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Vidas Licenciosas

¡Cómo está el servicio!

10 de diciembre de 2013 a las 22:00

Los cuartos de baño de los bares y las discotecas tienen su propia historia. En realidad, son otra historia, un mundo paralelo, leyenda en ocasiones. De uno en uno, en pareja o en grupo, en teoría están pensados como lugares de liberación para las pequeñas miserias del cuerpo. Pero tienen otros usos. Por momentos son confesionarios sin celosías en los que abrir el lacrimal y el corazón, y al minuto siguiente son espacios para el vicio y las fechorías. En ambos casos coincide un gesto: cuando se entra, en vez de subir la tapa del váter, se baja. Tengo un profundo respeto por el uso que cada uno quiera darle a estos cuartuchos, pero mi comprensión se resiente cuando deja de existir un comportamiento dinámico y solidario. Que cada uno haga lo que quiera con sus orificios, pero que sea rápido por deferencia al siguiente. En este punto rompo una lanza por las mujeres, que son las grandes agraviadas de estas procesiones de caladiñas que se generan sobre todo en los locales de éxito, que se permiten reventar el aforo e inflarnos a líquidos espirituosos sin pensar en que todo lo que entra tiene que salir, también cuando hablamos del cuerpo humano.

Uno se imagina al promotor de un bar departiendo con el arquitecto en la obra de lo que en cuestión de semanas será su nuevo local. La barrá irá por aquí, larga y cómoda para abrevar a cuantos más, mejor; la cabina del DJ, allá en lo alto, porque la música será muy importante en el proyecto; la decoración, impactante; esa puerta de emergencia, que dé las medidas justas y listo; aquí irá un pequeño almacén, al otro lado las neveras y en esta zona que no falten puntos de luz; el suelo, liso, oscuro y sufrido, fácil de limpiar. ¿Y los baños? ¡Ah, los baños! Las bajantes del edificio mandan. Tras darle unas cuantas vueltas, entre el técnico y el hostelero deciden la disposición del espacio. Un cuartito para las chicas y otro para los chicos, y si da, a ellos les ponemos un meadero de pared, así lo confundan con el lavabo, que no es la primera vez que presencio la escena. La barra y la caja, que peten, y las vejigas de los clientes, que aguanten. Así es como nos tratan las normas urbanísticas, a las que, ahí sí, se aferran los empresarios con el fin de ganar un par de mesas o unos metros cuadrados diáfanos para que la muchedumbre se roce a gusto.

Después ocurren dos cosas: la cosa no marcha como se preveía, algo habitual en estos tiempos, y la clientela orina a cuentagotas; o el aforo se desborda y cuando menos te lo esperas hay más ambiente en la cola del baño que en la pista de baile. Pueden resultar unos minutos divertidos o una tortura fisiológica, depende del apuro, pero una injusticia en cualquier caso. ¿Hay problemas más graves en el mundo, incluso sin salir de esa misma calle en la que intentas divertirte? Seguro. Pero, ¿es una falta de respeto, de previsión y de atención al cliente que paga y trata de pasar un rato agradable y provechoso? Tengo pocas dudas.

Luego está el mundo interior, plagado de restos arqueológicos. Un cajetín para el papel higiénico y otro para el jabón, siempre vacíos, y secadores con los que nos sentimos ridículos porque, por mucho que toquemos el botón o pasemos la mano, nunca arrancan. Que la taza tenga todos sus elementos intactos es casi un lujo asiático. Nadie debería esperar de los locales de la noche unos servicios a la altura del Savoy, con sus toallitas de paño, sus perfumes en el tocador y la estampa y la hora en la puerta del último limpiador que pasó a domar el tigre, pero tampoco es admisible una cochiquera despreciable y fría en la que jugarse una cistitis de caballo. Conozco baños de respetables negocios en Compostela que llevan años con la cisterna rota, y los dueños como quien oye llover. Al menos las nuevas tecnologías, Twitter mayormente, nos han ahorrado la profusión de pintadas presuntamente geniales en las paredes, que los propietarios deben mantener como reliquias pensando en el entretenimiento de los usuarios pero que solo refuerzan el aspecto deplorable de estos cuchitriles. De hecho, de los bares históricos que frecuento, muchos con baños al límite de lo salubre, solo recuerdo un ripio: “En este lugar en el que entra tanta gente, hace fuerza el más cobarde y se caga el más valiente”. Así de triste. Así de sucio.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 7 Comentarios
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