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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

El «georadar»

29 de junio de 2013 a las 5:00

Un título a buen tamaño en un periódico de Madrid de los que lucen académicos en su nómina de colaboradores nos alerta de que la escritura de palabras con prefijos y elementos compositivos sigue siendo un problema para muchas personas. «Un ‘georadar’ para hallar el dinero» es el texto periodístico en cuestión.
Constantemente construimos palabras uniendo un prefijo o un elemento compositivo a un sustantivo, un adjetivo, un verbo o un adverbio (a- + moral: amoral; in- + apetente: inapetente; in- + capacitar: incapacitar; super- + rápidamente: superrápidamente). En general, los prefijos y los elementos compositivos que actúan como tales se unen a la palabra base. La sílaba tónica de esta mantiene la tonicidad en la nueva voz (ciber- + esPAcio: ciberesPAcio; anti- + GAS: antiGÁS). Obsérvese que nos referimos al acento prosódico, pues, como en el segundo ejemplo, la palabra base puede no tener acento gráfico y sí llevarlo la voz resultante de la prefijación.
En las palabras formadas por este procedimiento, el fonema /rr/ entre dos vocales debe representarse con el dígrafo rr aunque se representase con r inicial antes de la fusión de los elementos (anti- + reumático: antirreumático). Es el caso de georradar, formada con el elemento compositivo geo-, ‘tierra’, y el sustantivo radar.
También cuando el primer elemento de la composición termina en r y el segundo empieza por la misma letra el resultado es la aparición del dígrafo rr entre dos vocales (super- + ratón: superratón). Sin embargo, se da un fenómeno singular. Rr se percibe unas veces como principio de sílaba (su.pe.rra.tón) y otras se ve cada r como perteneciente a sílabas distintas (su.per.ra.tón). En ello influye la menor o mayor conciencia que el hablante tiene de estar usando dos elementos unidos. Esta se manifiesta en la forma de pronunciar esas palabras ([su.per.rre.ac.tór] o [su.pe.rre.ac.tór]) y en su división a final de línea (supe-/rreactor o super-/reactor).
¿Y qué fue del barbarismo georadar? Aparece nada menos que en medio millón de páginas web e incluso en nombres de empresas que fabrican o explotan esos aparatos. Lo de estas es como si un laboratorio veterinario anunciase que prepara vacunas antirábicas para zoros y peros.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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La «traquea» y el «perone»

15 de junio de 2013 a las 20:11

A lo largo del tiempo, muchas palabras del español han cambiado el acento prosódico. Las causas van desde el afán de aproximarlas a sus étimos hasta meros accidentes y errores. Veamos algunos ejemplos.
El latín imbecillis tenía los significados de ‘débil’, ‘ineficaz’ y ‘cobarde’. El español lo incorporó como voz aguda, imbecil, para calificar al enfermo, flaco o débil. A principios del XIX pasó a escribirse imbécil, quizá por contaminación de la forma francesa imbécile.
En el caso de palabras procedentes del griego a través del latín, cuando se acentúan etimológicamente lo hacen unas veces según el latín y otras atendiendo a su origen griego. Y se dan casos de voces españolas acentuadas según un criterio y que cambian con el tiempo. Ocurre, por ejemplo, con parásito (del latín parasītus y el griego παράσιτος). Fue voz grave, parasito, y a finales del XVIII comenzó a alternar con la esdrújula parásito. Hoy solo se usa esta. El gallego, sin embargo, conserva parasito.
Púdico (del latín pudīcus), ‘casto, pudoroso’, alternó con pudico, más etimológico, que usaba Tirso: «… jamás me dio causa / a enojos ni a quejas, / espejo pudico / de castas y cuerdas».
A los médicos les cambiaron muchas palabras. Peroné (del griego περόνη, aunque nos llegó a través del francés pérone), el hueso de la pierna, fue hasta mediados del XIX perone. Y tráquea (del latín trachīa) aparece como esdrújula en el Diccionario de 1843. Hasta entonces era traquea —como en gallego—, aunque los galenos también le llamaban asperarteria y traquiarteria, que impresionaban más a los pobres diablos que estaban en sus manos.
A veces da vértigo este idioma en que los vizcaínos fueron vizcainos y los arcenes árcenes. Pues bien, vértigo (del latín vertīgo) también fue vertigo, y así lo registró inicialmente la Academia, aunque ya mudó el acento a finales del XVIII.
Algo peor que vértigo era lo que sufría un economista que cuando paseaba por el puerto de A Coruña con su esposa cedía a esta el lado del mar porque a él le daba vértice —decía— ver el agua desde lo alto.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Roturas y rupturas

8 de junio de 2013 a las 5:00

Un periódico informa sobre el testimonio del capitán que precedió a Mangouras al mando del Prestige y dice en el título que «le alertó del riesgo de ruptura» del petrolero. Se plantea aquí el problema del uso indistinto de los sustantivos rotura y ruptura. Ambos tienen el mismo origen, el latín ruptura, y equivalen a rompimiento, ‘acción de romper o romperse’, pero en el tiempo han evolucionado hacia la especialización. Rotura se emplea más para cosas materiales (la rotura de una viga), y ruptura para las inmateriales, especialmente las relaciones entre personas o países (una ruptura sentimental).
No siempre fue así. En los siglos XV y XVI se usaban indistintamente. Pero la Academia Española dice que ambos sustantivos no son hoy intercambiables, e insiste en que cuando se trata de realidades materiales, se prefiere el uso de rotura y si se trata de realidades inmateriales, lo normal es usar ruptura. De ahí lo chocante del empleo de ruptura aplicado al Prestige.
Quedan en el aire algunas rompeduras, como la del saque, en el juego del tenis. Podría hablarse de la ruptura del saque de Nadal, aunque aquí parece predominar en el uso rotura.
También faltan los muchos rompimientos que afrontan los médicos. El Diccionario de autoridades decía de ruptura que era «voz usada de los médicos y cirujanos», y ponía el ejemplo de cierto remedio que «bebido sirve a las ventosidades, flaquezas y cualesquiera dolores de estómago, a los espasmos e rupturas de nervios». Actualmente, los galenos prefieren en algunos casos rotura (rotura renal, rotura tendinosa, rotura vesical) y en otros ruptura (ruptura de membranas, ruptura de la bolsa [amniorrexis]). Para los huesos reservan fractura, quebradura también nombrada con más precisión fractura ósea. Aquí hay que cuidarse de la fractura con minuta, que podría parecer la que viene acompañada de la factura del traumatólogo, y escribir fractura conminuta (de comminutus, ‘roto en pequeños pedazos’), que es aquella en la que hay múltiples fragmentos óseos.
Cuidado con las caídas.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Una creación léxica popular

1 de junio de 2013 a las 5:00

La diputada Rosa Díez ha hecho unas declaraciones en las que, entre otras cosas, afirma: «Me la repampinfla que digan que somos de derechas o de izquierdas». Emplea su señoría una variante de refanfinflar, verbo que solo aparece en la frase me (o te, se…) la refanfinfla. A pesar de su amplio uso, a la Academia se la refanfinfla a su vez y no lo incluye en el Diccionario, por lo que quien no tenga claro su significado ha de acudir a obras de iniciativa privada. Así, el María Moliner ofrece este artículo: «refanfinflar. Refanfinflársela a alguien. Vulg. Dejarle totalmente indiferente, no importarle».
El pronombre la es aquí el complemento directo. ¿A qué sustantivo sustituye? Su permanencia en la penumbra y la exclusión de la frase de los usos más formales hacen pensar a muchos que se trata de algo que está una cuarta al sur del ombligo. Otro factor coadyuvante de esta impresión son dichos de construcción similar (me la suda, me la trae floja…), igualmente impropios del lenguaje formal.
En contra de esto, podría verse en el me la refanfinfla una jitanjáfora, un enunciado con palabras inventadas, sin significado pero con valor eufónico. No parece descaminada la tesis de la palabra inventada. Así lo creía Cela, que la veía como una creación léxica popular de origen onomatopéyico apoyada en la idea de blandura y bamboleo —decía— de los sonidos /f/ y /n/.
Nuestros escritores aprovechan la expresividad de la frase en sus obras, en contextos adecuados. «Porque la Frans nos la trae floja y Vuecencia nos la refanfinfla, Sire», dice un personaje de La sombra del águila, de Arturo Pérez-Reverte. Más remilgados estuvieron los traductores de la película Lo que el viento se llevó al adaptar el último encuentro entre Rhett Butler y Scarlett O’Hara (la señorita Escarlata).  Cuando el galán la abandona, ella pregunta «¿Adónde iré? ¿Qué haré?», a lo que él responde con una frase que se ha hecho famosa: «Frankly, my dear, I don’t give a damn».  Fue traducida como «Francamente, querida, me importa un bledo». En algún sitio hemos leído la propuesta de sustituirla por «Francamente, querida, me la refanfinfla». Pero la historia hubiese perdido su carga dramática.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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