La Voz de Galicia
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Julián Marías (1914-2005) es una de las grandes voces olvidadas de nuestra cultura. Quién se acuerda ya de uno de los mayores pensadores españoles del siglo XX. Claro que nadie recuerda tampoco a su maestro, José Ortega y Gasset. Así nos va.

No obstante, de vez en cuando sale a la luz algún título perdido de Marías y sus devotos -que entre todos algo sumamos- acudimos al anochecer a abrevar en las aguas limpias de sus textos, que no sólo están llenos de sabiduría, sino que están tallados en una prosa prodigiosa, plena de matices y de eso que Umbral llamaba calidad de página: si agarras un párrafo al azar de una página elegida aleatoriamente y está bien escrito, entonces el libro pasa la prueba del algodón: tiene calidad de página.

Julián Marías no es que tenga calidad de página. Es la calidad de página hecha carne para redimirnos.

Republicano como Ortega, fue encerrado por Franco y, como se negó a colaborar con el dictador, después de la Guerra Civil nunca pudo dar clase en la Universidad española (para vergüenza de la Universidad española), mientras en los campus de Estados Unidos se peleaban por tenerlo en sus aulas.

Felizmente, ya digo, de tiempo en tiempo se rescata de un baúl una de sus obras y sus lectores nos lanzamos a las librerías como si no hubiese un mañana. Quizá porque no hay un mañana. Y lo sabemos porque hemos leído a Marías, que ha descendido hasta el fondo de la ontología y la metafísica para contarnos qué son el Ser o la Nada lo mismo que ha ido al cine y luego nos ha contado por qué esa película -y no otra cualquiera- es una obra maestra de todos los tiempos. Marías viaja al fondo del Ser, al fondo de la Nada, al fondo del cine, al fondo de la literatura. Se pone la escafandra y bucea hasta el final del alma humana. Pero nació en Valladolid y murió en Madrid, así que para qué le vamos a hacer caso si lo tenemos tan a mano. Si encima escribía con esa claridad que Ortega consideraba la cortesía de los filósofos.

La Línea del Horizonte ha recuperado recientemente, con la ayuda de su nieto Daniel, una maravillosa crónica de viajes: Imagen de la India. Una gema en medio del barro. Un retrato delicado y sutil escrito en 1959, cuando sumaba ya 45 años y 20 libros publicados, sobre un país tan complejo como hermoso.

Los artículos recopilados en este volumen -editados en su día en las páginas de ABC– constituyen una enorme lección de periodismo. Yo me quedaría, si alguien me pusiese una pistola en el pecho y me obligase a elegir, con la columna titulada Cara y cruz de Delhi. Allí nos cuenta Julián Marías cómo se acerca a la ribera del río Yamuna, a las escalinatas que bajan hasta sus “anchas aguas lentas, turbias”. Allí se alcanza -apunta- el otro extremo de Delhi, “no sé si un extremo de lo humano”.

En esa noche cálida y silenciosa, se encuentra Marías con “un viejo estrafalario, barba blanca, piernas muy flacas, pinturas en la frente, sombrero informe, un paraguas desvencijado”. Todavía arden las hogueras donde se han quemado los cadáveres del día: “rescoldos que brillan con un resplandor rojo, entre los huesos”.

Y llegamos al párrafo. Sólo por este párrafo, sólo por su última línea, ya es humanamente imprescindible leer a Julián Marías:

“El viejo avanza, llega hasta la escalinata, absorto, sin mirar a nadie, entra en el río y cumple sus ritos lustrales. Viene de otro mundo, no atiende al contorno, realiza sus gestos con aire de obseso. Se diría que va movido por una fuerza ajena, transindividual, que viene de siglos y multitudes. Nunca he visto a nadie, desde tan cerca, tan lejano”.