La Voz de Galicia
Seleccionar página

Cuando el dueño del Bar pensó el local no sabía que estaba diseñando un lugar en el que el humo permite ver a las personas mejor que en ninguna otra parte. El Bar es ese tipo de sitio en el que los clientes habituales y las coristas te radiografían el alma con solo darte fuego. El dueño era como un buda. Enorme y distante, sentado siempre en la esquina de dos mesas, entre la penumbra, al amparo de las columnas. El pianista del Bar tenía unos dedos larguísimos como si en vez de tocar las teclas las estuviese señalando. Sabía llevar el tempo de una canción y hacía de alguna manera que su música te transportase en un colchón de plumas hacia ese lugar donde cualquier tiempo pasado fue mejor. El Bar es un club en el que la nostalgia está por todas partes, como una pátina. Como los carteristas en la estación central. El periodista de sucesos no estaba en su puesto de la barra, con esa libreta entre sus manos, que tiemblan siempre como los teletipos de antes cuando escupían las noticias. El columnista importante, que ata sus opiniones con una pajarita y una tarjeta de crédito, también faltaba. Tenía una recepción en el Ayuntamiento, uno de esos actos en los que no hace falta que te limpies los zapatos porque las alfombras de los salones son tan profundas que ya se encargan de abrillantarlos. Tampoco estaba Al, que tenía que ir a grabar su colaboración en la radio, con aquella voz ronca, de alcantarilla. El único periodista que oscurecía sus ideas en el Bar esa noche era yo, Di Marco, un cachorro perdido capaz de lo mejor en mis peores tardes y de lo peor en mis días más luminosos. Sentí la necesidad de acercarme al oráculo y el dueño me dijo una de esas frases que no se olvidan: «Nos minusvaloramos. Nunca está todo perdido, muchacho. Cuando lo esté, tú ya no te enterarás. Será cuando cierren la tapa de la caja sobre ti cuando de verdad se acabe todo. Mientras cualquiera es capaz de incendiar Roma con una cerilla». Luego le dio un pequeño sorbo a su copa, que más parecía una calada. Y levantó otra vez sus ojos para echar una mirada de halcón sobre el local que él había inventado con unos dólares y el sueño prestado por un hermano muerto.