Solo faltó Schwarzenegger bajando en ala delta. Lo de hoy en Granada ha sido una superproducción de Hollywood al estilo Washington, un exceso que -y perdonad que sea vehemente- roza el bochorno. Si no estuvisteis allí, ni os podéis imaginar la que se montó en la Gran Vía granadina para que Michelle Obama, su hija Saha y el grupo de amigas con el que viaja… ¡Se tomasen un helado! No exagero si digo que ha sido una de las situaciones más asombrosas que he tenido ocasión de presenciar. No quiero ni imaginarme lo que pasaría si el helado se lo tomase el marido.
Smith, mi agente secreto favorito, me ha dejado hoy realmente impresionado. Él y todo su equipo. Yo los fichaba con los ojos cerrados para hacer de extras en “Los hombres de Paco”. Llegué a Granada con tiempo, a eso de las once, siguiendo las instrucciones de mi padre, que siempre llega a los sitios a poner los bancos y, si los sitios son desconocidos, todavía antes. La hora zulú para el desembarco de la primera dama y su séquito eran las dos y media de la tarde, así que tuve tiempo de ubicarme, acalorarme y tomar posiciones en la plaza de Isabel la Católica, desde donde arranca la Gran Vía de Colón. Desde el día antes corría el rumor de que las americanas se tomarían un helado en un establecimiento con solera, así que me puse a buscar. Le pregunté a un policía nacional, pero creo que era de Estocolmo, por cómo se hizo el sueco. Caminé hasta que, de bruces, -aquí podía poner, como chiste, bruces-prinstin- me di con la puerta de la heladería Los Italianos. “Es aquí fijo”, me dije sin testigos. La intuición de Smith, que se me está pegando. La superproducción todavía estaba por venir. Pagué dos euros por dos bolas encajonadas en un cucurucho, muy rico por cierto. Pero tuve que pedir “en barquillo”, porque no me entendieron lo de cucurucho. En Vigo siempre hemos dicho cucurucho. Mientras salía, observé una fecha rotulada en la pared con enormes letras de latón: 1936. “Fijo, es aquí”.
Bajé por la calle Oficios, le di un par de vueltas a la catedral, hice pis en un váter automático que me cobró 30 céntimos y me encharcó los pies cerca de la plaza de las Pasiegas… Hice tiempo y una ampolla. Cuando regresé a la zona caliente, los extras uniformados se habían multiplicado hasta el infinito y más allá, como si en la plaza de Isabel la Católica se celebrase un congreso del Sindicato Unificado de Policía. Smith y sus compañeros cantaban de lejos, y eso que van de paisano. Es inútil que un agente secreto americano intente pasar desapercibido en Granada; la leyenda de que tienen los pies enormes no va del todo desencaminada.
“Mi má!”, exclamé para mí. La espera fue larga. Nos dieron las doce y la una, y las dos y las tres, aunque el desembarco estaba para las dos y media. Me entretuve sacándole fotos al termómetro de la plaza: 37, 38, 39… ¿39? ¡Vou morrer! Alrededor de los agentes americanos y españoles empezó a apelotonarse la masa. Vi a una señora con una pancarta. Primero era un grupito, luego tres, luego cincuenta… Ya está, aquí se monta. La policía vio que el asunto se ponía feo y, siguiendo órdenes de los yanquis, que son muy de señalar con el dedo, con lo feo que eso queda, acotaron un generoso perímetro alrededor de la heladería Los Italianos que, para esas horas, ya no tenía clientes. Y ya nadie pudo entrar ni salir tampoco de la tienda de ropa de niños que hay en el portal siguiente. Espera, espera, espera… Poco antes de las tres se cortó el tráfico. Un helicóptero del Cuerpo Nacional de Policía revoloteando sobre nuestras cabezas avanzó la llegada. ¡Qué llegada! Lo dicho: Terminator en ala delta y les dan un Óscar a los mejores efectos especiales.
Hasta catorce coches, como viene siendo costumbre, tomaron la Gran Vía y por fin, del enorme Chevrolet dorado (igual se llama Car Force One, o Two o algo) desembarcó la primera dama con la misión de estado de tomarse un helado con su hija y sus amigas. “¡No se acerque, es una visita privada, detrás de la cinta!”, me dijo un funcionario flaco. “¿Privada? Estás de guasa ¿no?”, me dije. Si se lo suelto a la cara me detiene fijo, por impertinente.
Igual había unas tres o cuatrocientas personas a las 15.11 observando la toma de la heladería Los Italianos. “¡Leche! -me dije-, a ver si ahí dentro va a estar el soldado Ryan, metido en el congelador, criogenizado, como Walt Disney. Eso lo justificaría todo”. “¡Smith! ¿Habéis encontrado a Ryan?” Pero Smith andaba a la suya, metiéndole mano a la ametralladora dentro de su mochila.
Los periodistas del verano contamos cosas que, en invierno, no tienen interés ninguno. Pero en agosto sí. Por ejemplo: ¿Cree usted que yo le dedicaría una línea en febrero a que Michelle Obama se tomó en Granada un helado de tres chocolates al que llaman gianduia? ¿Y que el de su hija era de Stracciatella? Pero es verano, amigos lectores. Los mirones, que nos hicimos casi amigos -en Andalucía se hace amistad muy facilmente- especulamos con la posibilidad de que las americanas se llevasen el helado a la calle. Pues tampoco. Una media hora se echaron en el local y se refugiaron de un Lorenzo rabioso que se empeñaba en llegar a los cuarenta. Y, en todo ese tiempo, afuera, siguió la superproducción. Me pareció reconocer a Rex entre los perros policías que se han traído los americanos. Aunque, ahora que lo pienso, creo que Rex es austríaco. Pues nada, sería un primo. Un compañero de Smith, y os juro que no cuento aquí nada que no fuera cierto, se dedicó todo el rato a mirar a los edificios de la calle, sobre todo a tejados y terrazas, con unos prismáticos. “Ya está -me dije-, ahora divisan a un antenista en una azotea, montando la TDT de la comunidad, y salimos en la CNN”. Hubo suerte; pocos antenistas trabajan a 39 grados.
Hoy me va a salir un poco largo el relato, pero es que tengo que amortizar los 400 kilómetros -ida y vuelta- que me he metido en el coche para cubrir a Michelle, a la que hoy he visto tan de lejos que no sé muy bien si era ella o Naomi Campbell. Ah, no, que esa declaraba en Holanda por un asunto turbio de diamantes…
¿Qué ocurrió después del asunto de estado “Salvar al helado Ryan”? ¡Visita cultural! Todos -bueno, todos no, algunas amigas se quedaron en la heladería, que yo lo vi- se trasladaron justo en frente, a donde están enterrados los restos de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. Como no pude entrar, me reí yo mismo pensando en Michelle diciéndole a Isabel de Castilla: “Chica, estás en los huesos ¿Un heladito?”. Menos mal que finalizada la visita, el capellán mayor, Manuel Reyes, compareció para aclarar que la primera dama se mostró “muy interesada” por la historia de Isabel y de Fernando, sobre todo por la de Isabel; puro corporativismo de mujeres.
Pasaban de las cuatro cuando la comitiva abandonó por fin los estudios de la Universal improvisados en plena Gran Vía granadina para irse al Sacromonte. Y allí, flamenquito. “Ha tocado palmas y lo ha hecho muy bien. La gente de color tiene mucho sentido del ritmo”, declaraba el bailaor Juan Andrés Maya después de haber deleitado a la señora de Obama con una función que, al parecer, ella misma solicitó. Lástima que no pudimos verlo. También le cantaron el cumpleaños feliz a una de las amigas de Saha Obama. Y luego tocó refrigerio en el Parador de San Francisco, para reponer fuerzas y visitar, en horario nocturno, la Alhambra, donde se quedaron. Yo, por hoy, he tenido suficiente con las escenas de acción de Smith y los muchachos, una función digna de ver. De regreso a Marbella, guiado por el Oráculo -ya sabéis que no le llamo Tom Tom porque suena a tontón- se me ocurrió pensar: “Bien, pongamos que los americanos se pagan el viaje. Pero… ¿Quién corre con todos los gastos de seguridad que supone que la mujer de hombre más poderoso del mundo se tome un helado con sus amigas? ¿Cuánto cuesta realmente salvar al helado Ryan?”. Los hosteleros de la Costa del Sol seguramente verán bien el dispendio; pero los que no son hosteleros… de eso ya no estoy tan seguro. A ver si mi fuente me confirma que mañana nos vamos a Ronda. Estoy roto, pero he visto cosas que no creeríais. Bicos.
General, Los Obama visitan Málaga, Santiago