La Voz de Galicia
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Este verano viene agitado –pero no mezclado, matizaría 007 aferrado a su martini- por la fiesta jolgorio que han montado bancos, banqueros y bancarios con las finanzas mundiales en general y las españolas en particular. Pensaba ingenuamente el rostro pálido que los bancos eran los lugares donde se guardaba la pasta de unos para prestársela luego a otros con ciertas virguerías contables por medio, pero resulta que lo que se custodiaba en estas lúgubres y blindadas casonas no eran fajos de billetes, sino agujeros. Redondos, contantes y sonantes como los inexistentes euros. La colección de cráteres, hoyos, buratos y simas suma a ojo un diámetro de cien mil millones de euros. Los mismos tipos que cavaron esa fosa de la Marianas con sus manos y sus bolsillos, o sea, los banqueros y los políticos (cargo que paradójicamente en algún caso incluso ha coincidido en el mismo avispado individuo) se afanan ahora en pontificar por esquinas y tertulias televisivas (que en muchos casos se parecen demasiado a las esquinas) las recetas para salir de la madriguera. Menos mal que cuando se apaga la tele y su absurda coreografía de corbatas, gominas y listillos, cuando se esfuman las pantallas y sus borrosos inquilinos, se enciende sobre la parra la astronomía del viejo mundo analógico y uno todavía puede ejercer su desobediencia civil abriendo un anticuado y amarillento libro de papel -sí, de papel, qué pasa, yo también soy un zombi- bajo el fanal donde crepitan los grillos y los coleópteros se meten un chute de luz.