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La Voz de Galicia
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La vida en perspectiva

21 de febrero de 2014 a las 16:14

La vida en perspectiva. Papi pasó 14 años peleando con (y ojo que pongo “con” y no “contra”: si no puedes vencerlo, únete a él) un tumor cerebral. Es lo mismo que hacen, por medio del exorcismo de las palabras, Samantha Kittle, una joven estadounidense con un tumor que escribe un blog sobre su enfermedad desde hace tres años en el que además publica fotos de sí misma (escribí un post sobre ella hace tiempo); y mi compañero de La Voz de Galicia, Nacho Mirás, también con un demonio de estos en la cabeza. Nacho tiene además una prosa deliciosa.

Les recomiendo la lectura de ambos. No hacen nuestros problemas más pequeños, pero nos ponen la vida en perspectiva. Yo me pregunto: y papi ¿qué habría escrito?

http://rabudo2.wordpress.com
http://www.alieofthemind.com

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N de Nerea

6 de enero de 2014 a las 20:24

Estambul. 06-enero-2014

No elegiste un lugar cualquiera para nacer. Ni una familia cualquiera. Viniste como puente entre dos culturas, entre dos familias y entre dos continentes. La N marca tu nombre. La N de ninfa que, según la leyenda, vivía bajo el mar en Turquía y cuyo juego consistía en nadar con sus hermanas hasta las costas de Cádiz. Esto lo supimos muchos años después de elegir tu nombre, cuando ya vivíamos en Turquía y tu ser abultaba mi pancita… Siete años antes, mientras paseábamos con tus cuatro abuelos -ahora tienes cinco- por esa hermosa tierra limítrofe con África, decidimos que te llamarías así. ¿Ves como todo encaja como en un puzzle perfecto? El mapa de la tierra es tu casa. Es irónico: pero has venido a completar algo que ya estaba completo. También tienes N de Norte. Sos entonces un camino. El vínculo entre España y Costa Rica, origen de tus padres; entre Europa y Asia, donde se ubica Estambul. Constantinopla. Bizancio. El lazo entre el “tú” y el “vos”, entre el ustedes y el vosotros. A América la llevas en la sangre y a África la miras desde el balcón gaditano donde te pensamos muchos años antes de saber que vendrías.

Los primeros ojos que te miraron, ahí en el quirófano cuando te sacaron de mi barriga mientras tu papá y yo nos besábamos y nos decíamos, atacados de los nervios, cuánto nos amamos, eran españoles, costarricenses, turcos. Las primeras manos que te tocaron fueron las de un médico musulmán y el instante en que te mostró a nosotros fue inmortalizado por la cámara de una fotógrafa judía. Las palabras que escuchaste en cuanto naciste venían amorosas en tres idiomas. Español, turco e inglés se mezclaron en tu pequeño cerebro de recién nacida y anidaron en tu corazón. Lo marcaron. Decenas de aviones te han tenido de pasajera, dentro y fuera de mi vientre, y el mundo ha sido tuyo y tú del mundo. Lo has tenido bajo tus pies y la vida te enseñará que también viceversa. Quedan tres días para que cumplas tres meses y parece que has vivido cien años. ¿Quién sos ahí dentro? ¿Qué alma viajera y mágica ha decidido reencarnar en tu pequeño y tibio cuerpo de bebé? ¿Nos conocemos, o es la primera vez que nos encontramos? Gracias por elegirnos a nosotros. Por elegir para ti y para nosotros esta ciudad. Por venir a enseñarnos tanto como a aprender. A obligarnos a ser maestros y alumnos a partes iguales. Gracias por venir a unir. Tu nombre en vasco significa “La mía”. Y sé que eso no es verdad, que sólo sos mía, nuestra, por un tiempo, como nosotros somos tuyos. N de nexo. N de nudo. Mi amor, nuestro amor, N de Nerea.

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Mujer con barriga

18 de julio de 2013 a las 1:02

Esta noche me puse el vestido que llevaba el día que murió mi papá. Entonces, hace poco más de tres años, la percha era delgada y unos tacones muy altos completaban el conjunto. Mis pasos a ritmo de stiletto -ahora llevo sandalias- resonaron en la redacción del periódico cuando sobre las 11.30 de la noche caminé hacia la puerta con un hueco en el plexo solar y un mal presentimiento. La confirmación de mis temores llegó dos horas después. La muerte, cruel e implacable, esa vieja y a pesar de todo no realmente antipática conocida, me saludaba una vez más, aunque en esta ocasión causándome más dolor que nunca. El vestido desde entonces colgaba en el armario, como impregnado de un olor insoportable pero adictivo que me impedía deshacerme de él. Ese olor. El de las lágrimas de quien sabe que hay un abrazo que ya nunca se repetirá. Esta noche, antes de una cena de esas que son como una lámpara roja en medio de la oscuridad de un día complicado, lo saqué de su escondite. Sin pensarlo. Sólo lo ví, lo tomé y me lo puse. El espejo me devolvió la imagen de una barriga enorme por debajo de la tela.Un pequeño ser que lleva algo de papi en su sangre me abraza desde dentro.  El olor de la muerte se ha ido y ahora es la vida la que perfuma mi ropa. Y mi espíritu.

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Lo imposible

14 de enero de 2013 a las 1:48

Hay necesidades imposibles y deseos imposibles. Sueños imposibles y planes imposibles. Placeres imposibles y metas imposibles. Y además hay quienes disfrutan necesitando, deseando, soñando y planeando lo imposible. Y apostaría que se divierten mucho en el proceso, que aprenden en el camino, que descubren sitios nuevos y que algunas veces incluso hacen posible eso que no parecía estar al alcance de la mano. Y entonces deja de ser imposible para transformarse en tangible, en cercano, en concreto.

Hay quienes dicen que es arriesgado, que se sufre, que se pierde mucho en el proceso y que se llora por lo que se deja atrás o cuando la meta pasa de largo. Otros dicen que vale la pena, y que no sos la misma persona después de intentar escalar un ocho mil (aunque a medio camino te devolvás por falta de oxígeno), o de competir (con un vídeo) con 34.000 personas más para tener “el mejor trabajo del mundo” en Australia.

Estos adictos a lo imposible, sin embargo, son quienes coleccionan imágenes de instantes que para otros son apenas quimeras comatosas, siempre en estado vegetativo en algún lugar de la mente, sin posibilidades de despertar. Esos adictos a intentar también son los que se despiertan cada mañana con un horizonte nuevo dibujado en la sangre, que hace burbujas cuando en sus células hierve la excitación por el novel proyecto en potencia. Hay quienes son adictos a lograr. Y entonces cuando no logran, el fracaso les sabe a agua estancada. Pero los adictos a intentar se tiran al agua, y a veces incluso mueren ahogados en mitad del trayecto con los ojos cerrados y el espíritu sereno y satisfecho.

Y también, como no podía ser de otra manera, están los adictos a desestimular a los adictos a intentar. Los que no conformes con tener una patética existencia basada en la autocompasión y la queja reiterada, en el conformismo enfermizo y el quejido constante, tienen el descaro de atacar a los adictos a intentar tildándolos de locos, de perdedores del tiempo, de poco productivos para la humanidad y de aspirantes al absurdo. Son los que como si nada pasara, te miran a los ojos con sus pupilas depresivas y con una mueca burlona en los labios te sueltan la lapidante frase: «¿Y para qué vas a intentar eso, si es imposible?». ¡Pues justamente por eso, so imbécil, porque parece imposible! Porque los que son y piensan como vos ni siquiera lo intentarían, porque aspiro a algo tan grande que tu diminuta y patética mente es incapaz siquiera de imaginar lo que significa formar parte de intentos excepcionales, de caminar por esa senda de apetitos y sacrificios que tantas gratificaciones te conceden, aunque no llegués al destino. Porque muchas veces lo magnífico no es el punto final, sino el rumbo. Y porque como dice Eduardo Galeano: ”La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar…”

*Entrada publicada originalmente el 10 de marzo del 2o09 en mi blog personal, MechudayDesnuda, ahora fuera de uso.

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Hablando del fin del mundo

19 de diciembre de 2012 a las 19:01

Además de los escépticos, están los convencidos de que el mundo se acaba pasado mañana (la NASA ha creado un vídeo para desmentir que el Armagedón sea este viernes, que según una encuesta es el 10% de la población mundial, y el astrobiólogo David Morrison, director del Carl Sagan Center for the Study of Life in the Universe del SETI Institute en Mountain View, California, ha revelado que cada semana recibe el reporte de al menos una persona que se ha suicidado en algún lugar del mundo para evitar llegar al “día del juicio final”). También hay otras personas que están convencidas de que no caerán del cielo bolas de fuego o moriremos ahogados por tsunamis de película, sino que el 21 de diciembre del 2012 es el inicio de una “nueva era” de cambios positivos para la humanidad. A la hippie que vive en mí le encantaría que esta última opción se hiciera realidad, pero me temo que esperar a que un rayo de luz transformadora nos envuelva a todos y provoque que el mundo cambie para bien es tan inverosímil -y aburrido- como sentarnos a esperar que la tierra tiemble y nos sacuda a los humanos como un perro a las pulgas.

Aunque suene trillado, la única forma de que el mundo tal y como lo conocemos se acabe y empiece algún tipo de época mejor, es cambiando de dentro hacia fuera, y no al revés. Desde lo pequeño. Desde lo cotidiano. Y pensando en eso y por casualidad llegué al vídeo que posteo a continuación (del colombiano Emilio Aparicio Rodríguez) y que vale la pena mirar. Eso sí: no lo dejes a medias, hay que verlo entero, hasta el final.

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PD. También vale la pena echarle un vistazo a esta infografía sobre el fin del mundo según escépticos y creyentes de la GENIAL web Information is beautiful .

 

 

 

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Alubias y garbanzos

26 de octubre de 2012 a las 0:59

Esta foto la tomé hace unos días en un portal en Jerez de la Frontera. Un anuncio de Cáritas pidiendo CON URGENCIA algo muy sencillo, que muchos tenemos al alcance de la mano: alubias, garbanzos, lentejas. Ni salmón ahumado ni caviar, ni vino tinto, ni dinero en metálico. Sólo pedía aquello que suele haber en las cocinas españolas y que puede salvar del hambre a familias enteras. Ese millón de familias que por el paro, la crisis, la desesperación, recurren a Cáritas en busca de ayuda para tener algo que llevarse a la boca. Hoy conocimos que la Fundación Amancio Ortega donó 20 millones de euros a Cáritas. Es posible que para el dueño del imperio Inditex, donar 20 millones de euros sea como para cualquiera de nosotros donar un paquete de alubias. O de garbanzos. O de lentejas.

Quizá, al igual que a una persona que espera un corazón para su hijo no le importa de quien venga ese corazón con tal de que su hijo viva gracias a ese trasplante (a casi cualquier persona, salvo a Mariló Montero, claro), a una persona que necesita alimentar a sus hijos no le importará que el paquete de alubias que le den en Cáritas venga del vecino o de los millones donados por Amancio Ortega. Y es innegable que esos millones dan para alimentar a muchas personas.

Y yo pregunto: ¿Cuántas de las personas que hoy han criticado hasta la exasperación, sin argumentos y a punta de demagogia esta donación millonaria, han llevado a Cáritas AL MENOS un paquete de alubias?

PD. Uno de los argumentos más utilizados por los criticones sin sentido es el de la supuesta desgravación fiscal que obtendrá la Fundación por el donativo. Lamento informarles que, según han aclarado los técnicos de Hacienda, están equivocados. 

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El maillot o la pulsera

23 de octubre de 2012 a las 23:39

Confieso que hay una fantasía que suele atormentarme cada cierto tiempo. Puede ser cada semana. Pero también, por temporadas, cada día, cada hora, o en esos momentos importantes en que una Y se abre ante mí con dos caminos por elegir y yo, de forma intuitiva, me decanto por uno. Lo que me atormenta no es tomar decisiones (se me da fácil) sino el preguntarme: ¿quién sería yo si hubiera tomado otras? Pero mi fantasía no es sólo esa pregunta, ni constituye una mirada nostálgica al pasado. Va más allá. Algunas veces (muchas) supone un anhelo irrefrenable de vivir otras vidas paralelas a la mía. De imaginar cómo sería mi existencia si me hubiera quedado en Costa Rica o me hubiera casado con mi novio de la universidad o qué habría pasado si, en segundo año de carrera, cuando me atacó una severa crisis vocacional, hubiera salido corriendo a la facultad de medicina o si me hubiera ido a África cuando tenía todo planeado hace siete años.

Gracias a una conversación al respecto con un compañero de la redacción, me enteré de que Miguel de Unamuno ya hablaba de este asunto: “Siempre me ha preocupado el problema de lo que llamaría mis yos ex futuros, lo que pude haber sido y dejé de ser, las posibilidades que he ido dejando en el camino de mi vida. Sobre ello he de escribir un ensayo, acaso un libro. Es el fondo del problema el libre albedrío. Proponerse un hombre el asunto de qué es lo que hubiese sido de él si en tal momento de su pasado hubiera tomado otra determinación de la que tomó, es cosa de loco. Tiemblo de tener que ponerme a pensar en el que pude haber sido, en el ex futuro llamado Unamuno, que dejé hace años desamparado y solo…”

Justamente anoche pensaba en esto, cuando acabé de ver el quinto capítulo de la serie The Newsroom y me di cuenta de que, como muchos jóvenes que quieren ser periodistas, la imagen que dibujé en la nubecita del futuro de mi cómic personal era la de una reportera (Ivanna Jones, diría mi amiga Su), que se deja algún trozo de piel en el polvo de un conflicto armado (en mi caso, mucho tuvo que ver leer Territorio comanche, de Pérez Reverte, con 19 o 20 años). Y luego nos damos cuenta de que las redacciones, la mayoría de los días,  no son ese frenético lugar que nos enseñan las series. Eso nos pasa por idealizar una realidad que probablemente existe en pocos sitios. (Tampoco deberían verse demasiadas comedias románticas).

Pero, ¿qué pasa cuando esa línea de tiempo cambia? ¿Cuándo no sólo no fui la que pudo haber sido sino que, de repente, dejo de ser quien fui? Como Lance Amstrong, que ayer quitó de su Twitter los siete tours de Francia ganados y dejó como descripción de su perfil un párrafo que no deja ver nada del mito que han tirado de su lugar en el Olimpo de los dioses deportivos:  “Raising my 5 kids. Fighting Cancer. Swim, bike, run and golf whenever I can, dice ahora.  La descripción de un mortal común y corriente. Un ídolo ahora caído en desgracia que no es más que la cabeza visible de un deporte del que muchos dicen, de forma cruel pero quizá con algo de razón, que todos sus competidores van drogados, y en el que el ciclista más famoso de todos los tiempos es sólo una más del las piezas torcidas del puzzle en el que médicos, competidores, organizadores, patrocinadores y federaciones deportivas, promueven o silencian -en definitiva, pecan, por acción o por omisión- el dopaje, y los castigados son no solo los ciclistas honestos, sino los millones de fanáticos que, si bien aceptan que una carrera de la dificultad de un tour de Francia no se corre a base de bocadillos de patata y bebidas isotónicas, tampoco esperan que sea la cueva oscura e impermeable donde se esconde el fantasma del dopaje. Ese que afecta a todos las disciplinas y en todos los escenarios, Juegos Olímpicos incluidos, y que tanto daño hace al deporte.

¿Qué es lo que lleva a un superviviente como Lance Armstrong y a tantos y tantas antes y después de él a meterse en el organismo sustancias prohibidas? Quizá, y sólo es una hipótesis, ese deseo irrefenable de ser el mejor, el más grande, el más poderoso. El conseguir con un único sueño -hecho realidad- fusionar en uno solo todos esos yos posibles que somos. Las mentiras de Armstrong, insisto, tan iguales como las de otros pero quizá más dañinas por el icono que es, no permitirán ya que su historia esté marcada por el maillot amarillo. Pero no dejará de estar marcada por la pulsera, también amarilla, que lo define no como un mito, sino como un ser humano que ha sobrevivido a un cáncer y que no solo vive para contarlo, sino para intentar vencerlo en la vida de otros a través de su fundación.

La polémica da para que corran ríos de tinta. Por lo pronto, voy a asumir como propia otra idea de Unamuno, que no por utópica deja de estar cargada de sentido: “No creo -es decir, no quiero creer- en la muerte definitiva e irrevocable de ninguno de nuestros yos posibles.”

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Cuando ellas son víctimas

18 de octubre de 2012 a las 23:56

Malala Yousafzai y Amanda Todd. Una de 14 años, otra de 15. Ambas estudiantes. Una de Paquistán. La otra de Canadá. Una, superviviente, tras ser tiroteada por defender el derecho de las niñas y jóvenes de acceder a la educación en su país. La otra, muerta por su propia mano tras sufrir por la extorsión de un acosador por internet y la incomprensión y el abuso de sus compañeros de escuela. La plataforma de Malala para pedir apoyo para su causa y pedir auxilio al resto del mundo fue  un blog para la BBC utilizando un seudónimo, mientras que YouTube fue donde Amanda publicó, un mes antes de suicidarse, un vídeo en el que explica su calvario a través de varios textos escritos en cartulinas blancas.

Separadas por miles de kilómetros, ambas rodeadas por un mar de ignorancia y heridas por las armas de un planeta desigual, en el que no importa que una perteneciera al (supuesto) tercer mundo y otra al  (también supuesto) primero. Porque si Malala es parte de una sociedad en la que el fanatismo religioso es, entre otros, el cuchillo que cercena las ilusiones de miles de niñas y adolescentes como ella condenadas al ostracismo (y no sólo académico); Amanda fue víctima no únicamente de un ciberacosador y de la crueldad ajena, sino de una estructura social donde, como en la de su homóloga al otro lado del mundo, el machismo imperante convierte a las mujeres, de cualquier edad, condición social y nivel educativo, en víctimas. En este caso, sin embargo, la manida expresión “víctimas silenciosas” no aplica. Ninguna de ellas calló. Ambas gritaron su dolor buscando remedio. Lo gritaron a todo el planeta. Una se salvó de milagro. La otra no pudo más. Y la culpa la tenemos todas y todos los que no escuchamos y seguimos construyendo, con nuestros actos y omisiones, un mundo donde la muerte -física, mental, sexual, emocional- tiene muchas, demasiadas veces, nombre de mujer.

En este documental del 2009, tan fascinante como aterrador, Adam B. Ellick habla con Malala y su padre y contextualiza su historia.

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En este vídeo, que permanece en la web a petición expresa de su madre, Amanda narra su infierno. Y firma un texto devastador:

I did things to myself to make pain go away, because I’d rather hurt myself then someone else. Haters are haters but please don’t hate, although im sure I’ll get them. I hope I can show you guys that everyone has a story, and everyones future will be bright one day, you just gotta pull through. I’m still here aren’t I ?

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Gritos

28 de septiembre de 2012 a las 23:15

A gritos me ladró que yo tenía la culpa de que todo saliera mal. A gritos me recriminó haberme equivocado.

Se llamaba Rocío, era mi profesora de danza y no olvido su cara, ni el tono (ni el volumen) de su voz cuando me llamó “Inútil”. Yo tenía 7 años, llevaba siglos practicando durante horas perfectos demi pliés y relevés en una barra frente a un espejo, el moño tirante en la cabeza y las medias rosas con el leotardo negro. Era muy buena, estaba en una clase avanzada y era la más pequeña de mis compañeras. La que me seguía en edad tendría 13 o 14. Y en la presentación final, en una formación en la que yo iba de primera (por una cuestión de tamaño), en lugar de torcer hacia la derecha en el ejercicio, torcí hacia la izquierda (o al revés) y todo salió de espaldas al público.

Los chillidos eran demenciales. Siempre fue una bestia durante las clases, pero ahora era una bestia enorme y enfadada a la que poco le faltó para golpearme. Estábamos en el pasillo que daba a los vestuarios, y me avergonzó frente a todas las chicas que estaban ahí en ese momento. Por supuesto, me puse a llorar, y en algún lugar de mi infantil cabecita decidí que nunca nadie me volvería a gritar de esa manera. Al día siguiente, la presentación se repetía. Tuve que ir hasta el auditorio porque mi hermana bailaba en otro grupo, pero decidí no actuar. No se me borra de la cabeza la escena de estar sentada en el coche, con mis compañeras pidiéndome que por favor saliera a escena, que era indispensable, que ellas no podrían salir si yo no me bajaba de mi orgullo (siete años, dios mío, qué tauro era ya…). Y vino la bestia. A decirme que saliera. Que bailara. ¡A exigírmelo! Pero no se disculpó por los gritos del día anterior, ni por avergonzarme frente a las demás, ni por llamarme “inútil”. El siguiente paso fue intentar convencer a mi mamá de que me convenciera a mi. Con un muro topó: mami solo le respondió que la decisión era mía y que si no quería bailar porque me habían tratado mal, no me obligaría. Ese fragmento de mi historia marcó importantes decisiones posteriores. Ni la letra, ni la danza, ni nada entrarían a costa de la humillación. Muchos años más bailé, y en cada uno descubrí un poco más que el ballet y la danza son un mundo en el que es muy duro sobrevivir. En el que la competencia es sangrante y las formas ofensivas. En que el dolor (físico y emocional) es la norma y lo peor es que todas y todos entramos en ese círculo. Pero nadie me volvió a humillar, ni me volvió a gritar. Y cuando lo intentaron, ya no lloré como cuando era una rebelde y obstinada niña de 7 años.

Todo este capítulo vino a mi mente a raíz de un artículo de El País que habla de cómo el deporte de élite es un caldo de cultivo para los tratos vejatorios. Y eso a raíz de la carta en la que 15 exnadadoras del equipo de natación sincronizada desvelan cómo, supuestamente, las trató ya destituida seleccionadora Anna Tarrés.

La pregunta que viene a continuación no es retórica. ¿Será verdad que solo se alcanzan los grandes éxitos, no sólo con grandes sacrificios, sino a punta de graves golpes emocionales?

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Un atleta de oro

7 de agosto de 2012 a las 23:32


Mi adicción a los deportes, demos gracias, se manifiesta cada dos años. Una de las citas es el mundial de fútbol y la otra, los Juegos Olímpicos.  Mi primer recuerdo es de Seúl 88, cuyas impresiones quedaron plasmadas en un diario de infancia, con dibujitos incluidos. Y digo demos gracias porque me paso las horas en las que no trabajo pegada al televisor viendo las competiciones, las madrugadas viendo resúmenes y al mismo tiempo leyendo los periódicos. No es solo que, como es lógico, disfrute con el paisaje de los cuerpos humanos esculpidos a punta de entrenamientos, sino que me producen una fascinación inexplicable esos seres que son capaces de anteponer la disciplina a la pereza, de buscar dentro de sí y poner en marcha el motor de los más primitivos sueños humanos: ser el más fuerte, el más rápido, el más grande. Ver el resultado del esfuerzo físico y mental de los atletas va más allá de las medallas. Esta mañana, decidí que en mi próxima vida voy a ser deportista de élite y, encima, de triatlón. Embelesada miré al primero de los hermanos Brownlee cruzar la meta caminando con una bandera británica en la mano, para a continuación aplaudir la hazaña del español Javier Gómez Noya, en parte por compartir con él esta tierra gallega que me acoge, y ver entrar detrás al segundo de los hermanos Brownlee (su mamá seguro era en ese momento la persona más feliz del mundo, por partida doble).

 

Me emocionan esos momentos ajenos en que veo a quienes lo dan todo por conseguir algo, y que, efectivamente, lo consiguen. Pero hay más campeones que los que se cuelgan las medallas. El otro día un compañero comentaba en su Twitter cómo lloró al ver a la maratonista que llegó de última tras 42 kilómetros de esfuerzo. Hoy, en el triatlón, yo no podía con mis emociones. Las cámaras, obviamente, estaban sobre los ganadores. Se lo merecían y vuelvo a aplaudirlos.

Horas después me di cuenta de que también había un campeón costarricense en Hyde Park. Leo Chacón salió entre los primeros de la prueba de natación, 1.500 metros en poco más de 17 minutos. Pero sufrió un tremendo accidente cuando el campeón olímpico Simon Whitfield chocó contra él en la salida con la bicicleta. Ambos acabaron heridos. Aún así, Leo Chacón pedaleó 40 kilómetros, con la bicicleta sin frenos, sangrando y con el uniforme roto. Después, corrió los últimos diez y cruzó la línea de meta. Eran 55 competidores. Acabaron la prueba 54 (Whitfield se retiró tras fracturarse la muñeca en la caída).

Leo Chacón llegó en el puesto 48. Para mí, por su actitud ante la vida, por su esfuerzo, por levantarse tras caer y seguir hasta el final, Leo no solo se ganó el oro, sino que él mismo es un hombre de oro. Y a él, hoy, lo aplaudo más que a ningún otro.

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