La Voz de Galicia
Seleccionar página

Últimamente la palabra ocio encabeza las noticias sobre la hecatombe económica que estamos sufriendo: desplome   del ocio nocturno, del diurno, del negro y de todos los demás. Pero no es sólo la ruina de los locales y actividades que  viven de él, lo es en general de toda una civilización basada en el ocio.

Miren a su alrededor, observen nuestras rutinas, identifiquen sus deseos y  después compárenlos con lo que eran hace menos de seis décadas. Casi todas las diferencias que adviertan se deben al advenimiento de la tecnología y de Internet como soportes favorecedores de  una vida ociosa

Etimológicamente la palabra ocio significa «reposo» y su antinómico «negocio», quiere decir todo lo contario: la negación del ocio como reposo  (cuando éste  se convierte en algo rentable).

El reposo se esfuma con un  móvil pegado a la mano, un terminal encendido supone vivir con un grado de alerta permanente, sean mensajes, correos, redes sociales, cotizaciones de bolsa, grupos de wasap, ofertas…No es posible el descanso estando permanentemente conectados a un mundo virtual que jamás deja de acosarnos con ofertones y pitidos de alerta.

La extensión universal del móvil ha supuesto un crecimiento exponencial de un tiempo de ocio convertido en negocio.

El negocio del ocio es actualmente el más rentable y mayoritario, las últimas estadísticas hablan de que pasamos una media de cuatro horas al dia mirando el móvil, el smartphone acapara más de sesenta horas de vida cada semana y el 61% de los españoles pasa casi dos horas diarias mirando las redes sociales.

La sociedad tecnológica nos ha proporcionado más tiempo libre que nunca y ese tiempo, ha sido rentabilizado por las empresas del Ocio.

Un negocio inmisericorde y permanente, tan cambiante y efímero que obliga a estar siempre  con» la última novedad» y que genera un deseo de consumo desaforado que enriquece a las empresas e hipoteca el tiempo y la vida de los ciudadanos.

La pandemia ha venido a restringir las actuales formas de ocio y con ello el derrumbe del enorme negocio montado sobre él.

Pasaremos de ser una sociedad a crédito -hipotecada para pagar todo esta bulimia ociosa que consumimos- a una sociedad subvencionada cuando se acabe la fiesta, no tengamos con qué pagar las deudas contraídas con los negociantes del ocio y muchos de éstos aboquen a la ruina por falta de ociosos sin mascarilla . Del desasosiego por ocupar y procurar un  ocio inabarcable a la intranquilidad de no tener con qué pagarlo unos y ni poderlo rentabilizar los otros.

Nada más lejos de lo que supone disfrutar del ocio como sosiego.

Lo malo es que hoy la mayoría ya no consigue terminar un libro ni sabe jugar al mus.