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La Voz de Galicia
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Los pollos del Galicia

12 de febrero de 2013 a las 1:46

Cuando los camareros del Galicia te preguntan qué quieres tomar te dan ganas de ponerte firme y contestar a gritos como el recluta cowboy de La chaqueta metálica: “Señor, sí señor. Jamón asado con queso, señor”. ¿Y de beber, pedazo de cabrón? “Una caña, señor. Con dos dedos de espuma, señor”. Exagero un poco, pero es que todo lo que ocurre en esta cafetería del Ensanche compostelano entre las 5 y las 7 de la mañana resulta desmesurado. A las ocho entran los primeros clientes de vida ordenada, que reciben una cuidada atención con la banda sonora de una churrería decente de buena mañana: la máquina del café calentando la leche, los platos y tazas que se ordenan en el lavavajillas, el roce del papel de los periódicos que se despliegan sobre una barra despejada y limpia… Solo dos horas antes, la guerra.

Las 6 am, hora punta en la barra del Galicia

El Galicia abre puntual a las cinco para alimentar a tropas infinitas de jóvenes que no se han comido nada mejor en los pubs y discotecas de Santiago. Los camareros van a tope, espídicos, pim-pam-pum, bocadillo de atún. Y así llevan años, llenando el buche de los rezagados de la noche que no hicieron suficiente cama a las copas. A las seis de la mañana, a pleno rendimiento, los currantes se mueven dentro y fuera de la barra con la misma viveza y mala hostia que tiene la selección española de balonmano. Tras cumplimentar la comanda, marcan jugada y empieza el espectáculo: un grito a la cocina, movimiento en los fogones, amagan con las bebidas, asistencia a la encimera y cuando menos te lo esperas, zas, bocadillo chorreando en toda la boca. Antes de que levantes la mirada ya te están cantando el gol de la cuenta. Hay que pagar al momento, porque no se fían ni de su sombra. Así es la ley del Galicia, un bar plagado de carteles con instrucciones que marcan los límites a los clientes: está terminantemente prohibido cantar, y como recuerda una fotocopia con la imagen de Francisco Franco, “joderos (sic), conmigo se podía fumar”. Hace poco tiempo ha suavizado su aspecto de bar de combate mañanero montando a la entrada un exitoso horno de pizzería que maneja José Piedra, el propietario, que es de Luou (Teo) pero que ahora se ha puesto un simpático gorrillo y parece que haya nacido en la misma Via Veneto si se atiende a su soltura con la mozzarella. Incluso en estos tiempos hay colas del paro más cortas que las que atiende los viernes y sábados el reconvertido pizzero, que cuando hay lío siempre muestra su lado conciliador con la pala del horno en la mano. Así cualquiera.

Con Franco se fumaba mejor

Un "angelito" disfrutando en carnavales en el Galicia

La carta del Galicia es bastante primaria pero tiene guiños pensados para los personajes excesivos de la noche que entran dándose golpes en el pecho del hambre que tienen. Las denominadas Bombas son bocadillos gigantes, un menú degustación deconstruido a la brava que encierra en media barra de pan rodajas a discreción de lomo, queso, huevo, bacon, tomate… son solo aptas para bocazas. Ahora está a la baja, pero el plato que dio fama al local fue el pollo asado, todo un reconstituyente matinal que ayudaba a asentar el bebercio y que daba alas para aguantar las difíciles horas que iba a pasar el cuerpo a continuación. Sospecho que el régimen cuasi militar de la cafetería proviene de los loquísimos años 80, cuando la guarnición solía volar de mesa en mesa espoleada por la euforia. Hoy en día siguen apareciendo algunos gallitos en el corral que tratan de montar su particular pollo. Pero acaban siempre trinchados.

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La Bolera vuelve a reunir a los niños bien

30 de enero de 2013 a las 23:59

Ya he contado que la noche de Santiago se ha convertido en un agujero negro, pero todavía quedan destellos. El pub La Bolera (1983-2004) cerró cuando el país iba como un tiro, así que su defunción poco tuvo que ver con la ciénaga por la que ahora nos arrastramos. Y por eso tiene más mérito si cabe que su antiguo propietario, Carlos Landín, se haya complicado la vida nueve años después del óbito para organizar una fiesta el próximo sábado 2 de marzo* en la que pretende reunir a clientes, amigos y trabajadores de un local por el que pasaron generaciones de estudiantes y profesionales seducidos durante dos décadas por un estilo que nadie ha logrado resucitar en Compostela. Nunca un establecimiento consiguió concentrar un ambiente tan homogéneo como el del singular pub del Ensanche, que incluso llegó a prescindir del portero en sus épocas de apogeo, tal era el grado de complicidad de los asiduos.

Toño Ruibal, el pincha, en la cabina disfrazado (años 90)

La Bolera, un lugar conservador en muchos sentidos, tenía un público objetivo muy definido y por ello se ganó también sus detractrores, pero en absoluto se trataba de un club hermético o elitista al uso. Sus clientes, así tuvieran 18 o 42 años, convivían despreocupados y ajenos a las etiquetas sociales en aquel sótano de cerca de trescientos metros cuadrados con una decoración simple, muy clara, sin luces estridentes y una música que jamás se alejaba del pop nacional de los 80 (Duncan Dhu, Hombres G, Mecano, Nacha Pop o Radio Futura) o de artistas internacionales poco arriesgados como Madonna, Queen o U2. Sí, era un local tan pijo como honesto, y con esos simples pero sólidos pilares, a los que siempre sumó divertidos empleados que le daban un punto canalla sin salirse de madre, labró un éxito comparable al de otros locales que bebían de la misma receta en Galicia, como La Luna (Sanxenxo), que desde hace unos años acoge una sucursal de NCG Banco que sigue cuidando de los clientes preferentes. Estas dos almas gemelas de la noche en versión verano-invierno y otros que iban del mismo palo en ciudades como A Coruña o Vigo  han desaparecido, y todos coinciden en tener una pléyade de nostálgicos seguidores que juran por Coldplay que nada ha vuelto a ser igual desde que cerraron sus puertas. Por la selección musical de sus Iphone los conoceréis.

La entrada del pub, en Xeneral Pardiñas, siempre libre

Publicaciones de la vida ociosa y cultural de los 90 lo describían de forma un tanto reduccionista, asegurando que el de Xeneral Pardiñas era un pub para ver y ser visto, un reclamo para la gente guapa, pero era algo más que eso. Era un negocio hostelero formal, que no abundaban entonces, como también lo fueron el Dúplex, La Catedral o La Ofisina, que daban la vez en la zona atrayendo en unos cientos de metros de calle a clientes de diferentes perfiles que, según los matices, hacían su particular ruta mojando los labios de bar en bar. Cada pandilla tenía su ubicación que repetía cada noche según la afinidad y las deferencias que lograban de los camareros. Y es que entonces, cuando el gintónic de Larios costaba 400 pesetas (2,4 euros) y los guiños de la casa eran la mejor estrategia de márketing pedestre, la noche del Ensanche daba para arrimarse a tres o cuatro barras distintas y aún quedaba tiempo, dinero y rumba en el cuerpo para desparramar en las discotecas a las afueras de la ciudad. Nueve años más tarde no quedan supervivientes y nadie, decía, supo recoger el valioso botín de La Bolera. A lo sumo, se lo repartieron y lo malgastaron.

Carlos Landín, abajo a la izquierda, junto a varios camareros tras una fiesta de Fin de Año (años 90)

La fiesta o reunión, como la define su promotor, se celebrará en el pazo de San Lorenzo de Santiago con un cóctel y una sesión de música y copas, porque el local de Xeneral Pardiñas sigue cerrado a pesar de los intentos de un empresario santiagués que desde hace un tiempo pelea contra los elementos –entiéndase por elementos a los inquilinos del Concello- para impulsar un nuevo proyecto hostelero. A Landín, ahora en otros menesteres vitales, le sugieren a menudo que se meta otra vez en el lío de las copas de manera estable, pero él, inteligente, se resiste. Los bares, los grupos musicales o los periódicos suelen recibir numerosas muestras de condolencias cuando su actividad cesa, pero seguro que nunca llegarían a tan traumática decisión si sus plañideras hubiesen seguido a su lado en los momentos difíciles.

Con todo, estoy seguro de que será una cita interesante que servirá para que toda una estirpe se ponga por unas horas ante el espejo y repare con disimulo sobre los traseros en los que hace 15 o 25 años ajustaban como un guante los 501. Solo por el atrevimiento, la efímera iniciativa merecería otra noche de vino y rosas para el histórico local, y seguro que así ocurrirá, porque si la genética todavía funciona todo hace pensar que aquellos niños y niñas bien que maduraron alegremente en La Bolera siguen sin pasarse al lado oscuro.

Buenas noches.

*La fiesta será el sábado 2 de marzo en el pazo de San Lorenzo, de 21.00 a 4.30.

Más información:

http://publabolera.blogspot.com.es

http://www.facebook.com/#!/publabolerasantiago

Fotografías de la página de Facebook del pub La Bolera.

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Réquiem por la discoteca Liberty

25 de enero de 2013 a las 3:31

Compostelanos, Liberty ha muerto. La mítica discoteca no volverá a abrir como tal porque la noche no da para más. Ni para Liberty ni para al menos otros tres populares locales del Ensanche que en este desdichado mes de enero han cerrado, aunque en esos casos sus propietarios siguen buscando a incautos emprendedores que quieran dar la batalla nocturna. A día de hoy, solo uno de ellos parece tener encauzada su continuidad.

El problema es serio, no hay coñas que valgan. Hablamos de puestos de trabajo, de respetables actividades económicas que con las copas dieron de comer a muchas familias y, en el caso de la discoteca de Alfredo Bañas, de recuerdos borrosos para varias generaciones que la disfrutaron o padecieron, según los gustos, a caballo de cuatro décadas de altibajos. En los 80 tuvo épocas memorables en las que se llenaba de macarras; en las sesiones vespertinas sus sillones acomodaron las inquietas posaderas y los primeros besos de miles de jovenzuelos que ahora podrían contar un par de divorcios; y más adelante, a rebufo del cierre de la discoteca del Araguaney, lo petó en madrugadas en las que se quedaba pequeña para las hordas de universitarios que hacían cola con el objetivo de atravesar el benevolente filtro del difunto Arturo. Desde hace un tiempo funcionaba al trantrán y aunque es difícil fijar el inicio de su decadencia, sospecho que viene de lejos. La decoración estaba trasnochada, nunca mejor dicho, y tampoco destacó por organizar saraos atractivos para anclar a la clientela. Abrían la puerta, sin más, y ya se veía que el menudeo copero solo le daba para ir tirando. Era carne de cañón.

Entendámonos, no estamos hablando de Studio 54 y musicalmente tampoco era Ministry of Sound, ni mucho menos, pero a fuerza de resistir –y no tener que pagar una renta, la espada de Damocles de la hostelería- siempre tuvo un hueco en la desvencijada noche local, que va cuesta abajo. Mamés, que se había fogueado en su local hermano, Apolo, innovó lo justo a los mandos de una cabina en la que los discos que entraban habían sido trillados previamente en las radiofórmulas, pero el servicio era serio y atento, sin estridencias. Quisiera no ponerme sentimental, porque al fin y al cabo se trata de ocio y dinero, pero me da lástima por tipos como José Antonio, el camarero de bigotes y ojos claros. Estoy seguro de que ese hombre, al que hace unos días le dijeron que no volviera a su trabajo, tiene el récord de copas servidas en la capital gallega. Una noche me contó que había empezado con Agrasar, el primer propietario, por lo que llevaba allí tanto tanto tiempo como la puerta. Poco después, más o menos cuando otro bigotudo entraba en el Congreso de los Diputados pistola en mano, la adquirieron Blanco y Ferrol, empresarios naturales de Santa Comba con fuertes conexiones en Brasil que ya están de vuelta en el mundo de los negocios. En los últimos años intentaron dinamizar el local con una gerencia renovada y también buscaron gestores pujantes que se hicieran cargo, pero ahora parece que tienen intención de explorar otros usos para el espléndido bajo. Con todo, siempre cabe la posibilidad, remota, de que algún loco quiera coger las riendas para darle otra oportunidad a la música.

Va a ser un año repleto de obituarios nocturnos, ya lo adelanto. Unos irán claudicando por inanición, otros por la presión de las autoridades, que están acojonadas desde lo del Madrid Arena, y la mayoría cambiarán de manos buscando la reencarnación en un futuro cada vez más desfigurado. Me atrevería a decir que ninguno aguantará los treinta y pico años de Liberty, una de las pocas discotecas que mantenía el ritual de cerrar la sesión nocturna con la misma canción: el premonitorio Ojalá de Silvio Rodríguez. Maldita crisis, ojalá pase algo que te borre de pronto.

Buenas noches.

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Los mañaneos de La Tita

18 de enero de 2013 a las 3:18

Sería capaz de ofrecer algún que otro argumento convincente a esos progenitores suspicaces que piensan que uno no pinta nada en la calle a las tres o cuatro de la madrugada, pero a las ocho de la mañana… a las ocho nadie aguanta los reproches de la madre más comprensible. Nunca asistí a una conversación memorable en un after hour. Tampoco coincidí remotamente con la mujer de mi vida ni con nuevas amistades, ni encontré en realidad alguna razón sólida que justificase mi presencia. Pero ahí he estado, lo confieso. Los he visto de todos los pelajes, desde sofisticados e inocentes locales que creían engañar al sol cerrando las persianas a garitos sórdidos en los que todo el papel del Código Penal no llegaría para limpiar los cuartos de baño. Todos resultan en el fondo muy parecidos, y como cooperador necesario me resistiré a hacer un alegato de acusación, aunque sí me gustaría indagar sobre ese peregrinaje de perdición que nos lleva a insistir en esas noches a las que nunca acabas de ponerles la guinda.

Los after, seamos honestos, son un refugio de tramposos. Noctámbulos que, como Lance Armstrong, desafían la campana de Gauss de la euforia y los biorritmos y que son capaces de seguir pedaleando en la barra estática cuando los cuerpos magreados por el alcohol ya no dan más de sí. Son locales desposeídos de sexualidad, el arma de motivación masiva que mueve la noche, de ahí que siempre tengan un tufillo a fracaso. Abundan las pupilas encendidas, los párpados caídos, los gestos faciales excesivos, la pastosidad verbal y las reflexiones en bucle, signos suficientes para catalogar los síntomas de todo un vademecum de estupefacientes que no se ven pero que están ahí. Canallas y almas en pena conforman la foto fija de unos tugurios por los que se asoman esporádicamente golfillos interinos a los que la noche se les ha escapado de las manos y que, sabedores de que la mañana está arruinada, prefieren matar con torpeza las últimas impresiones de una jornada estirada hasta el arrastre definitivo. From lost to the river.

Culminar la noche en un after tiene un poco de heroica resistencia y mucho de villanía. Desde que empecé a pendonear acabé en tres o cuatro ocasiones en las catacumbas de La Tita*, el Tourmalet compostelano. Es un lugar tremendo. Siempre me costó encontrar la puerta de entrada, a pesar de que conozco bien la zona, y juro que nunca lideré la expedición, lo que deja en entredicho mi personulidad, pero estoy seguro de que me dejé arrastrar sin oposición alguna porque, defectos que tiene uno, de vez en cuando considero saludable continuar la vigilia perdiendo de vista la manecilla corta del reloj y asestando un golpe de estado al ciclo del sueño. Me cuesta recapitular las escenas, quizás olvidadas interesadamente, pero a mi memoria acude una persistente cortina de humo y los latigazos de un futbolín en el que la bola corría endemoniada para los corrompidos reflejos de la clientela. Siempre había algo de cola en el baño y gente solitaria que interactuaba a voces con el primero al que le aguantabas la mirada más de tres segundos.

Lo último que supe del garito fue por la sección de sucesos, nada bueno, y desconozco si sigue abriendo su puerta de barrotes metálicos gastados que ahora se confunde con la de la Lavandería Alegría -siniestra coincidencia-, pero también guardo un grato recuerdo. Fue a mediados de los 90: aquel día me pareció adorable la profesionalidad de la dueña cuando un amigo pidió un Chivas con hielo, botella que ni por asomo existía en la huérfana estantería de la que había sido una parrillada de carne reconvertida en un bar cuya especialidad es el pecado. Ella, servicial, nos solicitó unos minutos de margen y al poco tiempo la vimos bajar por las empinadas escaleras con una bolsa de un supermercado cercano que contenía la elegante caja con ribeteados plateados del licor escocés. Tener esas deferencias debe de ser la única ventaja de acoger a los últimos canallas de la noche mientras arriba, de buena mañana, los coches ya no pasan los semáforos en verde a la primera y las señoras llenan los carritos de la compra para hacer una comida familiar a la que un puñado de ovejas descarriadas nunca llegarán a tiempo.

Buenas noches.

*La Tita es el nombre oficioso de un after del Ensanche compostelano, nada que ver con el respetable negocio hostelero que regenta en el 46 de la Rúa Nova Mohamed Azibou El Heman.

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La fiesta debe continuar

10 de enero de 2013 a las 23:50

En mi película de cabecera el protagonista sostiene que para ser feliz solo hacen falta tres cosas: un buen médico, un cura tolerante y un contable listo. A mí me bastaría con dos, pero echo en falta en la terna a un personaje que siempre me ha acompañado en diferentes trayectorias vitales. En mi familia, en mis etapas de estudiante, en cada viaje, en todos los lugares en los que he trabajado y entre mis amigos y conocidos siempre ha existido alguien dispuesto a organizar una fiesta, entendiendo como tal cualquier encuentro que te despegue de la rutina para celebrar en compañía lo que se preste, así esté marcada por el calendario, por una buena noticia o por el simple placer hedonista de pasar unas horas con animus iocandi.
Es el momento de reconocer a estas personas, y cada uno tiene las suyas, porque son una especie en extinción y ahora son más valiosas que nunca ante este cenagal en el que nos han sumido algunos de los lectores habituales de The Economist, el mismo semanario que tituló hace poco en portada aquello de «Spain, the party´s over». Ese fin de fiesta genérico también está amedrentando a los que nos rodean, a los que siempre estaban con el dedo en el gatillo de la diversión dispuestos a liarse la manta a la cabeza. Son esos colegas, amiguetes, hermanos, tíos o incluso vecinos del barrio o la parroquia que periódicamente son capaces de fijarnos horizontes de asueto lejos de la rueda del hamster. No son necesariamente los más influyentes del colectivo, ni los más poderosos, ni siquiera los más afines o cachondos, pero deberían tener nuestra gratitud eterna porque la mayoría de las veces, si no estás peleado con el mundo, hacen con sus planes que la vida sea un poco mejor. Los libros sobre liderazgo y felicidad que pueblan las estanterías de los quioscos de los aeropuertos no dedican una sola línea a estas figuras que te arrancan una sonrisa un miércoles cualquiera con un correo electrónico que, en el peor de los casos, promete solaz y distracción.

Verbena. Por Álvaro Ballesteros

Otra cosa es que tengamos el cuerpo para farolillos. Mi colega Arita Montero, teórica de las pequeñas cosas, asegura que todos los que nacimos en períodos vacacionales como la Navidad o el verano fuimos niños tristes porque nunca repartimos caramelos en clase con los compañeros ni nos cantaron en público el Cumpleaños feliz. Mi parecer, sin ser coincidente, también puede sonar a psicología barata, pero creo firmemente que la vida nos va configurando como agentes festivos activos o pasivos. Los primeros, pocos, son dinámicos y pujantes, organizan, emplazan con soltura y se implican en su desafío social sin temor al fracaso. Y los segundos, la mayoría, participan con mayor o menor espíritu animoso, dejan hacer o dejan pasar. La decisión de sumarse o no a una convocatoria es fácil de resolver cuando es personal y no afecta a terceros, pero nada trivial si es la pareja sentimental la que muestra su desgana ante una sardiñada de San Xoán, un aniversario familiar o una fiesta choqueira de carnaval. Esas situaciones acaban irremediablemente en caritas y morritos, antes, durante o después del evento. Un lastre, vaya.

Boda gitana en Vedra. Por Xoán A. Soler

Aunque la desazón nos pueda y el hábito nos haya conquistado, siempre hay motivos para conmemorar sin límite de edad ni solemnidades. ¿Cómo si no se acaba juntando cada año ese grupo menguante de quintos del 56 que compartieron el servicio militar en Zaragoza? ¿Qué sentido tendrían las bodas de oro si los que cumplen medio siglo juntos no lo celebran como algo realmente insólito? ¿Qué mierda de momento estamos viviendo que hasta las parejas jóvenes bien avenidas se casan a escondidas para evitar montar un fiesta por modesta y austera que sea? ¿Es que todavía no hemos aprendido que uno se hace adulto cuando el día de su cumpleaños no le sale a cuenta al hacer el balance entre los regalos recibidos y los gastos en invitaciones? Por estas y otras razones creo que es un buen momento para mostrar nuestro agradecimiento a esos entusiastas líderes domésticos que pierden su tiempo y muchas veces su dinero con el desinteresado objetivo de unir por unas horas a personas que tienen algo en común y a los que el destino ha ido espolvoreando por el mapa de la vida, en el que las distancias no se miden en kilómetros sino en circunstancias.
La fiesta debe continuar. Nos merecemos seguir siendo felices por encima de nuestras posibilidades y ya mañana, de resaca, que vuelva “el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.
Buenas noches.

“Fiesta”. Joan Manuel Serrat. 1974

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Cotillón con barra libre de testosterona

28 de diciembre de 2012 a las 18:22

A los hombres nos sobran un par de tallas en el cuello al menos en dos ocasiones en la vida: una cuando nos meten en la caja y la otra cuando acudimos con camisa y corbata prestadas a nuestra primera fiesta de Fin de Año. Después suelen venir muchas más, pero que nadie dude que las Nocheviejas memorables, las que con suerte se recuerdan para siempre, pertenecen en exclusiva a los jóvenes advenedizos. Para algunos es una verdadera puesta de largo, un término trasnochado pero que sigue vigente a su manera, ya sin la presencia vigilante de los progenitores que por primera vez sueltan la amarra vital de sus vástagos para dejarlos al pairo en cualquier cotillón, galicismo que, por cierto, definía en su origen un coqueto y elegante baile de presentación en sociedad. Con el tiempo ha derivado en una cita confusa apta para trileros en la que la pompa ha dejado paso a un mercadeo de entradas y copas sin gracia ninguna.


Las chicas viven esa madrugada con más intensidad, porque la disfrutan como el cuento de Cenicienta pero al revés. El gran momento llega tras las campanadas de medianoche. En la siguiente hora, la primera del año, el reloj corre que se las pela: últimos retoques ante el espejo del baño, risas nerviosas y escrutinio parental de escotes y minifaldas antes de salir a la calle como una procesión de cucarachas, por aquello de que el negro nunca falla y estiliza. Preocuparse por si van o no abrigadas es un autoengaño piadoso. Nos aterra certificar que ya son unas mujercitas y que quieren salir del nido vestidas como princesas, aunque jamás sospechen que unas horas más tarde regresarán como simples lacayas, sin príncipe ni calesa, y tiesas por el dolor de dos ampollas inesperadas en los talones, muesca inequívoca de una noche movida. Que les quiten lo bailado.


Toco de oídas, pero sospecho que para los padres con hijos que rondan la mayoría de edad son días de contradicciones en los que poner a prueba la influencia que ejercemos sobre los pequeño gorriones: si apretamos fuerte, los ahogaremos, y si abrimos la mano alegremente se escaparán volando. Obligarlos a quedarse en casa puede ser un drama en los parámetros de un adolescente en vías de maceración. Un chaval no vibra por la noche ante la televisión con la garra de José Luis Moreno, y dar palmas con la marcha Radetzky tampoco es su plan soñado para la mañana de Año Nuevo. Entre el furor prohibicionista y darles carta de libertad para llegar de buena madrugada abaneándose tras una ingesta apocalíptica hay términos medios que por primera vez ellos mismos tendrán que explorar. El problema es de principios, porque indagar en sus intenciones para la Nochevieja suele ser desolador. Entre todo el marasmo de fiestas y otras propuestas siniestras para esa madrugada hay pocas opciones en las que el alcohol no sea el epicentro de un terremoto corporal que suele resolverse hincando la rodilla para darle un largo y afectuoso abrazo al inodoro.
La noche de Fin de Año trae nuevas, inolvidables y en ocasiones decepcionantes experiencias, también para los padres, a los que con humildad recomiendo que estén expectantes si concluyen que el mochuelo ya tiene edad para volar lejos del olivo, pero conteniendo las ganas de saber más de la cuenta. Alguno podría ser víctima de la curiosidad si espera levantado a la niña de sus ojos y comprueba que, en realidad, en la fiesta solo había barra libre de testosterona. Además, nunca se encuentran explicaciones satisfactorias a esos fragmentos de confeti que han ido a parar al interior de sus medias.
Buenas noches y feliz 2013.

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La vergüenza de los corazones solitarios

21 de diciembre de 2012 a las 7:59

Aunque no lo recordemos, en casa hubo una fiesta el primer día que no pedimos ayuda en el cuarto de baño. Después vinieron otros desafíos, como atarnos los cordones de los zapatos o empezar a ir al colegio sin nadie de la mano. También hubo un primer e intrépido viaje en solitario y pronto descubrimos con asombrosa intuición que para tener sexo basta con uno mismo. Más adelante, equivocados o no, tomamos las primeras decisiones relevantes con valiente autonomía y toda esa independencia fue muy celebrada por la familia, pero hay un momento en la vida, y no me atrevería a puntualizar cuándo, en el que el entorno más cercano comienza a preocuparse si estás solo.

La soledad está estigmatizada, así sea premeditada, y se acentúa como nunca si la escenificas en un bar. Pasamos por alto a una pareja que se hace carantoñas en una mesa apartada o a un grupo de amigos que discute un gol en fuera de juego, pero juzgamos sin piedad a un hombre que bebe sin más aderezos que una copa y algún comentario furtivo del camarero. Y digo un hombre porque si me refiriese a una mujer solitaria ya estaríamos despellejando a una zorra redomada, tal es el machismo que destila la noche, otra tara que tenemos que hacérnosla ver. Nos horroriza vivir o morir solos, y sin embargo contemplamos con normalidad entrenar a un corredor de fondo o rezar en el último banco de la iglesia a un devoto; los que leen un libro en la soledad del parque ya nos generan algo de desasosiego, pero adivinamos una vida satánica en los que beben con orfandad indisimulada. Son unos colgados.

Don Draper en su despacho de Madison Av. (Mad Men)

Aunque haga un tiempo de perros, preferimos citarnos para salir a la intemperie antes que pasar un rato en un bar sin un interlocutor reconocido, por eso es cómico observar a las personas puntuales cuando esperan a su partenaire en un garito nocturno. Cada poco echan mano del teléfono móvil con cara de impaciencia para comprobar que no hay nuevos mensajes y que si hace un minuto eran las doce, ahora son las doce y un minuto. Cualquier ridículo gesto es válido con tal de demostrar que somos seres sociales, integrados y bien estructurados, aunque nadie lo haya puesto en duda.

Lo tienen difícil en este mundo los corazones solitarios, y la culpa está muy repartida. La gente es cruel con los ascetas de las barras, pero es justo decir que se cuentan con los dedos de un manco los auténticos barman que son conscientes de lo valiosos y fieles que son esos clientes que deciden pasar un rato tranquilos bebiendo y escuchando música en vez de tirarse en el sillón de casa viendo delirantes anuncios de alargadores de pene; o los que prefieren hacer una parada reflexiva en el bar de la esquina para dejar que ella se acueste y evitar así que reviente de una vez por todas una guerra doméstica cada día más insoportable. Porque no todos los viudos de la noche están desamparados, que conste. Como tampoco todos los que están más solos que la una van a inventar la cocacola al día siguiente y necesitan una copa de aislamiento para inspirarse. Los hay que buscan un chateo fugaz, un ardiente debate de actualidad o, si están de viaje, una mirada más seductora que la de la ojerosa recepcionista de ese hotel que eligió con criterios de austeridad la secretaria de una empresa a la que ya no le dan los números.

Es una lástima, pero la vida no es como nos la cuentan en el cine o en las series de televisión, en las que siempre existe un tugurio que es utilizado por los guionistas para generar encuentros más o menos insospechados entre los personajes. Jamás se ha rodado la escena de un bebedor solitario al que no le interrumpa una fogosa rubia o un sicario con mala cara dispuesto a alcanzar un ventajoso acuerdo. En la ficción siempre ocurre algo que cambia el rumbo de la historia, por eso respeto a los que prefieren salir a la calle sin rubor ni escuderos en vez de dejar que la bombilla de bajo consumo de la mesilla de noche empiece a salir cara. Debéis saber que, al final, si uno es persistente, pagador y respetuoso con el prójimo, lo normal es acabar encontrando un bar en el que todo el mundo sepa tu nombre.

Buenas noches.

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El amor tras las cenas de empresa

14 de diciembre de 2012 a las 6:36
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Decía mi tío Pepe Garrido con su característica voz rasgada que las noches de diciembre eran para los aficionados. A él, que fue un distinguido de la ronda y el taceo, solo le pusieron falta en el Franco cuando su corazón empezó a latir despacio. Por estas fechas, desde la estratégica puerta del Pataca, veía pasar hordas de santiagueses con reconocido pedigrí y a muchos neocompostelanos que solo asomaban ociosos por la ciudad en vísperas de la Ascensión, el Apóstol o en las celebraciones navideñas. Yo creo que lo decía sin acritud y sospecho que, como a mí, le gustaba ver a gente diferente en las calles con los bares hasta la bandera y llenos de incautos a los que detallar alguna historia inverosímil, que si no era cierta estaba siempre bien contada.

Con los años aprendí a disfrutar de esas madrugadas en las que los veteranos con mil y una noches en las venas se mezclan con neófitos y otros personajes a los que solo les une el trabajo y no necesariamente la amistad o el amor, como suele ser habitual. Dan mucho juego para observar, especular y olfatear, y resulta entretenido ver aparecer por mis sitios de siempre a esos grupos que que se mueven con torpeza cuando todos los gatos son pardos. Entre ellos se adivina toda una fauna de dos velocidades: algunos bostezan como osos y demuestran abiertamente su escepticismo noctámbulo mientras otros se posicionan como pavos reales esperando por esa canción que dé rienda suelta a sus cuerpos chisposos. Pero nada de acercarse de primeros a la barra, no vaya a ser que toque pagar las copas ajenas. Amiguiños sí, pero que cada perro se lama su cipote.

Sin verlos siquiera sería capaz de acertar dónde cenaron, sobre todo los más jóvenes, que son carne de parrillada incluso en estas fechas. Pero criollitos míos… ¡nadie conquistó el futuro apestando a churrasco! Conjeturo si serán estudiantes de Física o de Historia, si formarán parte de un equipo de fútbol sala aficionado venido a menos o si, en el caso de tratarse de un grupo mixto y vigoroso, se habrán conocido pedaleando en las clases de fit-bike del gimnasio.

Con los mayores apuro todavía más la fantasiosa disección. Aquellas maduritas tan marchosas y entonadas que bailan en círculo deben de ser enfermeras del Clínico, deduzco. Y los de la mesa que conversan entre botellines de Estrella tienen toda la pinta de salir de una cena de profesores de instituto. Los más arregladitos y estirados son de algún banco, seguro. O aún peor, de la caja. Tienen mérito, piensas, con lo que les espera en el 2013. Quieto ahí un momento, aquí falta alguien. ¿Dónde están los comerciales del concesionario de coches alemanes que hace cuatro o cinco Navidades descorchaban con notoriedad botellas de Mumm? Ni rastro de ellos.

Lo mejor de estas noches suele llegar al final, cuando los biorritmos se desploman y los grupos se van desintegrando como los hielos de una última copa que se llevará todas las culpas de una resaca épica. En los cruces se forman pequeños corrillos en franca retirada lareteando de un jefe que, una cena de Navidad más, ha demostrado ser un perfecto analfabeto emocional que solo sabe hablar del trabajo. Es entonces, sin la caterva en las calles, cuando puedes centrar la atención en extrañas parejas de compañeros que, con parsimonia, como si no quisieran avanzar hacia el precipicio de la vulgaridad de sus vidas, tratan de dilucidar sus sentimientos tras meses de pícaras miradas y tensión sexual no resuelta con la máquina de café como único testigo.

Son madrugadas diferentes en las que ocurren cosas insospechadas, a veces amables, casi siempre embarazosas. Pero en enero todos estos amateurs que disparan una bala cada año desaparecerán de los bares y quedaremos los de siempre, quizás algunos menos. Los diletantes de la noche volverán a sus rutinas, con suerte a su trabajo, y se dedicarán a adiestrar a sus hijos y a matarse corriendo los sábados por la mañana para poder evadirse unos minutos del hogar y estar en plena forma para aguantar un maratón de compras en Ikea. O cualquier otro plan de fin de semana que depare la excitante vida diurna de la gente ordenada.

Buenas noches.

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Los fabulosos cubatas de 500 pesetas

7 de diciembre de 2012 a las 13:26

En 1986 el semanario internacional The Economist implantó un curioso e informal método que sigue vigente y que permite comparar los precios de las cosas mundanas en diferentes países. El Índice Big Mac nos descubrió que con 50 dólares es posible adquirir a día de hoy hasta 30 hamburguesas en un Mc Donalds de la India, mientras que en la zona Euro o en Estados Unidos, de forma genérica, solo dan para comer 11, suficientes para colapsar las arterias más limpias. En aquel año en España todavía circulaban los billetes de 500 pesetas con el rostro melancólico de Rosalía de Castro, y con uno de aquellos se podía comprar un paquete de Ducados y tomar una caña en el Pichón, que era el bar más pijo de la plaza Roxa, y aún daba para empezar la noche en La Ofisina con un J&B con cola. Cinco lustros más tarde se pagarían dos cafés en una terraza de A Quintana. Y gracias, porque en las grandes capitales, sin salir del país, ni eso.
Entre medias, mientras España se sacudía el landismo patrio, el insaciable Carlos Solchaga sacudía con impuestos a todo lo que oliera a vicio, alcohol y tabaco mayormente, lo que provocó que a mediados de los 90 el DYC se pagase ya con las populares monedas de 500 sin recibir nada a cambio. Aquella rubia grandota en la que aparecían juntitos pero no revueltos don Juan Carlos y doña Sofía fue una auténtica barrera psicológica para los hosteleros, que no se atrevían a pedir al cliente más chatarra para ajustar los precios de los licores al desbocado IPC, que crecía por encima de los cinco puntos cada año. Solo los locales más sofisticados, si es que entonces existía alguno en Galicia, se atrevieron a ir dando saltos de cincuenta en cincuenta en pesetas, como si los camareros no tuvieran luces ni tiempo para liarse con las monedas chicas mientras abrevaban a la muchedumbre.
Cuando el euro comenzaba a asomar sus garras y Aznar nos apretó los machos el interanual se contuvo, pero el índice de precios había crecido un 65 % respecto al año 86, por lo que se puede concluir que entonces no nos brearon el bolsillo innecesariamente, y si lo hicieron lo asumimos con gusto. La gran puñalada pecuniaria llegó en el 2002, cuando fuimos europeos de verdad y nos acostumbramos a pagar cafés en París a tres eurazos y reconquistamos el Caribe armados con una potente moneda con la que daba gusto cambiar divisas en el banco. Mientras, aquí en casa, en las listas de precios de los bares las bebidas espirituosas tonteaban con los céntimos: que si 4,20 por un cubata de ron, que si 4,50 por un Beefeater (el Larios era de obreros) y venga de propinas, despreciando las moneditas de cobre en las que tuvieron a bien siluetear la fachada de la catedral de Santiago. Con dificultad multiplicábamos por 166,386 y aquellos precios empezaron a subirse a la parra. Solo unos años antes estaríamos hablando de entre 750 y 830 pesetas, casi el doble de lo que se pagaba a principios de la última década del siglo XX. Sí, casi el doble.


Tacita a tacita, el IPC siguió creciendo en el siglo XXI de tres en tres puntos, como suma Alberto Corbacho para el Obradoiro, y pronto se fijó en Compostela un precio de cinco euros por una copa como si existiera una tarifa plana. Puede parecer mucha pasta para un currante local, pero para un europeo es una auténtica broma, así que algún desajuste sí que existe entre el precio de los cubatas y el de las famosas hamburguesas. Ahora da igual que vayas a un garito inmundo o a uno de moda, con sus porteros trajeados y su dj residente, que por una copa estándar se paga desde hace siete u ocho años con el billete azul grisáceo. Por decreto. Y ahí sigue estancada en la actualidad la tarifa copera, salvo cuando la gente se pone estupenda y se deja llevar por el efecto Sapphire, asumiendo recargos por beber de esas bonitas botellas de diseño que contienen destilados que supuestamente tienen más calidad y que dejan exactamente la misma resaca pero con un regusto afrutado.
Los más beneficiados con el páramo de los cinco euros han sido los locales de medio pelo, que sin esforzarse lo más mínimo se han aupado a una facturación inmerecida, mientras que los que intentan ser un poco curiosos en su propuesta hostelera se han visto de nuevo atrapados por una frontera monetaria que parece insalvable, porque si dan el salto a los seis euros entonces sí que nos sale la multiplicación. Ya saben, seis euros, mil pelas, y por ahí hay mucha gente que no pasa.


Más allá de desplumarnos las carteras con nocturnidad, la salvaje escalada del euro ha tenido sus consecuencias en la movida, aunque debe quedar para la reflexión personal si vale o no la pena lanzarse a patrullar las calles con la actual cotización. Los más jóvenes tienen las cuentas claras. Sostienen que hacen botellón en los parques o en los pisos porque las copas son muy caras para su escueta economía. Hacen sus números y ven que con 15 pavos compran en el supermercado una botella de importación con su combinado de dos litros y una bolsa de hielos de la gasolinera y se ventilan diez o doce chupinazos, dependiendo de cuánto carguen el vaso. En la mayoría de los bares de la ciudad esos 15 euros no les darían ni para apagar la sed, y por eso el alcohol ha dejado de correr como antaño. Adiós ríos, adiós fontes.

Buenas noches.

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Los reyes de la noche

20 de noviembre de 2012 a las 9:14
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“Controla la puerta, contrata a camareros espabilados con buena presencia que conecten con el público y pon música animada y de calidad. Y ante todo, tómate en serio la diversión de los demás”. La receta me la dio a principios de los 90 un buen amigo que fue un exitoso empresario de la noche compostelana, ya retirado, al que al final la mesa le empezó a cojear por la primera pata. Entonces no le hice caso y seguí estudiando, y por eso nunca perdí dinero en un negocio hostelero, al menos al otro lado de la barra, pero creo que sus consejos siguen vigentes con matices. En esa cuadratura del círculo nocturno (selección del cliente, empleados eficaces y aparentes, buena música y sentido empresarial) la movida santiaguesa ha mejorado en algunos aspectos y en otros ha ido perdiendo inexplicablemente el oremus, pero desde luego se puede decir que, pasando o no por caja, se trata de una noche accesible.
Creo que no teníamos ni los 18 cumplidos cuando una madrugada sin cuartos y nada mejor que hacer nos propusimos que al menos uno de la pandilla entrase en la discoteca Don Juan y contase qué demonios pasaba allí dentro. Sin revelar su estrategia, uno de los nuestros, un caradura fenomenal, se plantó barbilampiño delante del portero -con su abrigo, su mostachito retocado y sus guantes de cuero-, y tras mantener una breve charla enfiló las escaleras. Los demás esperábamos ansiosos al otro lado de la acera. A los pocos minutos salió triunfante y despidió al cancerbero con unas palmaditas en la espalda. A ninguno le interesó qué ocurría en aquel garito. Solo queríamos saber cómo había superado el exigente filtro de clientes: el muy pillo le había dicho que necesitaba encontrar a su padre para pedirle dinero y regresar a casa en taxi, argumento tan brillante como incierto que ablandó al bigotes.
Sabíamos que allí estábamos desubicados por edad e intereses y lo seguimos estando décadas después porque el Don Juan ya no es lo que era, pero los porteros tampoco. Aquel hombre severo, siempre de traje, era una versión más o menos elegante de lo que sería llevar una puerta con rigor, que tenía su contrapunto campechano al principio de la calle con el gran Arturo, ya fallecido, que saludaba distendido a los “jóvenes” mientras cobraba con sus manazas 300 pesetas por entrar en Liberty. Entonces, en el resto de los locales de la ciudad ya se habían hecho un hueco aquellos porteros que más bien eran camorristas sin criterio y con cara de trabajar en una funeraria que aprovechaban la más mínima ocasión para poner en práctica las artes marciales aprendidas en algún gimnasio de mala muerte. Ellos eran los reyes del mambo. Era imposible razonar. Si se les ponía en la chencha que no pasabas, no pasabas. Y te arruinaban la noche.
Muy cerca pero en el otro extremo de esos absurdos y férreos controles de acceso estaba otro local en el que se divertían los pijos universitarios, los profesionales noveles y los maduritos prematuros que aún tenían cuerda para rato. La Bolera fue un pub de éxito desbordante en los 80 y 90 al que se le hizo grande el siglo XXI. Era un sitio peculiar en el que era fácil no encajar, pero a mi juicio su mayor mérito fue reunir a una clientela homogénea sin necesidad de controlar la puerta. Si te gustaba, ibas, y si no, no. Se autogestionaba con una selección natural que, en realidad, venía definida por la música, los camareros y los precedentes. Algo similar sigue ocurriendo en otra onda en locales históricos de cierta dimensión como el Momo o A Casa das Crechas, por los que han ido pasando con absoluta libertad generaciones de coperos sin necesidad de que nadie te prejuzgue, y eso dice mucho de quién dirige esos lugares y qué es lo que busca.
A nadie se le ocurre ya en Compostela cerrar el paso a un cliente con la soplapollez de que no está en lista de puerta o con el cortoplacista argumento de que solo entran los habituales. La prueba de que ese es un mal camino la tenemos en las discotecas de moda de A Coruña, a las que recientemente han chorreado en los medios de comunicación y en los foros de Internet por su particular interpretación del derecho de admisión.Deben saber que fidelizar hoy en día a un consumidor cuesta demasiadas noches, y perderlos a cientos por tener a un cruasancito con pocas luces en la puerta es cuestión de horas. Por suerte, aquí los códigos de vestimenta son inexistentes, porque en estos tiempos en los que en las discotecas se ven más chándales que en el Multiusos de Sar ya no se puede distinguir, aunque personalmente pondría un límite a las chanclas de velcro, cosas mías. La única etiqueta exigible es que no molestes a los demás y que no cometas delitos en los baños. Tampoco es mucho pedir.

En Santiago sigue habiendo personas que trabajan en las puertas de algunos locales, pero son eso, personas. Chavales más o menos fornidos que se ganan unas perras con un trabajo digno a los que sus jefes les exigen tratar con educación a la gente. Si les das la mano y les sonríes, responden. Te abren la puerta, controlan el aforo, evitan que la muchedumbre entre o salga con bebidas y tratan de silenciar las discusiones futboleras de los fumadores que alteran al vecindario. Si hay un problema, tratan de mediar, y si la cosa se desmadra, llaman a la policía, sin más. Los jefes de la noche han cambiado con los tiempos. En su día también lo fueron los dj`s, más tarde los cocteleros, siempre las camareras guapas y los empresarios con sentido común. Mi amigo no iba desencaminado.
Buenas noches.

Locales de ocio
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