La Voz de Galicia
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Es la típica pregunta a la que uno nunca sabe cómo responder:

-¿Un placer culpable?

Como no me gustan los Hombres G, ni Dan Brown, ni siquiera Sálvame, estoy jodido. Lo único que puedo admitir es que soy un fan de las películas de Terence Hill y Bud Spencer. Pero a veces me he inventado respuestas disparatadas para salir del paso. Como que leo el Pronto a escondidas en el baño -¿todavía existe el Pronto o ya sólo es un spray para limpiar los muebles?-, ocultando la revista en las obras completas de Kafka. Hasta que llegó un día en que encontré uno de esos placeres que se presuponen culpables, aunque a mí, fan incondicional de la cultura popular, lo cierto es que no me hace sentir en absoluto culpable, sino todo lo contrario, orgulloso de hundir mis raíces en estas películas como lo hago en las cintas chungas del Torete y el Vaquilla (sin ir más lejos).

Sí, amigos, yo me acuso: adoro los filmes americanos de estudiantes universitarios desfasados. Supongo que todo se lo debo a mi época de estudiante Erasmus en la University College Dublin, curso que parece salido de una de esas películas, incluida la llegada de la seguridad del campus para poner fin a una fiesta en la que habíamos metido a cien personas en un apartamento para cuatro, y la posterior visita al despacho del rector. Aunque más bien me temo que todo es mucho más sencillo: la culpa de este placer culpable procede de la combinación de los cromosomas XY. Porque los hombres no maduramos. Envejecemos. Nos cansamos. Nos debilitamos. Pero no crecemos. Seguimos siendo esos seres infantiles que un día aparcan sus juguetes por rendición ante las convenciones sociales y que luego tenemos hijos para poder volver a jugar y hacer el idiota sin complejos. En el fondo, nos gustaría seguir toda la vida en aquel piso de estudiantes, haciendo novillos, emborrachándonos hasta el delirio y sobreviviendo hasta fin de mes con una dieta a base de pasta y arroz blanco. No necesitamos más.

Por eso yo, lo confieso, adoro dos películas de culto del desfase adolescente y estudiantil. Olvidémonos de las sagas de Porky’s o American Pie. Son entretenidas, pero no van más allá. Los clásicos entre los clásicos, los que hay que ver, aunque nos cueste el divorcio o como mínimo una noche en el sofá, son Desmadre a la americana (National Lampoon’s Animal House, 1978) y Supersalidos (Superbad, 2007). Ahí está todo. Son la Biblia del género. ¿Placer culpable? Placer, sin duda. La culpa es un concepto demasiado religioso para mi gusto.

Desmadre a la americana

Belushi en la célebre escena de la escalera

Es la obra fundacional. El Antiguo Testamento del desnorte universitario. La dirigió John Landis a partir de un guión basado en las historias que Chris Miller publicaba en la irreverente revista National Lampoon, donde contaba sus propias experiencias en la fraternidad Alpha Delta Phi del Dartmouth College. En la peli, Miller es Lawrence Pinto Roger, un novato con muchas ganas de juerga y sexo interpretado por un jovencísimo Tom Hulce (sí, el mismísimo Mozart de Amadeus). No es la única estrella del reparto. También está un inconmensurable John Belushi (John Bluto Blutarsky), que es alma de la Delta House, el templo de todo universitario con vocación, y un Donald Sutherland que hace de profesor libertario y aficionado a los canutos.

La cinta transcurre en el campus de la Faber College, una universidad privada donde abundan las niñas bien, los pijos -como los miembros de la fraternidad Omega- o los tarados paramilitares que acuden al comedor ataviados con sus uniformes. El rector marca una equis en la espalda de los inquilinos de Delta desde el minuto uno. En una escena gloriosa, el mandamás en persona acude a la casa para advertir a los residentes que si cometen una sola infracción más, están todos expulsados. ¿Y qúé deciden los hermanos de la Delta House? Lo que habríamos hecho todos en su caso: organizar una fiesta de togas. Es la juerga de las juergas, con un Belushi desatado. Mientras baja por las escaleras, tocado con su corona de laurel imperial, se encuentra a un mameluco rasgueando una guitarra en plan cantautor progre. ¿Qué hace Belushi? Agarra la guitarra, la estampa contra la pared y le devuelve el mástil a su acojonado propietario. El momento estelar de la noche llega con la actuación de Otis Day and the Knights, que cantan Shout mientras los togados y las togadas bailan, beben, morrean y se mueven compulsivamente como si no hubiese un mañana. Porque, precisamente, nunca hay un mañana. Lo sabía bien Belushi, que sólo cuatro años después de protagonizar este filme fue hallado muerto en su cama tras una noche loca con Robert De Niro y Robin Williams. Por eso tal vez Bluto, que apenas pronuncia diez o doce frases en toda la película -incluidas la repetición en bucle de “toga” y “holy shit”-, borda su papel. ¿Estaría haciendo de sí mismo?

Por la misma escalera en la que Belushi destroza la guitarra del cantautor coñazo sube con su moto Daniel Simpson (interpretado por Bruce McGill), que ha batido el récord de calificaciones de Faber: carece de nota media porque no se ha presentado a ningún examen.

Es difícil hacer una antología de escenas de Desmadre a la americana. Pero una de mis favoritas es sin duda cuando Bluto, Simpson y un novato secuestran un caballo y lo dejan en el despacho del rector. Los veteranos deciden gastarle una broma al chavalito y le ordenan que le pegue un tiro al bicho para dejarlo muerto sobre la alfombra del jefazo del campus. El chico, atribulado, no se atreve. Y dispara al aire. Pero el pobre animal, ya muy alterado por su paseo en medio de la noche desde las caballerizas hasta las oficinas, sufre un ataque al corazón al oír el tiro y cae liquidado frente a la mesa del rector.

Supersalidos

Los tres protagonistas de Supersalidos

Es el Nuevo Testamento del género. Una pura obra de arte. La firma Greg Mottola en el 2007 y la protagonizan un trío de pringados pasados de hormonas: Seth (Jonah Hill), Evan (Michael Cera) y Fogell (Cristopher Mintz-Plasse). Aún están en el instituto y su única obsesión es comprar bebida para poder colarse en las fiestas de los mayores y echar un polvo. Cada minuto de esta cinta es de oro. Una sucesión de gags sin fin. ¿Mi parte preferida? Cuando el pimpollo Fogell se hace con un carné falso para pillar alcohol en el súper. Decide transformarse en McLovin, un hawaiano de 25 años donante de órganos. McLovin. Sin nombre de pila ni hostias. Y ese carné acaba convirtiéndole en el auténtico McLovin, que se corre una noche de juerga con un par de policías descerebrados que lo llevan con ellos de patrulla y hasta le dejan pegar algún tiro con sus armas reglamentarias. También es soberbio el corte en el que Seth confiesa a Evan que, de pequeño, estaba obsesionado con dibujar pollas. Las dibujaba sin parar. De todas las formas, tamaños y colores. Y las guardaba en una maletita que llevaba con él a todas partes. Hasta que, en tercero de primaria, lo pillan con las manos en la pirola y sus padre lo condenan a no comer siquiera nada que tuviera forma de pene. Y es entonces cuando se da cuenta de que algunas de las cosas más sabrosas de la vida tienen forma de polla: los helados y las salchichas, sin ir más lejos.

En Supersalidos conocimos a Enma Watson (Jules), de la que está perdidamente enamorado el pobre Seth, que pensando en ella pronuncia una de las frases más entrañables de la cinta:

-¿Le has mirado alguna vez a los ojos? Es como escuchar una canción de los Beatles por primera vez.

Iba a hablar de mis placeres culpables. Y al final, claro, me ha salido un post, un artículo, una columna, no sé, en la que muestro lo orgulloso que estoy de ver una y otra vez Desmadre a la americana y Supersalidos. Tendré que seguir diciendo que leo el Pronto atrincherado en el cuarto de baño.