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La Voz de Galicia
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Los ladrones le meten mano a la noche

15 de noviembre de 2013 a las 0:51

En toda mi vida nocturna he dado con mis huesos en la comisaría de Policía en dos ocasiones. Y ahí se acaba el morbo, porque mi expediente delictivo permanece inmaculado. La primera vez sirvió para que unos mocosos acabaran humillados en los juzgados por causar daños materiales en media docena de coches aparcados, entre ellos, el mío. Su noche loca me supuso una indemnización ridícula, y el papeleo que tuve que aportar resultó engorroso, pero el placer de ver casi dos años después a los dos vándalos escuchando cabizbajos la reprimenda de la jueza pagó con creces mi indignación todavía latente.

La segunda fue el pasado fin de semana, después de cruzarme en mi camino con una rata de las alcantarillas fecales, un grandísimo hijo de perra. Hombre o mujer, no lo sé, solo tengo claro que no vino de cara. Sospecho que se arrimó a mí como una ladilla humana en una zona de paso tumultuosa de mis locales habituales y metió sus sucias manos en mi chaquetón, de bolsillos profundos pero anchos, y hasta el sábado creía que seguros. Encontró un móvil. Podría haber sido la cartera, las llaves de casa o un cepo para alimañas. Pero fue mi teléfono.

Ha sido un trastorno conocido por todos, en esta u otras circunstancias, y aunque creo que he logrado salvaguardar mis datos, del todo irrelevantes, y mi intimidad, sobrevalorada, al final el problema ha ido más allá de la incomodidad o de lo material. Fue doloroso escuchar a mi entorno dudar de mi cuidado por las cosas y prejuzgar, casi por decreto y por el hecho de que fuese de noche, que iba fino. “¿No lo dejarías encima de la mesa de algún bar?” No. “¿Se te habrá caído al ir a pagar? Noooo. “Claro, andáis haciendo el bobo con las fotos y los mensajitos…” Que no, coño, que me lo robaron. Me sorprendió la circunspecta frialdad del agente mientras redactaba la denuncia. “¿A qué hora dice usted que fueron los hechos?” Entre las dos y las cuatro de la mañana. Aguantó el tipo, pero sé que por dentro estaba rumiando: “Foi boa…”

Ahora escribo con rabia, lo sé, y en caliente hasta me entraron ganas de invadir Polonia, pero una vez superada la ira tuve sentimiento de culpa, que es mucho peor. Compartir mi pena empeoró todo, porque aunque los latrocinios nocturnos vienen de viejo es evidente que se han disparado los casos, que solo engordan las estadísticas de la basura, las que no salen en los periódicos por su escasa entidad. Por cada persona a la que se lo he contado recibí a cambio dos o tres historias similares y recientes, que no consuelan pero que radiografían con precisión la bajeza a la que hemos llegado. Es asqueroso pensar que en un lugar en el que supuestamente te sientes como en casa ya no puedas dejar un ordenador o un bolso colgado de una silla; o que cada vez que te levantas al baño te tengas que llevar la prenda de abrigo porque de otra forma es muy probable que vuele, sea cual sea el perfil social de la clientela que te rodea; y que cuando vas a pagar haya que evitar airear billetes grandes, porque cerca habrá alguien como tú, blanquito y con buen aspecto, que estará atento a tu próximo descuido para meter los dedos donde no debe para cobrarse el cambio. De los paraguas, mejor ni hablamos, porque hemos asumido que en el mundo se ha fabricado uno menos de los que somos, así que si no está el tuyo, te llevas el más parecido y maricón el último. Es de una miseria moral lacerante, pero está ocurriendo en Santiago y en muchas otras ciudades que se presumen tranquilas y seguras. Por eso desde aquí llamo a la desconfianza, a no relajarse nunca, porque es exactamente lo que están esperando de nosotros estos rateros. Y no recibiremos la ayuda ni de la Policía ni de Batman, porque andan patrullando calentitos en el coche pensando en causas mayores, ya saben, perseguir a los que mean fuera del tiesto, a los peligrosos individuos que beben en el banco del parque o a los que aparcan a las dos de la mañana en la parada del autobús.

La lección queda aprendida. Me queda el consuelo de que el teléfono estaba en modo vibración, así que por mí se lo puede meter por el recto. Yo iré llamando, a ver si identifico al interfecto por su cara de placer.

Buenas noches.

Blog recomendado: http://lifeofastrangerwhostolemyphone.tumblr.com/

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Borbón con hielo en la sesión de tarde

8 de noviembre de 2013 a las 2:07

Cómo nos gustan los personajes canallas. Solo así se entiende que en estos momentos el miembro de la Casa Real que despierta las mayores simpatías ciudadanas sea el primer nieto del rey, Felipe Juan Froilán, del que solo se conocen sus travesuras infantiles, incluido un simbólico disparo en el pie. Ahora se sabe también que a sus 15 años despunta como mal estudiante y relaciones públicas en la sesión de tarde de la discoteca madrileña Joy Eslava,  tal como trascendió esta semana. Debería darnos igual lo que haga el chaval, a quién patee o el uso que le dé a los pinchos morunos, pero su última muesca en el currículo me ha servido para recuperar la memoria, para que luego digan que la monarquía es completamente inútil.

Una careta de Annonymus como las que vende Felipe Marichalar en la sesión de tarde de Joy Eslava.

A su edad, entre las seis y las once de la noche, sábado tras sábado, derramé mis primeros botes de gomina sobre el pelo, me puse chaquetas con hombreras y bailé agarradito el Wonderful Life de Black, tres hitos vitales que bien podrían explicar que aquellas sesiones de tarde de discoteca estuvieran guardadas en mi lóbulo del fondo a la derecha. Pero ocultar que disfruté como el enano que era, como ahora hace Su Excelencia, significaría olvidarme de mis inolvidables camaradas de las primeras quedadas, de los flirteos torpes e inocentes con chicas que tenían la lengua de colores por el Pippermint o el Licor 43 y de algunas mentiras piadosas al regresar a casa con los ojos vidriosos. Pero sobre todo estaría renegando de mi primer morreo. Creo firmemente que uno nunca debe olvidarse de su primer beso con lengua, y a poder ser, tampoco del último.

Los padres del muchacho están preocupados por sus actividades lúdicas y su marcha en los estudios, como me imagino que estarían los míos entonces, pero estoy convencido de que este no va a ser su drama, como no lo fue el mío ni el de toda una generación de espabiladillos nacidos en los 70 y 80 que forjamos el carácter en las aulas y en las canchas deportivas al aire libre, pero que también nos divertimos bajo una bola de espejos y luces de colores estirando los minutos para estar a las once en casa. Ahora las cosas son diferentes porque los padres-taxistas tienen estresados a sus hijos hasta la mayoría de edad en una montaña rusa de actividades que en realidad solo sirven para mejorar la destreza de los progenitores para aparcar el coche en doble fila. Esta frenética agenda académica, más propia del Heredero de la Corona, aporta formación a los chavales en una etapa de desarrollo determinante, no cabe duda, pero nunca enseña los reveses de la perra vida que les espera. Los que abrimos los ojos en Santiago al mundo adulto en los años 80 tuvimos muchas menos opciones, y antes de decantarnos por las letras o las ciencias la vida nos obligó a decidir entre la sesión de tarde de la discoteca Laesquina (Romero Donallo con Frei Rosendo Salvado), que era pija a rabiar, con sus Vespinos a la puerta, sus 501 y el impecable olor a Don Algodón; o la de Apolo (aún hoy junto a la plaza Roxa) más popular, abierta al mundo real y a veces hasta barriobajera. Aquello sí era tomar conciencia de clase. Esta disyuntiva suponía decidirse entre soñar con niñas intocables de revista, con sus melenas lisas, los jerseys de Benetton holgados y sus zapatos Privata, o rozar los atrevidos labios de la clase media más curtida en la calle y en el cuero, Madonnas que sin pasar los veranos en colonias te susurraban Like a Virgin como si fueran ángeles. En realidad, unos y otros manejábamos el mismo dinero, minucias, así que lo material era lo de menos. Era el gusto lo que se desarrollaba: Larios o LiriosGordon´s o Burdon´s, siempre de pega. O eso, o dos cocacolas a cambio de la entrada, que costaba 250 pesetas (1,5 euros). En esas nos debatíamos. Y bastante mérito tuvimos, porque mientras revoloteábamos entretenidos alrededor de las pistas de baile, en realidad nos protegíamos de las drogas, que llegaban a la ciudad a toneladas con la marea procedente de Arousa, la misma que destrozó a la Generación Perdida, nacida unos años antes, en los 60. Éramos tan cándidos… Nuestro mayor pecado, bendito  sea, fue prepararnos para el Bombay Sapphire para todos que vivimos en las dos siguientes décadas, quizás un poco crecidos de más.

Le he preguntado a mis sobrinos adolescentes si ahora existe algo parecido a lo que vivimos entonces y no saben de qué les hablo. Sospecho que la prohibición de beber alcohol hasta los 18 y el miedo a las fuertes y justificadas multas a los hosteleros que tratan de hacer caja a costa de las neuronas en crecimiento de los niños han sido suficientes argumentos para que los negocios escapen de estas fiestas juveniles, abocando su ocio a los cumpleaños en locales repletos de bolas y, más tarde, a comer pipas y a fumar los primeros pitillos a escondidas en cualquier rincón de un centro comercial a la espera de poder mazarse a gusto en un botellón callejero. Prefiero dejar la reflexión aquí y que cada uno abra y rebusque en su melón. Solo diré que bien está lo que bien acaba, y nosotros tontos del todo no salimos, así que no hay de qué arrepentirse. En todo caso, de las chaquetas con hombreras. De eso sí.

Buenas noches.

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Comer, beber, vivir: qué hay de nuevo en Santiago

24 de octubre de 2013 a las 23:41

Vidas Licenciosas cumple un año. En estos meses he tratado de ser fiel a los singulares principios de un blog que cuenta lo que ocurre en Santiago desde que se guardan los libros, se bajan las persianas en los hogares de orden y se relajan los esfínteres hasta que sale el sol. Un lapso de tiempo que nunca aparece en los medios tradicionales salvo por circunstancias excepcionales, que también las ha habido. En 32 entregas he manipulado argumentos para criticar, adular, añorar tiempos que nunca volverán y sobre todo para reír. Pero también he choromiqueado mucho. Demasiado. Como buen noctámbulo, los brotes verdes los veo más bien pardos, pero con todo debo admitir que en este complicado año han irrumpido iniciativas empresariales que valen la pena y que hay que revisar y revisitar, si es que ya se conocen, aunque solo sea por salir de casa unas horas para sacudirnos las pelusillas de la sucia rutina.

Javier Montero y Tita Iglesias, del Tragaluz; Javier Míguez en La Bodeguilla; y Marcelo y su equipo

Era visto. En los últimos meses se han consolidado los locales de tapeo, de los que caes al descuido con más preocupación por la compañía y por una cuenta final contenida que por la gastronomía en sí. Ha mudado a ese formato Casa Marcelo, uno de los referentes hosteleros de la capital, y por esa línea aunque con otros objetivos se mueven el San Xoán, en A Raíña, que sustituyó al Celme do Caracol, reubicado en la antigua Casa do Medio. El hostelero Javier Míguez, que ya tenía dos mesones asentados en San Roque y San Lázaro, abrió otro espléndido local, La Bodeguilla de Santa Marta, que mantiene la eficacia y la profesionalidad de siempre con un toque de taberna contemporánea muy interesante. Borja Portals diversificó A Curtidoría con una Cantina en el Ensanche, y los chicos de O Curro da Parra se la han jugado con el Pazo de Altamira, en San Agustín. Se merecen lo mejor, por valientes, igual que sus colegas del Abastos 2.0, que se atrevieron con un restaurante al borde del mar en Carril, el Loxe Mareiro, que se me escapó este verano por problemas de agenda. También besando el Atlántico, un poco más lejos, abrió la tapería Santiago, un pequeño local que dirige Julio Antelo Rivas, que está explorando nuevos horizontes en Río de Janeiro mientras sus hermanos Carlos y Mauro siguen haciendo las mejores caipirinhas de Compostela en el Garoa. Son experiencias extramuros que hablan de un sector dinámico que se busca las habichuelas. Hay otro local, este un poco más serio y consistente, al que le tengo ganas, O Tragaluz, en San Miguel. Lo dirigen Tita Iglesias y Javier Montero, y es una extensión del Texturas Galegas  (Algalia) al que iré más pronto que tarde aunque solo sea por vacilar un rato al nuevo cocinero, el incansable Andrés Fernández, que hasta este verano trabajó en los fogones de El Cayado (Franco).

Xoana Beiras, de La Industrial; Rebeca y Estela, de Tosta e Tostiña; y la gente de Singulario

No se vayan todavía que aún hay más. Ya he hablado bien alguna vez de La Industrial, el local que sustituyó al Toñi Vicente, pero nunca dije que además de dar de comer y beber también ponen una música excelente a un volumen  agradable que invita a liarse con las primeras copas. Bravo por Gonzalo Concheiro y por Xoana Beiras. A pocos metros, en la avenida de A Coruña, ha abierto Tosta e Tostiña, un café con un toque entre afrancesado y preppy que también puede encontrarse en el Dulce Victoria, en la calle Carretas, o en el St. Jacques, en la Rúa Nova 42, donde emerge desde un tiempo atrás el Copas Rotas, un bar para chavales bien puesto y con filosofía low cost. En el denostado Ensanche compostelano tengo que citar el Singulario (antes Las Añadas del Siglo y La Viña de Xavi) que con su vecino Galopín han generado ciertas sinergias en torno al chateo en Fernando III O Santo. En el casco histórico también hay novedades para comer, como A Sucursal, que sustituye de forma romántica a una oficina bancaria rescatada que había en San Agustín, o la franquicia 100 Montaditos (Franco) que ha calado entre los más jóvenes, como ocurre con el Ateneo 30, en Virxe da Cerca, este centrado en las copas y la música en directo. También es muy coqueto para tapear o tomar un café el Cervantes, delante de As Crechas, que sustituyó a una taberna sin gracia ninguna. Me gustó, como ocurre con el pub Chocolate, junto a la Praza de Abastos, que vale la pena por sus combinados pero sobre todo por compartir el mismo techo con la encantadora Marga Balboa; y, entre otros que se me pasarán, está  O Boneco, que por fin ha arrojado algo de luz a un escondido y privilegiado local tras el pazo de Raxoi, a dos pasos del Obradoiro.

Carlos González, de La Atlántica, que está en la Algalia; Martiño Santos y Xosé Gontá, del Vide Vide, ubicado en Fonte de San Antonio; e Iván Domínguez y Iago Pazos, del Loxe Mareiro (y Abastos 2.0)

Última ronda. Como el plan casero está al alza han aparecido nuevas referencias en formato tienda. La Atlántica, en la Algalia, es una pequeña vuelta al mundo alrededor de las cervezas, como lo es con el vino el Vide Vide, en Fonte de San Antonio. Para las tropas de la parrilla, el chorizo criollo y el vuelta y vuelta está el mítico Entrevías, que ha reabierto en O Castiñeiriño, y los que prefieran la profilaxis del centro comercial, ahí tienen toda una planta dedicada a la hostelería  en el centro comercial As Cancelas, en la que destacaré la inminente inauguración de la pulpería Vilalúa, una franquicia que se parió en Santiago en la cabeza de dos de mis mejores amigos de la juventud y que, tras arrancar en Madrid por partida doble y en San Sebastián, abrirá sus puertas en Compostela en cuestión de días. En este caso no me pidan que sea objetivo. Simplemente, pasen y prueben. Y sobre todo sigan buscando alicientes y buenos momentos que, no se engañen, suelen resistirse a llamar a la puerta de casa. Casi siempre hay que salir a buscarlos.

Buenas noches.

NOTA. Amenazo con una segunda temporada de Vidas Licenciosas. Por esta primera quiero dar las gracias a La Voz de Galicia y especialmente a Olalla Sánchez Pintos por sus valiosos consejos digitales y analógicos; y también a todos los amigos, conocidos y espontáneos que compartís conmigo los momentos de ocio, que tras esta experiencia ya no son de esparcimiento sino de documentación. Después de un año, dicen los números de Google Analytics que, sumado el tiempo de las visitas al blog, los lectores han invertido dos años y siete meses de lectura ininterrumpida. Me siento recompensado, solo confío en que alguien más le haya sacado algún beneficio.

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El humo que nos ciega a la puerta de los bares

17 de octubre de 2013 a las 23:26

Los anglosajones son unos verdaderos pioneros a los que les debemos casi todo. También unas cuantas estupideces que chocan con nuestra forma de vivir, más pícara y laxa. Yo les reconozco al menos tres costumbres irritantes: tienen una implacable querencia por dotarse de estrictas normas que además tratan de cumplir; le ponen imaginativos nombres a sus nuevos comportamientos que derivan de esas reglas sociales; y cuando necesitan dar solidez a sus creencias, siempre tienen a mano oportunos estudios de cualquiera de sus prestigiosas universidades que confirman sorprendentes comportamientos humanos y dan jugosos titulares a los medios, que compramos sin miramientos en los países que aspiramos a acceder a la primera división de la civilización occidental.

Hace diez años, en Nueva York, prohibieron fumar definitivamente en el interior de bares, clubes y restaurantes, igual que ocurrió en España el 1 de enero del 2011. En su momento, los americanos, a los que considero inocentones en muchos sentidos, inventaron el término smirting, un palabro fruto de la forzada fusión de smoking y flirting, que trata de describir lo que supuestamente ocurre a las puertas de sus locales públicos: fumar y ligar. La puntilla a mi primera disgresión la pusieron los irlandeses, que tras legislar al respecto a mediados de la pasada década concluyeron en una investigación que un 25 % de las parejas sentimentales que se formaron entre el 2007 y el 2008 se habían conocido echando un pitillito al fresco. Siempre me pareció que atender a esas tendencias era de un papanatismo subido, pero tras dejar un generoso margen a la implantación de la normativa en mi entorno he confirmado que, esta vez, Mister Marshall ha pinchado en hueso.

Pongamos los pies en el terruño: aquí, más que ligar, lo que ha ocurrido es que en el nombre de la salud hemos mejorado la calidad de vida de muchos, pero al mismo tiempo nos hemos pasado por el forro algunas normas básicas de etiqueta y saber estar. Echarle el humo al que está cenando enfrente está feo, pero me resultan más violentas las desbandadas periódicas de comensales que van desangelando las mesas de los restaurantes tras liquidar la manduca para acabar trasladando la cháchara a las puertas de los locales con la disculpa de echarse un cilindrín. Las mesas quedan semivacías para el resto de la velada, arrasando conversaciones y debates que son sustituidos por charletas de ascensor que retumban en la calle a cualquier hora, por si los españoles no hablásemos lo suficientemente alto de puertas adentro. Tomando copas el protocolo no mejora. Haga frío o llueva, los vasos rotos y el vocerío han reconquistado la calle para martirio de los hosteleros, que ahora se juegan importantes multas. Y para colmo de males, las chicas, que ya tenían la costumbre de ir al baño en comandita, también han decidido salir al exterior en pareja o en grupo a aspirar los rubios de Virginia. De esta forma, las piezas deseadas nunca terminan de descolgarse de la manada, impidiendo al depredador nocturno una cacería eficaz, que eso lo aprendí yo en los documentales La 2. Con todo, no creo que un tipo feo, tímido y sin habilidades para la seducción tenga más oportunidades de triunfar una noche a la puerta de un bar rodeado de un estercolero de colillas, así se ventile dos paquetes. Torpe indoor, torpe outdoor, le diría yo a los sabios doctores británicos en psicología y medicina, que también intentaron transmitirnos su preocupación por el improbable hecho de que estas dicharacheras reuniones a pie de calle estuviesen generando nuevos viciosillos del cigarro que todavía creen que dar caladas y soltar el humo con estilo da puntos en el juego del amor. Estos nuevos adictos, si es que existen, deberían hacérselo ver por idiotas, no por fumadores.

Tengo serias dudas de que la ley antitabaco haya aumentado la capacidad afectiva de este país desencantado. Si acaso, más que un pilladero, hemos convertido los encuentros a las puertas de los bares y de los centros de trabajo en un gallinero en el que rajar a gusto del prójimo, que es algo como mucho más nuestro. <Ocho de cada diez españoles aprovechan el tiempo del pitillo para criticar a sus jefes y a sus parejas>. Ese factible titular sí me lo creería. Decididamente, con estos estudios sociológicos importados pasa lo mismo que cuando traduces una canción de amor en inglés: todo resulta mucho más ridículo.

Buenas noches.

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Fiestas de estudiantes en pisos de papel

4 de octubre de 2013 a las 1:23

Hay semanas en las que es complicado sentarse a escribir sobre las fruslerías de las que me ocupo en este espacio. Por falta de tiempo, de humor o por abatimiento colectivo. Pero cuando menos te lo esperas la inspiración te llega desde arriba. Concretamente desde el 6ºB. Si alguna vez en la vida alcanzo notoriedad mediática por el motivo que sea, algún avezado colega irá al encuentro del valioso testimonio de un vecino lareta, y podrán decir de mí que siempre saludaba con educación pero que nunca daba pie a una conversación de ascensor; que ponía la lavadora a horas intempestivas; que por las mañanas rallaba hasta la saciedad con los grandes éxitos de The Beatles; y que nunca me rascaba el bolsillo por las patronales de San Antonio. Tendrán razón. Lo que nunca podrán reprocharme es que haya sido un aguafiestas, al menos los estudiantes que ocupan el piso inmediatamente superior. En los últimos años me han dado contundentes motivos para convertir a mi escoba en un elemento más del universo de mi mesilla de noche: la radio, los libros, el vasito de agua y un mango largo para arrear unos bastonazos al techo cada vez que los ladridos, las carcajadas y la música tres puntos por encima de lo razonable me sobresaltan en la cama. Nunca lo hice.

Donde las dan, las toman. En la vida por supuesto, pero sobre todo en las copas. Yo también las lié pardas en pisos de estudiantes ajenos. Eran hogares interinos por horas para los que nacimos en Santiago, fuimos a su universidad y nunca conseguimos que nuestros padres se emanciparan de su propia casa. Mientras el tiempo aguantaba en el primer trimestre del curso todos preferíamos golfear en los bares, pero con la llegada de las lluvias nos daba por atrincherarnos en esos pisos del Ensanche en los que hacía más frío que en la calle, al calor húmedo de los suelos de terrazo y los muebles de tablero laminado. Minimalismo compostelano de interiores. Eran fiestas de puertas abiertas, con vasos de tubo afanados en el último local del jueves anterior, con radiocasetes que reverberaban en las paredes desnudas y con hielos infames de la nevera que nunca cuajaban para la tercera ronda. Era habitual acabar tonteando a gritos con otras inquilinas a través del patio de luces, la red social nunca patentada por este país. Sin móviles ni correos electrónicos, ahora me parece un milagro de la comunicación que alguien consiguiera organizar una fiesta y que la gente acabara morreando en los descansillos de las escaleras por exceso de aforo. Si hubiese pinchado con mis estudios de letras podría haberme metido a agente inmobiliario de tantos pisos que conocí. Tantos como ahora van visitando cada noche los policías locales de Santiago, donde las citas caseras han recuperado el fuelle tras la prohibición del botellón callejero. Hace dos o tres décadas Compostela era el reino del todo vale, y eran anecdóticas las apariciones de los agentes, que tenían que ponerse serios para que no los confundiésemos con el madero de los Village People.

Ahora sigo vibrando intensamente con esas fiestas, pero de una forma diferente. Metido en camita, con los ojos cerrados y media sonrisa en la boca, puntúo con severidad las diferentes versiones de Sabina que perpetran mis vecinos y sus invitados en el karaoke Singstar de la PlayStation. En vez de contar ovejitas, cuento asistentes a la cita. Tantos tacones, tantas chavalas. Tantos vozarrones, tantos nabos en la huerta. Me da mucha rabia escuchar sus risas, porque nunca me llegan con nitidez las chanzas previas. Como tampoco les pongo cara me gusta imaginármelos a mi manera, más altos, más interesantes y más guapos de lo que en realidad son: unos mocosos con toda la vida por delante a los que envidio sin reparos. Por eso nunca los he querido importunar, por si interrumpo sus sueños, que a estas alturas son más importantes que mis desvelos. Yo, confieso que he vivido. Ahora les toca a ellos.

Buenas noches.

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La dictadura de los DJ en las bodas

20 de septiembre de 2013 a las 3:16

Tengo la prudente costumbre de llegar tarde a las bodas. Creo que es una actitud defensiva, porque soy un tipo permeable que respeta mucho lo que dicen en esas ocasiones los jueces, los curas o los concejales que las ofician, y me da pavor que me convenzan y me entren ganas de contraer. En los banquetes también suelo mantener un perfil bajo, discreto. Como, converso, cojo fuerzas y me reservo para darlo todo en el tercer tiempo, en la fiesta, que es en el fondo lo que esperan de mí. Soy un buen invitado de banquillo, un suplente siempre preparado para revolucionar el partido y catapultar el evento cuando los nudos de las corbatas se relajan y las mujeres ponen a prueba su destreza con los tacones, unas horas de presunta diversión que en unas ocasiones han resultado delirantes y en otras han supuesto una verdadera decepción.

Los novios tienden a desestimar este momento que considero determinante en el éxito de una celebración así. Un cura o un edil tostón tienen un pase. La decoración, carísima, es solo eso, un aderezo. ¿Quién se acuerda de las viandas al día siguiente? En el peor de los casos nos preocupan los tiempos entre plato y plato, cuanto más dinámicos, mejor. Pero, ¿es posible llevarse un buen recuerdo de una tarde o noche tan relevante cuando el baile es un cementerio en el que solo se menean los niños inquietos y el tío político chisposo que se ha entonado más de la cuenta? Me consta que los contrayentes suelen organizar todos los detalles hasta que negocian la barra libre, la música y la hora de cierre. A mamarla a Parla, deben pensar cuando llegan a ese punto del guión del que, supuestamente, es el día más feliz de sus vidas. Cometen un grave error. Que el lubrigante o el solomillo sean óptimos o incomestibles tiene fácil solución: se zampan o se dejan en el plato y listo. Si la sobremesa se alarga con el ridículo protocolo del ramo, la tarta y las cada vez más engorrosas fotos de la infancia, pues se aguanta uno. Pero si el DJ abre la sesión de baile con el Te casaste, la cagaste, entonces el drama no ha hecho más que comenzar y tendrá poco arreglo. Es incompatible aspirar a celebrar una boda con estilo (cada uno el suyo) gastando miles de euros en detalles insignificantes y permitir que suenen clásicos de tan mal gusto como el citado.

¨El pincha es de confianza y os pondrá lo que queráis¨, suelen prometer en los hoteles y restaurantes que se dedican a estas grandes mascaradas sociales. Mentira cochina. Va a sonar lo que les salga de la brenca, lo tengo más que comprobado. El problema es que solo saltan las alarmas cuando ya ha abusado con dos temas de Raffaella Carrá: ¨Para hacer bien el amor hay que venir al sur…’’. ¿Ustedes han escuchado con detenimiento esa canción? Pocas más inapropiadas. Ahora bien, si les llamas la atención amablemente utilizarán su primer comodín, el del público, que no es otro que apelar a la conexión con las generaciones más veteranas. ¿Acaso las abuelas han saltado poseídas a la pista al reconocer el hit de la italiana? Pues eso. Las sesiones suelen seguir por derroteros infumables en los que solo se salva el Dancing queen de Abba: ¨You can dance, you can jive, having the time of your life, uuu, see that girl, watch that scene, diggin the dancing queen…’’ ¿Se saben la letra? No. ¿Entonces qué coño anda cantando la gente? El despropósito, que no entraba en el menú, está servido. 

Los DJ que trabajan en este tipo de celebraciones suelen ser unos ladinos que se las saben todas. Solo hay que verlos ufanos detrás de las cabinas enlazando topicazo tras topicazo, clásicos o del momento, que ellos consideran que funcionan por decreto. Pero en un punto de la fiesta empiezan a empequeñecer detrás de la cabina, se esconden bajo los cuellos de la camisa y comienzan a esquivar las miradas. Sucede cuando llega el momento de las sugerencias. Entonces me ganan para su causa, porque la sarta de soplapolleces que tienen que escuchar se las trae. Que si soy el padrino, pago, y quiero que pongas esto o aquello, que si soy amigo del novio y el tío se haría pirata si sonara el Highway to hell de AC/DC o cuando las damas de honor se empeñan en revivir aquel baile coral que matizaban en las sesiones pueriles de discoteca. Es una pequeña dictadura musical, un ¨Follow the leader-leader-leader, follow the leader¨ cuya única utilidad es determinar el premio MPV de la boda: Muy Poquita Vergüenza.

Bienaventuradas parejas: igual que os preocupáis del ramo, del traje, de la tarta, de los discursos y de probar previamente el menú, sentaos una tarde a negociar con el DJ de turno y agarradlo bien fuerte de la entrepierna como si fuera un acusado en el banquillo. ¿Te casaste, la cagaste? No cobras. ¿King África? Tampoco ves un can. ¿Raffaella Carrá? ¿Vas a castigarnos con Raffaella Carrá? No hay más preguntas, señoría.

Buenas noches.

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Los tarugos se hacen fuertes en Sanxenxo

6 de septiembre de 2013 a las 3:07

A pocas semanas de ponerme el pijama de otoño, antes de que mis dedos desentrenados recuperen la palidez del folio en blanco, siento la necesidad de desparramar sobre las noches estivales para retirarme a gusto a mis cuarteles de invierno, en Santiago. Desde la adolescencia he peinado a conciencia de junio a septiembre las localidades gallegas más dicharacheras, mayormente en las Rías Baixas, desde Noia hasta Baiona. Cada pueblo es distinto a otro, y todos se caracterizan en verano por acoger a compostelanos que han ido haciendo suyo un trocito de costa. Es conmovedor el localismo de prestado con el que mis amigos y conocidos picheleiros van colgando en las redes sociales fotografías de sus pies acariciando la arena de las playas de su infancia, o cómo se geolocalizan en sus bares favoritos, que adoran porque las copas todavía se pagan con el cambio del tabaco, que ese vicio sí, es igual de caro en todas partes.

De todos estos lugares hay uno que nunca deja indiferente, que marca paquete más que ningún otro. Sin ser un sanxenxólogo de pedigrí, creo que ya he acumulado horas de vuelo raso para que mi radar confirme que, como muchas otras cosas en estos tiempos, la noche de la capital turística gallega se está echando a perder. Vaya por delante que a mí me gustó, y por eso duele comprobar su preocupante degradación hasta convertirse en La Meca aspiracional de todo tarugo que se precie. Aquí no hay lugar al debate entre pijos y paletos, entre el Dux y el Deluxe, entre maduritos tostados que pimplan Martin Miller´s o chavales que paladean ron Negrita a morro por un botella de dos litros del Dia. No es eso. El tarugo nocturno, hombre o mujer, es un especímen que se ha colado transversalmente en todos los estratos y tendencias con una capacidad camaleónica para adaptarse al medio. No los descubrirás por sus pantalones rojos, ni por llevar pendiente y una camiseta prieta, ni por las milimétricas minifaldas. Tanto da que suene Juan Magán o Daft Punk: por sus excesos los reconocerás. La mala educación no es rural o urbana ni tiene nada que ver con la cuenta corriente, solo es mala educación, y cuando en el cóctel se juntan el alcohol, las drogas en ocasiones, la música a toda pastilla y dos neuronas descarriadas, el resultado es la bravata física y verbal, el constreñimiento mental y el atropello al prójimo. Eso está pasando, lo estamos viendo y se constata cada mañana en los periódicos, en los que Sanxenxo ya ocupa más tinta por la testosterona mal canalizada de la chusma copera que por los plácidos paseos de Mariano Rajoy. Allí, al final del paseo de Silgar, de un par de veranos a esta parte los borregos violentos cardan la lana y los de Boiro se llevan la fama.

Es el sino de Sanxenxo, un estupendo lugar que siempre vivirá bajo una lupa escrutadora por su merecida fama de acoger a la cada vez más birriosa élite gallega aderezada con gente de orden y presuntas buenas formas procedente de la meseta. Cuando había dinero y sangría para todos alguien tuvo la feliz idea de concentrar en el puerto los siempre ruidosos locales nocturnos con la disculpa de no espantar a ese veraneo familiar que vive ajeno al frenesí de la madrugada y que dejaba pasta de verdad. Pero en los ocho años que lleva abierto esa suerte de Disneyland de la movida el deterioro, la vulgaridad y el lío por el lío se han hecho fuertes hasta dejar en nada cualquier atisbo de ocio amable. La prueba del nueve llega a las siete. Solo hay que ver las caras de frustración y furia con las que sale la grey del recinto portuario, inflamados tras atiborrarse durante horas de electro-latino. Cuando se cruzan con un chisposo la deflagración está asegurada, y si la sangre no llega a la ría, serán las papeleras, los coches, las propiedades o cualquier incauto de buena mañana, como ocurrió hace una semana, las víctimas de unas bufonadas que destilan más rabia que gracia. ¿Qué esperaban de la noche estos neomastuerzos que en vez de relajarse con el movimiento de los yates y la brisa marina se ponen como hidras descerebradas que no tienen parada ni respeto por nada? Esas actitudes desafiantes, autoritarias y por momentos violentas tienen un nombre en la infancia hogareña: es el síndrome del emperador. Cuando se da en la mayoría de edad, al aire libre y en manada hablamos de un caso claro de taruguismo, un mal que, a diferencia de las vomitonas y las meadas, no desaparece con la manguera y la barredora automática. Diagnosticado.

Buenas noches.

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Teléfonos de chicas a las que nunca llamé

21 de junio de 2013 a las 3:11

¿Quién será Vanessa Blaster?  ¿Y Marta Morena? ¿Qué me decís de Patricia? Así, Patricia a secas. Su número empieza por 650 y acaba en 3. ¿Sabe alguien de quién se trata? A estas alturas cualquiera de ellas podría ser la madre de mis hijos, pero la ocasión se perdió. Sus teléfonos llevan años en mi agenda y han ido sobreviviendo de móvil en móvil, por si un día llaman. No les pongo cara, ni cuerpo, ni lugar. Bueno, sí, a Vanessa sé dónde la conocí. Y Marta tenía el pelo oscuro, eso seguro. Pero nada más. Solo sospecho que alguna noche loca flirteé con ellas y bien sea por cortesía o por un fugaz interés ahí se quedaron archivadas para siempre. Quién sabe si eran sus verdaderos nombres o sus auténticos números. Ni una triste llamada, ni un lánguido mensaje. Han naufragado, quizás para su fortuna, en la agenda de mi teléfono y en algún rincón de ese desconocido 90 % del cerebro en el que debe haber una nebulosa puerta a la que van a parar todas esas cosas banales que hacemos y decimos por las noches.

Un conocido al que aprecio, que es un auténtico tiburón nocturno y con el me gusta enredar un rato cuando coincidimos, me dijo una madrugada que para evitar confusiones, que las tuvo, ya no quería conocer a más mujeres cuyo nombre empezase por M, letra que tenía saturada. “A mí las Kelly y las Whitney del mundo”, proclamó. Sigue soltero el muy fanfarrón, que como yo vivió otros tiempos en los que el protocolo era muy distinto. Sinceramente, no me explico cómo salieron adelante mis noviazgos de adolescente. En la época en la que llamábamos a lugares en vez de a personas estas cosas no pasaban. A buenas horas íbamos a interpelar a un señor malhumorado para saber si su hija estaba en casa habiéndola conocido la noche anterior, porque siempre surgía una pregunta incómoda: “¿De parte de quién?” Del gilipollas que intentó benefeciarse a su hija hace unas horas y del que quizás ni se acuerde.

Ahora las cosas son mucho más sencillas, aunque cuando vas a echar el pantalón a la lavadora ya no aparecen papelitos con un teléfono, un nombre y un corazón garabateado que te roba una sonrisa. Hemos cambiado la caligrafía por simpáticos emoticonos que sirven para testar si todavía existe receptividad al otro lado o si solo conseguiste el número en un momento de baja estima propiciado por una noche subida de copas. Si no contesta, tiene novio, la muy perra. Y si el intercambio de tonterías se intensifica, pronto surge la oportunidad para saber algo más, para fijar una cita o para quedar emplazados a otro encuentro de todo menos casual. Y después, que sea lo que dios quiera.

 

Confieso que he llamado poco el día después. Mensajes, los justos. Por pereza unas cuantas veces, y por timidez la gran mayoría. Y eso que guardo un puñado de teléfonos tan interesantes como sus propietarias, que perviven perfectamente identificadas en mi memoria, y alguna en mi corazón. En los días de debilidad sentimental tengo la tentación de lanzarles una llamada de rescate que no parezca desesperada, pero cuando mi dedo acaricia la pantalla siempre me imagino que al otro lado me saldrá una operadora diciendo: “Información Movistar, el número que usted ha marcado no corresponde a ningún cliente. Y para que lo sepa, la anterior abonada ya está felizmente casada. Inténtelo de nuevo más tarde”.

Buenas noches.

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El gatillazo callejero de la Rúa Nova

13 de junio de 2013 a las 11:53

Como San Pedro, hasta en tres ocasiones me negué a subir a este blog la fotografía que está saltando de retuit en whatsapp en las últimas semanas, sobre todo entre los usuarios digitales y de redes sociales de Santiago. No me inspiraba nada, más allá del comentario jocoso. Me la enseñaron en diferentes teléfonos móviles y me la enviaron a través de mis cuentas de correo electrónico, profesionales y personales, pero me pareció anecdótica y me olvidé del asunto. Sin embargo, por los caprichos tecnológicos del señor Steve Jobs, se quedó atrapada en el carrete de imágenes de mi IPhone. Esta semana, tras conectar el terminal a mi ordenador, saltó de nuevo a mi pantalla de 15 pulgadas. Cuando iba a eliminarla para siempre, admito que me detuve en los detalles. Ya sabrán de qué va el grueso de la escena: dos jóvenes despatarrados de madrugada sobre las piedras de un reconocible casco histórico compostelano practicando sexo sin importales la presencia de varios viandantes alrededor. A alguno de estos sorprendidos peatones nocturnos le faltó tiempo para desenfundar su cámara y reflejar el polvo callejero, que por otra parte no tiene nada que no nos haya enseñado Almodóvar. El ejercicio de rabioso periodismo ciudadano saltó de forma inmediata a la galería de morbosas curiosidades de la noche compostelana (ver el artículo “Se lo que hicisteis la última noche”).

La imagen en cuestión, autocensurada, lleva varias semanas circulando por las redes sociales.

Una de la primeras técnicas que se aprende en mi degradada profesión es la de la pirámide invertida. Consiste en estructurar la noticia respondiendo a las que en el mundo anglosajón denominan las 5 w [Qué (what), quién (who), cuándo (when), dónde (where) y por qué (why)]. Enseguida me di cuenta de que en esta no noticia gráfica pinchaba, además del muchacho, una de estas cinco patas. La entradilla sería sencilla: una pareja a la que por fortuna no se le reconoce practica sexo hace aproximadamente tres semanas en una calle de Santiago porque le da un apretón. O simplemente porque le da la gana. Bien, pero, ¿en qué calle exactamente? Ahí es donde patinaron los divulgadores de la imagen. De forma insistente se dijo en los comentarios que acompañaban al documento en diferentes soportes sociales que la escena tuvo lugar en la Rúa Nova, a pocos metros de un conocido pub en el que funciona aquello de que el roce hace el cariño. Gatillazo en toda regla. Como estos dos fogosos jóvenes, también soy un apasionado de todas y cada una de las piedras del casco histórico de Santiago, aunque de otra forma. Se me resistió un poco, pero finalmente di con el lugar del desenfreno: se trata de la rúa de Santo Agostiño, a un paso de la Praza de Abastos, entre las puertas de la iglesia y la del colegio mayor del mismo nombre.

El lugar exacto en el se captó la imagen, junto a la puerta del colegio mayor San Agustín.

La rúa de Santo Agostiño. Y al fondo, la rúa das Ameas, junto a la Praza de Abastos.

Reconozco que me siento un tanto contrariado por contribuir a divulgar este chascarrillo digital, pero tengo el vicio de poner cada cosa en su sitio, en este caso en la calle correcta. Así que si  he molestado a alguien, que sepa que en mi descargo citaré a declarar a un testigo cercano, San Agustín, que dijo: “Ama y haz lo que quieras; si callas, callarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor”. Pues eso. 

Buenas noches.

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Viaje en el tiempo a los bares de las galerías

7 de junio de 2013 a las 3:26

Como si fuera un bloguero de raza, me ha dado por lanzarme a la noche en busca de experiencias. En realidad nunca he dejado de hacerlo, pero después de veinte años en los que, como las cabras, he ido tirando al monte Libredón del casco histórico, mis zapatos han vuelto a pisar el pegadizo suelo de las galerías del Ensanche compostelano, ese submundo interior repleto de pequeños bares en las inmediaciones de la plaza Roxa. De alguna manera me debía ese viaje a las catacumbas de mi vida tardoadolescente. Quién sabe, si me hubiese saltado aquellos primeros escarceos en las barras quizás hoy fuese un acaudalado deportista retirado a punto de sacarse el título de entrenador, o un brillante cirujano con un chalé de piedra en Ames y un monovolumen con tres filas de asientos para mi dulce mujer y una recua de niños. Pero no, siendo todavía menor de edad me dejé atrapar por las redes marineras del Berberecho, que para mi sorpresa siguen allí en el techo tres décadas después. Sospecho que ya no pescan como a finales de los 80, que eran años loquísimos y de verdaderas multitudes, pero percibo que el bar de Juan y Nieves todavía es el primer refugio de juventud de muchos estudiantes, como fue nuestro caso. Sus dueños conservan su entrañable mala hostia y encajan con cintura todas las cretinadas propias de esas edades. Recuerdo que los viernes, después de comprar unos pitillos sueltos en el quiosco, nos atrincherábamos en sus mesas bajas a soplar Submarinos y a destripar pipas, que eran el vicio menos peligroso. Tenía 16 años y creo que entonces era legal beber alcohol, y si no, a nadie le importaba. Como ahora, había poco dinero, así que bajarse con pajitas entre cuatro mastuerzos una jarra de cerveza vitaminada con Larios (costaba 250 pesetas-1,50 euros) era un buen negocio para el gaznate. Cuando llevábamos un par de rondas tocaba aliviar en los baños, que no se lo pierdan, están exactamente igual: oscuros, malolientes y con una de esas plataformas de caída libre con un agujero en el suelo que creía extinguidas en la hostelería del siglo XXI.

La salida del Berberecho, en la rúa Nova de Abaixo

Siguiendo mis propias huellas de dinosaurio continué por la calle abajo y me dirigí a la que era otra de nuestras paradas habituales. Me quedé en mitad de la escalera. Debí sospecharlo al asomarme y no escuchar los latigazos del futbolín: el Faíscas lleva unos cinco años cerrado. Me lo contó David, el propietario del Gasteiz, que me pilló husmeando por las galerías Pasaje y que me afeó con mucha amabilidad el no haber incluido a su bar en el artículo sobre los locales que resisten la crisis. Solo con la caña a la que insistió en invitarme no me hubiera ganado para la causa, pero me gustó su honestidad y el hecho de que estuviese sonando la Credence. Él mismo, que lleva veinte años bregando en la noche, lamentaba que los locales vecinos estuvieran chapados desde mucho tiempo atrás: nada menos que el Merliño, que ponía un curioso vino que llamaban Blues por 50 pesetas (0,30 céntimos), y el Pachi´s, que abrió a principios de los 90 como abrevadero universitario de referencia. Entre unos y otros, en mi época juntaban más tropa que la que me encontré en mi revival de jueves noche por el sur de la ciudad. En ese páramo deteriorado, el Gasteiz sigue respirando, así que sirvan estas líneas para reparar mi error por haberlo ignorado como superviviente de un pasado que irá ensombreciéndose a medida que avance en mi nostálgica ronda.

David, del Gasteiz, un superviviente

Las galerías Goya las creía fenecidas. No es así. Claudicaron y han vuelto a abrir al público. Me adentré hasta el fondo a la izquierda en busca del Carallete, que era otra de mis debilidades y mantiene vivo el nombre. Ha cambiado mucho y ahora también abre como after. No me veo, no me veo… Los espacios de los locales son los mismos, pero han cambiado su aspecto y creo que también su espíritu, por eso me flojea la memoria: ¿El de la esquina era el Topolino? El del fondo a la derecha… ¿el Tonos? ¿o era el Tubo´s? Me pierdo. Ahora solo alardean de poner copas a 3 euros. Qué incautos. En mis tiempos, siempre que el Gita o el Lage no te dieran el palo, 500 pesetas llegaban para todo lo anterior y para seguir la ronda en las galerías vecinas por el Picapeixe, donde ponían Agua de Valencia, o por el Cotón, que ya tenía licores de todos los sabores y que con su sobriedad de pueblo competía con la imaginativa coctelería de la Cantina y del Brétema, que le daban cosa fina al taco de tequila y a los Cerebritos (Baileys, granadina y sabe Dios qué), una cochinada sin precedentes en mi estómago.

El Carallete sigue abierto, pero ha cambiado

Todo sigue vivo en mi memoria, pero los locales están vacíos, así que decidí abordar a un guardia seguridad que me recomendó que no buscase más: “Están todos cerrados, dónde va”, me dice, para enseguida corregirse. “Bueno, A Cova da Vella sigue abriendo los fines de semana, pero tiene unos horarios raros”. Es cierto. La taberna forrada de madera y decorada con aperos de labranza sigue en la brecha. Nada ha cambiado allí dentro: desde la puerta, sin llegar a entrar, veo el banco en el que nos solíamos sentar. Y me imagino a todos mis amigos allí, tomando quintos de Estrella, riéndonos y charlando, delgaditos como éramos, descifrando qué íbamos a hacer de nuestras vidas. Ellos fueron lo mejor de aquellos años. Y ninguno tiene un monovolumen con tres filas de asientos. Los muy golfos.

Buenas noches.

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