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Archivo para junio, 2011

El “efecto Fukushima” y otras derivaciones de la percepción del riesgo

Sábado, junio 25th, 2011

Han pasado ya más de tres meses desde el gravísimo accidente en la central nuclear de Fukushima y la impresión que da es que este evento marca un antes y un después en el debate sobre las fuentes de energía y, en particular, como es lógico,  en el debate nuclear. Es verdad que la casi totalidad de las víctimas han sido ocasionadas por el terremoto y posterior tsunami que, en cuestión de minutos, azotó las costas de Japón (hasta el momento se contabilizan más de 9.000 fallecidos y 12.645 se encuentran desaparecidos). Pero lo que sigue presente en nuestras retinas son los seis reactores nucleares de Fukushima de los que tres están seriamente dañados y que, a lo largo de estos meses, han seguido emitiendo y vertiendo sustancias radiactivas. Y no es fácil parar tan peligrosa contaminación.

Cuando a finales de abril de 1986 explotaba la central nuclear de Chernobil, dejando tras de si muchas de víctimas mortales y centenares de miles de evacuados, todos pensábamos que este accidente se debía a la falta de rigor en la seguridad de las centrales soviéticas. Ahora, cuando vemos que uno de los países tecnológicamente más avanzados del mundo como Japón sufre un accidente nuclear tan grave (equiparable, según la Escala Internacional de Eventos Nucleares, a Chernobil, con el grado 7), pues es normal que produzca espanto y terror incluso en los que, hasta ahora, habían confiado firmemente en esta fuente de energía. Reconozco que yo mismo, imbuido por la idea de que hay que sustituir cuanto antes los hidrocarburos -de los que tenemos tantísima dependencia en Europa y en España- para eliminar su negativa contribución de gases de efecto invernadero al cambio climático, pues que había que optar en parte, como un mal menor, por este tipo de energía.

Y cuando todo parecía que marchaba de maravilla para el lobby nuclear, cuando muchos países como Italia –por no salir del ámbito europeo- se habían replanteado construir nuevas centrales nucleares, cuando Alemania había decidido prorrogar la vida de algunas de sus centrales, cuando España estaba estudiando la prolongación de la vida útil de sus siete Centrales… Pues, llegó otro terremoto para tan sólido edificio nuclear y con el “efecto Fukushima” se han echado por tierra tantas esperanzas puestas en tan longevo mineral radiactivo, y como consecuencia, el Gobierno de la conservadora Merkel renuncia a la energía atómica y las últimas centrales alemanas dejarán de funcionar en 2022; el pasado domingo, los italianos rechazaron en el referendo, por una abrumadora mayoría, la energía nuclear;…

¿Cómo se ha notado en España el “efecto Fukushima”? Pues, por si acaso, se ha elevado –en virtud de la recientísima Ley 12/2011 sobre responsabilidad civil por daños nucleares- de los 700 a los 1.200 millones de euros la cobertura que deberán cubrir los titulares de centrales nucleares en concepto de responsabilidad civil, aunque, en realidad, se trata de adecuar la vieja normativa española (nacida con la Ley 25/1964) a la comunitaria.  

No es nuevo este efecto psicológico –de rechazo a determinadas tecnologías, instalaciones o actividades potencialmente peligrosas- que se produce en la población cuando percibe un riesgo. De hecho son famosos los acrónimos que refieren a esta lógica reacción humana, como el efecto NIMBY (Not In My Back Yard; no en mi patio trasero), o el efecto NIMEY (Not In My Election Year; no en mi año de elecciones), o el efecto BANANA (Build Absolutely Nothing Anywhere Near Anything; No construir absolutamente nada en ningún lugar que esté cerca de algo), … al que podemos añadir (este es de mi cosecha) el efecto NUMAMICO (nunca más en mi costa).

Pero, por encima de todo, lo que nosotros los ciudadanos debemos demandar a las autoridades competentes es una absoluta transparencia informativa en estas delicadas  materias, lo que, por desgracia, no siempre ha funcionado bien en el desarrollado Japón y más frecuentemente falla en nuestro país.

¿Decrecimiento sostenible?

Sábado, junio 18th, 2011

De un tiempo a esta parte estoy detectando en el mercado editorial cómo un tema -que no es nada nuevo- está cobrando una especial fuerza en los tiempos de crisis en los que nos movemos. Se trata de la llamada “teoría del decrecimiento” simbolizada por un caracol: “una corriente de pensamiento político, económico y social favorable a la disminución regular controlada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza” (Wikipedia). Este movimiento cuenta con un creciente número de intelectuales que defienden la necesidad de invertir la tendencia del vigente modelo productivo que nos puede llevar al colpaso de los recursos naturales. Y, por supuesto, que este planteamiento ha calado profundamente en la casi totalidad del movimiento ecologista.

Serge LATOUCHE, Profesor emerito de economía de la Universidad Paris-Sud VI (Orsay) –que se autodenomina “objetor del crecimiento”- es actualmente uno de los más reconocidos difusores de este sugerente planteamiento y, en España, son muy conocidas sus publicaciones en la editorial Icaria (La apuesta por el decrecimiento, 2008; Pequeño tratado del decrecimiento sereno, 2009; etc.). Según este autor, “hay que abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento” y, como el “crecimiento infinito es incompatible con un mundo finito”, hay que frenar la “adicción al crecimiento” si no queremos estrellarnos contra los límites del Planeta. Y defiende su “revolución del decrecimiento” sobre la base de lo que denomina el “círculo vicioso del decrecimiento sereno, amable y sostenible”, que se compone de los siguientes objetivos: “revaluar, reconceptualizar, restructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar” (las ocho R).

Por supuesto que esta teoría cuenta con muchos precedentes: las tesis del bioecónomo Nicholas GEORGESCU-ROEGEN, los Informes del Club de Roma de 1972 (sobre los Límites del crecimiento), etc. Podemos encontrar multitud de publicaciones, números extraordinarios de revistas, webs, congresos monográficos, clubs de debate e incluso un partido politico en Francia “por el Decrecimiento”.

En nuestro pais, Carlos TAIBO, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de publicar un librito titulado El drecrecimiento explicado con sencillez (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2011). Contiene una síntesis de las claves más importantes de esta teoría: que el crecimiento no genera de manera necesaria cohesión social, que se ha traducido a menudo en agresiones medioambientales irreversibles, que el PIB no expresa el nivel de felicidad de las sociedades, que la huella ecológica del Norte opulento refleja que vivimos muy por encima de nuestras posibilidades, etc. Y, más recientemente, el biólogo Ramón FLOCH acaba de publicar un ensayo titulado La quimera del crecimiento. La sostenbilidad en la era postindustrial (RBA, Madrid, 2011) que se orienta en una dirección similar.

Y ¿qué decir de todo esto? Confieso que necesito una mayor reflexión para opinar mas autorizadamente sobre el alcance y contenido de esta tesis que emerge con gran fuerza. Lo cierto es que me atraen muchos de sus argumentos: frente a la megalomanía productivista, “lo pequeño es hermoso”; ante la comida rápida, el digerir tranquilo; frente a la opulencia, la sobriedad serena; frente a la cultura del tener, la libertad del ser; etc. Pero no tengo tan claro como lograr el necesario cambio del modelo productivo, cuál es la capacidad de carga del territorio, cómo repartir la riqueza, cómo renunciar voluntariamente al ritmo del actual consumo… Lo que tengo muy claro es que no es posible mantener el nivel de crecimiento entre tan pocos como somos los privilegiados del Primer mundo; que ahora no podemos negar el desarrollo a los países emergentes. Y lo que tengo clarísimo es que, por ejemplo, no es sostenible que en la ciudad donde vivo hayamos inaugurado, en lo más crudo de la crisis, ¡el tercer centro comercial más grande de Europa! O que, en aras al crecimiento, queramos ampliar nuestro aeropuerto aun a costa de la tranquilidad de los sufridos vecinos de su entorno… Sinceramente, ¡no lo entiendo! ¡que alguien me lo explique!

El futuro de los océanos y una apuesta sostenible por la pesca artesanal

Miércoles, junio 8th, 2011

En el Dia Mundial de los Océanos que hoy celebramos –bajo el lema “Nuestros océanos: por un futuro más ecológico”- no me resisto a dedicar esta entrada a uno de mis temas preferidos: la sostenibilidad pesquera.

Hace pocas semanas enunciabamos –siguiendo el reciente trabajo de Sergio ROSSI (El Planeta Azul)- los numerosos y graves problemas que aquejan a nuestros mares y océanos: contaminación por vertidos accidentales y operativos, proliferación de especies invasoras, calentamiento global, destrucción de arrecifes, etc. Pero no cabe la menor duda de que uno de los frutos más amargos de nuestra imparable explotación de los recursos marinos es la extendida práctica de una pesca depredadora e irresponsable y muchas veces ilegal. La capacidad extractiva del ser humano a través de la pesca industrial (nótese que se habla de “buques factoría”) ha crecido exponencialmente a la par que índice las capturas ha descendido en muchas pesquerías de forma alarmante (véanse los datos que facilita la FAO).

En estos momentos se está debatiendo  en el seno de la Unión Europea –desde la publicación del Libro Verde de 2009- una nueva reforma de la Política Pesquera Común que deberá reorientar esta actividad a partir del 2012. Y en este sentido hay unanimidad entre los expertos (no sólo los ecologistas) en que la gestión de la pesca marítima ha fracasado no sólo en la propia Unión sino en todo el mundo y que es urgente incorporar a dicha gestión el llamado “enfoque ecosistémico”. Este aparentemente novedosa “gestión de las pesquerías enfocada en los ecosistemas” no es otra cosa que incorporar los criterios biológicos y ecológicos en la gestión de los recursos pesqueros, o, lo que es lo mismo, lograr una mayor sinergia entre las medidas netamente de protección del medio ambiente y las medidas de gestión puramente pesquera.

Para no incurrir una vez más en el pesimismo que domina en los estudios y publicaciones sobre estas materias, deseo destacar aquí que existen muchas iniciativas que persiguen este necesario equilibrio entre la racional explotación pesquera y la sostenibilidad. No falta buenas prácticas en todo el mundo que intentan respetar el famoso Código de la Pesca Responsable de la FAO. Y un ejemplo muy significativo de esta buena dirección lo tenemos aquí en Galicia y más concretamente en A Coruña. Se trata de Lonxanet Directo, una empresa de comercialización y distribución directa de productos del mar, creada en 2001, y que se conoce en todo el mundo como un ejemplo paradigmático de iniciativa empresarial que compagina la sostenibilidad ambiental, económica, cultural y social con la pesca artesanal.

Antonio GARCÍA-ALLUT, antropólogo y Presidente de dicha empresa y de la Fundación Lonxanet, es un incansable defensor de la pesca artesanal en los más diversos foros del mundo. Está convencido de que es posible implicar a los pescadores artesanales y sus comunidades en la custodia de los ecosistemas marinos y en la co-gestión de la sostenibilidad del mar. Ojalá que iniciativas como ésta, promovidas por este dinámico emprendedor social -que ha puesto en marcha además interesantes proyectos de áreas marinas protegidas co-gestionadas (http://www.mardelira.net/) y una Red internacional de Comunidades Pesqueras para el Desarrollo Sostenible (http://www.recopades.org/)- se prodiguen; y, en definitiva, demuestren que es evitable la “tragedia de los bienes comunales” acuñada por el ecologista Garret HARDIN en 1968, y que, como han defendido la economista Elinor OSTROM y su colega Oliver E. WILLIAMSON –galardonados con el compartido Premio Nobel de Economía de 2009- cabe gestionar con éxito los recursos naturales comunes. Esta sí que sería una buena noticia para el futuro sostenible de nuestros lacerados océanos.

Bosques plurales, árboles singulares

Sábado, junio 4th, 2011

Mañana celebramos el día mundial del medio ambiente bajo el lema “Bosques: la naturaleza a su servicio”. De esta forma se pone de relieve –como ya hemos comentado con anterioridad en este blog- la inciativa de Naciones Unidas al declarar el año 2011 como “Año Internacional de los Bosques”, subrayando así los incalculables valores esenciales que para al subsistencia nos reportan los bosques y el vínculo intrínseco entre nuestra calidad de vida y la salud de los ecosistemas forestales. Como a esta temática dedicamos hace poco un comentario con ocasión del “Día internacional de la biodiversidad biológica”, se me ocurría que en este señalado día resulta oportuno dedicar nuestra atención a esos magníficos ejemplares que se conocen bajo la denominación de “árboles singulares o monumentales”.

Se trata de árboles cuyas características botánicas de monumentalidad u otras circunstancias extraordinarias de edad, porte u otros tipo de acontecimientos históricos, culturales, científicos, de recreo o ambientales ligados a ellos, los hace merecedores de una especial protección y conservación (definición extraida de la Ley 4/2006 de Patrimonio Arbóreo Monumental de la Comunidad Valenciana).

Ejemplos de estas “leyendas vivas” en nuestro país son el Tejo de Rascafría (en la Sierra de Madrid) al que se le estiman cerca de 1.500 años, muy joven no obstante frente a los 4.844 años del que se considera el árbol más viejo del mundo, un Pino Longaeva de Nevada (Estados Unidos). Otros ejemplares impresionan por su altura, como por ejemplo un eucaliptus de la especie regnans de 132 metros que se encuentra en los bosques de Tasmania (Australia) que ostenta el record del mundo; aunque en Galicia nos preciamos de albergar al árbol más alto de España:  “O Avó” (el Abuelo), un ecualiptus de más de 67 metros de altura situado en el bosque de Chavín (Lugo). En cuanto al grosor de su tronco son famosos el Drago de Icod (Tenerife) con sus 16,40 de perímetro o el castaño de El Campano del Bierzo con 15,62 metros; muy lejos también del árbol de Tule en Mexico con más de 40 metros de perímetro.

La ley básica estatal 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad califica como “monumentos naturales” a dichos árboles singulares y monumentales (art. 33,2) y existen muchas normas autonómicas que completan el régimen jurídico para su protección que exige una previa declaración. También disponemos de guías de buenas prácticas. Sin embargo,  como denuncia el colectivo que ha promovido el proyecto “Árboles leyendas vivas”, en el último decenio en España cerca del 20% de los árboles singulares ha desaparecido y el resto corren peligro de desaparecer por falta de cuidados, por la tala indiscriminada, por los incendios, por el desarrollo de proyectos de urbanización o de infraestrcuturas, etc.

Como bellamente expresa el gran naturalista Joaquín ARAUJO en su reciente libro titulado “Árbol” “el bosque es el mayor creador de diferentes formas vivas que conocemos”. Ante la riquísima biodiversidad de los ecosistemas forestales en los que se encuentra el 80% de la diversidad biológica terrestre del Planeta, estos singulares ejemplares de árboles –maravillosas formas vivas vegetales- merecen nuestra atención, nuestro cuidado y nuestro homenaje en tan señalado día mundial del medio ambiente.

ojd