La Voz de Galicia
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El cristianismo divide el año en dos períodos, la Natividad de Jesucristo el 24 de Diciembre y la de San Juan Bautista el 24 de Junio, acompasando ancestrales ritos paganos que celebraban los solsticios de invierno y de verano, momentos mágicos en torno al ritmo del sol. Hay quien sostiene que la tradición de las hogueras viene de la creencia de que con su fuego, le damos más fuerza a un sol que comienza a decaer regresándonos a las tinieblas del otoño y el invierno.

El San Juan de este año es toda una metáfora de lo vivido en este distópico 2020, un año en el que aún no se había puesto duro el turrón blando y el sol se apagó en un confinamiento dónde sacamos tres seis seguidos al parchís,  caímos en la casilla de la cárcel  o la de avance rápido del juego de la oca.

Este año, más que nunca, tendremos que construir hogueras de palabras para quemar tantos silencios, tendremos que atizar las llamas con más fuerza  para que nos dure más este sol escatimado, tendremos que lavarnos la cara con una poción mágica de hidrogel y  hierbas aromáticas, y saltar siete veces sobre mascarillas ardientes para recuperar las siete casillas que nos hemos comido en el encierro.

Hogueras de silencios, hogueras de libertad, hogueras de paciencia y miedo, hogueras de dolor,  de soberbia y esperanza sin sardinas.

Que no falten los conjuros ni las llamas, que nadie olvide atizar el fuego purificador de virus y errores…Y saltar, saltar como el enano saltarín del cuento de Grimm para trocar la paja en oro o bañarse en la Lanzada para que las nueve olas mágicas fecunden lo que queda de año en algo más que aplausos, cifras, chinos, fases, distancias interpersonales y aroma de formol.