La Voz de Galicia
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Una de las saludables ventajas que brinda el verano al incauto rostro pálido es que, para que el sistema inmune no baje la guardia ni un milímetro, los virus y sus primos terceros de Helsinki siguen pululando por nuestras fosas nasales y demás orificios para que no nos despistemos creyendo que la vida es coser y cantar, o sea, tumbarse en la arena, nadar y leer un libro a ratos. Chorradas. Ni siquiera el sobrevalorado estío nos da una tregua. Y entre las torturas que aguardan agazapadas en las trincheras del verano urbanita hallamos esa ducha escocesa gratuita, pública y universal que nos zumba alternativamente con el sol a plomo que derrite las sombras sobre las aceras y el aire acondicionado a caño libre con el que nos atizan en centros comerciales, autobuses y otras emboscadas municipales. Con tanto viajar de cero a treinta grados en media décima de segundo el atribulado veraneante acaba una tarde cualquiera en la camilla de Urgencias con cuarenta de fiebre en la axila izquierda (la derecha ya no está para demasiados chistes). Y lo que en pleno diciembre sería un llevadero y hasta entrañable resfriado casero, el clásico y bondadoso constipado que se amaña con sopas, lana y café con gotas, a mediados de julio es un sopapo en todo los morros que eleva la temperatura corporal del paciente al borde de la desconfiguración de las proteínas. Acorralado, el rostro pálido dobla la apuesta: mete la cabeza en el microondas y le da a tope al botón de la pizza. O se esfuman los mocos o pilla moreno de grill.