La Voz de Galicia
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El veranito, ya se sabe, arrastra consigo una estela de festejos, comilonas y otros roces familiares. Sobre todo ahora que los tiempos vienen crudos. Porque, como recalcaba Vito Corleone mientras atusaba el lomo a su felino remolón, al final, cuando todo lo demás falla y la cosa se pone chunga de verdad, la familia es lo único que importa.
La familia autóctona se parece sospechosamente al clan de los Corleone. No por su afición a dejar cabezas de caballo sobre la almohada del capullo de turno, sino por ese caos telúrico de primos, exesposas y sobrinos chinchones.
El clímax —que diría Siffredi— de todo este rebumbio familiar se alcanza en ese tiempo fuera del tiempo que es la sobremesa del domingo, cuando el licor café causa estragos y se viene arriba el primo en tercer grado de la cuñada del rostro pálido. Al primo sabelotodo le va muy bien en Madrid, puntualiza la cuñada, así que a nadie le espanta que este enciclopedista de salón de té suba con desparpajo a la red y lo mismo diserte sobre el hurto del Códice Calixtino que sobre la caza y captura del bosón de Higgs en los meandros secretos de los aceleradores de partículas. Todo con la misma profundidad, centímetro arriba centímetro abajo, con la que Belén Esteban hincó el raño en la arena de O Bao para pillar las vigorosas almejas de A Illa de Arousa.
Menos mal que el abuelete, el entrañable don Vito de nuestro clan, vapuleado por dos guerras mundiales y una civil, fulmina de un solo guantazo al sabelotodo:
—¿E logo ti non serás o primo ese de riesgo?