La Voz de Galicia
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Foto: Eduardo Pérez

Cuando empezábamos a estudiar Filosofía, allá por los 16, a un profesor de Física le dio por poner el clásico ejemplo de no sé qué ley que se demostraba con unos cuerpos rodando por la calle Real, a lo que un hormonado compañero de pupitre preguntó:
—¿Pero hay alguna calle que no sea real?
Cosas del castellano, que no diferencia entre realidad y monarquía —en España da igual ser real que ser royal —, y de suministrar a adolescentes desatados altas dosis de ontología. Claro que aquel compañero fue el que en un examen de Religión, a la pregunta de por qué Dios permite el mal, respondió:
—Porque Dios no existe.
Gran alborozo en el colegio religioso. Son esa clase de agallas del artista adolescente que luego van limando la edad, las facturas y las resonancias magnéticas.
Pero volvamos a la realidad, o sea, a la calle Real. Tiene dentro muchas calles. No es la misma a las diez menos cinco de la mañana de un lunes, tomada por un desfile de furgonetas de reparto y de dependientas que apuran el último pitillo antes de entrar en la tienda, que a la medianoche de ese lunes, cuando ya solo cuatro noctámbulos se dejan llevar por sus losas movedizas.
El mejor momento para ver la calle Real es a las cuatro de una tarde de verano, en pleno agosto, cuando entra desde el Obelisco hacia Riego de Agua, en plan solsticio de Stonehenge, un chorro de luz horizontal, perfectamente paralela al suelo, que te deslumbra sin remedio y que estira tu sombra desde la Farmacia Villar hasta el Rosalía. A esa hora somos todos un poco Tkachenko, con nuestra sombra de papá piernas largas o como se titulase aquella peli de Fred Astaire.
Caminar por la calle Real es pisar (metafóricamente) los cráneos de la antigua necrópolis romana. Es desgastar sus losas históricas. Aquí no se perpetró la profanación de las aceras de los Cantones, que perdieron absurdamente sus cicatrices, sus baches, sus grietas, su mugre centenaria: su historia.
Ya no está la joyería Malde, que cada verano exhibía en su escaparate el trofeo Teresa Herrera, aquella enorme torre de Hércules de plata que los chavales mirábamos apampanados durante horas, ya no está el cine París y ya no está la tienda de partituras e instrumentos musicales de Canuto Berea en la esquina, claro, con Alcalde Canuto Berea.
Y no está, pero solo porque es primavera, el castañero de la calle Real, con su locomotora convertida en horno. Circula por ahí la leyenda urbana de que el famoso castañero en realidad es multimillonario y solo vende castañas por deporte, pero debe de ser una de esas coñas que alguien suelta un día en la escalera mecánica de El Corte Inglés y luego ya no hay quien la pare.
Pero no todo van a ser necrológicas, no todo va a ser expedir certificados de defunción de lo que ya no está. Para eso ya están las esquelas. Y, además, porque aún están la lencería fina de El Guante Varadé y el Bazar de Pepe, casa fundada en 1929, donde lo mismo te compras un póster del Wish You Were Here, de Pink Floyd, que una muñequita ataviada con su traje regional. Está la Farmacia Villar, de 1827, que conserva su antigua pesa como una especie de máquina del tiempo a la que te subes y adelgazas siglo y medio. Está el Banco Etcheverría, el más antiguo de España, de 1717. Y está, por encima de todas las cosas, el mural de Urbano Lugrís en el paredón del café Vecchio. Anda ya algo desconchado por el paso del tiempo y de la clientela, pero ahí está su torre de Hércules estilizada, sus galeones en la bahía, una Coruña con molinos de viento en lo alto de Santa Margarita y con el convento de San Francisco todavía en su lugar, antes de que lo transformaran en arquitectura portátil y se lo llevaran a la sillita de la reina desde la Ciudad Vieja hasta Luciano Caño.
Está Chavalín, donde la abuela le compra a los nietos los mismos zapatos de charol, merceditas o como se llamen, que ya le había comprado a sus hijos hace treinta y pico años, cuando nos ponían calcetines de ganchillo para humillarnos en el parque.
Y está el Casino (Sporting Club), con los mismos socios en distintos sillones, pero ya no está por aquí Anselmo, aquel portero grande y bondadoso que de chavales nunca nos reñía por subir a la azotea a catar las mejores vistas de los tejados de A Coruña.
Y, claro, como es una calle de mucho pedigrí, luce mucha placa, mucho bronce, mucho marmolillo conmemorativo. Una recuerda que en el portal 36 fundó Ánxel Casal, en 1927, la editorial Nós. Otra que por allí estuvo la redacción de Alfar. Y en el número 20 aún se lee: «En este local realizó su primera exposición en febrero de 1895, a los 13 años de edad, Pablo Ruiz Picasso, entonces alumno de la Escuela Provincial de Bellas Artes».
La calle Real es la única calle de A Coruña donde los peatones tienen que respetar el sentido de circulación e ir por su derecha, en plan automóvil, porque si pillas una tarde de domingo tumultuosa e intentas circular por la izquierda, estilo anglófilo, te arriesgas a que venga un municipal y te calque una receta por invadir el carril contrario.
¿Dónde empieza la calle Real? Los del 15004 dicen que en el Obelisco y los de Monte Alto que arranca en Riego de Agua. El callejero, que orbita alrededor de María Pita, confirma que la calle Real nace en el Rosalía, pero en el fondo es una vía reversible, tanto da, porque el paseante de la calle Real la recorre una y otra vez, como el circuito de Montmeló o Jerez, vuelta tras vuelta, hasta que se larga a los boxes.
Cuando no hay pasta (eso que sucede cada siete años) los coruñeses se dedican a caminar por la calle Real, arriba y abajo, del Obelisco a Riego de Agua, porque es gratis y ves mucho mundo, saludas a mucha gente. Se lo dice el marido agarrado a la santa, para no invitarla ni a una caña:
—Esto de la calle Real es bárbaro. Y sin gastar un duro.
La calle es glosa de la ciudad. Es multirracial, como los tiempos, y ya tiene su chino y hasta su top manta de pelis piratas y bolsos falsificados. Por ella pululan desde la pija de morro fino hasta el niño kamikaze en patinete o el mendigo con chucho, que hace vigilia de guitarra y poncho en los portales nocturnos.
La calle Real es el río humano e inmemorial donde convergemos todos. Es la realidad hecha calle.