La Voz de Galicia
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La última vez que estuve en Zaragoza, quedé con mi amigo Antón Castro, que es un aragonés de Arteixo (A Coruña), un aficionado del Garrapinillos que sigue soñando con el mar de Caión entrando en invierno hasta la cocina del bar del pueblo. Siempre generoso, me regaló, entre otros tesoros suyos, un libro titulado Los sitios de la Zaragoza inadvertida. Una maravilla en la que las fotos de Andrés Ferrer y los textos de Antón nos van contando esos rincones perdidos de una ciudad que tendríamos que amar mucho más de lo que ya lo hacemos, porque se lo merece todo.

Cuando leo Los sitios pienso en el bus de Zaragoza, el número 51, que te lleva desde el paseo de la Constitución a la estación de Delicias (la terminal ferroviaria más fría del mundo). Ir en el bus 51 es leer el libro de Antón Castro: plaza de Aragón, Grupo Escolar Joaquín Costa, El Portillo, La Aljafería, Mercadillo, el puente del tercer milenio y, al final de todas las cosas, la estación de Delicias, que es un túnel de viento en el que para el AVE a Barcelona.

¿Con qué lugares nos quedamos de todos los que el poeta Antón Castro colecciona para nosotros en su caminata sin fin por Zaragoza? Primero, con la plaza de Los Sitios, donde nos cuenta cómo ha nacido este libro: “Nadie me lo ha pedido, pero querría haceros una confesión. Así nacen mis fotos. Vas a la plaza de Los Sitios y miras en derredor. Con los ojos del alma y la imprecisión del móvil. […] Así trabajo: observo, pienso, interiorizo, elijo, compongo y atrapo la imagen indeleble que quizá no sea la mejor ni la más hermosa. Es la mía: soy así”.

Por eso este libro es tan descarnadamente bello. Porque busca esos lugares insospechados, ese ángulo que, como apunta Castro, tal vez no sea el mejor ni el más hermoso, pero es el de Antón. Y eso basta para que le acompañemos a cada uno de sus sitios y aprendamos a mirar con él.

Y después, claro, elegimos su rincón preferido de la ciudad, que es el colegio Joaquín Costa: “Tiene mucho que mirar: la cornisa con esa Minerva entre niños y el escudo de la ciudad, las columnas esculpidas en serena hermosura, el chaflán redondeado y suave y suave que es como un epicentro de simetría. Y dentro, entre otras dependencias, está el pequeño teatro, con esa cúpula, que es una invitación al sueño, a la representación, al extravío de los sentidos. Un lucernario introduce una luz tamizada en el vestíbulo principal”. Allí estudiaron sus hijos, entre los que se cuentan los también escritores Aloma Rodríguez y Daniel Gascón.

Si yo fuese una ciudad, querría que viniese Antón Castro a escribirme mis Sitios.