La Voz de Galicia
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Lucir un jersey por los hombros es un simple corolario de la teoría del pádel. El fino estilista del pádel no juega al tenis ni al pimpón, sino a un estudiado término medio, y el tipo que se cuelga el jersey por los hombros al caer la tarde también es un mediopensionista del vestuario. Ni se pone la prenda ni se la quita del todo, se queda a medio gas, arropándose el cogote como para amortiguar una lluvia de collejas. Las mujeres, siempre más inteligentes y elegantes, jamás se ponen un jersey por los hombros, y al menos ya desde Hitchcock inventaron la famosa rebequita para esa hora incierta en la que no hace ni frío ni calor, lo que en Galicia viene a cifrarse en 15 grados (Celsius arriba, Celsius abajo). El problema de la moda es que se reduce básicamente a recuperar gestos trasnochados, como calzarse el jersey por los hombros, y resucitarlos años después con un barniz de modernidad. Cualquier día sacarán de su tumba al pasador de corbata y va a resultar que aquella horterada suprema es de nuevo más in que out. Lo del jersey también ha regresado de entre los muertos (otra vez Hitchcock). Pero, como todo hay que retocarlo levemente para que parezca que en algún sitio hay alguien que hace algo, la prenda ya no se lleva con las mangas colgando a su aire, ni siquiera anudadas deportivamente sobre el esternón. El fashion victim de hoy, mucho más avanzado, se enrolla el jersey al cuello como si fuera un fino fular de seda. El orondo Hitchcock vería en esa bufanda cursi y postiza la soga final de nuestra civilización.