiel cuando, envuelta en volutas de humo espeso, cantaba aquello de «fumar es un placer genial, sensual… Dame el humo de tu boca. / Anda, que así me vuelvo loca».  ¿Se la imaginan cantanto «Vaporear es un placer…»?

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Peleados con la etimología

4 de octubre de 2013 a las 22:21

Uno de los elementos que determinan la forma de escribir las palabras es la etimología, la grafía de las voces de otras lenguas de las que proceden, principalmente el griego y el latín. Pero se dan casos en que, por distintas razones, no se respeta la etimología y se crean palabras antietimológicas. Sucede, por ejemplo, con boda, que procede del latín vota, plural de votum, ‘voto, promesa’. También en catalán es boda, quizá por influjo del castellano. Se mantiene fiel a su origen la voda del gallego. Ocurre otro tanto con abogado, del latín advocatus, cuya v se conserva en el gallego avogado.
El cambio de la b por v o de la v por b es uno de los casos más frecuentes de antietimología: avellana (del latín abellana) debería ser abellana (en gallego, abelá); barrer pierde la v del latín verrere (en gallego, varrer); sucede lo mismo con esbelto, del italiano svelto (en gallego esvelto).
Procesos similares se observan en voces con g o j. En español se escriben con j muchas palabras tomadas del francés, donde llevan g: alijar (de alléger), conserje (de concierge), extranjero (de estrangier), etcétera. Con carácter general, los préstamos del francés que originalmente terminan en -age se han adaptado al español con la terminación -aje: garaje (de garage), aterrizaje (de atterrissage), brevaje (de breuvage), bricolaje (de bricolage)…
Hay palabras con h hijas de voces latinas que no la llevan, como tampoco f, que suele evolucionar a h en español: hinchar (de inflare), hielo (de gelum), henchir (de implere)…
Tampoco son inusuales las acentuaciones antietimológicas. Es proverbial el caso de élite (del francés élite, que se pronuncia [elít]). En español se ha asentado como élite, aunque se admite la forma más etimológica elite. También va contra la etimología la forma con diptongo del elemento compositivo -mancia (nigromancia, quiromancia), admitida al igual que la etimológica -mancía (nigromancía, quiromancía).
Al final, prevalece el uso consolidado. Si solo se atendiese a la etimología, hasta los vellacos sin avolengo tocarían marabillosamente el hoboe.

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Sorprendidos in fraganti

28 de septiembre de 2013 a las 16:45

En la Ortografía en vigor, del 2010, la Academia Española cambió el criterio sobre la forma de escribir los latinismos. Si hasta entonces no recibían un tratamiento tipográfico diferenciado, por considerarse el latín la lengua madre del español, la nueva norma establece que pasen a escribirse como cualquier extranjerismo: en letra cursiva y sin tilde alguna (en latín no existen), cuando son latinismos crudos, y en redonda si están adaptados a la ortografía y la morfología del español.
«Son voces propiamente latinas, que no cabe considerar incorporadas al caudal léxico del español —dice la Ortografía—, aquellas que se usan en los textos con plena conciencia por parte del autor de estar empleando términos en latín». El problema surge cuando el hablante tiene dudas en vez de «plena conciencia». La solución podría estar en la versión del Diccionario colgada en Internet, pero tres años después de implantada la norma los latinismos allí recogidos siguen apareciendo en letra redonda.
Más crudo lo tiene el lector que se plantea cómo debe escribir la locución adverbial in fraganti, que se emplea para indicar que algo ocurre en el mismo momento en que se está cometiendo el delito o realizando una acción censurable (Sorprendieron a los atracadores in fraganti). En realidad, es una deformación del latín in flagranti (in flagranti delicto, in flagranti crimine). La transformación solo existe en español, por lo que difícilmente puede colgársele al latín. La locución parece latina, pero no lo es. Y aunque no parece española, habrá que considerarla y escribirla como tal.
Claro que el hablante tiene otras opciones, las variantes de in fraganti. La principal es una más completa adaptación, infraganti, ya un adverbio español. También puede optarse por en flagrante y en fragante. Esta última es una aromática y temprana adaptación al español que se empleó profusamente, antes de volver sobre el seudolatinismo, en el siglo XVII: «Como te habemos contado, / por aviso que tuvimos, / en fragante le cogimos / cometiendo el gran pecado» (Miguel de Cervantes Saavedra, La gran sultana, 1615).
En el siglo XVIII se empleaba también en fraguante, pero esa fórmula ya no fragua.

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El espurio «espúreo»

20 de septiembre de 2013 a las 23:17

La Fiscalía Anticorrupción de Barcelona denunció recientemente a varios exdirectivos y exconsejeros de CatalunyaCaixa por una serie de acciones que denotan, decía el ministerio público, «un reprochable y espúreo manejo de los fondos…». La frase fue reproducida tal cual en las informaciones de prensa, sin corregir al fiscal. El espúreo manejo de fondos fue en puridad un espurio manejo de fondos.
El adjetivo espurio procede del latín spurius y significa ‘bastardo’ (Tiene un hijo espurio) y ‘falso, engañoso’ (Las actas toledanas son espurias). Seco adjudica a espúreo la nota de «semiculto», el uso que las personas cultas consideran incorrecto, pero de amplia difusión entre las de cultura superficial. Sin embargo, aparece en textos de autores prestigiosos, muchos de ellos miembros de la Academia y alguno hasta director  en su momento de la docta institución:  Torrente Ballester, Galdós, Menéndez Pelayo, Laín Entralgo, Martín de Riquer, Marañón, etcétera. Coromines ve en la polémica forma un asunto de ultracorrección y dice que «cabe sospechar que en muchos de estos casos se deba a una falta del tipógrafo». Uno de las víctimas fue Lázaro Carreter, que se quejó en un artículo del ardor corrector de quien había manipulado un anterior texto suyo en un periódico.
Es evidente que la forma espúreo está muy extendida. Nueve de la cada diez periódicos la mantuvieron en la cita del fiscal del principio, y no por respetar su literalidad. Aquel mismo día se difundieron en la prensa nacional otras dos noticias en que aparecía el adjetivo deformado: una diputada criticaba a un ministerio por unos criterios de contratación «espúreos y poco honestos» y un sindicato se quejaba de los «intereses espúreos» de ciertos grupos.
La Academia podría plantearse —si no lo ha hecho ya— la posibilidad de acoger en el Diccionario la palabra, como tantas otras que pese a su teórica deformidad han convivido con sus hermanas legítimas e incluso en algunos casos las han desplazado en el uso. Al fin y al cabo, ¿no hay padres que reconocen a sus hijos espurios?

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Épica en Nueva York

14 de septiembre de 2013 a las 21:26

La victoria de Rafael Nadal en el Abierto de Estados Unidos ha dado a muchos cronistas la oportunidad de sacar las mejores figuras retóricas que guardaban en sus plumas. Comienzan a manifestarse en los títulos, donde reina la hipérbole: «Nadal es infinito», «Nadal es omnipotente», «Más animal que nunca», «El gran mordisco»…
Los elogios al tenista mallorquín no tienen límite. Hay quienes lo definen como «grácil poeta de afilada pluma» o «un superhéroe made in Spain». La descripción de su juego puede dar ideas a literatos atascados: « El mallorquín empieza dominando el duelo con su derecha paralela y lo acaba peleando con su cabeza, su corazón, con cada molécula de su cuerpo. Tira con todo»; «Mezcolanza de garra, pillería y clase, Nadal se mostró nuevamente como un auténtico extraterrestre».
Hay evocaciones del circo romano y las cacerías africanas: «Dos caníbales se acechan en la noche»; «Con Djokovic atrapado entre los dientes, Nadal zarandeó al tenista serbio en un arranque de cuarto set demoledor. El español había olido sangre y no iba a dejar pasar la ocasión de rematar a su presa»; «Djokovic recupera la desventaja y parece despedazarle de zarpazo en mordisco»; «Terribles animales. El rey de la selva, claro, hoy es Rafael Nadal, otra vez ganador en el US Open. Que hoy no es el uno en el ránking, pero sí conceptualmente después de este zarpazo».
Los recursos estilísticos son inagotables: «Los dos mejores tenistas del planeta dejan tiros antológicos, pero sobre todo escriben un poema al deseo, al hambre, al largo aliento»; «De su raqueta solo brotan malas noticias para el español, que no encuentra guarida en el servicio, reposo en el juego de fondo, ni fonda en la red»; «Nadal, en cualquier caso, es perro viejo. Sabe que la perfección no es eterna, que las musas son esquivas y traicioneras, que hasta el mejor pintor tiene que descansar de vez en cuando para luego seguir con su trabajo».
Es una pena que este tipo de escritura creativa no pase a la crónica política. Aliviaría al lector agobiado por la dureza de los tiempos y las pillerías de los hombres públicos.

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Autopsiar

7 de septiembre de 2013 a las 19:50

Una reciente intervención de una reportera ante las cámaras de televisión para informar sobre un accidente catastrófico llamó la atención de algunos espectadores por el empleo del verbo autopsiar. Contaba la periodista que los cadáveres de las víctimas mortales iban a ser autopsiados.
En situaciones así, las de la aparición de un término que les resulta nuevo, muchas personas se preguntan si existe aquel. Desde el momento en que alguien lo emplea, existe. Otra cosa es que esté bien formado, que sea útil para comunicar algo, y que alcance cierta presencia en el uso del idioma. Su registro en el Diccionario de la Academia debería ser un reflejo de esto, pero no siempre ocurre así. En el caso de autopsiar, la RAE no lo recoge. Sí lo hace el Diccionario del español actual,de Manuel Seco, que da esta definición: «Hacer la autopsia a alguien».
Lo avala su presencia en obras de maestros del uso del español, como Delibes o Vargas Llosa. Este lo emplea en varias obras, entre ellas Conversación en la catedral. Dice en esta: «… ahí estaban los ojitos de la Teté, como un minuto después los ojitos del Chispas y los ojos de los papás, buscándola, trepanándola, autopsiándola».
Los hablantes crean espontáneamente verbos mediante la derivación de sustantivos. Es el caso de autopsiar y autopsia. Los que surgen para atender necesidades expresivas acaban consolidándose. La Academia ha decidido incluir en el Diccionario un buen número de ellos, como apenumbrar ‘Poner en penumbra algo’, comisariar ‘Organizar una exposición o muestra artística o cultural’, cortocircuitar ‘Producir un cortocircuito en algo’…
Más fugaces son los frutos de los excesos en la formación de neologismos, que a veces no pasan de ser licencias expresivas, como en este diálogo de la versión española de The dawn patrol, de Don Winslow:
«—No —dice Danny—. Más bien ha sido una sugerencia.
»—Pues yo te sugerencio que ahueques el culo y te las pires —dice Eddie—…».
Pues eso, que si Danny no se las pira, Eddie puede dejarlo para que lo autopsien.

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Los apócrifos de Bárcenas

28 de julio de 2013 a las 5:00

La reactivación del asunto que tiene como personaje central a Luis Bárcenas nos ha traído a la memoria una frase que pronunció el presidente del Gobierno el 2 de febrero, en la primera fase de embates y envites del que fue tesorero del PP. «Cualquier deducción de irregularidad alguna en nuestro comportamiento a partir de los papeles apócrifos que motivan esta situación no responde a la verdad —decía Mariano Rajoy—, es total y radicalmente falsa».
Fue entonces criticado por calificar aquellos papeles de apócrifos, con la supuesta intención de decir que eran falsos, cuando los críticos entendían que, cuando se aplica a un texto, apócrifo significa que la atribución de su autoría es errónea.
No se discute que apócrifo, aplicado a una cosa distinta de una obra literaria, significa ‘fabuloso’, ‘supuesto’ o ‘fingido’. Así, Galdós escribió de monjas apócrifas; Sabato, de sentimientos y sensaciones apócrifos; Gabriel Miró, de azafrán apócrifo; Cervantes, de amores apócrifos; Ana María Matute, de frailes apócrifos; Juan Goytisolo, de sonrisas apócrifas…
Tampoco se discute que, aplicado a libros de la Biblia, apócrifo significa que están fuera del canon por no ser considerados como de inspiración divina.
A estos significados han de añadirse otros dos, que la Academia ha decidido incluir en la próxima edición del Diccionario: ‘Que se atribuye erróneamente a un autor’ y, dicho de una obra, especialmente literaria, ‘de dudosa autenticidad’. El problema surge porque en un contexto como el de la intervención de Mariano Rajoy no se sabe con qué sentido emplea el adjetivo. Pudo querer decir que los papeles que se atribuían a Bárcenas no eran obra de este, que entonces negaba su autoría, o que eran falsos, es decir, que su contenido no se correspondía con ninguna contabilidad de su partido.
La peor consecuencia de ir atribuyendo nuevos significados a una palabra es que no siempre el contexto permite saber con qué sentido se emplea. ¿Qué quiso decir el presidente? Seguramente, como afirmó dos días después, que «todo es falso… salvo alguna cosa».

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«Fallece por segundo día…»

20 de julio de 2013 a las 5:00

«Fallece por segundo día consecutivo una mujer de 103 años». Este título encabezó a finales de junio una noticia en un diario gallego. Parecía el primer caso de una persona que muere dos veces, desde el de Lázaro de Betania, a quien Jesucristo hizo revivir tras el primer óbito, según el Evangelio de Juan. Imaginamos el asombro de los lectores del periódico… hasta que pasaron al texto de la noticia. No se trataba de una centenaria que había muerto dos veces, como decía el título, sino de que en días consecutivos habían fallecido dos mujeres de 103 años, ambas vecinas del municipio de Pontevedra.
Es este un ejemplo de la dificultad que a veces tenemos para expresar en el breve espacio de un título ciertos hechos, y más concretamente algunos referidos a estadísticas. Plasmaba muy bien el problema el difunto Gila (en vida, claro). Venía a referir que, «según las estadísticas, en Nueva York un hombre es atropellado por un coche cada cinco minutos». «Joé, debe de estar hecho polvo el tío», reflexionaba.
Los conflictos conyugales son muy aptos para enredos. Veamos un caso: «Un matrimonio se rompe en la UE cada 33 segundos». Dicho así, no hay matrimonio más destrozado que ese. Varios periódicos coincidieron en sus títulos: «Cada 33 segundos se rompe un matrimonio en la UE». La buena o mala interpretación depende ahí de la voluntad del lector.
Algunos colegas se hacen un lío con las estadísticas, sobre todo cuando las interpretan con la noble intención de acercarlas al lector y convierten datos del tipo «cada año hay x divorcios en España» por «en España se registra un divorcio cada xx minutos». Un caso real: «En Cataluña termina una relación conyugal cada 20 minutos. Los riojanos, por el contrario, se lo piensan más: cada 691 minutos un matrimonio decide concluir su historia de amor». El problema está en el «se lo piensan más», observación extraída de la abrumadora comparación de minutos. En realidad, si tarda tan poco en registrarse un divorcio en Cataluña en comparación con La Rioja se debe a que tiene una población veintitantas veces mayor, y no a una exagerada tendencia a romper matrimonios.
Este último ejemplo está tomado de un diario gratuito ya desaparecido. Por ese precio no se puede pedir más.

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