La Voz de Galicia
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A Julio Camba, el único columnista genuino de todos los tiempos e idiomas -el que resistió sin pestañear las distorsiones que siempre generan las guerras, las cabeceras, los directores de periódico, los Gobiernos y sus consulados-, hay quien no lo ha leído nunca y lo despacha de un solo soplamocos: era un facha. Curiosa forma de juzgar a un articulista. Es obvio que, desde sus iniciales devaneos con el anarquismo, don Julio derivó a un tibio columnismo derechoso, aunque tampoco demasiado complaciente con la dictadura, porque, en el fondo, todo aquello se la traía al pairo, salvo que lo sacaran de vez en cuando de su habitación 383 del Palace -que pagaba el banquero Juan March– y lo llevaran a comer en un buen restaurante. Así se escribe la historia de la literatura, amigos. Es una cuestión más gastronómica que ideológica. Y Camba ha sido un caso único, sin predecesores ni sucesores.

Lo que me interesa ahora mismo de Camba es desmentir el prejuicio bobo de que era un facha. Sin más. Yo sostengo, contra viento y marea, que el gran columnista de Arousa nunca dejó de ser el anarquista de su primera juventud. Que fue libertario y ácrata hasta su último aliento.

El 9 de enero de 1903, La Voz de Galicia publicaba en primera página un suelo titulado “Anarquistas repatriados”:

“A disposición del gobernador civil llegaron hoy a Pontevedra, procedentes de Barcelona, donde desembarcaron expulsados de Buenos Aires, los anarquistas pontevedreses Adrián Troitiño y Julio Camba.

Les condujo aquí la Guardia Civil.

A su llegada, ingresaron en la cárcel.

Los guardias hicieron entrega al gobernador de los pliegos que se refieren a los presos.

Troitiño cuenta 35 años de edad y es panadero.

Julio Camba es periodista y no tiene más que 18 años.

Fui a visitarles a la cárcel y conversé con ellos un largo rato.

Ambos declararon que son anarquistas.

Laméntanse de haber sido presos sin motivo alguno y no saben hasta cuándo durará la extraña situación en que se encuentran.

Su peregrinación forzosa hasta Pontevedra ha sido penosísima.

Desde Barcelona fueron a parar a las cárceles de Zaragoza, Palencia y León.

Julio Camba es un muchacho muy culto y simpático, y se produce con extraordinaria verbosidad […]”.

El 13 de enero de 1903 leemos que “ha sido puesto en libertad el anarquista Julio Camba. El padre de este se presentó al gobernador civil de la provincia, que lo había reclamado”.

En su novelita El destierro, Julio Camba lo cuenta todo con más orgullo y menos remilgos. En el relato admite que, poco más o menos de coña, una noche de farra le dio por organizar junto a otros amigos anarquistas una huelga general en Buenos Aires. El paro acabó con esquiroles, huelguistas y policías muertos. Así que el Gobierno se sacó de la manga una Ley de Residencia confeccionada a medida para expulsar a Camba y sus correligionarios gallegos del país.

Cuando, ya arrestado, estaba ventilándose un bistec en el cuartelillo, apareció el comisario:

-¿Qué quiere usted?

-Yo, nada.

-El señor -dijo uno de los escribientes- viene detenido.

-Detenido, ¿por qué?

-No sabemos. Viene a la disposición del jefe de policía.

Siempre será un anarquista -dijo el comisario.

-No sé si lo seré siempre. Por ahora, sí.

Ya de regreso en Madrid, acaba en la redacción de El Rebelde, periódico de cuatro páginas con la cabecera en la última -para que quedase claro que escribían a contracorriente- que escribían Camba y el tipógrafo del diario España Nueva Antonio Apolo. Por allí se dejaba caer un tal Mateo Corral, que les pasaba una generosa ayuda económica para sostener el semanal y que, al parecer, cumplía órdenes directas del mismísimo Ferrer i Guardia, director de la Escuela Moderna e icono del pensamiento libertario barcelonés.

Cuando, el 31 de mayo de 1906, Morral lanza su bomba Orsini sobre el carruaje de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, Camba es llamado a declarar por sus contactos con el anarquista catalán. De hecho, como apunta el sabio Miguel-Anxo Murado: “Fue Julio Camba quien tiró la bomba que casi mata a Alfonso XIII en la calle Mayor, el día de su boda. Mejor dicho, el hombre que la tiró, el anarquista Mateo Morral, se había hecho pasar ese día por Julio Camba y llevaba la credencial de prensa que le había robado al periodista gallego”.

El 20 de junio, recoge La Voz de Galicia: “Hoy ha prestado declaración ante el Juzgado D. Julio Camba, que, como se ha dicho, conocía a Morral. Manifestó que le constaba que Morral había dado dinero para sostenimiento del periódico anarquista El Rebelde. Dice que ignoraba los propósitos de Morral, asegurando que no le ha visto en Madrid”. Un año más tarde, el 6 de junio de 1907, continúa la llamada “causa de la bomba”. Al jovencísimo Camba le toca presentarse de nuevo ante el juez:

“No pudo concurrir a la sesión el periodista D. Julio Camba por encontrarse indispuesto y el presidente dispuso que se leyese la declaración que prestó en el sumario.

Dice que dos años antes de la época del atentado, se le presentó Morral en la redacción de El Rebelde para hablarle de viajes comerciales que proyectaba emprender.

Se leyó igualmente otra declaración del redactor del mismo periódico D. Antonio Apolo, afirmando que para emprender una campaña le entregó Morral una cantidad en metálico.

Añade que también lo recibió D. Julio Camba para el sostenimiento del periódico”.

José Esteban nos cuenta que su primera declaración ante el magistrado, el 19 de junio de 1906, empezaba así: “Que profesa ideas anarquistas y por ello ha sido procesado varias veces por delitos de imprenta, sin que se le haya impuesto pena alguna”. Recuerda Esteban que, a sus 19 años, en noviembre de 1904, “tenía incoados catorce procesos por lo civil y se encontraba en libertad provisional”. Preguntado en cierta ocasión por una polémica con algunos de sus compañeros de militancia, el joven Camba respondió ufano: “Yo, señores, no soy anarquista por los anarquistas. Yo soy anarquista por la idea del anarquismo”.

Cuando, en junio de 1907, Camba tiene que declarar en el juicio por el atentado, el inimitable columnista arousano ya era el cronista parlamentario de España Nueva, donde debutó el 13 de mayo de ese año con su sección Diario de un escéptico y un artículo titulado El Congreso, sofistas, ergostistas y silogistas. Allí trabajó, junto a su amigo el tipógrafo Antonio Apolo, hasta 1909, antes de convertirse en el legendario corresponsal que empezó su itinerario en Estambul —entonces todavía Constantinopla— y que después nos contaría deliciosamente su insólita visión del mundo desde capitales como París, Londres, Berlín, Roma o Nueva York. Por supuesto, Camba bostezaba mucho en el hemiciclo, aunque asumía que no tenía derecho a ello —«un periodista no puede aburrirse nunca, ni aun en el Congreso»— y por eso buscaba cualquier detalle, más allá de los grandes discursos, con el que entretener a los lectores. Por eso nos hablaba de los estoicos maceros, la ya antigua costumbre de que voten los muertos, los duros falsos (que llevaban más plata que los del Estado), las codornices o la intención del Gobierno de imponer el descanso dominical obligatorio en «los establecimientos de comer, beber y arder». Incluidos los periódicos y las plazas de toros.

Luca de Tena -de gusto exquisito- se fija en sus crónicas y en 1913 lo ficha como periodista estrella de ABC, donde se presenta con su célebre columna Mi nombre es Camba. El editor, por supuesto, lo contrata para dejar a Camba que hiciese lo que le diese la gana, sin prestar atención a la noticia efímera, a la inmediatez, a eso que llamamos ilusamente actualidad. Por eso sus crónicas han perdurado y sus libros de artículos se leen hoy como los deliciosos apuntes de un periodista que escribía cómo y cuando quería, sin esforzarse demasiado, haciendo fácil lo difícil, jugueteando incluso con la frivolidad. Superficialidad que no era tal, sino la profundidad de la epidermis que buscaba Josep Pla mientras liaba un pitillo para pensar el adjetivo exacto.

Tras regresar de su paseo inacabable por el mundo (una especie de Neverending Tour de Dylan, pero a principios del siglo XX), Julio Camba se convirtió en el solitario del Palace, como lo definió en su obituario de ABC César González Ruano: “Había llegado a una indeferencia que era ya como una obra de arte”. Camba era un Henry David Thoreau que cambió su cabaña del lago Walden por la habitación 383 del Hotel Palace.

Al columnista superdotado ya no le interesaba nada. Ni la literatura. Ni el periodismo. Ni muchos menos sus propios artículos. Se lo confesó un día a Ruano:

-¿Sabe usted mi único odio auténtico? Al miserable que inventó la imprenta.

¿A quién le puede interesar su propio ego pudiendo ser anarquista?

Porque Julio Camba, al que algunos analfabetos funcionales tildan de facha, nunca dejó de ser anarquista, como pronosticó aquel sabio y veterano comisario de Buenos Aires:

-Siempre será un anarquista.