La Voz de Galicia
Seleccionar página

montse2

No fue tan terrible como yo pensaba. Algunas lágrimas aderezaron el tan temido primer día de clases de mi hija. Pero no fueron de Montse, sino mías. La niña tan pancha, tan feliz.

Sólo hubo un momento en que su mirada me conmovió profundamente. Fue justo cuando los padres tuvimos que abandonar el aula y la peque busco nerviosa mis ojos pero no los encontró. Una de las profesoras, a fi de facilitar la separación, se interpuso entre ella y yo. Así que arrastrando los pies salí del colegio y me dirigí a una de las ventanas para intentar verla. Fue imposible.  Menos mal que no estuve sola. El aprendiz de padre estaba ahí y me obsequió con un abrazo fuerte y largo, ante la mirada sonriente de las mamás experimentadas

Fue un buen comienzo, no cabe duda. La peque solo estuvo en clases 45 minutos, pero los aprovechó al máximo. Transcurrido ese tiempo entramos nuevamente al cole y allí estaba ella, jugando con los cabellos de uno de sus compañeros, un pequeño rubio que la miraba asombrado mientras apretaba entre los labios el chupete. Ni se enteró que de yo estaba ahí. La llamé dos veces y fue entonces cuando me vió. En ese momento se percató de que tendría que abandonar aquel pequeño paraíso repleto de juguetes y, claro, opuso resistencia. Tuvimos que sacarla del cole casi a rastras.

Al ver su reacción oscuras ideas se adueñaron de mi pensamiento: ¿Montse no me quiere? ¿Por qué no lloró ni un poquito? ¿Por qué prefiere estar en el cole que ir a casa conmigo? En ese momento me acordé de Marina, una amiga que vivió un episodio similar con su madre cuando era pequeña. Ella ni se inmutó el primer día de clases y su mamá se sintió fatal.

No pude evitar sonreir porque entendí que estaba exagerando la situación. Si Montse no lloro, pues mejor para todos. Solo espero que mañana – y el resto de la semana- todo resulte tan fácil e idílico como hoy.