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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

Rufianes

24 de mayo de 2014 a las 10:14

Se ha observado en algunas personas extrañeza, casi perplejidad, al ver mencionado como rufián a un personaje que se ha hecho tristemente famoso por los pingües beneficios que obtenía de la explotación de mujeres y por la mala vida que les daba. Es, quizá, la consecuencia de una tendencia a usar solo uno de los varios nombres aplicables a una misma cosa.
En la materia apuntada al principio, muchos utilizan únicamente el sustantivo proxeneta para designar a quien obtiene beneficios de la prostitución de otra persona. Pero hay más, como el mencionado rufián. Es esta voz de origen incierto, aunque podría proceder del italiano ruffiano, evolución a su vez del latín ruffus, ‘pelirrojo, rubio’. Su adopción se explicaría por la prevención de algunos contra los pelirrojos o como alusión a la costumbre de las rameras romanas de adornarse con pelucas rubias. La Academia lo define con toda una sentencia moral: «Hombre que hace el infame tráfico de mujeres públicas». Rufián designa también al «hombre sin honor, perverso, despreciable».
Con el primer sentido aparece en La Celestina (c. 1499–1502), donde un personaje presume de espada: «Por ella le dieron Centurio por nombre a mi abuelo, y Centurio se llamó mi padre, y Centurio me llamo yo». A lo que responde otro: «Pues ¿qué hizo el espada por que ganó tu abuelo ese nombre? Dime, ¿por ventura fue por ella capitán de cien hombres?». «No —aclara Centurio—, pero fue rufián de cien mujeres».
El diccionario de Palet (1604) lo equipara al maquereau francés, origen de nuestro macarra, con paso por el catalán macarró.
Rufián es el padre de otras voces españolas, como rufianear (‘hacer cosas propias de rufián’), rufianería (‘tráfico de mujeres públicas’ y ‘dichos o hechos propios de rufián’), rufianesco (‘perteneciente o relativo a los rufianes’), rufianesca (‘conjunto de rufianes’), arrufianado (‘parecido al rufián en las costumbres, modales u otras cualidades’)… Algunas otras pertenecen a la germanía, la antigua jerga de ladrones y rufianes, nombre que también se daba a la propia hampa. Ahí llamaban al rufián rufo, que también es ‘rubio, rojo o bermejo’, y en algunos lugares ‘rezagante, lustroso’ y ‘robusto’. En gallego, rufo se dice de una persona mayor que se mantiene ágil y saludable (Aínda está moi rufo).
Allí, en la rufianesca, jacarandana o chanfaina, el pequeño rufián era el rufezno, y el respetado por todos los demás, el jayán.
El lenguaje evoluciona, pero en pleno siglo XXI sigue habiendo chulos y lumis que se enchulan. Cosas de la naturaleza humana.

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Gentilicios mexicanos

17 de mayo de 2014 a las 18:49

De la existencia en México de tres realidades que comparten ese topónimo —el país, uno de sus estados federados y la ciudad— se deriva un problema, el de los adjetivos aplicables en cada caso. Los habitantes de la ciudad de México y del estado homónimo son mexicanos, pero lo son ya como nacionales de los Estados Unidos Mexicanos, al igual que, por ejemplo, los guerrerenses y los tabasqueños, que tienen además estos gentilicios propios, que los distinguen del resto de los mexicanos.
Los propios hablantes han percibido esa necesidad, y han surgido, con mayor o menor fortuna, varios adjetivos, algunos de los cuales van adquiriendo arraigo, mientras otros son rechazados. En el caso del aplicable a lo perteneciente o relativo al estado de México, el único de los 31 que hasta entonces no tenía gentilicio, va cuajando la voz mexiquense, implantada en el diccionario de la Academia Española desde la edición de 1992.
Hay varias opciones —no todas aceptables— para referirse a los vecinos de la ciudad de México: defeño, chilango, capitalino y mexiqueño. La primera, alfónimo de D. F., abreviatura del Distrito Federal, con el que se suele identificar la urbe, es reciente (está en el Diccionario desde el año 2001), pero va ganando aceptación. Chilango data de las últimas décadas del siglo XX, pero según la Academia Española es de uso coloquial. El lingüista José G. Moreno de Alba, que fue presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, afirma que, por no ser derivación del topónimo, chilango no es gentilicio, y además subraya que su uso, más que coloquial, es despectivo. Capitalino tampoco es un verdadero gentilicio. Puede servir a los mexicanos para designar lo relativo a la capital de su país, pero para una persona de otra nacionalidad capitalino hace referencia a la capital del país donde esté o del que esté hablando. Por último, mexiqueño, en el Diccionario desde el 2001, ha sido rechazado por los defeños. Y en cuestiones de lengua son los hablantes quienes hacen la ley.
Aunque en cuestión de gentilicios destaca, por la creatividad demostrada por quienes lo propusieron,  uno de los ideados para los habitantes del estado mexicano de Aguascalientes, que pueden ser llamados, además de con el tradicional aguascalentense, con el más reciente y singular hidrocálido.

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La ciudad de México

17 de mayo de 2014 a las 18:47

En el gran país que se extiende entre Estados Unidos y Guatemala existen tres realidades que reciben la denominación de México. Este es el nombre usual de la nación, que oficialmente se llama Estados Unidos Mexicanos, el de uno de los 31 estados que lo integran y el de la ciudad donde radica su capital. Para distinguirlos, se suelen mencionar como México, el estado de México y la ciudad de México. El problema ortográfico es si esta es la ciudad de México o Ciudad de México.
El nombre de la ciudad es México, y ningún organismo competente ha establecido otra cosa. Una de las causas de la confusión es el texto de la Constitución mexicana, que dice: «La Ciudad de México es el Distrito Federal, sede de los Poderes de la Unión y Capital de los Estados Unidos Mexicanos». La mayúscula que ahí luce Ciudad y que a algunos lleva al huerto no tiene más explicación que la solemnidad de la declaración, por la que también escribe Poderes y Capital, con unas mayúsculas de relevancia que en otros contextos serían impropias. Fíjese el lector que se habla de «la Ciudad de México», con un artículo improcedente si el nombre propio fuese Ciudad de México.
La Constitución identifica la ciudad con el Distrito Federal, pero actualmente la correspondencia es solo parcial. La urbe ocupa una parte del Distrito Federal, pero se extiende más allá, por los estados de México e Hidalgo.
La Academia Mexicana de la Lengua, que en sus textos emplea el sintagma ciudad de México, se ha ocupado del asunto, y afirma taxativa que «la forma correcta es ciudad de México. Hasta donde se ha investigado, el nombre de esta ciudad es México», y contrapone el caso a los de Ciudad Guzmán, Ciudad Valles, Ciudad Victoria, etcétera, en los que el sustantivo ciudad es parte del nombre propio.
En el mismo sentido se pronunciaba el ya desaparecido José G. Moreno de Alba, que fue presidente de la Academia Mexicana, a quien le creaban dudas dos cosas: el creciente, aunque aún minoritario, empleo de la mayúscula en Ciudad [de México] y la aparición de esta grafía en un ejemplo de la Ortografía de 1999, lo que interpretaba como una «normatividad indirecta» y no como lo más probable, un error del redactor, seguramente menos informado del tema que él. Y como el vino blanco quita las manchas del tinto, a esa «normativa indirecta» puede contraponerse otra en vigor: el Diccionario define defeño (del deletreo de la abreviatura D. F., Distrito Federal), como «Natural de la ciudad de México o del Distrito Federal».

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Las chonis

17 de mayo de 2014 a las 18:46

Las dudas de los académicos de la Española han dejado fuera de la próxima edición del Diccionario, ya cerrada, dos figuras femeninas que no suelen pasar inadvertidas. Se trata de los pibones y las chonis. La consecuencia más evidente de la decisión del lexicógrafo es que las personas que vayan al DRAE para saber qué significan pibón y choni se quedarán a la luna de Valencia.
Pibón, de la misma familia léxica que piba y pibita, designa una mujer espectacular en lo físico. Un pibón es una belleza indiscutible, y además sexi.
Choni tiene dos acepciones. En Canarias, donde se emplea como común en cuanto al género (el choni, la choni), designa al turista, especialmente al de habla inglesa. Es una deformación de Johnny. Alterna con guiri.
Con el otro significado, choni es femenino. Aquí es un tipo de mujer joven con pretensiones de ser sofisticada y de ir a la moda, aunque resulta vulgar. Este sustantivo parece proceder de uno de los hipocorísticos de Ascensión, Choni, junto a Asce, Ascen y Chon. Es una lexicalización paralela a las de Maruja, Mari, Juani (No son unas marujas de rulos y bata, sino unas maris con mucho somnífero por las venas)… Alguno de estos sustantivos son los apelativos locales que se aplican a las chonis.
La choni prototípica usa ropa llamativa, ceñida, sin desperdicio de tela, lo que le permite lucir piernas y asomar las bellezas gemelas por un generoso escote. El peinado no pasa inadvertido: puede ir desde un moño alto en el que se apoyan unas gafas de sol a la melena teñida de rubio y abierta en todas direcciones como los rayos del Sol. El maquillaje, nunca discreto, exige un carmín fuerte, y en los ojos abundante sombra y un perfilado de los que suelen terminar en un rabillo como el que lucía Amy Winehouse (q. e. p. d.). Son imprescindibles los pendientes grandes, mejor de aro, las pulseras y los collares, siempre en plural.
Las chonis entraron recientemente en la escena política y en el habla formal, cuando Jordi Pujol dijo en un debate que el gran éxito catalán es que haya chonis soberanistas.
Hay una versión masculina de esta pija de híper, el cani, que merece tratamiento propio. Unas y otros son solo la versión hispana de unos tipos universales.

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Huidos

17 de mayo de 2014 a las 18:44

La reciente difusión de un cartel donde aparecen los diez delincuentes más buscados en España causa pasmo. Empezando por  el título, «Huídos de la Justicia», con tilde sobre la i de huidos, flagrante cacografía.
La palabra huidos contiene un diptongo, un conjunto de dos vocales que se pronuncian en una sílaba. A efectos ortográficos, son diptongo la sucesión de una vocal abierta (a, e, o) y una cerrada (i, u) —o viceversa— siempre que la cerrada no sea tónica (animación, causa), o de dos cerradas distintas (jesuita).
Las palabras con diptongo se tildan según las reglas generales de la acentuación: en los diptongos formados por una vocal abierta tónica y una cerrada átona se pone el acento gráfico sobre la abierta (avión, cáustico). En los formados por dos vocales cerradas, la segunda de las cuales es tónica, la tilde va sobre esta si le corresponde según las reglas generales: interviú, jesuítico, jesuita (no lo lleva porque es llana y termina en vocal), ruin (no lo lleva porque es monosílaba).
Del resto del cartel de los prófugos no puede decirse que sea un ejemplo de escritura pulcra, lo cual queda de manifiesto en el uso de las abreviaturas. Así, por ejemplo, la primera persona que en él aparece es identificada como «Ma Laura Espínola», prescindiendo de un rasgo característico de este tipo de acortamientos, el punto abreviativo (D., acept., k. o.). Cuando la abreviatura lleva alguna letra volada, es decir, de tamaño inferior al del resto del texto y colocada en la parte alta de la línea, el punto siempre la precede: n.o, 3.er, M.a.
Otro problema del cartel con las abreviaciones y su uso tradicional en español es el empleo del signo llamado arroba, @, como abreviatura de la palabra alias. Quizá quien haga esto tenga en mente una imagen con cierto parecido en la forma, una a entre paréntesis, (a), un caso excepcional entre las abreviaturas, pues no lleva punto abreviativo ni barra inclinada, como c/ de calle. La abreviatura (a) tuvo mucho uso en español, sobre todo en el periodismo de sucesos, aunque hoy parece caída en el olvido. Así, el «Jorge Simarro @ Silver Surfer» del cartel debería aparecer como Jorge Simarro, (a) Silver Surfer. Incluso se puede prescindir de la abreviatura y escribir el apodo, tras la coma, con resalte tipográfico, generalmente letra cursiva: Jorge Simarro, Silver Surfer.
El mal efecto que causa un cartel con faltas de ortografía emitido por una Administración pública puede evitarse haciéndolo pasar antes por las manos de un corrector de estilo.
Y en cuanto a los facinerosos, malandrines y criminosos, que los cojan pronto. Suerte.

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