La Voz de Galicia
Escritos de Galicia y resto del planeta
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Vilacide (Oroso). Como el día no estaba para bromas, la excursión se limitó a las cercanías del río Tambre. Con la carta arqueológica del municipio de Oroso en la mano, el Land Rover enfiló hacia Vilacide, no lejos de la vía del tren. Allí señalaba la existencia de un castro que no fue nada fácil de encontrar porque hay un auténtico laberinto de pistas y, por sistema, me niego a preguntar. Queda más cerca de Vilacide de Arriba que de Vilacide de Abaixo. En realidad, no hay que caminar nada, 20 metros, meterse en la auténtica selva de vegetación autóctona y dar con las dos enormes y altas murallas. Impresionante, pero la vegetación es tan densa y la lluvia comenzó a caer que daba gusto que dar la vuelta al recinto resulta farragoso, si es que cae dentro de lo posible. Da la impresión de que por una parte la pista de asfalto algo le comió. En fin…

Pero eso ya está, ya fue. El problema ahora ni siquiera radica en que aquello parezca el Amazonas (mejor, así no se producen agresiones graves), sino que el magnífico foso (en la foto, de no buena calidad porque apenas había luz), profundo y ancho hasta el extremo de que en algún momento se construyó un rústico puente para salvarlo, se ha transformado en un enorme basurero sin fin. Una vergüenza. Y la culpa no recae en la Xunta, ni en Felipe Arias (director xeral de Patrimonio), ni en el alcalde de Oroso. Recae en los vecinos que arrojan la porquería allí cuando disponen de un excelente servicio de recogida siete días a la semana (sí, domingo incluido).

Conclusión: no vaya… excepto que sea arqueólogo.