La Voz de Galicia
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Vivimos entre 1984 y Un mundo feliz, obedientes y transgresores; perseguidores y perseguidos, pero siempre mentirosos.

En el mare mágnum informativo de estos tiempos de clausura han brotado los virus del engaño y la mentira que circulan imparables por la red como vector de transmisión.

Son virus igualmente peligrosos y difíciles de neutralizar que llaman a reflexionar sobre la relación que los sujetos mantenemos con la verdad y la mentira.

La verdadera libertad no consiste en acceder a la verdad como decían Kant y San Agustín, sino en elegir las mentiras que estamos dispuestos a creer; por eso el virus de las fake news prolifera exponencialmente. El Gobierno miente, la oposición miente, las redes mienten y los ciudadanos mienten también. Todos somos mentirosos, el problema es que creemos y hemos interiorizado que mentir solo es malo cuando los mentirosos no somos nosotros o «los nuestros», en cuyo caso, suele recurrirse a la disculpa de la «mentira piadosa» o «el bien común». Es difícil combatir estos virus falaces hasta el punto de que no podemos aspirar a la verdad, únicamente a saber quién miente mejor y elegir el que más nos guste en función de nuestras creencias.

Uno de los nombres más respetados de la neurociencia y la psicología evolutiva, el antropólogo Robert Trivers, desarrolla una psicología del engaño considerando que, intentar engañar, es una estrategia universal en la naturaleza: engañan los virus a las células, los depredadores a las presas e incluso dentro de una misma especie se engaña a los congéneres.

El mecanismo más fino del engaño lo hemos desarrollado los humanos gracias a disponer de la herramienta incomparable del lenguaje. La forma más eficaz en el arte de esconder la verdad al otro, consiste en conseguir llegar a olvidarse de que estamos mintiendo, algo que vemos todos los días en el circo político y mediático.

El profesor Miguel Anxo Bastos -siempre lúcido y transgresor- plantea al respecto la siguiente solución paradójica: cuanto más se persigan y prohíban los bulos y mentiras por la red peor, porque cuanto más se legisla al respecto, más veracidad se presume a todo lo publicado y quien tiene que descubrir la verdad es el engañado. Sin embargo, si mentimos todos, la carga de la prueba quedaría del lado del mentiroso, pero no del engañado.

Bastos está en contra de la tutela estatal de nuestros derechos y reclama el derecho a que cualquiera pueda engañarnos cuando le de la gana, de tal manera que sea el propio ciudadano quien tenga que protegerse a sí mismo y aprender a identificar los engaños sin necesidad de que el Estado se dedique a imponer controles y normas inútiles para evitarlos.

¿Orwell, Huxley o… Bastos?