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La Voz de Galicia
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La mirada en la lengua

El «amateur» y su aficionadismo

23 de junio de 2012 a las 5:00

Un siglo y medio después de que Gertrudis Gómez de Avellaneda emplease en español la voz francesa amateur (El artista barquero, o Los cuatro 5 de junio, 1861), la Academia la incorpora al Diccionario, aunque manteniendo su carácter extranjero, pues la escribe en cursiva. Desde mediados del XIX el amateur no nos ha dejado, primero aplicado a quienes practican un arte sin ser profesionales y más tarde también a los deportistas que tampoco eran profesionales.
Sin embargo, amateur nunca ha gustado a los guardianes del idioma por la discrepancia entre su grafía y la pronunciación más generalizada, a la francesa, [amatér], aunque no es la única. Pudo haberse conciliado la forma escrita con la hablada, y aún hoy hay quien propone que se escriba amater. Pero parece que ya es tarde para optar por la adaptación, como se hizo con dilettante, que desde 1984 está en el Diccionario como diletante. (Cuentan que un profesor que explicaba esta aclimatación le preguntó a un alumno: «¿Qué nos queda si al italiano dilettante le quitamos una t?». «El ialiano dilettante», respondió ufano el que ya nunca será filólogo).
Diletante era una alternativa a amateur, aunque se quedó casi solo para los afionados a las artes, y más específicamente a la música. Su frecuente uso peyorativo le ha quitado mucha utilidad para emplearlo con sus otros sentidos. Así las cosas, al amateur no le queda en español otro sustituto que aficionado.
El problema surge ahora con la palabra que da nombre a la condición de amateur o aficionado. De la primera ha derivado amateurismo, que la Academia sí ha aceptado como español fetén, pese a que una se pronuncia [amatér] y la otra [amateurísmo]. Atrás queda el fracasado intento de introducir, para expresar la idea de la condición de aficionado, la voz aficionadismo, cuya invención atribuye Seco a Pérez de Ayala y que hace un siglo emplearon plumas tan ilustres como Gregorio Marañón en Ensayos sobre la vida sexual («… la ciencia auténtica y responsable, que no al deleitantismo [?] y superficial aficionadismo») y Pedro Salinas.

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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El tomate del rescate

16 de junio de 2012 a las 5:00

Los políticos que hacen malabarismos para evitar hablar de rescate de la banca y alguna televisión que ha prohibido el empleo de esta palabra la han colocado en el top de lo in. Y eso que ya no son los novelescos rescates de los siglos XV y XVI, de princesas de romance o de cautivos del moro, obras pías donde las hubiere, que nos recuerda Cervantes en el Quijote. Él mismo fue liberado de su cautiverio de cinco años en Argel mediante el pago de un rescate de 500 escudos. A falta de un fondo de rescate europeo, los pusieron los frailes trinitarios y algunos mercaderes cristianos.
El sustantivo rescate ha evolucionado y se ha enriquecido con nuevas acepciones. Hoy se emplea sobre todo con el sentido de ‘acción y efecto de rescatar’, donde rescatar tiene dos posibles sentidos: recobrar por precio lo que alguien nos ha arrebatado (un cuadro, una persona…) y salvar a alguien de un peligro o de una situación enojosa. Se lleva a cabo un rescate (acción de rescatar) de una persona raptada mediante el pago de un rescate (el dinero que se entrega) a unos secuestradores. Y hay otro rescate cuando un helicóptero recoge sanos y salvos a los tripulantes de un pesquero de acaba de irse a pique.
En la situación de crisis económica que vivimos, se está empleando rescate con el segundo sentido, el de salvar algo, un país o un grupo de bancos, que están en una situación de peligro, de zozobra, que se están yendo al garete.
La palabra rescate en sí misma no tiene connotaciones negativas. Las ha adquirido por el uso político que tiene en esta crisis. A los países rescatados se les acusa de ser responsables de sus propios males y se les trata como apestados. Y en España se ha utilizado como arma arrojadiza. La empleó Rajoy contra Zapatero cuando era este presidente del Gobierno, y consecuentemente, ahora que es jefe del Ejecutivo, la rehúye.
No por evitar llamar a las cosas por su nombre estas dejan de ser como son. Insistir en ello puede producir desconfianza por parecer intento de engaño o, lo que es casi peor, mover a la burla. Recuerden el título de Time de hace unos días: «Tú dices tomate, yo digo rescate».

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Una de gánsteres

9 de junio de 2012 a las 5:00

En España abundan todo tipo de delincuentes. Los que pertenecen a bandas organizadas raramente son llamados gánsteres, sustantivo que solemos reservar para los pandilleros de ultramar, concretamente los de Estado Unidos, donde este tipo de delincuencia tuvo un gran auge y fue incluso fuente de un género cinematográfico, las películas de gánsteres. La relectura de un artículo del 2000 de un antiguo director de la Academia nos devuelve a la accidentada entrada de los gánsteres en el español: «Confieso mi adicción sincera a los seriales de polis y gángsters americanos».
Esa grafía nos pone ante los dos problemas que ha habido en la adaptación de esta palabra. Procede del inglés gangster, cuyo primer uso data de 1886. En español empezó a usarse como voz inglesa: «… robaba exámenes, rompiendo ventanas, como un gangster de película» (Vargas Llosa, La ciudad y los perros, 1962).
Fue tal su uso entre nosotros que la Academia hizo una primera adaptación en la edición del Diccionario de 1992, donde la registró como gángster. Se había limitado a ponerle una tilde en la vocal de la sílaba tónica, pero mantenía una agrupación de tres consonantes a final de sílaba, -ngs, que no existe en español y que no articulamos bien. De hecho, ya entonces la pronunciación habitual era /gánster/. Hubo que esperar a que apareciese la edición del 2001 para que el DRAE registrase gánster. Se cumplían por entonces 40 años de la muerte de Dashiell Hammett.
Quedaba el problema del plural. El español ha tenido y conserva la tendencia a hacer el plural añadiendo una -s cuando percibe como extranjerismos los sustantivos y los adjetivos terminados en determinadas consonantes: másters, chándals, búnkers, escáners… y gánsters (Alfredo Bryce Echenique, Un mundo para Julius: «Sí, como en las películas de gánsters»). Pero en nuestra lengua, esas voces terminadas en -l, -r, -n, -d, -z, -j precedidas de vocal deben formar el plural añadiendo –es (másteres, chándales, búnkeres, escáneres, gánsteres). Son excepción las esdrújulas (los mánager).

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Escrito por Francisco Ríos Comentar
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Tensión en el río Mara

2 de junio de 2012 a las 5:00

Un documental de la sobremesa parece el preludio de una siesta reparadora. Espléndidas imágenes ilustran el relato de la emigración anual de herbívoros del Masai Mara. En el río Mara, los cocodrilos esperan su festín estival de proteínas. Mientras tanto, como el hambre aprieta y el que espera desespera, miran con malos ojos a una cría de hipopótamo redondita y tierna. Pero no tienen nada que hacer. Su mamá —la de la cría—, feroz y dispuesta a todo, no les permite ni acercarse. En ese momento, la tensión malamente contenida del espectador se dispara cuando la voz que describe la escena nombra al paquidermo como la hipopótama. Una tragedia en el Mara —otra más— que frustra una siesta plácida.
Hipopótamo es un sustantivo epiceno. Son estos los nombres que designan a seres vivos, tanto personas (pasajero, víctima) como animales (elefante, pantera) y plantas (palmera, plátano), y que tienen una forma única, que puede ser masculina (ñu) o femenina (gacela). En el caso de los nombres epicenos de animal, si se quiere expresar su sexo debe añadirse al sustantivo las palabras macho o hembra. La aguerrida madre del Mara era un hipopótamo hembra. Los artículos y adjetivos concuerdan con el género del sustantivo, por lo que estamos ante un valeroso hipopótamo hembra, no ante una valerosa hipopótamo hembra.
Y hay epicenos casi anecdóticos con un género (el vampiro macho, el vampiro hembra) que con el otro no designan al animal del sexo opuesto, sino una cosa distinta (la vampiresa).
A diferencia de los epicenos de animal, los de persona no revelan el sexo del interesado mediante la adición de macho o hembra, aunque los haya muy machos y alguno sea un animaliño. Hay quien les añade masculino o femenino, pero eso funciona en unos casos (el personaje femenino) y en otros chirría (la víctima masculina). En estos es preferible eludir tales especificaciones. Y si hay que indicar el sexo, evitar el epiceno. Así, para que se sepa que un bebé es niña bastará con mencionarlo como la recién nacida.

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