La Voz de Galicia
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Nadal es un muro. Imbatible en tierra batida. Es jugar contra un frontón. Ya es un mito sobre la arcilla. El cuarto título consecutivo le pone a la derecha de Bjorn y por delante de Willander, Lendl y Kuerten. Este chico tiene un brazo zurdo que parece una pierna. Es un corsario, pantalones pirata y pañuelo en la cabeza, que no se retira hasta que devora su presa, aunque su presa sea un suizo que marca los golpes mejor que un reloj de precisión. Con Roger se dio un festín en París, con seis cero de broche incluido. La final más corta desde el 80 y con  menos juegos desde el 77. Superó también a Guillermo Vilas en el ganador más rápido e igualó a Illie Nastase y al sueco de hielo Bjorn en vencer en Roland Garros sin perder un set en todo el torneo. Incontestable, abrumador, este chico de Manacor trabaja en la pista, sin una sonrisa, como un minero en el pozo. Sus críticos dicen que es tosco frente al pincel generoso de Federer. Pero, después de la exhibición de la final, donde se escribe tosco hay que poner sólido, invencible sobre el polvo de ladrillo. Y es que, de ladrillo, parece hecho el muchacho que asombra al mundo de la raqueta. En tierra solo fue batido este año en Roma, y la culpa fue del calendario más ajustado que una talla 36, que le provocó una ampolla que le minó una planta del pie. Si en vez de una raqueta, manejase un hacha, Rafa Nadal talaba la selva del Amazonas en un gran slam de tres semanas. Y sólo tiene 22 años. Como fue campeón cuando debutó, con 19, en toda su vida ha ganado todos los partidos que ha jugado en Roland Garros. 24 de 24. Asombroso.