La Voz de Galicia
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-Tomamos demasiadas copas en el bar. Así nos confundimos -decía Di Marco, mientras calculaba cómo poner un pie delante del otro, para no tropezar.
Al caminaba a su lado.
-Ya te dije que los placeres hay que disfrutarlos siempre con moderación para que duren más. Y el guisqui con agua, para paladearlo. Tienes que dejar de beber esos licores extraños. Un licor de colores no es serio. Eso está muy bien en un hotel de Haway, pero no en un bar serio. Cualquier día pides uno de esos coctail que te los sirven con lucecitas y con chispas. Tan así que más parecen una bomba a punto de estallar que una bebida.
Entraron en el club de alterne y todas las chicas miraron para ellos como midiéndolos. Era un martes. No era día de feria, de fútbol ni de mercado. Ellos eran los únicos clientes. Un rumana se acercó a Di Marco.
-Vamos, arriba. Tienes cara de joven lindo. Te enseño cositas.
Al le dijo que fuese.
-A veces uno recibe más cariño de una prostituta en una sola noche que de toda tu familia en meses.
Di Marco preguntó por la cuestión económica.
-Y cuánto sería.
La rumana parecía una caja registradora.
-Son sesenta y cinco euros, media hora. Ciento diez, una hora. Y trescientos si me quieres llevar a tu casa.
-Y -titubéo, abrumado, Di Marco- ¿qué incluye?
-Todo lo que tu quieras, lindo. Todo lo que imagines.
La chica se le pegó y él se puso todavía más nervioso. Se excusó y le dijo que su amigo era el del dinero y ella se retiró.
Tenía un rostro de actriz antigua, una de esas mujeres de lamés de la época dorada de Hollywood. Le quedaron ganas de subir con ella. Qué podría haber de malo en que una rumana te haga un francés. Eso si que es convergencia europea, pensaba Di Marco.
Al mientras estaba enterrado en una nube de humo de su propio cigarro. Pensativo. Tenía aquellos hombros enormes, generosos, de los que colgar para toda una vida una amistad.
Se le acercó a Di Marco otra chica.
-A mí ya no se me acercan, dijo Al, porque prefieren en primera opción jóvenes que carne de perro viejo.
La otra chica les dijo que era brasileña. Era rubia y tenía la cara marcada. Les contó que tenía dos hijos y que estaba viuda. Di Marco le dijo que él era letrista de canciones románticas.
-Pongo palabras a la música. Me dedico a eso.
-¿Y tu amigo?
-Es un periodista que me hizo una entrevista.
-¿Ganarás mucho dinero?
-Lo justo.
Y le contó que era difícil elegir la frase buena para una música.
Y ella le soltó:
-Es como elegir a la chica buena en un club. No es tan fácil. Sube conmigo y verás que yo soy la buena.
Di Marco se dejó de canciones románticas y bebió del vaso como si fuese un caliz y en vez de un licor de colores tuviese agua para apagar un incendio.
Dejaron que sonase el último tema y se marcharon por dónde vinieron.