La Voz de Galicia

El

relato periodístico de lo que han hecho durante años Ausbanc, supuesta protectora de los usuarios bancarios, y Manos Limpias, supuesta defensora de la justicia, me ha recordado un cuento y lo he releído. Porque en estos asuntos, como en el cuento, parece que todo el mundo sabía. Todos estaban al tanto y hubiera sido imposible semejante actividad chantajista sin la anuencia de otros que, quizá, operaban con criterios oscuros que los convertían en presa fácil. Dibuja una figura negra de nuestra sociedad en la que, por cierto, apenas comparecen los políticos. Si acaso, por omisión: porque seguro que también ellos sabían. Pero ni Ausbanc ni Manos Limpias ni las decenas de fregados comparables que se han ido descubriendo en los últimos meses -papeles de Panamá aparte- aparecen protagonizados por políticos. El problema con la corrupción no es un problema de corrupción política, sino de corrupción social, intestina.

En su cuento La oveja negra, Italo Calvino describe un pueblo donde todos eran ladrones, un pueblo igualitario: «En aquel país el comercio solo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El Gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos. Y por su lado los súbditos solo pensaban en defraudar al Gobierno. La vida transcurría sin tropiezos y no había ni ricos ni pobres».

Pero uno dejó de robar y desequilibró el ecosistema: aparecieron los ricos, los pobres, el hambre y la miseria, la desigualdad. Ahí estamos: o robamos todos o recuperamos el sentido moral en la familia y en la educación. Esta última parece una solución más razonable y poética. Más humana, también. Y más difícil.

La Voz de Galicia, 23.abril.2016