La Voz de Galicia
Navegar es necesario, vivir no es necesario (Pompeyo)
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No empuñaron las armas. Más que nada porque las tenía todas Franco, que previamente había matado o encarcelado a nuestros abuelos por defender el Gobierno legítimo de la Segunda República frente a su alzamiento fascista. Pero también fueron épicos de una manera cotidiana y anónima que algún día habrá que reconocer. Me refiero a la generación de nuestras madres y nuestros padres, unos héroes sobre los que algún día alguien tendrá que escribir la gran novela que se merecen.

Mientras no llega esa gran novela, quiero acordarme brevemente de ellos. Me vino la idea hace unos días cuando Luz Sánchez Mellado recordó a su padre, que no pudo estudiar, «pero que tenía más talento que todo Twitter junto«. Me encantó la frase. Y me vino a la memoria esa generación anónima, de la que casi nadie se acuerda cuando invoca las grandes gestas de nuestra historia reciente, y que pasó todas las calamidades y sacrificios del mundo para que nosotros sí pudiésemos estudiar. Tenían una frase en la cabeza. Un lema vital: «Hay que sacar la familia adelante». Y a eso se dedicaron toda la vida, incluso ahora que ya son abuelas y abuelos siguen tirando de la familia, que se ve que es un trabajo que no se acaba nunca.

Todo esto venía a cuento de que una mañana cualquiera a Luz no le pusieron leche desnatada en el café en el bar del polígono. Era un simple chascarrillo que plantó en un tuit. Los que trabajamos en un polígono sabemos lo que significa. Estás aislado de todo y de todos porque los polígonos son eso: búnkeres industriales y desalmados. Pero las hordas puritanas de Twitter se arrojaron sobre la broma para convertir a Luz en un icono del pijoprogresismo o algo así.

Curioso, porque las hordas puritanas de Twitter son la definición misma del pijoprogresismo, esos sujetos que se autoproclaman «gente del común» mientras van impartiendo lecciones de austeridad por los barrios con su ropa de marca (entre otras razones porque odian a Inditex sobre todas las cosas, así que mucho mejor gastarse 200 pavos en una americana de una multinacional extranjera que ir a las rebajas de Zara, la principal industria de mi ciudad, la que da de comer a media Coruña). Parece que me estoy yendo por las ramas. Quizás. Pero en realidad no. Porque estos desharrapados de marca se llaman a sí mismos «la gente del común». Pero para mí la auténtica gente del común son personas como mi madre, la señora Manola de Peruleiro. Es el ejemplo que tengo más a mano de esa generación heroica de la que hablaba antes de irme por los cerros de Úbeda (o como se diga).

Hasta el 24 de septiembre de 1981, cuando murió mi padre víctima de un atropello, llevábamos una vida razonablemente buena. Mi padre tenía un buen trabajo (en el mismo polígono en el que yo trabajo ahora, debe de ser una maldición familiar) y las cosas avanzaban en aquella España y aquella Coruña que despertaban de la pesadilla franquista. Pero, de pronto, todo se esfumó. Mi madre se quedó sola con tres hijos menores de edad y una pensión ridícula (las empresas pagaban bien pero cotizaban mal). Así que, como tantas madres y padres de esa generación, se echó la familia a la espalda. Se puso a trabajar en el mismo polígono en el que trabajamos mi padre y yo, y se ocupó ella sola (todavía hoy no sé cómo) del trabajo, la casa y de nosotros tres. Y, fiel al lema de su generación, nos sacó a todos adelante. Los tres estudiamos y acabamos nuestras carreras y hoy nos defendemos razonablemente bien dentro de este mundo que algunos se empeñan en volar por los aires.

Por eso, para mí, la señora Manola de Peruleiro, mi madre, sí que es gente del común. El resto es cháchara de mercadillo.