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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

A vuelapluma

25 de Mayo de 2013 a las 5:00

Acababa de terminar el partido final de la Copa y uno de los analistas de la televisión se aplicaba a su tarea: «Ahora, a vuelapluma, pensamos…». Con ello ponía sobre el tapete el problema de qué se puede hacer a vuelapluma (la Academia prefiere a vuela pluma) más allá de escribir.
Los romanos ya empleaban calamo currente (‘al correr de la pluma’) para indicar que algo se escribía rápidamente, sin pararse a meditar. En español se usa a vuelapluma desde la segunda mitad del XIX. La expresión es sugerente: la pluma recorre ligera y veloz el papel. Su significado, casi literal: dicho de la forma de escribir, ‘apresuradamente, sin reflexión’. El problema está en aplicar el sintagma adverbial a algo distinto de escribir o lo que sea que se pueda hacer con la pluma, sea esta cálamo, péndola o péñola, plumilla o estilográfica. No hay dificultad en escribir a vuelapluma aunquea sea con bolígrafo o lápiz, o tecleando en un ordenador. Sí la hay para emprender de esa guisa cualquier otra tarea que no se pueda hacer también con una pluma.
Pero la utilidad del a vuelapluma fue tanta que hoy se lee que vuela cualquier cosa, además de las plumas y los aviones. Uno de los casos más frecuentes de sustitución de la pluma en la locución de marras es el de a vuelamicrófono: «… fueron dando sus primeras y perplejas consideraciones a vuelamicrófono». Lo habíamos oído por primera vez en boca de un popular periodista deportivo, antaño dueño de las noches de radio y fútbol y causa de tantas inobservancias del débito conyugal.
Los cambios tecnológicos son padres de la otra gran transformación del a vuelapluma, el a vuelatecla, con todas las grafías imaginables: «… hallarás reflexiones a “vuela-tecla” sobre Política, Derecho y Economía»; «pensamientos a vuela tecla»; «versillos a vuela tecla». No pueden justificarse en innovación alguna construcciones como «versos a vuela luna», «a vuela bitácora» o «evocaciones a vuela voz», que puede encontrar el lector a poco que busque y rasque. Y algunos de sus creadores dirán que escriben bien. Se ve que no tienen a vuela.

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Keynesianos

18 de Mayo de 2013 a las 5:00

El debate sobre las posibles soluciones a la crisis que nos agobia ha hecho volver muchas miradas hacia John Maynard Keynes y sus teorías y propuestas de estímulo de la economía. Del apellido del célebre economistas británico han surgido varias palabras en español. Keynesianismo y keynesiano son las principales, aunque también se emplean keynesianista, keynesismo y keynesista. En todos los casos se plantea el problema de cómo representar en el interior de sustantivos y adjetivos españoles el fonema /i/ procedente de un nombre o un sintagma con y. Como norma, la ortografía española rechaza representarlo con y (dieciocho, no diezyocho; vaivén, no vayvén).
Un caso frecuente son los plurales de voces terminadas en y formados con la adición de -s: gay, gais; espray, espráis (otra cosa es el de los plurales formados con -es: rey, reyes; buey, bueyes).
Pero la norma tiene muchas excepciones. La de las palabras formadas a partir de antropónimos y topónimos foráneos es una de las principales y en la que entra el caso de Keynes, que da keynesiano y no keinesiano. Se trata con ello de que el neologismo se aproxime a su origen y lo refleje. Objetivo que lleva a hacer sacrificios en casos como byroniano, que por conservar la y de Byron nos hace caer en el pecado de escribir una palabra española de forma diferente a como se pronuncia: [baironiáno]. Si el préstamo procede, en vez de un nombre propio, de uno común, la y interior de convierte en i (glicina, de glycine; hidroquinona, de hydroquinone).
Otra excepción a la norma son las formas verbales terminadas en -y con pronombres enclíticos, infrecuentes pero no inexistentes en el español de hoy (No creo en las meigas, pero haberlas haylas). También se representa con y el fonema /i/ en el interior de palabra cuando esta es una sigla lexicalizada. El caso más frecuente es pyme. Señalemos por último, aunque la relación de excepciones no es exhaustiva, ciertos arcaísmos, como, por ejemplo, la interjección aymé (‘hay de mí’). Hoy no vemos más aymé que el apellido francés (Marcel Aymé) y un antropónimo de uso en América (Aymé García).
Pues eso, ¡aymé, la troika!, dirán los keynesianos.

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Su pierna y su esposa

11 de Mayo de 2013 a las 23:25

La noticia es sobrecogedora: «El Juli tendrá una larga recuperación por la cornada en su pierna». Ya fuera de peligro el diestro, lo que perturba es el empleo del posesivo su donde solo debió ponerse una venda, es decir, en la pierna del diestro. Porque emplearlo aquí constituye pleonasmo, pero no la figura retórica que enfatiza el discurso, sino la redundancia viciosa de palabras. Porque no hace falta explicitar que se trata de su pierna para que el lector sepa que la extremidad herida es del Juli. Si el cronista hubiese escrito «El Juli tendrá una larga recuperación por la cornada en la pierna», quedaría igualmente claro que el remo era suyo y no del picador o de un banderillero de su cuadrilla.
Ese inelegante su pierna es el pan nuestro de cada día. Si el lector se toma la molestia de preguntarle al tío Google por el sintagma en cuestión, le responderá en cosa de centésimas de segundo que aparece 1.560.000 veces en la cibercosa, en un alto porcentaje de ellas con la misma tara. Si le preguntamos por su brazo, las apariciones se disparan a 3.260.000 casos, incluido el de un trovador cubano que, según Granma, «ofrece su brazo fraternal a Venezuela». Podríamos seguir con el recuento, pero corremos el riesgo de montar una macabra desmembración.
Cuando el pronombre es innecesario para transmitir el mensaje con claridad y no le aporta expresividad ni énfasis, se incurre en delito de leso estilo (Yo escribo a mis parientes por Escribo a mis parientes, pero La cama la hago por la mañana y Tú te callas).
Se aprecia redundancia en frases del tipo He conocido a su padre de usted, hoy en declive. Sin embargo, la fórmula puede ser necesaria para evitar ambigüedades y hasta algún equívoco, como queda de manifiesto en un chiste que contaba don Fernando Lázaro: Un empleado de un banco le dice a su jefe: «Señor director, tengo el penoso deber de comunicarle que Martínez, el interventor, cuando acaba el trabajo por las tardes se va a su casa, recoge a su mujer en su coche y se van a un hotel de mala nota». El director muestra extrañeza por tal comportamiento, pero no ve razón para actuar, ante lo cual el pelota chivato le pide permiso para tutearlo. Obtenida la anuencia, relata de nuevo: «Martínez, el interventor, cuando acaba el trabajo por las tardes se va a tu casa, recoge a tu mujer en tu coche y se van a un hotel de mala nota».
¡Caramba, caramba!

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El relato

10 de Mayo de 2013 a las 23:50

Unas declaraciones del presidente de la Xunta han dejado descolocado a más de uno: «¿Pero usted me pregunta si le falta relato al Gobierno? En mi opinión, sí, le falta. Es muy difícil en una época de crisis como esta hacer un relato. Los políticos nos quejamos siempre de lo mismo, de que no nos entienden».
Hasta el pasado lunes, relato tenía para nosotros dos significados: ‘Conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho’ (Nos hizo un relato de su viaje a las Azores) y ‘Narración, cuento’ (Disfruta con los relatos de Truman Capote). A raíz de las palabras del jefe del Gobierno gallego nos enteramos —¿en qué mundo vivíamos hasta entonces?— de que relato es una palabra de moda que se emplea con varios sentidos nuevos. El primero, deducible de la cita del principio, es el de ‘comunicación’, ‘buena comunicación’ o ‘estrategia de comunicación’. Así, hemos de suponer que el Gobierno tiene un problema para comunicar con eficacia sus actos y sus políticas.
Claro que hay quien interpreta la falta de relato como el más usual falta de discurso, entendiendo por discurso el conjunto de ideas que manifiesta un político o un partido (Bono alerta del riesgo de un PSOE sin discurso nacional).
Este nuevo e innecesario uso de relato puede ser una importación del inglés, otra más, concretamente de storytelling, ‘narración, relato’. En Estados Unidos se emplea como nombre de una técnica de comunicación que trata de llegar al receptor introduciendo en el mensaje la narración de vivencias propias. Barack Obama es el gran storyteller.
Para la directora de una consultoría especializada en comunicación, «el relato es un elemento de la comunicación política que cohesiona la acción del gobierno y otorga un sentido global al mandato». Pero ese otro sentido de relato se transforma cuando en el mismo texto escribe: «… esta selección [de fútbol] no solo gana, sino que lo hace de una manera determinada, con un relato basado en el esfuerzo, la humildad y la constancia».
A la vista del caos en torno a esta novedad, parece conveniente prescindir de ella en aras de una mejor comunicación (no relato) entre los hablantes.

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