La Voz de Galicia
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Internet  nos enfrentó a un dilema insólito:  disponer de la llave de acceso a toda la información y  el conocimiento y, al mismo tiempo,   la posibilidad de un entretenimiento permanente.

Pudimos optar entre el conocimiento o el entretenimiento y mayoritariamente escogimos el entretenimiento en lugar del saber  (volvimos a morder la  manzana equivocada);  la tecnología se convirtió en una especie de cerebro protésico que nos entretiene y  al que se le consulta cualquier duda sin más profundidad que una copa de vino convirtiendo el pensamiento en un cementerio de datos.

El conocimiento requiere tiempo para ser memoria, la híperinformación  es un acumulo de datos sin antes ni después, sin compromiso de futuro  ni  lealtad al pasado. En el mundo digital no se camina, se surfea.

Byung-Chul Han  diferencia entre el turista y el peregrino; el tiempo del turista es un  «aquí y ahora» continuo, siempre va el mismo lugar porque lo que visita nunca es lo que era antes de ser un paquete turístico y el camino que recorre es siempre igual. El Peregrino, en cambio,  transita hacia un destino desde un aquí a un allá, tiene ayer y un objetivo.

La sociedad se convirtió en un una sociedad del ocio y el entretenimiento; el periódico más leído es el Marca y  las mayores audiencias  son telebasura, los futbolista y famosos  cotizan a millón mensual y los aburridos científicos, filósofos, humanistas o investigadores a tres mil y la cama aparte.

El mundo del consumo y de la imagen  distrajo la atención de lo imprescindible. Dejamos de desear lo que necesitábamos para necesitar lo que deseábamos. Toda la tecnología se puso al servicio del entretenimiento, las relaciones se convirtieron en conexiones, los libros rindieron tapas frente a la redes sociales, las tertulias   en grupos de wasap, la política  un espectáculo en abierto, el amor, el sexo y las drogas en algo trivial.

Se trataba de gobernar el entretenimiento y  la mayoría de los líderes políticos se convirtieron en  bufones salidos del espectáculo y los negocios a quienes el conocimiento sólo les interesa si les sirve para medrar.

El hombre reprimido y  encerrado del siglo XX del que hablaban Foucault y Deleuze, pasó a ser un hombre libre, entretenido, endeudado y controlado  a través del 5G. La anterior disciplina social producía locos y criminales a los que se les encerraba;  la actual, depresivos y fracasados a los que se medica para poder seguir trabajando y consumiendo.

Todo esto  ha reventado con  la realidad de esta pandemia y los líderes del entretenimiento y el eslogan  no saben qué hacer. Ni siquiera son capaces de dejar la gobernanza en manos de los guardianes del conocimiento, ésos que – sin banderas ni lacitos- no resultaban nada rentables, pero que son los únicos que nos pueden salvar.

Afirmaba Voltarie: «La política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria». Confiemos en que, tras la catástrofe, sean hombres y mujeres con solidez y conocimientos quienes dirijan a un pueblo con memoria.