La Voz de Galicia
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Durante su célebre estancia en Estados Unidos (de junio de 1929 a marzo de 1930), de la que nacería ese tesoro absoluto titulado Poeta en Nueva York, Federico García Lorca tuvo la oportunidad de vivir en primera línea de fuego el fatídico crack de Wall Street (del que, por cierto, se cumplen este mes 59 años). El escritor nos dejó un espléndido testimonio de aquel batacazo financiero en una de las cartas que regularmente enviaba desde América a su familia, y que recogió en una mimada edición Christopher Maurer para el número 23-24 de la desaparecida revista Poesía (diciembre de 1985).

Por su sorprendente conexión con la actualidad (la poesía tiene esas paradojas), reproduzco aquí parte del texto, fechado en la primera semana de noviembre de 1929, en el que Lorca, con su agudeza habitual, nos cuenta cómo asistió a pie de calle al desplome de la economía mundial:

«Estos días he tenido el gusto de ver… (o el disgusto)… la catástrofe de la Bolsa de Nueva York. Claro que la Bolsa de Nueva York es la Bolsa del mundo y esta catástrofe no ha significado nada económicamente, pero ha sido espantosa. Se han perdido ¡12 billones de dólares! El espectáculo de Wall Street, del que ya os he hablado y donde están las centrales de todos los bancos del mundo, era inenarrable. Yo estuve más de siete horas entre la muchedumbre en los momentos de gran pánimo financiero. No me podía retirar de allí. Los hombres gritaban y discutían como fieras y las mujeres lloraban en todas partes; algunos grupos de judíos daban grandes gritos y lamentaciones por las escaleras y las esquinas. Ésta era la gente que se quedaba en la miseria de la noche a la mañana. Los botones de la Bolsa y los bancos habían trabajado tan intensamente llevando y trayendo encargos, que muchos de ellos estaban tirados en los pasillos sin que fuese posible despertarlos o ponerlos de pie. Las calles, o mejor dicho los terribles desfiladeros de rascacielos, estaban en un desorden y un histerismo que solamente viéndolo se podía comprender el sufrimiento y la angustia de la muchedumbre. ¡Y claro!, cuanto más pánico había, más bajaban las acciones, y hubo un momento en el que tuvo que intervenir el Gobierno y los grandes banqueros para luchar por la serenidad y el buen sentido. En medio de la gente y los gritos y el histerismo insoportable, me encontré a una amiga mía que me saludó llorando porque había perdido toda su fortuna, que eran 50.000 dólares. Yo la consolé y otros amigos. Así por todas partes. Gentes desmayadas, bocinas, timbres de teléfono. Son 12 billones de dólares lo que se ha perdido en la jugada. Se ve y no se cree.

Cuando salí de aquel infierno en plena Sexta Avenida encontré interrumpida la circulación. Era que del piso 16 del Hotel Astor se había arrojado un banquero a las losas de la calle. Yo llegué en el preciso momento en que levantaban al muerto. Era un hombre de cabello rojo, muy alto. Sólo recuerdo las dos manazas que tenía como enharinadas sobre el suelo gris de cemento. Este espectáculo me dio una visión nueva de esta civilización, y lo encontré muy natural. No quiero decir que me gustara, pero sí que lo observé con gran sangre fría y que me alegró mucho de haberlo presenciado. Desde luego era una cosa tan emocionante como puede ser un naufragio, y con una ausencia total de cristianismo. Yo pensaba con lástima en toda esta gente con el espíritu cerrado a todas las cosas, expuestos a las terribles presiones y al refinamiento frío de los cálculos de dos o tres banqueros dueños del mundo».

Fotografía: Federico García Lorca en la Universidad de Columbia de Nueva York, octubre de 1929. «Os mando una foto muy bonita hecha en el reloj de la Universidad. Es una bola de pórfido prodigiosa. En ella se ve un paisaje de rascacielos, si os fijáis bien, y el sol», apunta el poeta en una carta enviada a su familia. La esfera, explica Maurer, ya no existe en la actualidad, pues fue destruida por un rayo.

En la web de la Fundación Federico García Lorca hay un excelente relato del propio Maurer del viaje del poeta a Estados Unidos y de la extraordinaria repercusión que tuvo en sus versos y en su vida.