La Voz de Galicia
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«Alitur vitium vivitque tegendo» . ( Ocultándolo, el vicio se alimenta y vive)

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Las fiestas y reuniones clandestinas sin  protección,  las manifas conspiranoicas de los negacionistas y los puticlubs, son los bunkers del coronavirus.

Hace unos días que la Comunidad de Castilla la Mancha decretó el cierre de los prostíbulos como prevención frente al virus y me temo que esa será una medida que se implementará en todo el territorio nacional.

Se pueden prohibir, perseguir y castigar a quienes no cumplan las normas sanitarias o pretendan expandir virus y  delirio manifestándose en las calles, pero lo de la prostitución es mucho más complicado.

España es el país europeo con mayor demanda de sexo de pago y el tercero a nivel mundial; la ONU informa que son alrededor del 39% los varones que consumen o han consumido sexo de pago en nuestro país.

Los burdeles son un «coronabunker» perfecto, no sólo  por el volumen de consumo sino por la marginalia que los habita, oculta y compromete.

Ninguna trabajadora del sexo manifestará una posible infección porque en ello le va vida, nadie mantendrá relaciones con mascarilla y  bidets hidroalcoholicos   -hay quienes pagan más por degustar la ordalía de mantener relaciones sin protección alguna-, nadie alertará a las profesionales de que es PCR positivo y nadie, ni clientes, ni profesionales, delatará la guarida del bicho o dirá que estuvo tomando una copa con él.

Es probable que -al igual que ocurrió con los enfermedades de transmisión sexual o el SIDA- las consecuencias del tráfico sexual en tiempos del coronavirus hagan disminuir su consumo, pero eso va para largo porque son hábitos ancestrales,  mueven ocho millones de euros diarios y suponen el 0.35% del PIB nacional.

Tampoco servirá de mucho el cierre de los locales porque tal medida se intentó varias veces a lo largo de los siglos y nunca consiguió abolir la prostitución. Creo que fue en el siglo XVIII cuando el obispo de Toulouse -una de las villas con mayor número de prostíbulos en su tiempo- dictaminó el cierre de todas las casas de lenocinio y las consecuencias las ironizaban así los cronistas del tiempo: «han cerrado los prostíbulos de la ciudad y ahora toda la ciudad es un prostíbulo».

Lo dicho, hoy más que nunca hay que plantearse seriamente la legalización de la prostitución y la protección social y de derechos de las prostitutas que no pueden esperar ERTES ni ERES, sencillamente porque son mujeres invisibles, estigmatizadas, explotadas la mayoría de ellas y a las que se les paga por sus servicios y su silencio.

Cómplices obligadas del virus que ,como siempre, encuentra en la clandestinidad su refugio más seguro.