Tevagustar.es Tevagustar.es Tevagustar.es Tevagustar.es
La Voz de Galicia
Blogs de lavozdegalicia.es
Vidas Licenciosas

La tapa de tortilla que nos une

23 de Enero de 2014 a las 17:53

Todo comenzó a principios de los 80 en el restaurante de Moncho Vilas. Estaba a unos metros de casa, así que era fácil encontrarse allí a mi padre los sábados a mediodía tomando un vino, haciendo tiempo para no dar un palo al agua en casa. En cuanto tenía ocasión me colaba por la puerta, escalaba por las banquetas y pedía un zumo de malocotón (sic). La bebida era una disculpa, como lo es ahora. Con lo que gozaba era comiendo las patatas fritas, la ensaladilla e incluso los callos y otros aperitivos contundentes impropios de un niño que no alcanzaba con los ojos la meseta de la barra. Nada me gustaba más que zampar todo lo que ponían en aquellos cuencos blancos que hacían un ruido peculiar al tocar con el latón, soniquete que me hacía reaccionar como el perro de Pávlov. Eso, y andar zascandileando entre los camareros con pajarita, las bandejas de nécoras, las fotos de Juan Pablo II y las de otro chaval, Tomás Reñones, que con el tiempo resultó ser el mejor lateral derecho nacido a las orillas del Sar. Entre tanto movimiento, aprovechaba para sisar la manduca de mi viejo, que entonces rondaba mi actual edad y que estaba entusiasmado leyendo en Diario 16 todo lo que contaban sobre Felipe y Fraga. A este último lo veríamos años más tarde a menudo por el barrio, con la diferencia de que Secundino siempre pagaba de su bolsillo lo suyo, lo mío y si se daba el caso hasta lo de algún conocido, y Don Manuel, no. Bebiendo zumos y rodeado de personajes ilustres a los que ignoraba, pasé mi transición vital hasta concluir, ya con uso de ración, que existen pocas cosas más democráticas que las tapas en los bares, así seas futbolista, presidente, obrero o empresario. Si pides un agua, cacahuetes y patatillas. Si pagas un rioja, cacahuetes y patatillas. Si es la hora del martini, cacahuetes y patatillas. ¿Bombay Sapphire con tónica premium y un toque de canela? Cacahuetes y patatillas, por gilipollas.

En la imagen, el San Clemente, todo un mundo de tapas basadas en la cocina casera en pequeño formato.

Las tapas representan la vida de bajo coste que nunca debimos abandonar, al menos en lugares como Compostela, donde siempre fueron generosas, gratuitas y mucho más entretenidas y auténticas que las que ponen en esas franquicias de palillos y montaditos que practican el copago y el abuso de la mayonesa. Les auguro una inminente decadencia, como la que viven los chefs de relumbrón, que se están quemando entre la televisión y el horno de las vanidades. Igual, a dos velas, están los restaurantes de mantel y cajitas para traer la cuenta, mientras los bares modestos resisten gracias al picoteo. Además comemos mucho menos que hace solo una década, por prescripción médica y sentido común, lo que ha llevado al tapeo a amenazar  la viabilidad de las raciones, inmersas en una escalada de precios salvajes desde que nos colaron el euro. Es insostenible contar las croquetas del plato y percatarse de que las estamos pagando a un euro la unidad cuando por unos céntimos más, en el mismo bar, nos ponen una caña… ¡y dos croquetas!

Llevamos las tapas en el ADN y en el colesterol, como les ocurre a generaciones de napolitanos con las pizzas. Pocas cosas divierten más que ver a un bebé echándole la mano a toda patata que corra por la mesa. Esa es la actitud, la misma que mantienen mis padres, ya jubilados, que cuando no están por la labor de cocinar juntos (todo un avance) todavía salen a buscar una buena tortilla que echarse a la boca mientras se bajan, los muy locos, un corto y una cerveza sin alcohol. A veces me llaman para que los acompañe y yo lo hago con gusto, sobre todo porque siguen pagando la ronda. En eso no hemos cambiado tanto.

Buenas noches.

 

NOTA. Dejo unas referencias de restaurantes y bares de Santiago, con la colaboración de Olalla S. Pintos, escogidos con el único criterio de la singularidad o la calidad de sus tapas. Hay más, claro que sí. Si vale la pena que sean divulgados, ahí quedan abiertos los comentarios para vuestras sugerencias, de las que todos podremos tomar nota.

Abellá: también llamado los cocodrilos, por sus bistecs con patatas. Abrente: cantidades a prueba de estudiantes hambrientos. A Barrola: en invierno pone un agua de caldo reparadora. A Moa: los domingos, self service. Avión: los viernes, nécoras. Bierzo Enxebre: abundante embutido de calidad. La Tita: tortillas casi como las de casa. Negreira: Popularmente, O Patata. Novena Porta: perritos calientes. Orella. Orella de cerdo, what elseSan Clemente y Carretas: cocina casera en miniatura. Trafalgar: Más conocido como los tigres, sus tapas de mejillones.

Sin categoría
Escrito por juancapeans 7 Comentarios
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net

El Blaster, entre la espada y la pared

14 de Enero de 2014 a las 4:23

En la ruinosa noche compostelana, el roce sigue haciendo el cariño. A pesar de la menguante nómina de golfos, persistimos en nuestro gusto por el rebaño, el empujón amable, la picaresca, la bullanga y la confusión. Los cuatro gatos que salen, en vez de repartirse, tienden a ronronear en grupo creando unos desequilibrios insalvables, desbordando unos pocos locales y dejando el resto como los solares que algún día fueron. Hay una amplia casuística que explica el mal momento de muchos negocios y hasta su defunción, pero quién podría pensar que sería precisamente el éxito de público el que hiciera tambalear y pusiera en cuestión la continuidad de uno de los clásicos que, hasta ahora, resistían con solvencia en Santiago. El Blaster irrumpió en la movida compostelana en los años 90 sustituyendo al Can Can, un viejo refugio de xunteiros y de los incipientes clanes periodísticos de la capital, cuando las flores, la pasta gansa y la fama se la llevaban otros locales vecinos que fueron cayendo como fruta madura. Era el caso del Dúplex, el Pérez o La Bolera, bares que solían salirse de madre literalmente de miércoles a sábado; o como Liberty, que cerró hace justo un año porque le buscaron las cosquillas de la seguridad cuando la caja registradora ya no estaba para bromas ni reformas. Este caso es distinto. Al Blaster la policía municipal le está apretando las tuercas igual que nos hemos apretado en su interior durante años sus clientes, solo que nosotros lo hicimos casi siempre de forma voluntaria, o al menos con cierto conocimiento de lo que se nos venía encima.

El exterior del Blaster una noche de un puente de octubre del año pasado

Lo insólito es que, tras décadas de verdaderos mogollones sin que se haya registrado una desgracia, el Concello se proponga justo ahora aligerar el aforo de los locales y con tal objetivo enganche por la oreja de manera ejemplarizante a uno de los pocos que aguantan el tipo (o quizás lo hace precisamente por eso) para temor y desconcierto de los colegas del sector. Las instituciones deben velar por sus propias normas, no lo olvido, pero en este caso el celo llega a destiempo. Para fortuna de los que prefieren las madrugadas sosegadas o para desgracia de los que gustan del tumulto, en Santiago son muy pocos los negocios que en estos momentos tienen el privilegio de superar sus cifras de aforo legales que, todo sea dicho, parecen pensadas por un comité de técnicos nórdicos, obsesionados como están por las distancias interpersonales.

El tema se presta a pocos chascarrillos porque su verdadero germen es la tragedia del Madrid Arena, que inquietó a muchos políticos locales que han comprobado que, al menos para una parte de la opinión pública, sus responsabilidades no duermen aunque ellos se vayan para cama o de fin de semana a un balneario. Pero también es triste que en un país de reconocidos trileros parapetados en cargos públicos se pueda desestabilizar a un veterano negocio, bastante serio y razonablemente próspero para los estándares de la hostelería nocturna, hasta el punto de hacerlo inviable porque los números, aferrados a la legalidad, ya no dan. Como casi siempre en la vida, seguro que entre los abusos y los excesos de los empresarios, que han existido, y las conservadoras medidas que pretenden imponer las autoridades, hay un espacio para el sentido común. Estaría bien que unos y otros fueran ocupando ese lugar. Ahí siempre hay sitio para todos.

Buenas noches.

Sin categoría
Escrito por juancapeans 49 Comentarios
Facebook Tuenti Twitter Google Buzz Meneame.net