La Voz de Galicia
Navegar es necesario, vivir no es necesario (Pompeyo)
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El 15 de abril de 1965 la agencia Efe transmitía un breve despacho desde Niza en el que daba cuenta del entierro de La Bella Otero:

Un pequeño grupo de personas ha asistido el entierro de La Bella Otero, apodo con el que en vida se hizo famosa Agustina Otero Iglesias, que nació en Puente Valga (provincia de Pontevedra) en 1868 y que fue admirada y conocida por los más importantes personajes de principios de siglo, forjándose en torno a ella las más románticas leyendas, ilusiones y frustraciones.

El funeral y entierro han sido muy sencillos. No ha habido ninguna persona de relieve, solamente unos escasos viejos amigos, uno de los cuales ha pronunciado una breve plática en español y después el féretro ha sido depositado en la tumba que se había hecho construir La Bella Otero.

Esta se ha llevado a la sepultura un misterio, ya que entre sus efectos personales ha dejado la llave de una caja fuerte de un banco, por lo que si en el plazo de cuatro meses no se presentan los herederos legales, las autoridades francesas podrán abrirla. Se sospecha que pueda contener valiosas joyas, si bien en su habitación solamente se han encontrado mil francos (12.000 pesetas) y algunas piezas de bisutería”.

No tenemos noticia de qué ocurrió cuando, finalmente, se abrió esa caja de caudales. Pero mucho nos tememos de que que tan sólo contuviese telarañas. Porque entre 1895 y 1948 (cuando ya se tiene que retirar a su diminuto cuarto de la Rue d’Anglaterre, 26 de Niza) se calcula que Agustina Otero Iglesias, Carolina Otero, La Bella Otero -o las tres a un tiempo- había perdido en los casinos nada menos que cuarenta millones de dólares de la época. A mayores del metálico, se había dejado sobre el tapete el collar de María Antonieta, otro de Eugenia de Montijo, una casa en Ostende que le había regaladado el rey Leopoldo de Bélgica, una dacha a orillas del Mar Negro con la que le había obsequiado el zar Nicolás II, el yate de Vanderbilt, una isla del emperador de Japón y el bolero de 240 diamantes de Cartier.

La Bella Otero tiene pendiente todavía su gran novela. Por eso, como veraneo en su pueblo, cada agosto voy detrás de su rastro en Valga. Busco en el kilómetro 87 de la N-550 la sombra de su casa natal, que ya no existe. De allí salió la mujer que consiguió poner a sus pies a seis reyes y príncipes.

Como ya nunca voy a escribir esa gran novela sobre la Bella Otero, llevo conmigo a Valga una libreta donde colecciono sus frases, que igual son ciertas o lo mismo son apócrifas. Qué importa.

La Bella Otero era capaz de decir cosas como esta: “Yo he sido esclava de mis pasiones, pero nunca de un hombre”.

En una ocasión, harta ya de las preguntas de un periodista plasta, le soltó muy ufana:

Mire usted, en general, yo fornico útil, pero cuando es posible, trato de que me produzca placer.

Nos imaginamos la cara pasmada del cronista, tomando nota de la sentencia de la Otero, digna de ser inscrita en una lápida de mármol en su casa natal, que ya hemos dicho que no existe, que es pasto de las zarzas y las ruinas, detrás del Bar José, en la carretera general de Valga.

Aunque mi frase favorita, la que voy a enmarcar para verla todos los días en el pasillo cuando salga de casa es, sin duda, esta: “La verdadera pasión es cuando uno se olvida de todo, cuando se olvida de sí mismo, y eso sólo me lo ha dado el juego; existen para mí dos placeres incomparables en esta vida: uno es ganar; el otro, perder”.

Sólo los perdedores vocacionales la comprendemos. Únicamente nosotros, que en un momento dado somos capaces de tirar toda nuestra vida por la borda, entendemos a La Bella Otero.