Me imagino la conversación de esta mañana entre Smith, mi agente secreto favorito, y su superior.
-Smith, muchacho, tienes que mojarte.
-¿Cree que no hago bien mi trabajo, señor? Estoy todo el día pendiente de ellas. Ayer, en Granada; anteayer, en Marbella. Me dejo la piel, señor.
-No es eso, muchacho. Tienes que mojarte más literalmente. Así que ponte el neopreno, que la jefa y la niña se van a la playa.
-¿Es necesario, señor? ¿De verdad me tengo que bañar con traje de neopreno delante de toda la prensa? ¿De esos españoles que no tienen otra cosa que hacer que mirarnos?
-No lo hagas por mí; hazlo por tu país, muchacho; ¡Por la Historia! Confía en Dios, muchacho, que Dios confía en ti. ¡In God we trust!
-¡Yes, we can! ¡Señor, sí, señor!
Mal sabía Smith lo que le esperaba esta mañana, en una playa encantadora de nombre Playa Bella, ubicada al pie de la urbanización Costalita de Estepona. Sí, Estepona, no Marbella, por mucho que se empeñe la alcaldesa del pelo rubio en colgarse medallas que no le corresponden. Michelle Obama, su hija Sasha y todos los extras que las acompañan en esta película de las vacaciones, decidieron irse a la playa. Pero mover a la primera dama de los Estados Unidos a una tumbona no es lo mismo que mover a la Paqui, que se pone el pareo y las chanclas y casi ni se da uno cuenta de que la tiene detrás.
Los periodistas aterrizamos en la zona caliente sobre las 10.30, hora zulú. Entre nosotros contrarrestamos a los servicios secretos con soplos que corren como el viento y que, sin posibilidad de fallo, nos acaban llevando a donde se cocina todo más pronto que tarde. Y es que hacen tantos aspavientos que hay que ser muy idiota para no darse cuenta; basta con seguir al helicóptero. Para esa hora, esta coproducción hispano americana que está siendo la visita de Michelle Obama a la Costa del Sol ya había montado otro estudio de la Universal en Playa Bella, con un alarde de medios que jamás hubiera soñado Cesáreo González para Suevia Films.
Por orden de los americanos, la policía española acordonó unos trescientos metros de arenal, después de echar convenientemente a los turistas que campaban al sol en una playa pública y española. Horas antes, parece ser que con nocturnidad, unas máquinas habían borrado del mapa los guijarros que estaban junto a la orilla del mar, vertiendo encima varias toneladas de arena nueva. “Hay que hoderse, rezulta que ahora la playa tiene arena”, ironizaba un usuario habitual. Rex, el perro policía, husmeaba tumbonas y sombrillas en busca, digo yo, de dinamita camuflada en un bote de Nivea. El chucho ponía empeño, pero creo que más por el probable olor a choto y a humanidad que por la posible carga explosiva colocada en una fiambrera de croquetas con la que alguien hubiera querido entrar en el catálogo de magnicidas. Los compañeros de Smith, los muchachos, en camisa de cuadros y bermudas, miraban arriba y abajo. Y al fondo, como una postal, una lancha de la Guardia Civil partía la línea del horizonte. ¿Alguien se atrevería a desembarcar costo aquí? A los mirones no nos hubiera extrañado nada que, de entre las aguas, hubiera emergido el periscopio del submarino nuclear USS Florida preñado con 154 misiles Tomahawk. Yo no os puedo jurar que no estaba porque, visto el despliegue, el flanco marino estaba poco cubierto, y los americanos no dejan nada al azar, que el mar es traicionero.
De nuevo, un despliegue desproporcionado, peliculero y coproducido para que la mujer del Premio Nobel de la Paz, la niña del Premio Nobel de la Paz y sus acompañantes se pasen unas horas en la playa. “¡Que no me muevo de aquí porque no me sale der xoxo!”, le discutía una señora oronda a un agente del Cuerpo Nacional de Policía. Ahí, señora, defienda lo que es suyo. Paqui, seguro que se llamaba Paqui. O Toñi. O así. “Pues entonces, no toque la cinta, señora”, le respondía paciente el funcionario, que bastante tenía con cumplir órdenes absurdas para el asueto de otros. Con trescientos metros de playa pública intervenidos en nombre de los Estados Unidos de América, la gente se fue apelotonando detrás de la cinta y esperó. “¡Que yo no me voy zin hacerle la foto a la Michelle bañándoze, leshe, que dehpué la pongo en el apartamento y azín lo alquilo mehó”, le discutía una mujer a su marido, que callaba, pobre.
Por fin, a las 12.45, llegó a Playa Bella la ilustre bañista, precedida del circo de los muchachos que la acompaña a todas partes. ¿Esta mujer podrá hacer sus cosas sola o también irá escoltada?
En la espera me enteré de los entresijos del lugar. Resulta que en esta zona de la playa se encuentra el Villa Padierna Country & Racket Club, un exclusivo centro de ocio para triquimillonarios; Carmen Lomana, gente de siete apellidos… personas así, con clase y pasta. Pero tan cerca está de la playa que ocupa una parte y, según me contaron, su situación es irregular porque, precisamente, se come terreno de uso público. El club también es propiedad de Ricardo Arranz, dueño del lujoso hotel en el que se hospedan Michelle, Sasha y los extras. Con todo, y bajo una enorme bandera de los Estados Unidos de América, los yanquis se quedaron con un trozo de playa española unas horas sin que nadie opusiese resistencia. Yes, we can. Esto, en tiempos de Trillo Figueroa como ministro de Defensa y con viento de levante no pasaba.
Decía antes de este inciso que, por fin, llegó la expedición. Nadie consiguió ver a Michelle, porque en una zona de césped, junto a la arena, se acondicionaron unas fantásticas tumbonas con dosel y cortinas. Y digo yo que también es una lástima venir a la playa desde Washington para acabar tomando el sol dentro de un probador.
A la que sí vimos fue a la niña, Sasha. Vestía biquini de rayas, como Eva María. Según llegó, la untaron de crema solar. Porque no es verdad que a los negros no les afecten los rayos ultravioleta. Hubo una discusión tremenda sobre eso detrás de la cinta.
Pero lo que de verdad quería Sasha era bañarse. Ella y sus amigas se metieron en el agua poco antes de la una y ya no salieron hasta las 14.20. ¿Creéis que se quedaron solas en la inmensidad de la mar océana, a expensas de un misil coreano o de un tiburón? ¡No! Allí estaba, metido hasta el cuello, con su traje de neopreno, el sacrificado agente Smith, capaz de detener una medusa a mordiscos. Por América, todo por América.
“Pobre hombre, ahí tó el rato, con el trahe de neopreno; Pisha, ze le van a quedar loh cohoncillos como guizanteh”, bromeaban a mi lado con esa insuperable guasa local que se me empieza a pegar. Sasha y las niñas ignoraban complentamente a Smith. Y Michelle ignoraba completamente a Sasha, porque ni asomó la cabeza para comprobar si a su hija se la había tragado Moby Dick. Claro que, con semejante dispositivo, como para estar preocupados por una ballena de nada.
De repente, aparté la vista del inocente baño de la pequeña Obama y la fijé en el titular de portada del periódico La Razón, que llevaba bajo el brazo un elegante señor con sombrero: “EE UU alerta de que España es el objetivo principal de Al Qaida”. ¡Acabáramos, ahora lo entiendo todo! “¡Smith, qué callado te lo tenías!”, pensé. Los secretos de Estado es lo que tienen, que si se comparten ya no son secretos y, además, te hacen un consejo de guerra.
Hubo quien quiso ver entre las lonas de los tenderetes donde se pertrechaba la primera dama a Antonio Banderas. Y es muy posible, porque el marido de la Griffith y Eva Longoria organizan mañana una fastuosa gala en el hotel Villa Padierna, con Michelle Obama como invitada principal. Yo, desde luego, no lo vi, ni tampoco a la esposa del presidente, que prefirió no bañarse ante las miradas de tantos desconocidos y que levantó el campamento a eso de las cuatro.
Lo que van a hacer esta tarde todavía es un misterio. Pero lo que sí cobra fuerza es el rumor que apunta a que el propio Barack Obama estaría al caer para pasar el fin de semana con sus chicas; y, si eso es cierto, ya estoy viendo al portaviones nuclear USS Enterprise tomando posiciones en el Mediterráneo. Claro que eso ya no me pillará a mí en este lugar donde tantas cosas sorprendentes he vivido. Todo esto que acabáis de leer es un relato basado en rigurosos hechos reales; solo la conversación de Smith con su jefe es fruto de mi imaginación. Y es que hay historias que se escriben solas. ¡Por América, todo por América!
Los Obama visitan Málaga