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La Voz de Galicia
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Los cubatas de Larios a 3,45 me ponen del hígado

29 de Mayo de 2013 a las 0:28

 

Hay tres factores determinantes que han devastado la vida nocturna de este país: los políticos, los banqueros y los vasos de tubo. Lo del formato de la copa es una teima personal, pero seguro que encontramos puntos de encuentro en las otras dos patas de esta banqueta de taberna que cojea como nunca. Tras meses de análisis más o menos acertados o frívolos en este blog, la noticia de esta semana ha desbordado mi cubalitro de la paciencia. Ha sido una invitación en toda regla a la acampada copera, a echarse a las pancartas y a levantar los adoquines no para encontrar la playa, sino para practicar lobotomías masivas a nuestros políticos. Nos están chuleando como nunca con los impuestos y los recibos cuando nos enteramos que sus señorías disfrutan en el Congreso de los cubatas de Larios a 3,45 euros, por no enumerar la amplia gama de licores a precio de taberna de pueblo en 1985. Seré un demagogo, pero ahora sí que encuentro sentido a los escraches populares ante la sede parlamentaria si el objetivo es tomar a las bravas la tasca de lujo de la Carrera de San Jerónimo. Tenemos una clase política plagada de marcianos que cree que el café sigue a 0,80 euros, la misma que ni se molesta en mirar la factura que les deja el camarero del Ritz antes de cruzar la calle para ir a sestear al hemiciclo. Ya sé que suena a crítica de pim, pam, pum, pero es que la defenestrada casta legislativa y ejecutiva, sumada al ventajismo de barrio que aplican los politiquillos locales a la hora de amargar la vida de ocio de sus vecinos ha terminado por desbaratar las noches en pueblos y ciudades, irreconocibles de unos años a esta parte.

 

Con la moral por los suelos y millones de economías domésticas quebradas nos han obligado incluso a revisar el protocolo del dinero de bolsillo. El del menudeo mensual con el que pagamos los cafés, las cañas, las tapas y las copas. El que nos da pequeñas alegrías que, sumadas a diario, dan mucha más felicidad que una potente berlina alemana o una casa tan soñada como hipotecada. En todo este engaño global es importante darse cuenta que ese mismo dinero que pedimos prestado para construir como papanatas nuestros delirios de primer mundo es el pocket money con el que los trajeados de la City londinense, los de Manhattan y los visionarios de las cajas de ahorro invitan a rondas de champán francés cada vez que cobran bonus millonarios tras manipular a su antojo fondos propios y, sobre todo, ajenos. Aquí, en Galicia, as nosas caixas fueron mucho más dulces y sensibles y dedicaron nuestra pasta a adquirir imponentes bodegas… en Oporto. Toda una apuesta en clave de país bananero.

Pocas salidas del páramo va a encontrar una clase dirigente que vive abochornada y temerosa de bajar al bar de la esquina por si acaba zarandeada, alejándose cada vez más si cabe del serrín del suelo en que han convertido nuestras vidas. Es su triste herencia de la crisis, quizás merecida. Esa y unas cuantas frases manoseadas que me ponen más del hígado que una docena de brugales: “Se acabó la fiesta” y “vivimos por encima de nuestras posibilidades” son dos de ellas. Si hubo una fiesta del dispendio, a mí me debió pillar trabajando. Y si algún día me excedí, juro que dejé todo pagado.

Buenas noches.

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Casas rurales, tampones y platos rotos

16 de Mayo de 2013 a las 13:23

 Quería dejar enfriar el episodio de los adolescentes que destrozaron en los últimos meses al menos un par de casas rurales en los alrededores de Santiago y así rebajar el tonillo triunfante de su tropelía mediática, que tanta estupefacción e interrogantes ha abierto sobre el ocio de las nuevas generaciones. Pero cuando el chorreo empezaba a remitir, vamos los carrozones de los periódicos y las televisiones y acusamos a la muchachada, quizás de forma un tanto anecdótica, de subirse la falda un palmo más de la cuenta y de entregarse al morapio con alcohol perralleiro y sofisticadas técnicas que es mejor obviar. De ahí que una vez más se pueda distorsionar mi objetivo de hacer una reflexión  sin excesiva hemorragia moral.

En el último botellón del Campus santiagués, el pasado miércoles, corrió el peor alcohol jamás destilado. MÓNICA FERREIRÓS

¿Qué coño les pica a los chavales nacidos en los años 90, que crecieron en la etapa más pujante de la historia reciente de este país y que tanta preocupación generan? De salida, no estamos para dar demasiadas lecciones. A saber, la amistad, las copas, el flirteo, el sexo, las drogas y el vientecillo de la libertad han sido, de siempre, los pilares sobre los que se ha fundamentado la vida canalla desde la transición política hasta los mogollones de los 90 propiciados por el baby boom setentero. ¿Qué ha cambiando desde entonces? ¿Fuimos más responsables en nuestra juventud los nacidos en los 60, 70 y 80 que los actuales teenagers? Sinceramente, no lo creo. En todo caso fuimos mucho más inocentes y torpes porque las maldades y los vicios se transmitían de boca en boca y no de You Tube en Whatsapp, lo que resulta más rápido pero menos contagioso. ¿Son ahora más inconscientes? Esto es algo relativo y requiere cierta perspectiva. ¿Acaso no recordamos los trágicos fines de semana en los que caíamos como palomos porque lo normal era conducir mazados hasta las trancas de discoteca en discoteca? Pues ese es un problema que seguramente estos chiquillos no van a tener y que revela que todos, de forma individual o colectiva, incorporamos manchas a la hoja de servicio según el momento que nos haya tocado vivir, y bueno es que lo podemos contar.
Tampoco considero que las gamberradas premeditadas y los conflictos sobrevenidos a esas edades hayan ganado dimensión. El matiz tiene que ver con esta obsesión desaforada por la comunicación masiva, que le ha puesto una lupa enorme a lo que hacen los más jóvenes, acciones que siempre afeamos con ese aire de fracaso social que le imprimimos a todo cuanto no nos sale como si esto fuera Finlandia, donde por cierto también lavan trapos sucios juveniles. Sí es cierto que los parámetros han cambiado. El aroma etílico, los ojos enrojecidos, los restos de filtros elaborados con las pestañas de la cajetilla de tabaco y las densas sobadas mañaneras eran todos los indicios que les dábamos a nuestros progenitores para constatar que nos habíamos desviado del carriliño. Ahora todo lo bueno y lo malo lo tuitean ellos mismos, a lo que suman otro defecto congénito: los muy incautos piensan que los problemas que se arreglan con dinero (el de sus padres), simplemente no son problemas. Ya caerán de esa burra.

Platos rotos en la cocina de la casa rural de A Baña que destrozaron unos adolescentes compostelanos. XOÁN A. SOLER

Sin ánimo de pasarme al otro bando, coincido parcialmente con los ortodoxos de la salud en que el verdadero drama del ocio juvenil acecha por la vía del maltrato físico que se autoinfligen, porque dudo que en tan solo una generación los cuerpos se hayan transmutado genéticamente para aguantar la tralla que les espera en esta larga travesía de eternos inmaduros, por cuanto el mundo laboral, la vida sana y relajada en pareja o las responsabilidades familiares se van a ir dilatando cada vez más en el tiempo. Luego, el problema podría no ser tanto que empiecen a beber de forma compulsiva a los 15 como que vayan a estar pimplando y haciendo el canelo otros 15 o 20 años más porque no van a tener nada mejor que rascar. Eso hay pocos chasis que lo aguanten, de ahí que con certeza exista una amenaza social, porque todo apunta que los trasplantes de paté de hígado van a salir en el futuro a cojón de pato. Y mucho me temo que ni el Estado ni sus papás van a poder pagar entonces los platos rotos.

Buenas noches.

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¿Quo Vadis, Santiago? 25 locales que resisten la crisis

3 de Mayo de 2013 a las 6:18

La crisis ha restado alboroto a la noche. Se ha llevado por delante los tumultuosos jueves universitarios, ha vaciado los comedores de los restaurantes y ha diezmado las cajas de muchos bares y discotecas que resisten como pueden. Lo que sigue no es un sesudo ranking ni una auditoría de tres al cuarto, ni siquiera una clasificación objetiva de negocios que más o menos sortean esta empinada cuesta abajo. Tampoco son necesariamente los mejores, ni los más alternativos, pijos o recomendables. Los habrá más saneados y otros que están con el agua al cuello. Pero todos comparten una cosa en común: siguen teniendo clientes, y digo yo que si esto va a durar mucho más, al menos que sea en compañía. Que cada uno escoja la suya.

En el casco histórico.

A CASA DAS CRECHAS.  Local emblemático con 26 años de vida y con fuelle para otros tantos. Tiene ambiente durante toda la semana en la terraza y en sus dos plantas, en las que siempre suena folk y world music. Espectaculares sus noches de foliada, que salpican un calendario en el que siempre hay media docena de conciertos de pequeño formato a precios muy asequibles y con mucha calidad. Le pirra a los turistas bohemios. (Vía Sacra, 3, junto a la praza da Quintana).

Victor Bello, fundador de A Casa das Crechas

A REIXA. Es de los que nunca fallan, de lunes a domingo. Con varias estancias y aires alternativos, sus propietarios lo definen con buen criterio como bar musical. Todo gira en este bar en torno al vinilo y es sin duda uno de los más dinámicos de la ciudad en cuanto a actividades. De jueves a sábado se queda pequeño, con clientela que se mueve entre los 25 y los 40 años. Promueven conciertos y cuando es necesario recurren a otros espacios más amplios, casi siempre con éxito. Se ven muchas más camisetas que camisas. (Tras Salomé).

Andrés Villasenín en la barra de A Reixa

ARMERÍA. Funciona bien los viernes y los sábados entre las dos y las cuatro de la mañana y siempre con más curritos que estudiantes. La música es un guiño constante a los veteranos que siguen en la brecha, sin complejos ni complicaciones. Mueve a pequeños grupos de más de treinta tacos a los que hacen sentir cómodos, y además se presta al cortejo maduro. (Fonte de San Antonio, 17).

ATLÁNTICO. Una casa en el corazón del casco histórico que prestigia las copas en Compostela. Tiene una pequeña terraza muy animada incluso por las tardes, y dentro siempre es acogedor por su tamaño y por su música. Por la semana suele tener alguna actividad cultural (cuentacuentos, monólogos, encuentros…) y es muy frecuentado por profesionales de las artes escénicas y el audiovisual. Sin volverse locos con la carta, se preocupan por preparar bien las copas. (San Miguel, 9, cerca de la praza de Cervantes).

Pili Fernández, del pub Atlántico

BABEL. La música en directo en su planta inferior es su mejor gancho. Reúne a los universitarios inquietos y su nombre no es casual, ya que muchos de sus habituales son estudiantes extranjeros de paso por Compostela. Los precios se adaptan a la clientela. Abre todo el día y lo mismo vale para un café que para una caña, pero es de esos locales que te dan una alegría un miércoles tonto. (Caldeirería 26).

Fabio Cecar, del Babel, en A Caldeirería

CARRILANA. Antigua cochera de amplios ventanales a San Paio de Antealtares, la rúa sobre la que giró la vida nocturna en Compostela cuando en el casco histórico no salían ni los gatos. Tiene un piso más tranquilo e íntimo para tomar un café o una copa tranquila, una barra más animada y vistosa, y una terraza en la que da gusto pasar un par de horas en las pocas noches que el cielo da un respiro. (San Paio de Antealtares, 16).

GALO D`OURO. El Galo es Jorge Hombre y sus circunstancias. Con aires de pub británico, pocas cosas han cambiado en este local desde los años 70, para bien. Tiene una Wurtlitzer con blues, rock y pop clásico, todos temazos imprescindibles en la historia de la música. Siempre hay buenos conversadores, dentro y fuera de la barra, y da gusto dejarse aconsejar. Abre de miércoles a sábado, pero suele cerrar en los periodos de vacaciones y varias semanas de agosto y septiembre. George es así. Los menores de 30 difícilmente entenderán su encanto. (Conga 14, detrás de A Quintana).

Jorge Hombre y su Wurlitzer en el Galo

GAROA. Tras un comienzo arrollador, el local que dirigen los hermanos Antelo ha cambiado la cantidad por la calidad. Su especialidad son las caipirinhas, pero la carta diseñada por la coctelera Ana María Martínez es extensa y original. Es amplio, con mesas altas, sofás, reservados y una terraza agradable hasta más allá de la medianoche. Perfecto para la primera hora y para el afterwork (abre por las tardes). Los viernes y sábados por la noche está más animado y da para echar unos bailes. (Rodrigo de Padrón, entre la Alameda y el casco histórico).

Mauro, Julio y Carlos Antelo, del Garoa

KUNSTHALLE. Una de las últimas incorporaciones a la noche. Abre todo el día y tiene una cocina sencilla y curiosa, pero lo peta sobre todo los viernes y sábados partir de la una en sus dos plantas: la de arriba, más sosegada, y la de abajo, una sorpresa constante, pues es habitual que varíe el DJ, siempre dentro de la esfera indie-pop. De la cabeza de David Barro salen siempre interesantes propuestas que dinamizan las horas de menor actividad. (Conga 8).

David Barro y Carlos Montilla, del Kunsthall

LA RADIO. Lo más parecido a un club en el sentido londinense, pero sin perder la perspectiva, esto es Santiago de Compostela. Música urbana y electrónica a pocos metros de la Praza de Abastos. El compostelano Javier Rial ha conseguido hacer de los platos su instrumento de trabajo y con frecuencia lleva por el local a DJs que mueven a bastante gente, por mucho que le sorprenda a los que no siguen este tipo de música. (San Fiz, 4).

Javier y Luis Rial, de La Radio

LA QUINTANA. El local abrió en 1990 como café y cada día se parece más a una discoteca. Por el día despliega la terraza más espectacular de la ciudad, a los pies de la catedral. Con dos plantas y tres barras, trabaja bien los viernes y revienta los sábados. El ambiente, entre 25 y 35 años, es difícil de clasificar, aunque se acerca más al perfil televisivo de Gran Hermano que al de Redes. Sin acritud. (A Quintana, 1)

MAYCAR. Pequeña discoteca con cuatro décadas de historia y con fama de oveja negra, pero que ha resistido mejor que ninguna otra a los tiempos de vacas flacas. Tuvo una época de after en la que iba aglutinando a los descarriados de la noche, generando un ambiente de lo más heterogéneo, pero en los últimos años ha definido su clientela, más alternativa. Paco Fernández le ha dado el relevo recientemente a sus hijos, Fran y Pablo. (Doutor Teixeiro, 5).

Paco Fernández, en el centro, y sus hijos Fran y Pablo

MEIA. En la zona alta del casco histórico, lleva más de diez años batallando con los universitarios. Es una embajada oficiosa para los estudiantes extranjeros, y los jugadores de baloncesto son clientes habituales, de ahí que sus noches más divertidas sean los miércoles y los jueves, cuando suelen organizar fiestas temáticas. Música comercial, sin complicaciones. La planta de arriba es más relajada, y la de abajo, de combate. (Algalia de Abaixo, 22, en la zona alta del casco histórico).

MODUS VIVENDI. Uno de los pioneros en Galicia. Pequeño y curioso local con 40 años de vida que sigue teniendo aceptación entre los treintañeros y que arrastra clientes desde hace décadas. Consigue reunir a gente en la barra y en el semisótano, una caballeriza que se presta a la conversación en torno a las mesas bajas. En los últimos meses ha intensificado su programación de espectáculos y noches musicales temáticas. (Praza de Feixóo, 1).

MOMO. En el 2014 cumplirá 30 años pero sigue programando actividades como si acabara de arrancar. Ricardo Parada, que actúa allí un par de veces por semana, es su cantautor residente, pero siempre hay algo que ver o escuchar, así que funciona razonablemente toda la semana. Tiene varios ambientes que suelen estar copados por clientes entre los 20 y los 30. Tomar una copa en el jardín con vistas a Belvís es impagable. (Virxe da Cerca, 23)

Javier Ribera, del pub Momo

RETABLO. Fue un local gafado para la hostelería hasta que cogió las riendas Rafael Areoso, que tiene mucha experiencia en la noche y sabe darle a una gran mayoría lo que le gusta sin andarse con muchos rodeos. Dos pisos, cuatro barras y música comercial hasta decir basta. Es de los que cierra más tarde en la zona vieja y mantiene una alta circulación los fines de semana. En temporada alta capta a grupos de turistas y peregrinos. (Rúa Nova, 13).

Rafael Areoso, del Retablo

SÓNAR. Está en la cresta de la ola. Los viernes y los sábados abre hasta las cinco de la mañana y si no vas pronto toca hacer cola. Suena música pop de cierta calidad, casi siempre acompañada de vídeos. El ambiente, heterogéneo, se mueve entre los 25 y los 40 años y a partir de las tres es un hervidero, excesivo en ocasiones para los que detesten el contacto físico. Desde hace un par de años programa conciertos de pequeño formato antes de la medianoche que están funcionando bien. (Rúa Mazarelos 4-5).

Jesús Peón, a la derecha, en una presentación en el Sónar

ULTRAMARINOS. Lleva 15 años abierto, los últimos cinco con una gerencia más dinámica y abierta a todo tipo de actividades, desde juegos comunitarios a conciertos. Acogedor incluso en los días más flojos, también sabe montar lío cuando la noche se presta, siempre con un deje moderno que no llega a ser cargante. Estupenda parada tras una cena en la pujante rúa de San Pedro. (Casas Reais, 34).

Noa Novo, del Ultramarinos

VAOVÁ. Son dos locales que no tendrían sentido sin la fiebre del gin tonic. El de la Algalia es más tranquilote y el de la Rúa Nova da más juego, aunque la música es preocupantemente secundaria. La preparación de las copas es ejemplar y vale la pena explorar nuevas referencias y dejarse recomendar. Anunciado como gastro-bar, es sin duda más lo segundo que lo primero. (Algalia 18 y Rúa Nova 12).

Diego Mosquera, coctelero del pub Vaová

 En el Ensanche.

BLASTER. Uno de los pocos locales que siguen dando la vez en el Ensanche. Se ha renovado varias veces desde los años 90, cuando arrancó como pub para universitarios. Y en esas sigue, aunque el peso de la zona vieja ha desplazado su hora punta hacia las cuatro de la mañana. Los jueves de Santiago son una ruina en la actualidad menos en el Blaster, que aguanta el tipo ofreciendo música animada. (República Arxentina, 6).

D3. Ubicado en unas galerías del Ensanche, es de esos locales en los que los más jóvenes no se complican la vida. Música, copas y ligue, que ya es bastante, y una pequeña pista de baile que está animada los fines de semana. Es de los que notan el bajón de los jueves, aunque sigue revolviéndose. (Alfredo Brañas, 2)

GABANNA. Los viernes y sábados funciona a última hora y aglutina a los que se resisten a marcharse a casa. Su propuesta es muy similar a la del Blaster, con música y vídeos, aunque su ambiente es un poco más maduro. Nadie llega hasta allí para conversar y arreglar el mundo, pero sí que puedes ponerle un punto y final simpático a la noche. (República Arxentina, 26).

Fernando Pazos, de la discoteca Gabanna

RUTA. Es una de las discotecas veteranas que ha vivido tiempos mejores pero que siguen moviendo gente en las noches más tumultuosas. Es la preferida de los veinteañeros y su selección musical siempre es buena. Tiene varios ambientes, indie y tecno, aunque uno es sensiblemente más canalla que el otro. Es el local de última hora natural entre los que frecuentan los bares alternativos del casco histórico. Cobran entrada. (Pérez Constanti, 4, cerca de O Hórreo).

Novedades en el 2013.

ATENEO 30. Fue El Nido del Cuco y antes La Imprenta. Abrió hace un par de meses y en su planta de arriba poco ha cambiado respecto a sus predecesores. La novedad está en el sótano, donde han montado una sala para ofrecer pequeños espectáculos que ya tiene una agenda respetable. Tres socios están detrás de este bar que, de salida, está inclinándose hacie los clientes más jóvenes. (Virxe da Cerca, 30).

CHOCOLATE. Nueva oportunidad para este cálido local que acogió anteriormente otras propuestas dispares (Abastos, Leblón y Ameas). Copas selectas y bien servidas, sin agobios, con mesas bajas para una noche relajada o para una primera copa. Perfecto para complementar una cena en alguno de los restaurantes de moda de la zona. (Praza de Abastos).

Nota. Como decía un conocido portero de un pub a la hora de cierre, ¨señores, señoras, hay más locales¨. También para esta relación. Ahí quedan abiertos los comentarios para vuestras aportaciones. Buenas noches.

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Los cadáveres de la Sala Capitol

25 de Abril de 2013 a las 23:21

La Sala Capitol de Santiago cumple diez años. Si nadie me corrige con buenos argumentos desprovistos de localismo, hablamos del espacio de ocio más relevante que ha abierto en Galicia en este comienzo de siglo. Lo dicen los artistas internacionales y las bandas del circuito doméstico que cantan sus excelencias durante y después de sus bolos en este remodelado y céntrico cine compostelano que se reinauguró como sala de conciertos un 29 de abril del 2003. Su trascendencia, el acierto de esta década plagada de grandes momentos y serios contratiempos, tiene que ver con la variedad de propuestas que recalan en esta coqueta y sonora caja de música, pero sobre todo por su estratégica ubicación geográfica, que ha conseguido equilibrar y ampliar en Galicia un cartel de espectáculos de formato medio que perdía fuelle al estar polarizado por el dinamismo cultural de Vigo, que tuvo tiempos mejores, y el empuje demográfico del arco ártabro, que siempre ha vivido más pendiente de los balones y los violines que de las guitarras eléctricas. Entre el norte y el sur, Santiago solo conseguía mojar tirando de la chequera pública, ahora sin papel, de ahí el mérito de este proyecto privado, que al principio recibió más zancadillas que apoyos por parte de las instituciones públicas, con las que ha ido encontrando con el tiempo vías de colaboración.

El equipo de la Sala Capitol (2012). A la derecha, abajo, el programador Antonio Borrazás, y detrás el promotor del proyecto, Francisco Sanín. V. M.

En los comienzos tuvo que superar el mal trago que supuso la prohibición de abrir como un espacio que combinaba actuaciones musicales y lucrativas sesiones de discoteca, todo ello muy a pesar de la voluntad popular. Este fue un lamentable episodio administrativo y legal en el que creo que hubo un exceso de confianza empresarial y una escandalosa cobardía política que dejó el problema enquistado y sin solución. Pero el proyecto consiguió reponerse, enfocar de nuevo sus objetivos y de esta manera anclar en el meollo del rincón peninsular decenas de espectáculos que de otra forma nunca hubieran recalado en Galicia. ¿Salieron perdiendo los aficionados a la música del resto de ciudades gallegas con la irrupción de esta sala? Es difícil llegar a esa conclusión cuando en sus mejores citas más de la mitad del aforo (unas 800 personas) procede de distintas localidades de la comunidad, como acredita la red de venta de entradas.

Los arquitectos que idearon la exitosa reforma fueron Celso Barrios y Manuel Carbajo, en la imagen de agosto del 2000 trabajando en el proyecto en su primer estudio profesional, en Entremuros 4-3.

Escrache a los gestores culturales

Pero dejemos a un lado el tentador y casi siempre estéril debate geográfico para centrar el foco en el modelo de negocio puesto en marcha por un emprendedor particular que, por contraste, habla con claridad de los zoquetes que han dirigido la cultura en este país despilfarrando casi siempre el dinero de todos. Preparen los tomates porque la escena que voy a narrar es patética: la Sala Capitol nació meses antes de un Xaco-beo sin fondo (2004) y solo unas semanas después de que la Xunta comenzase a enterrar a paladas billetes de 500 euros en la Cidade da Cultura. En aquel momento existían en Santiago otras tres interesantes salas alternativas de espectáculos especializadas en teatro, danza y títeres (Nasa, Galán y Yago) que fueron desapareciendo al decaer las siempre arbitrarias subvenciones municipales. Casi al mismo tiempo las dos cajas gallegas preparaban su desembarco en Compostela para consolidar en insólita competencia dos museos y dos auditorios con un tamaño y coste proporcional al ego de sus visionarios directivos. Después de gastar millones de euros los acabaron y, aunque no se lo crean, tres de estos edificios también están sonrojantemente chapados al público. Qué decir, por hurgar en la herida, de la situación de quiebra técnica del Palacio de Congresos (un edificio público con gestión privada que también acoge espectáculos) o de los toxos quinquenales que crecen en el abandonado auditorio para 35.000 personas del Monte do Gozo, un lugar que simboliza junto al Gaiás la tierra quemada que nos espera.

Entre los políticos y los gestores colocados a dedo al frente de estos féretros culturales nos han hecho pagar la entrada más cara jamás imaginada para presenciar ahora un dantesco espectáculo de puertas cerradas. Y no pretendo concluir con este escrache digital que lo privado funcione necesariamente mejor que lo público, tampoco es eso, pero hay que explicarle a algunos señores de traje que una gestión musical sostenible es posible cuando se cuenta con el apoyo de meritorios promotores locales y foráneos que saben lo que hacen; profesionales que conocen el sector y que se juegan los cuartos en cada función, a diferencia de los que solo se han preocupado de hacer sonar las gaitas al servicio de la política y que se han pasado años programando con pólvora del rey, ahora mojada, sin que un solo pinchazo de taquilla les haya quitado el sueño. A todos estos cadáveres sociales habría que ir enterrándolos en el sótano de la Capitol para que se revuelvan en sus tumbas mientras el público sigue botando arriba al menos otros diez años más.

Felicidades y buenas noches.

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Campeones del chandalismo y la barra fija

19 de Abril de 2013 a las 5:25

Tengo un amigo presumido, clasicón y muy limpito que se menea desde primera hora de la mañana como un pincel. Por las noches también plancha el tipo que es un primor, pero nunca va de estreno. A medida que pasan las estaciones selecciona las camisas, los pantalones y los zapatos que ya están baqueteados por la vida seria y los aparta en el armario: “Aquí se quedan, para salir de copas”. Decía hace unos años con buen criterio que el humo de los locales apestaba su ropa nueva y que cada vez que entraba en un bar salía oliendo a calamares, a churrasco o a cigarros ajenos, por lo que se veía obligado a mandar los trajes a la tintorería con demasiada frecuencia y a minorar los usos de prendas que en otras condiciones esquivarían la lavadora, la mejor aliada de la insaciable industria textil: destrozan cuellos y puños, estiran o encogen todo a su albedrío y además tienen una reconocida capacidad para dejar viudas a las parejas de calcetines. A pesar de las recientes y saludables normativas sobre el tabaco, la rigurosa directriz de mi colega sigue vigente, y diré más, todavía compartimos varios vetos a locales que carecen de una ventilación adecuada, cansados de que un tercero con buen olfato adivinase a las primeras de cambio el menú de nuestra cena.

El ocio nocturno es sucio, en más de un sentido. Asumido el lamparón, dudo que este sea el verdadero motivo que justifique que de un tiempo a esta parte la juventud escoja sin complejos para salir de copas la ropa que cuando el país iba como un foguete solo utilizaríamos para pintar de rosa palo las paredes de un comedor hipotecado. Nos la pela todo, sí, y por eso el chandalismo ha llegado en el siglo XXI a la barra fija de las discotecas, que han pasado de frenar en la puerta a los que llevaban los pies escayolados con calcetines blancos a dejar que la pista de baile se convierta en una desenfrenada clase de educación física de la EGB. Es una moda que respeto pero de la que intento mantenerme alejado, bien sea por edad, hábito o buen gusto, no lo sé. Quizás pese en mi rechazo el recuerdo del intenso olor de aquellas lecciones de gimnasia con mezcla de sudor púber, poliéster y colchonetas verdes. Es tan abrumador el poder de penetración de estas prendas que hasta creo firmemente que a los actuales universitarios, si les dejasen, saldrían en la orla con el mismo aspecto que los medallistas de Múnich 72. Los diseñadores de Puma, Converse o New Balance deben partirse la caja a diario de lo fácil que se lo ha puesto una generación a la que no le duelen prendas al portar logotipos maximalistas que, en honor a la autenticidad, eran mucho más discretos en la ropa deportiva original de hace 30 o 40 años, como bien demostró Nadia Comaneci (apreciad más abajo lo que era manejarse de verdad en una barra fija). Al margen del incompresible gusto de los dirigentes caribeños es una pérdida de tiempo tratar de buscar respuestas ideológicas al fenómeno, porque es bastante más transversal de lo que se pudiera sospechar: triunfa por igual en un concierto de Love of Lesbian petado de urbanitas que en un magosto de la cofradía nacionalista. La globalidad tiene estas cosas, como lo demuestran las  zapatillas de running del doctor House, un tipo cínico que, ironías de la vida, nunca podría escapar corriendo de nadie.

House usó durante las ocho temporadas de la serie zapatillas de running New Balance y Nike. En el límite de lo "casual"

Antes de que la muchachada me cruja dejaré a un lado mi disgresión sobre ponerse tres rayas para salir de copas (las de Adidas, entendámonos) para centrarme en la que creo que es la verdadera e inopinable razón que sostiene esta moda de lanzarse a la noche desarreglado pero formal y que, ya en serio, era el verdadero quid de mi reflexión: avanza el ciclo de la depresión y con él nos arrebatan los motivos para cambiar nuestro estilo diurno para diferenciarnos en momentos de ocio que todos nos merecemos. Hay poco que celebrar, menos cenas, muchas menos fiestas… Entre el pajareo de Fin de Año o de los bodorrios y el chandalismo exacerbado que vivimos en la actualidad hay un término que está pasando de medio a mediocre, porque en realidad tampoco hay locales con iniciativas ocurrentes que inviten al coqueteo visual, al compromiso con una estética (ojo, la que sea, con absoluta libertad) así que lo mismo vale una camiseta rota que un jersey descosido. Parece que todo funciona, incluso traspasar hacia abajo los límites de la higiene. Los tiros, nada largos, van por ahí.

Esta no es una cuestión de dandis, princesas o pijos con deje de mendigos. El problema es que nos están quitando las ganas de que nos digan que una noche estamos radiantes, por dentro y por fuera, cada uno a su manera. Y que conste que quien esto escribe está convencido de que lo importante no es lo que uno lleve puesto encima al salir, sino cómo quede la ropa al llegar a casa. Si está esparcida por el suelo desde la puerta hasta los pies de la cama y entremezclada con prendas ajenas, señal inequívoca de que has acertado.

Buenas noches.

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Salir con dignidad después de los 40

12 de Abril de 2013 a las 0:39

El lenguaje es a veces tan sutil como cabrón. Socialmente uno empieza siendo un quinceañero, después un veinteañero, más tarde un treintañero… hasta que se llega a ser un cuarentón. Esa es la frontera. Cua-ren-tón,  con lo despectivo que suena. Ni el idioma ni la noche de Compostela han tratado con respeto a sus mayores, o a sus adultos maduros, como se les quiera llamar. Volcada como lo ha estado históricamente con los universitarios, el ocaso de esta casta (leer “Los jueves de Santiago se quitan del medio“) ha dejado un interesante nicho de ocio para los nacidos entre los años 60 y 80 que se está agrandando por momentos hasta convertirse en una gran fosa común que va llenándose de solteros crónicos, maduritos y maduritas rebotados de relaciones rotas o hundidas en el tedio y seductores Rodríguez de ambos sexos que encuentran en los bares, los amigos y el flirteo su verdadero respiro familiar. También asoman grupos constituidos por parejas sin descendencia que todavía tienen algo que contarse tras una cena y progenitores primerizos a los que se les reconoce porque miran el reloj con indisimulada preocupación, ya que cada ronda les cuesta diez euros extra que les sopla la canguro por hora. Una noche cara que anuncia una mañana de caritas y sudores cuando los niños tocan diana.
Todos tienen un enemigo común: la resaca. Cualquiera que recuerde a Tejero entrando en el Congreso es también consciente de que cada vez que se entrega a la francachela nocturna inicia un rito de autoinmolación que se certifica al lunes siguiente, cuando te espetan que todavía tienes mala cara. Es el drama del bebedor talludito. La fábrica interna se vuelve cada vez más lenta y las reverberaciones corporales, ya sean en la azotea o en el bajo vientre, se extienden dos, tres y hasta cuatro días. Es un hecho constatado. Los que siendo unos chavales aguantaban las noches de jota con pasmosa alegría empiezan a resentirse físicamente a partir de los treinta, igual que le sucede a la mayoría de los deportistas de élite, aunque siempre aparece algún Maldini de la copa-balón que es capaz de superar con dignidad la crisis de los 40 y que, lejos de entregarse al chándal y al sofá los fines de semana, sigue en activo en esa pequeña liguilla de veteranos que se da cita en escogidos locales de la ciudad en los que las arrugas, las entradas y el rollo fondón son de un tiempo a esta parte bienvenidos.
Los quehaceres universitarios, las dificultades para acceder a un primer empleo y el persistente efecto cautivador de las movidas de Ordes o Santa Comba, así como el botellón o la moda de reventar casas rurales «porque yo lo valgo» han apartado a los adolescentes y veinteañeros del circuito nocturno compostelano, elevando la media de edad de forma notable. Por el mismo efecto se ha estirado la esperanza de vida de muchos establecimientos que estarían moribundos si dependiesen del menudeo económico de una chavalada muy empobrecida (en realidad son sus familias las que están caninas) y que se siente incómoda al reconocer bajo el mismo techo a los amigos de sus padres. En esos encuentros intergeneracionales los mayores, los machitos zalameros sobre todo, constatan que el arroz está más que tostado cuando tratan de tontear con jovencitas. A fuerza de fracasar comprenden que la edad les ha otorgado un don: por momentos son hombres invisibles. Darse cuenta a tiempo de ese insospechado superpoder permite mantener intacta la autoestima y evita bochornosas escenas.


Pero el oasis es limitado, tan solo cuatro o cinco palmeras con sus abrevaderos para dar cobijo temporal a los adultos de espíritu cachondo que no superen los 50. Más allá solo hay niebla, más espesa si cabe tras el cierre hace ya un tiempo de locales como El Duque o el Rahid, desapariciones que se unen a la extraña situación que vive el Don Juan, el desguace de referencia en Compostela, que está pendiente de arreglar algunos asuntos técnicos que han dificultado su viabilidad. Habrá que comprobar en los próximos años si a medida que avanzan estas nuevas generaciones callejeras la oferta se va a adaptando, pero es evidente que en la actualidad la noche vive un decadente climaterio para las manzanas y las peras maduras, algo que resulta del todo injusto, porque cualquiera tiene derecho a celebrar con unas copas y unos agarrados que la última convocatoria para un examen rectal se haya superado cum laude.

Buenas noches.

Nota. Cinco recomendaciones para maduros despistados que reenganchan con la noche:

1. Galo D’Ouro. 2. Carrilana. 3. Armería. 4. Dado Dadá. 5. Garoa

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Los vinos del Franco, los reyes y la segunda transición

4 de Abril de 2013 a las 1:10

Me harían falta siete u ocho siglos de vida para hacer una valoración objetiva del momento que atraviesa la rúa do Franco, que fue, es y tiene el reto de seguir siendo la arteria sobre la que tomar el pulso de la hostelería compostelana. Por eso, antes de tropezarme con el pasado, le pondré los puntos a las dos íes de la palabra Historia: en el arco de Mazarelos resiste a los vándalos desde 1971 una placa que recuerda que por esa puerta, una de las siete del casco histórico, pasaban desde siempre los carros cargados con barriles de vino del Ribeiro y del Ulla con destino a la popular calle, cuyo nombre se remite a los taberneros medievales que atendían a los francos, como se denominaba de forma genérica a los peregrinos que llegaban caminando desde más allá de los Pirineos. En una ciudad que vivió acomplejada entre sotanas y solemnes catedráticos mientras el resto de Occidente avanzaba con firmeza, una calle de esparcimiento como esta tuvo que suponer una auténtica liberación, y por ello es difícil discernir cuáles fueron sus etapas gloriosas y las que pasaron desapercibidas entre el olor a alcohol mal destilado, cánticos desafinados y serrín en el suelo.

Por Mazarelos entraban en la ciudad "los buenos vinos de la Ulla y del Ribeiro"

Si nos referimos al siglo pasado, el Franco fue una calle indigna de la monumentalidad de Compostela hasta bien avanzados los años 80, de ahí que los oriundos la esquivasen cuando paseaban con invitados foráneos para evitar a los borrachines habituales, a los, que con la ronda avanzada, la escueta rúa se les hacía más estrecha si cabe. Por eso me parece una acertada metáfora que su resurrección contemporánea tenga tanto que ver con una de las pocas tabernas que todavía hoy conservan el auténtico sabor del vino de cunca. A principios de los 90, sobre las mesas de O Gato Negro, el entonces conselleiro Vázquez Portomeñe bosquejó sobre unas servilletas de papel las bases del que poco después se convertiría en el Xacobeo 93, un proyecto laico que, respetando la tradición religiosa y usando como punta de lanza el atractivo patrimonial de Santiago y el Camino, puso en el mapa turístico a la aldea más bella y universal. Ya sé que suena algo excesivo, pero es tan radical como cierto que hace exactamente veinte años al Franco dejaron de llegar camionetas con barriles de vino y comenzaron a entrar auténticos convoys de turistas y peregrinos, y con ellos, carretillas, esta vez llenas de dinero. Hubo algún perezoso que conservó algún tiempo más aquellos baños desvencijados de caída libre, pero poco a poco, a fuerza de ver cómo despabilaban los propietarios que estaban azuzados por el recambio generacional, las desastradas tabernas con mesas de formica fueron dando paso a otro modelo de hostelería más aseado en todos los sentidos, más profesional y más presentable.

Manolo, de O Gato Negro, con los barriles de vino

Ya se sabe que la Historia la cambia la gente de a pie, pero los “antes y después” los definen los personajes relevantes y sus hechos. Algo así debió ocurrir la cálida noche en la que los otrora felices reyes de España, de visita en la ciudad en julio del 2003, decidieron salir del Hostal a la hora de cenar y, atravesando el Obradoiro como una pareja bien avenida, dieron con sus reales posaderas en los taburetes de O 42. No fue una elección casual, ya que se trata de una de las primeras tabernas que se atrevió a renovar su estilo sin perder la esencia, recuperando la piedra vista en las paredes sobre las que se puso de moda colocar moneditas que ya no llevaban la efigie monárquica, sino el perfil de la fachada barroca de la Catedral, todo un triunfo del pueblo.

Los reyes saliendo de cenar de O 42 en el verano del 2003

A esa etapa de renacimiento siempre le acompañó la polémica, porque el Franco continuó siendo un concepto de hostelería muy amplio, para bien y para mal, en el que pagaban muchos justos por algún pecador que siguió creyendo que esos señores altos y rubios que hablaban raro y que llegaban con el buen tiempo eran tontos del higo a los que se les podía tomar el pelo con el producto y con la cuenta. Cada verano trascendía alguna clavada monumental a un grupo de extranjeros, amparada casi siempre por los difusos precios del marisco, gestos cortoplacistas que tiraban por tierra el trabajo de respetables profesionales que entendieron que acabar el día desparramando el cubo con el agua sucia a los sumideros de la calle era un mal negocio para todos.

Pepe Noya (izquierda) recibe al ex futbolista Paco Buyo en A Barrola, uno de los locales de referencia y de encuentro de compostelanos y visitantes

Pero la prueba latente de que el prestigio de las rúas del Franco y A Raíña mejoró y que dieron en la diana fue que con el tiempo se llenaron de compostelanos que renovaron su confianza en estos locales, dándoles sustento y ambiente incluso en temporada baja.

El equipo del San Jaime, liderado por una familia que apostó por la renovación de sus locales en los últimos años

Y utilizo el pasado con criterio, porque de un par de años a esta parte la saturación del modelo se ha hecho evidente. Un ejemplo: entre las dos calles se cuentan algo más de medio centenar de bares y restaurantes, y el pasado martes, a las diez de la noche, había 23 establecimientos cerrados, aunque solo uno de ellos de forma permanente. Los que saben de este negociado aseguran que al menos una decena de propietarios traspasarían hoy mismo el tinglado de buena gana, y es posible que unos cuantos más hayan reparado ya en que lo más inteligente en estos momentos sería entregar la cuchara, pero no lo hacen confiando en un verano que se antoja complicado.

Los más listos y perseverantes han empezado a cambiar, iniciando una segunda transición inevitable. El París, por ejemplo, ha mudado su decoración y hasta tiene una programación de espectáculos que atrae a los más jóvenes. El Dakar, en el otro extremo, sigue anclado en el café rutinario y en su decoración ochentera. Entre uno y otro, un desierto de creatividad separa a esta calle que, aún teniendo algún oasis de animación, buen hacer y buen comer, empieza a ofrecer preocupantes signos de decadencia. O reaccionan pronto o nuestros hijos solo podrán hablar de oídas de un Franco que, este sí, vale la pena recordar.

Buenas noches.

En la imagen de los 70 (cedida por Genoveva López), ilustres del taceo como el librero Gonzalo, Alfredo López (propietario de O 42), Maximino Castiñeiras (O poeta de Amaía), Paz Cans (pintor) y Pepe Alvite (periodista), entre otros

PD. Un guiño literario con casi cien años de historia para los que padecen el invierno compostelano.

“-¿E logo? Se extraña usted, claro está. A todos les ocurre lo mismo cuando vienen por primera vez.  Piensan que en Santiago no es posible divertirse.

-¿Con la lluvia, las calles a oscuras y esta tristeza…?

-Con todo eso señorito. Tristeza hayla, no se puede negar, agua del cielo también cae abondo, más para estar alegre basta con que uno tenga alegría. En teniendo el cuerpo contento, se ríe uno así estén las piedras de la catedral negras de un mes de lluvia… En cuanto a la oscuridad de las calles, hale parecer muy bien cuando lleve aquí una temporadiña y se arme su chollo con alguna rapaza.

-¿Y llueve siempre como hoy?

-Mucho más, lo de hoy es un orballo.

-¿Es verdad que dura muchos días el agua?

-¡Ay!, le hay veces que se le pasa un mes lloviendo. Y algunas más. Pero non pase pena, los primeros días estará usted mal, luego se acostumbrará usted y…

-¡Nunca!

-¡Boh! Es usted un rapaz, y de rapaz se le hace uno pronto a todo”

Conversación entre el tabernero Rafael y Gerardo Roquer, protagonista de “La casa de la Troya”. A. Pérez Lugín. 1915

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Entre copa y copa, panes como hostias

22 de Marzo de 2013 a las 5:51

Confío en morirme sin saber qué se siente después de pegarle una buena paliza a alguien. Pero a falta de carácter pugilístico también pienso que aporrear un teclado de vez en cuando puede ser un buen sparring sustitutivo. En ocasiones es un auténtico placer, incluso un abuso intelectual, escribir ofendiendo a discreción con la certeza de que los aludidos son unos contrastados ignorantes que nunca te van a leer. O que lo van a intentar y no van a comprender el mensaje del todo bien. Por eso le voy a dedicar unas palabras a los mastuerzos iletrados que el pasado sábado le endosaron una irracional tunda a unos chicos que estaban de copas en el casco histórico compostelano. Escribo y rubrico, sin temor a represalias ni a equivocarme, que hablo de unos perfectos retrasados mentales. Analfabetos sociales que deberían llevarse un buen revolcón judicial y una generosa humillación pública por su comportamiento anacrónico y salvaje, más propio de las películas del Oeste o de un videojuego bélico, de ciencia ficción en todo caso. Lo ocurrido hace unos días en la Rúa Nova conformó por unos minutos un impecable compendio de subnormalidad digno de una tesis de zoología Neanderthal. Descarto por completo que se trate de homo sapiens adaptados. Imposible que tengan parejas sentimentales con dos dedos de frente y que se comporten con dignidad ante ellas. Tampoco soy capaz de visualizarlos fuera de la manada dándole un beso a sus padres al regresar a sus casas. Impensable. Sus valores personales equivalen, a la baja, al peso de sus propias deyecciones.

Al margen de las lesiones sufridas por los agredidos, lo más doloroso para una comunidad sensata y educada es lo que en el fondo eleva a categoría de noticia la montaraz refriega, que no es otra cosa que el hecho de que supuestamente formen parte de un equipo deportivo, de élite o aficionado, da igual, o que fueran seguidores de una disciplina, el rugbi, con una dilatada tradición universitaria que presume de disfrutar del tercer tiempo más sano y amistoso del espectro deportivo. En el nombre del alcohol esta sociedad, o sus individuos mejor dicho, cometen actos monstruosos, pero en este caso es la premeditación del grupo la que me asquea. La noche goza de suficientes estigmas negativos ganados a pulso como para que los que no la disfruten o que lo hagan transitivamente a través de sus hijos certifiquen cada cierto tiempo en los periódicos que de madrugada ocurren hechos que a la luz del día serían inconcebibles. Con todo, que la actitud de unos violentos majaderos salte a los papeles debería reconfortar a la gente de bien, porque de otra manera, si repartir hostias como panes por la razón más peregrina fuese el menú nocturno de cada movida, entonces sí habría motivos para coger las maletas y largarse a un lugar civilizado. Un motivo más, quería decir.

El problema, siendo puntual, no nos es del todo ajeno, por mucho que en esta ocasión los macarras en cuestión procedan del país vecino y tuvieran brazos como piernas. Cada uno debe saber bien dónde se mete y por quién se deja acompañar, pero me temo que esas escenas agresivas que se expresan cada fin de semana en entornos de ocio, caracterizados por la agitación y el desenfreno, están protagonizadas por los mismos que acojonaron a los profesores en los institutos o en los colegios de aquí al lado; por los que le ofrecen una marimba de leches gratuita al sanitario que defiende como buenamente puede una consulta saturada o que, en un caso extremo y preocupante, ponen de vuelta y media a la parte más débil que convive bajo el mismo techo o incluso duerme en la misma cama. Por eso mismo no deberíamos conceder un milímetro de condescendencia ni socarronería. A esos chuletas que por las noches empujan con desprecio, que faltan al respeto a hombres y mujeres sin reparar que les falta una talla de camiseta para que la sangre les llegue al cerebro, a esos que miran desafiantes si les derramas la copa o que reaccionan airados ante un encontronazo casual, solo se les puede decir una cosa: muchachotes, las mismas ansias para leer.

Buenas y pacíficas noches.

David García Cea es el segundo por la derecha y le acompañan en la imagen sus colegas del Zona Vella C.F, el equipo en el que juega de portero. Un club de fútbol de Segunda División Autonómica que el pasado 4 de marzo recibió en el Concello de Santiago un premio a la deportividad. Doce días más tarde fue apaleado en la Rúa Nova tras un roce en un local de la ciudad. Los médicos le pronosticaron graves lesiones en el rostro y el aplastamiento de dos vértebras. Tras cinco días en el hospital, deberá pasar tres meses de absoluto reposo en cama. Ánimo, Cea.

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Los jueves de Santiago se quitan del medio

15 de Marzo de 2013 a las 3:39

La Rúa Nova de Abaixo una noche de movida en los años 90.

¿Quién mató a los jueves de Santiago? Fuenteovejuna, señor. O entre todos los matamos y solitos se murieron, como se prefiera. Compostela tuvo una merecida fama de ciudad con una intensa y alocada vida nocturna entre semana, pero incidir en esta idea sería un gran engaño para los nostálgicos retirados que en alguna ocasión hayan sido parte activa de aquellas improvisadas manifestaciones de ocio que acababan con calles cortadas con la fiesta como única reivindicación. Los jueves son ahora un solar en destrucción tras desinflarse una burbuja copera en la que la crisis, es cierto, está haciendo su trabajo con tenacidad, pero habría que estimar unas cuantas claves más complejas que han convertido a la capital gallega en una ciudad normal, por no decir vulgar, en la que se sale los viernes y sobre todo los sábados, como Dios manda.

Antes de explicar por qué la movida de los jueves ha decaído hasta la extinción hay que preguntarse por los motivos que provocaron que en los 80 y 90 salir de copas los jueves fuera un infierno, lo que hacía mucho más recomendable quedar para callejear los martes o los miércoles, que sin exagerar podrían asemejarse a un viernes en la actualidad en cuanto a masa juerguista. En aquellas décadas coincidieron dos circunstancias notables: Santiago crecía exponencialmente en torno a una bisoña Administración autonómica (consellerías, hospitales, organismos pujantes como la televisión) en cuyas sedes se meneaban jovencitos que rondaban los 30 y que hoy echan canas y tachan los meses que les quedan para la jubilación. Había dinero fresco y los intereses de las hipotecas, instalados en los dos dígitos, eran un suicidio económico y vital. Al mismo tiempo, la Universidade de Santiago era una comunidad gigante que superaba los 40.000 miembros en una ciudad que nunca llegó a los cien mil vecinos de derecho. En muchas facultades era habitual que el horario académico de los viernes estuviera despejado, y en las más grandes (Empresariales, Derecho…) había dos turnos, de mañana y de tarde. Cuando las clases eran vespertinas sobraba tiempo para reflexionar en la cama. Si tocaba madrugar, solo había que buscar un compañero con buena letra y reservar unas pesetiñas en mayo para las fotocopias. Las convocatorias de exámenes a lo largo del año eran anárquicas, la asistencia a las aulas, masificadas, era más insalubre que obligada, y solo había que desgastar los codos con la primavera avanzada, así que las noches de fiesta eran un no parar. Además, el perfil de aquellos universitarios era diferente, más urbano y rico, ya que procedían mayormente de las ciudades gallegas en las que todavía no existían los campus que después han llegado a quintuplicar algunas titulaciones. Casi nadie tenía coche y lo normal era quedarse en Santiago largas temporadas o regresar a casa una o dos veces al mes a lo sumo para dar cuenta en el hogar familiar de que la dieta de espaguetis y tomate Solís era mucho más efectiva que la Dukan.

La Rúa Nova de Abaixo, en el Ensanche, en la madrugada del jueves al viernes 15 de marzo del 2013. 1.00 am. J.C.

Hoy en Compostela hay poco más de 20.000 universitarios matriculados, todos amedrentados por las circunstancias socioeconómicas que les ha tocado vivir a ellos y a sus familias, y que además proceden en su mayoría del área de influencia geográfica. Por eso cada curso quedan más pisos sin alquilar, de esos con minimalistas dormitorios con muebles de pino y unos terribles suelos de terrazo en los baños que se limpiaban dos o tres veces al año mientras bajo el imán de Pizza Móvil de la nevera amarilleaba un calendario de tareas que nunca se cumplía.

Los oriundos también contribuímos a dejar la copa medio vacía. El éxodo metropolitano provocó que los más jóvenes, los que generacionalmente tendrían que estar despendolándose como si no hubiera mañana, vivan en la actualidad a 15 o 20 euros de taxi del epicentro urbano, lo que ha limitado esas madrugadas improvisadas que comenzaban pegadas al flexo de estudio y en las que era habitual acabar abrazando una farola porque algún incauto del piso había cedido a la tentación de bajar a tomar una inocente caña y despejar algún concepto atascado de Derecho Romano.

El botellón, ya en este siglo, hizo el resto. El fenómeno, más allá de otros debates, ha tenido un efecto exterminador, y ahora que la broma de beber barato a la intemperie puede costar un resfriado y una multa de 600 euros se demuestra que utilizar las canchas deportivas del campus para empinar el codo era un callejón sin salida, y además lleno de meadas. Salvo un puente liberador, los martes, miércoles y jueves de juerga en Compostela son historia, para tranquilidad de las familias de bien y menoscabo de la experiencia universitaria, que sin duda se debe forjar en las bibliotecas y en las aulas, pero también en las calles y en las barras de los bares, donde la gente se licencia oficiosamente en conversaciones, risas y besos. En la vida.

Buenas noches.

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Bares buenos, bonitos y, de momento, baratos

28 de Febrero de 2013 a las 0:46

Algo se está cociendo en Compostela, y no es precisamente un centollo de kilo y medio. El viejo local de la cocinera Toñi Vicente ha vuelto a llenarse de gente, ahora bajo el nombre de La Industrial, un atractivo bar de vinos, cañas y tapas que sirve unas copas bastante ricas; Kunsthalle, el local nocturno de moda, también ofrece por el día originales bocados sobre trozos de pizarra, que acompaña con obras de arte, música en directo y animadas retransmisiones deportivas; A Nave de Vidán, por seguir con ejemplos de negocios abiertos en los últimos meses, tiene su propia línea de trabajo, generando eventos alrededor de la cocina para atraer clientela; y Marcelo Tejedor, el restaurador con más talento de la ciudad y con importantes conexiones internacionales, se va a reinventar en cuestión de semanas como taberna gallega con aires orientales, sin las ataduras del menú y las reservas previas. Todo esto tiene un nombre: tendencia. Utilizo esta palabra en el sentido técnico del análisis del mercado, en este caso hostelero, y no como expresión para incluir todo lo que parece moderno, enrrollado o de un gafapastismo subido. Los nuevos locales de Santiago están mudando el formato tradicional, en una baja forma alarmante, y empiezan a explorar fórmulas más cercanas a un público que ya no está dispuesto a sentarse en una silla mullidita y esperar por decreto un rejonazo de al menos 50 euros por persona, así no quepas por la puerta al salir.

Carlos Montilla y David Barro, del Kunsthalle

El fenómeno es interesante, porque las últimas aperturas tienen un inequívoco sabor local y están atrayendo por igual a una clientela de diferentes edades, de corte urbano, pero sin atender a los clichés de sofisticación o de alta capacidad adquisitiva con los que se identifican este tipo de lugares en las grandes capitales. Detrás de estos negocios están empujando con ganas santiagueses de entre 30 y 40 años que están sabiendo captar la atención de sus vecinos, que sufrían atrapados en las cartas turísticas de los calamares, la empanada y el marisco (según mercado) y los escaparates-frigorífico con pulpos desparramados sobre una jarra de cerveza, que todavía quedan. Entre esa oferta trasnochada y los lounge bar, los espacios chillout y otras gilipolleces importadas sin criterio alguno había un hueco más auténtico y autóctono que han ido cubriendo negocios modestos pero entusiastas como O Curro da Parra, Abastos 2.0, La Cavita o A Moa, en los que se podrá comer y beber mejor o peor, pero que están creciendo en el oficio de la mano de sus clientes y que ofrecen, de momento, precios razonables. Difícilmente estos gastrobares, neotascas, tabernas contemporáneas o como se quieran etiquetar ellos mismos van a colgarse del pecho estrellas Michelin, ni van a perpetuarse los cerca de cien años de vida de Casa Vilas, que con su cierre se convirtió en el paradigma de un modelo agotado, pero ya le están comiendo las papas a los que persisten en sus sobrevaloradas cartas de sota, caballo y rey, aunque a los chupitos invite la casa.

Alejandro Loimil, Marcos Cerqueiro, Alicia Iglesias y Hugo Rodríguez, del Abastos 2.0

Modernizarse y evolucionar, que conste, consiste en algo más que poner unas tostas en la barra, desplegar cuatro cubiertos de Ikea en una mesa sin mantel y hacer el paripé con unas cáscaras de lima y una cucharilla imperial al preparar los gin tónics. El modelo tiene que aferrarse a una realidad económica latente, y es que los que todavía apañan cien euros al mes para invertir en ocio prefieren salir una vez a la semana y reunirse en locales animados en los que si quieres gastas ocho, y si estás muy a gusto, ochenta. La otra opción es estallar de Pascuas en Ramos un pastizal en un comedor solitario vigilado por un camarero que con su mirada tristona te recuerda que cualquier comanda pasada fue mejor y más abundante. De esos aguantarán o lograrán remontar media docena, porque de todo tiene que haber, pero el resto, siendo prescindibles, sucumbirán a una facturación menguante más por inacción que por inanición. Ahora y en los próximos años toca una segunda renovación hostelera en Santiago -la primera la propició el Xacobeo 93- pero sobre todo ha llegado el momento de recuperar el trato exquisito con los clientes, de ponerlos en el centro del negocio, desde que entran por la puerta hasta que pagan lo justo, se van y hablan bien a otros de la experiencia, que es cuando de verdad acaba de cerrarse el círculo digestivo de un local próspero. En el fondo, que el modelo cambie es un pequeño triunfo de la gente normal. Lo anormal era que los mejores coches aparcados a las puertas siempre fueran el del dueño del restaurante o el de un conselleiro al que le pagábamos la cuenta a escote.

Buenas noches.

Sergio, Miguel, Álex y Adrián, de O Curro da Parra

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