La Voz de Galicia
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Cuatro años antes de que Sabrina revolucionase el país con su pecho saltarín, el especial de Nochevieja de televisión española -todo un acontecimiento entonces- emitió un documento de esos que iba a afectar totalmente a una generación. Viajemos en el tiempo. 31 de diciembre de 1983. Champán y campanadas en la Puerta del Sol. Televisiones sin mando a distancia y primos mayores arreglándose para salir. Padres más sonrientes de lo normal y esa sensación de estar ahí, sin más, como un personsaje secundario del telefilme familar. De pronto, anuncian en la tele a un artista americano. Uno que, dicen, es una estrella que va a revolucionar el pop. Lo que empieza a verse -¿una película?, ¿un anuncio?, ¿una serie?, ¿¿¿qué demonios es eso???- engancha. Se hace el silencio. Lo emiten con subtítulos. El protagonista lleva una cazadora de cuero rojo súper molona. Sale con su novia del cine de ver una película de zombis. Y arranca la música. ¡Zas! Todo encaja: la música, la interpretación, la manera de bailar. De pronto, surge la fascinación. Ojos abiertos, abdución por lo que se ve en la televisión, sentir –sin saberlo- el efecto del pop en su máxima expresión. Cuando llegan las coreografías finales el artista atrapa totalmente. Michael Jackson, un tipo del que la mayoría jamás había escuchado ni una palabra y que se colaba en los hogares españoles para siempre. El clip era Thriller.

Aquel día muchos de los que hoy tienen treinta y tantos sintieron esa magia, la que empuja hacia el mundo pop y ante la que no hay marcha atrás. Luego, llega la adquisición del disco, Thriller, una maravilla que escuchada hoy en día es todavía más maravillosa (aunque solo por los arreglos de Quicy Jones en Billy Jean hay que rescatar). Un disco que el hermano mayor compra en vinilo y el menor lo graba en una cinta TDK para poder escuchar en el radiocasete, para poder llevar al cole, para poner en las tardes de los viernes, el día que dejaban poner música. Mientras, la devoción aumenta. Eran aquellos tiempos sin Internet, donde cuando llegaba un disco al hogar se escuchaba y escuchaba como si no existiera otra cosa en el mundo. Donde en 1984 se seguían escuchando los discos de 1982 como algo reciente. Y Thriller sonó y sonó hasta que, más adelante, aquellos niños ya preadolescentes reciben Bad, un disco si cabe mejor. Sí, sí, es la obra de The Way You Make Me Feel, Smooth Criminal, Dirty Diana y la homónima Bad. Sí, pero por encima de todo es el disco de Man In The Mirror, esa canción maravillosa que, cuando se tienen once años y apenas cuatro o cinco discos, se escuchan mil veces seguidas. Y, luego, al año siguiente, emiten la gala de los Premio Grammy en la segunda cadena y ese tema interpretado juno a coro góspel suena a cuarto mitad de gloria y a la reivindicación de un artista que, entonces, parece insuperable.

http://www.youtube.com/watch?v=1zpTQCQEFhg Actuación de Michael Jackson en los Grammy 1988

Pero ya se sabe, se crece, se aprende y se pierde esa inocencia. A medida que se conocen a los supuestos grandes grupos (U2, Bruce Springsteen, The Cure, The Police, Pink Floyd… o eso eran lo que nos decían) Michael Jackson queda a un lado como algo menor, artificial, prescindible. Se pierde en el cuarto de los trastos. Y tendrán que pasar muchos -pero muchos- años para darse uno cuenta que precisamente en aquellos impactos infantiles y juveniles radica la esencia del pop. Cuando toca valorar The King of Pop, una recopilación alimenticia de Jackson editada recientemente y hecha única y exclusivamente para recaudar dinero, el que otrora fue fan infantil se ve incapaz de bajar de las tres estrellas sobre tres ante la sucesión de joyas. Unos meses después, Internet escupe: el mito ha muerto. Entonces, a muchos le vienen a la cabeza un montón de sensaciones y, quizá, a alguno de ellos incluso la explicación sobre qué demonios hace a las dos de la mañana frente a un ordenador intentando dar forma a unas emociones imposibles de empaquetar en unas líneas. Sí, él fue uno de los que pulsó el resorte.