La Voz de Galicia
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El penacho de humo en el horizonte. La electricidad, claro, mancha menos. Es pura modernidad. Pero tampoco es que tenga la poesía de aquellas calderas de vapor que dejaban sobre los cielos un reguero de humo que ya les molaría a los aviones a reacción, que apenas dibujan una estela de plata entre los cirros, cúmulos y demás fauna de nubes. Aquellas máquinas del tiempo pasaban por las estaciones bufando, echando por sus fosas nasales un vapor disuasorio que espantaba a los viajeros despistados en medio del andén. Ahora estas piezas de orfebrería son carne de museo, como la Mikado de los años cincuenta de la foto, que de vez en cuando sale de su vitrina en Monforte para darse un garbeo por Galicia, ahora, cuando ya ni los trenes fuman.

Ahora lo único que consumimos al vapor son las verduritas de la dieta japonesa con las que aliviamos la conciencia cada vez que ganamos unas arrobas de más. Pero no hace tanto, en la Galicia del AVE siempre en construcción, las locomotoras escupían sobre el firmamento su legendario penacho de humo, largo y serpenteante como los caminos de hierro del norte.

El tren despierta en el viajero fetichismos insospechados: un amor clandestino y algo pillastre por las tuercas, las cortinillas de los vagones y hasta por la grasa y el hollín que se respiran a puro bronquio en los túneles que se adentran en la Meseta perforando sus enaguas de piedra. Será porque el turista —accidental o no— se crio en el desván del abuelo trasteando con los minuciosos engranajes del Ibertrén, aquel artefacto codiciado cada noche de Reyes por todos los niños de los setenta, que venían al mundo en pleno baby boom con un afán ferroviario que no casaba demasiado con la lentitud exasperante de nuestros entrañables convoyes.

Y es que en la infancia todo engordaba la leyenda de los caminos de hierro. Inflaban el mito las películas, por supuesto, que siempre largaban la estampa de un ferrocarril aventurero trotando por las praderas del Oeste hacia el oro de California. Lo que uno querría haber sido entonces, a los siete años, era el gran Lee Marvin en El emperador del Norte, ese largometraje en el que descubrimos que los trenes, como los grandes paquebotes, también tenían sus polizones agazapados en el dobladillo, a los que zurraba de lo lindo el malvado revisor Ernest Borgnine.

En las corredoiras con raíles de Galicia (hasta que el AVE se plante sobre la gravilla algún año de estos) no se nos aparecían ni Lee Marvin, ni Borgnine y su ira sin uvas. Ni siquiera pieles rojas a caballo intentando asaltar el vagón. Tampoco las manadas de bisontes amenazaban nuestro lento y ocioso paso por los prados, donde las únicas cornamentas que se dejaban ver eran las de las pacientes marelas que rumiaban las horas bajo la lluvia morna como si fueran chicles de hierba perpetua. A fin de cuentas nuestro mito férreo estaba (y está) muy lejos de las correrías de los apaches y de Buffalo Bill —aquel que, según e. e. cummings, montaba un semental plateado suave como el agua— encaramado a la locomotora para abatir bisontes a mansalva con su rifle de repetición. La mitología del ferrocarril galaico se pasea por las vías pioneras de Carril —todavía perfumadas con pingas de ginebra británica— y suena a Andrés do Barro y al tren que aún nos lleva, pasiño a pasiño, pola beira do Miño.

Fotografía: Óscar Cela, La Voz de Galicia.