La Voz de Galicia
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Llegó la gota  fría y todo lo inundó. Otra vez el rostro compungido de las gentes perplejas ante la catástrofe.

Con el agua al cuello, enajenados de nuestra condición humana y convencidos de que la tecnología y los políticos vendrán a librarnos de todo mal. Tan estúpidamente ciegos que no vemos que somos los causantes del mal que lloramos.

Nos tomamos a coña la naturaleza con una arrogancia infantil,  nos creemos invulnerables como   párvulos anestesiados con regaliz «científicamente» probado.

Se puede construir en lechos naturales de los ríos sin tener en cuenta su caudal. Se pueden multiplicar viviendas sin  infraestructuras. Se puede echar toda la mierda de nuestro bienestar al agua sin esperar que ríos y mares respondan, y todo el humo de nuestro desarrollo al aire sin esperar que nos asfixie.

Una de las palabras que más oiremos de aquí en adelante será  la palabra “Residuos” (“lo que queda”). Y lo que está quedando de todo este bienestar es un mundo envuelto en plásticos, un mundo de montañas de basura colosales que todos alimentamos mirando para otro lado. Pero se ven, se huelen, se sienten y nos acabarán sepultando en una especie de vertedero planetario mientras jugamos al candy crash.

Las catástrofes no nos atañen, el bienestar es nuestro y la culpa es de los políticos, que lo asumen  librando presupuestos extraordinarios y subvenciones que no hacen otra cosa que reforzar la percepción social de que todo es reparable  y de que lo que no se controla es culpa de alguien y ha de pagarlo.

Llueve bíblicamente, arden los montes, suben los mares, seguirán extinguiéndose miles de criaturas a diario, el sol nos abrasará….. y nadie será responsable . Seguirán pidiendo subvenciones  antes de percatarse del desvarío y decir basta  a tanta irresponsabilidad disfrazada de bienestar.