La Voz de Galicia
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«Pues mira, no es que me alegre de esas cosas pero creo que es una buena forma de que se aireen los riesgos de parir en casa, ya vale de andar por el mundo de madre hippie…»

No fui capaz de terminar de escuchar la conversación que sucedió en la cola del súper. Desde luego que «esas cosas» a las que hacía referencia una mujer de mediana edad que se dirigía a otra que rondaba los 70, tenían que ver con Caroline Lowell, la australiana que perdió la vida después de dar a luz en casa a su hija Zhara.

Sí, esa Caroline que ha dado la vuelta al mundo en forma de noticia después de muerta y cuyo fallecimiento lejos de sensibilizar sobre un tema tan fundamental para la vida misma como es nacer, abrió la puerta a las críticas encarnizadas de los detractores del parto respetado.

Prometo que intenté mantenerme alejada de la polémica pero me parece un poco ruin que se haga leña del árbol caído criticando las decisiones de una mujer que no hizo más que luchar por el derecho que todas tenemos de parir lejos de un quirófano.

El objetivo principal del parto respetado no es convertir el alumbramiento en un orgasmo –aunque esos casos haberlos, haylos- es más bien darle a la madre la oportunidad de parir de forma relajada y a ser posible sin medicación para reducir el estrés del bebé al mínimo. Porque ya bastante duro debe ser el reto de tener que salir a este mundo por un conducto poco más que estrecho y en medio de los gritos de mamá, como para que encima el neonato tenga que enfrentarse a los fórceps y demás artilugios de los médicos. Y ojito, que no estoy diciendo que los medicamentos y los utensilios no deban utilizarse cuando sea necesario, pero lo mejor es siempre evitarlos.

Yo no pude tener lo que se llama un parto vaginal espontáneo, mis contracciones fueron todas inducidas –y mucho más dolorosas- por una hormona llamada oxitocina. Y mi hija nació con la cabeza amoratada porque tiraron de ella con ventosas para obligarla a salir cuando aún no era su momento; pero me explicaron que era por su bien, que su vida estaba en riesgo y no dudé en aceptar y mandar a tomar por saco mis sueños de un nacimiento ideal. Ni siquiera rompí aguas, me punzaron para derramar el líquido y después todo fue dolor y ansiedad durante 18 interminables horas. Pero repito: entiendo que fue una circunstancia especial y necesaria. Sin embargo, la mayoría de las mujeres pueden dar a luz de una forma más placentera. Aunque claro, eso no es rentable para los médicos, ni para el sistema sanitario, porque  lleva tiempo y requiere del compromiso de los profesionales de la salud… y todo eso junto ya es mucho pedir.

Caroline pedía que las autoridades de su país ofrecieran la oportunidad de parir en casa asistidas por matronas pero no lo consiguió. «Nuestra vida estará en peligro sin ayuda de matronas por parte del Estado» sentenció, y sus palabras se convirtieron en una premonición de lo que le ocurriría más tarde. Aunque hay un dato que los medios han trabucado estos días: Lowell parió en casa pero murió al día siguiente en un hospital, no murió en su hogar como se ha contado. Y hay algunas cifras que tampoco han salido a relucir de forma masiva: «el número de madres que fallecen durante el parto en Australia es una de las más bajas del mundo, con una tasa de 8,4 de cada 100.000».

Aún no se sabe si su muerte pudo evitarse ni si hubiera fallecido igual de haber parido en un sanatorio, por eso cualquier polémica absurda, cualquiera crítica de una señora en la cola del súper, cualquier intención de dar a entender que parir en casa es una opción errónea sale sobrando.

Dejemos a Caroline en paz y centremos el debate en el bienestar de las mujeres y en su derecho a parir de la mejor forma posible, da igual que sea en casa –donde se hizo durante años y años de historia de la humanidad y que además resulta mucho más barato- o en un hospital  si la madre lo prefiere. Lo importante es que sea respetando el derecho a la vida.

 

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