La Voz de Galicia
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La última vez que estuve en Sevilla -agosto, 45 grados a la sombra- me encontré con un cartel del Che en el que el rostro del revolucionario argentino había sido sustituido por el de Camarón de la Isla. Hacía tiempo que no tropezaba con un póster del Che, el mismo que durante décadas adornó los cuartos de los estudiantes de Santiago.

Ese mediodía infernal, mientras mis proteínas comenzaban a desconfigurarse sobre la acera y me sentía Arnold Schwarzenegger descendiendo a la balsa de acero fundido en la escena final de Terminator 2, me pregunté por un hecho ciertamente paradójico: ¿Por qué el ídolo de medio mundo, el que colgaba en las paredes de las pensiones y residencias universitarias, era el perdedor, Ernesto Che Guevara, y no el triunfador absoluto, Fidel Castro, el héroe de Sierra Maestra, el comandante que lideró durante medio siglo la Revolución cubana?

La respuesta, como resulta obvio, va implícita en la pregunta. Justo por eso, porque el Che era el símbolo de la derrota, el muerto en una emboscada, el que decidió renunciar a las comodidades de las élites comunistas habaneras para irse a la selva boliviana en busca de una muerte segura. Todo esto lo explica mucho mejor que yo, por supuesto, Guillermo Cabrera Infante, que vio la Revolución desde los dos lados del espejo. Así lo relata en Mea Cuba: “El comandante Duque contaba el cuento luego de una competencia a tiro al blanco en la Sierra. Duque mismo fue testigo aunque no árbitro. Castro y Guevara se enfrascaron en una refriega contra el tedio escondido en unas cuantas botellas vacías pero peligrosas todavía. Castro daba siempre en el blanco pero Guevara no daba una. Más tarde Duque le preguntó al Che, que era un hombre de temible puntería -tirando al blanco y al duro-, cómo fue que Fidel había dado en todas las botellas y él, el Che, en ninguna. Guevara contestó con su típica sonrisa argentina: ‘¿Quieres que el Máximo Líder pierda jeta? Tú sabes mejor que todo eso’”.

Recuerda Cabrera Infante que “Guevara nunca fue en Cuba lo que se dice amado, en el poder ni cuando dejó la isla aparentemente perseguido por el tedio o por Fidel Castro -uno de los dos. O los dos”. Porque el Che era “un perdedor nato” que “cobró importancia sólo cuando perdió”: “Primero que nada perdió su trabajo de ministro del Tesoro, después de ser despedido de La Cabaña y de su macabra tarea de justiciero local, sólo porque Castro creyó que ya no era necesario”.

Que era un perdedor nato lo revela esta frase de Guillermo Cabrera: “Guevara había leído más libros que Fidel y Raúl juntos -lo cual no era realmente una hazaña”. “El Raúl Castro que conocí a comienzos de 1959, recién casado con Vilma Espín, una graduada de Vassar College procedente de una familia fabulosamente rica, emparentada con un Bacardí, que eran algo más que ron y cerveza. Vassar o no Vassar, no había un solo libro en su apartamento y la única proeza intelectual de Raúl Castro fue montar y desmontar una pistola Walther en tiempo récord y con los ojos cerrados”, apuntala Cabrera Infante. Estaba claro, pues, quién iba a ganar la pelea: el tipo que no tenía un solo libro en su apartamento, pero que sabía montar y desmontar un revólver con los ojos cerrados.

Las cosas con el otro Castro, Fidel, nunca fueron bien. Era, cuenta Cabrera, un matrimonio de conveniencia que Guevara retrató así en confesión al periodista Carlos Franqui: “Es difícil tanto vivir con Fidel como huírle”. Cabrera Infante subraya así las diferencias entre los dos comandantes: “A un marxista de siempre no se le podía culpar de oportunismo sino de todo lo contrario: más que asmático era dogmático. De cierta manera era un Trotski del Stalin de Castro. Era un Engels vengador mucho más Marx que el mismo Marx y dejó detrás una cierta filosofía encarnada en un incierto Hombre Nuevo. Castro descartó las teorías socialistas de Guevara porque eran antisoviéticas (y la Unión Soviética era entonces la santa patrona de Cuba, a tenor de 6.000.000 de dólares que era mucho cantar y contar) para adoptarlas luego como su única visión cuando murió el Che y nació su mito”.

Y así llegó el fin. El Che abandonó Cuba y se lanzó al abismo: “La expedición de Guevara a Bolivia fue absurda como la muerte. Su vida terminó en un desastre colosal, que culminó con el libertador muerto por los que venía a salvar. Acabó, en definición magistral de Cabrera Infante, embalsamado en un póster. Porque eso es lo que queda hoy de todo aquello. Un póster torcido en un cuarto húmedo de Compostela. O el cartel tuneado con la foto del último genio del flamenco, Camarón de la Isla.

Volvamos finalmente, de la mano de Guillermo Cabrera, a la selva boliviana: “Cuando fue muerto en Bolivia el comandante Ernesto Guevara se convirtió en el Che, pero su cadáver era más parecido al de Salvatore Giuliano que al de Lenin: más forajido asesinado que ideólogo momificado. Embalsamado en un póster, sin embargo, se hizo un mito moderno y fue inmortalizado en una película con Omar Sharif, un egipcio, con sus dientes separados, que se peleaba constantemente con Jack Palance, un Fidel Castro polaco con gafas. El epitafio vino en forma de anuncio de neón y el seudónimo Che Guevara pasó a ser el nombre de una boutique del Swinging London a la moda. Sic transit el hombre llamdo Che sólo por sus amigos. Es que la inmortalidad siempre llega con la muerte”.